La maldición del ganador

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FICHA TÉCNICA

Título: La maldición del ganador

Autor: Marie Rutkoski

Editorial: Plataforma Neo

Nº de páginas: 386

 

 

 

 

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No debería haber caído en la tentación. Eso fue lo que pensó  Kestrel mientras recogía las monedas de los marineros de la mesa de juego improvisada que habían montado en un rincón del mercado.

–No os vayáis –dijo un marinero.

–Quedaos –añadió otro.

Pero Kestrel cerró su monedero de terciopelo y se lo colgó de la muñeca. El sol había descendido y teñía todo de un tono caramelo, lo que significaba que había estado jugando a las cartas el tiempo suficiente como para llamar la atención de ciertas personas.

Personas que se lo contarían a su padre.

Las cartas ni siquiera eran su juego favorito. Aquellas monedas no alcanzarían ni remotamente para pagar su vestido de seda, que se le había enganchado en el cajón astillado que había usado para sentarse. Pero los marineros eran mucho mejores adversarios que la mayoría de los aristócratas. Volvían las cartas con expresiones feroces, soltaban palabrotas cuando perdían, y también cuando ganaban, serían capaces de sacarle hasta la última clave de plata a un amigo. Y hacían trampas. Kestrel se divertía más cuando hacían trampas. Así no le resultaba tan fácil ganarles. Sonrió y se alejó. Pero entonces se le borró la sonrisa. Tendría que pagar por esa hora de riesgo y emoción. Su padre no se pondría furioso por el hecho de que hubiera estado jugando ni por la gente con la que se había mezclado. No, el general Trajan iba a querer saber por qué su hija estaba sola en el mercado de la ciudad.

Otras personas también se preguntaban lo mismo. Podía verlo en sus ojos mientras caminaba entre los puestos que ofrecían sacos abiertos de especias, cuyos aromas se mezclaban con el aire salado que llegaba del puerto cercano. Kestrel se imaginó las palabras que la gente no se atrevía a susurrar a su paso. Por supuesto que nadie hablaba. Sabían quién era. Y ella sabía qué dirían.

¿Dónde estaba el acompañante de lady Kestrel?

Si no disponía de un amigo o un pariente que pudiera acompañarla al mercado, ¿por qué no había llevado a un esclavo? Bueno, en cuanto a los esclavos, los había dejado en la villa. No los necesitaba. En lo que respecta al paradero de su acompañante, Kestrel se estaba preguntando lo mismo. Jess se había alejado para echarles un vistazo a las mercancías. La había visto por última vez moviéndose entre los puestos como una abeja embriagada de polen. Su cabello rubio claro resultaba casi blanco bajo el sol estival. Técnicamente, Jess podía meterse en tantos problemas como Kestrel. No estaba permitido que una joven valoriana que no formara parte del ejército saliera sola a la calle. Sin embargo, los padres de Jess la adoraban, y su definición de disciplina distaba mucho de la del general de mayor rango del ejército valoriano.

Kestrel recorrió los puestos con la mirada en busca de su amiga y al fin entrevió un destello de cabello rubio trenzado a la última moda. Jess estaba hablando con una vendedora de joyas que sostenía en alto unos pendientes. Los colgantes en forma de translúcidas gotas doradas reflejaban la luz.

Kestrel se acercó.

–Topacios –le estaba diciendo la anciana a Jess–. Para iluminar vuestros hermosos ojos castaños. Solo diez claves. La vendedora apretaba la boca en un gesto adusto. Kestrel contempló los ojos grises de la mujer y notó que su piel arrugada se había oscurecido tras pasar años trabajando al aire libre. Era herraní, aunque la marca que llevaba en la muñeca demostraba que era libre. Se preguntó cómo habría obtenido la libertad. Era poco frecuente que un amo liberase a un esclavo.

Jess levantó la mirada.

–¡Oh, Kestrel! –exclamó–. ¿A que estos pendientes son una preciosidad?

Tal vez, si el peso de las monedas que llevaba en el bolso no le hubiese tirado de la muñeca, no habría dicho nada. Tal vez, si no hubiera sentido ese mismo peso llenándole el corazón de temor, Kestrel se habría parado a pensar antes de hablar. Sin embargo, soltó la evidente verdad.

–No son topacios. Solo son cristales.

Se produjo una repentina burbuja de silencio. Se fue expandiendo, volviéndose más fina y transparente. A su alrededor, la gente estaba escuchando. Los pendientes se agitaron en el aire.

Porque los huesudos dedos de la vendedora temblaban.

Porque Kestrel acababa de acusarla de intentar estafar a una valoriana.

¿Y qué pasaría luego? ¿Qué le ocurriría a cualquier herraní en la misma situación que esa mujer? ¿Qué presenciaría la multitud?

Un oficial de la guardia de la ciudad llegaría al lugar de los hechos. Una súplica de inocencia sería ignorada. Unas manos ancianas acabarían atadas al poste de castigo.

Los latigazos no cesarían hasta que la sangre oscureciera el suelo de tierra del mercado.

–Déjame ver –ordenó Kestrel con voz arrogante, porque se le daba muy bien mostrarse arrogante. Tomó los pendientes y fingió examinarlos–. Vaya. Parece que me he equivocado. Sí que son topacios.

–Quedáoslos –susurró la anciana.

–No somos pobres. No necesitamos que alguien de tu calaña nos haga un regalo.

Kestrel depositó unas monedas en la mesa de la mujer. La burbuja de silencio estalló y los compradores volvieron a conversar de cualquier artículo del que se hubieran encaprichado.

Kestrel le entregó los pendientes a Jess y se la llevó de allí.

Mientras caminaban, Jess estudió un pendiente, haciéndolo oscilar como si fuera una diminuta campanilla.

–¿Así que son auténticos?

–No.

–¿Cómo lo sabes?

–Son completamente nítidos –contestó Kestrel–. Sin imperfecciones. Diez claves era un precio demasiado barato por topacios de esa calidad.

Jess podría haber comentado que diez claves era un precio demasiado caro por unos cristales. Pero dijo únicamente:

–Los herraníes dirían que el dios de las mentiras debe amarte, porque ves las cosas con total claridad.

Kestrel recordó los acongojados ojos grises de la mujer.

–Los herraníes cuentan demasiadas historias.

Habían sido soñadores. El padre de Kestrel siempre decía que por ese motivo había resultado fácil conquistarlos.

–A todo el mundo le gustan las historias –repuso Jess.

Kestrel se detuvo para coger los pendientes y colocárselos en las orejas a su amiga.

–En ese caso, póntelos en la próxima cena de la alta sociedad. Dile a todo el mundo que te costaron una suma exorbitante y creerán que son joyas auténticas. ¿No es eso lo que consiguen las historias, que lo real sea falso y lo falso, real?

Jess sonrió mientras movía la cabeza de un lado a otro para que los pendientes destellaran.

–Bueno, ¿estoy guapa?

–No seas tonta. Ya sabes que sí.

Jess se situó en cabeza, dejando atrás una mesa con cuencos de bronce que contenían tinte en polvo.

–Ahora me toca a mí comprarte algo –anunció.

–Ya tengo todo lo que necesito.

–¡Hablas como una vieja! Cualquiera diría que tienes setenta años en lugar de diecisiete.

Ahora la multitud era más densa. Por todas partes se veían los rasgos dorados de los valorianos, cuyo pelo, piel y ojos iban de los tonos miel al marrón claro. Las cabezas oscuras que asomaban de vez en cuando pertenecían a esclavos domésticos bien vestidos que habían ido con sus amos y permanecían a su lado.

–No pongas esa cara de preocupación –dijo Jess–. Ven, voy a encontrar algo que te haga feliz. ¿Un brazalete?

Pero eso hizo que Kestrel se acordara de la vendedora de joyas.

–Deberíamos volver a casa.

–¿Partituras?

Kestrel vaciló.

–¡Ajá! –exclamó Jess. Agarró a su amiga de la mano–. No te sueltes.

Se trataba de un viejo juego. Kestrel cerró los ojos y dejó que la risueña Jess la arrastrara a ciegas. Y entonces ella también se echó a reír, como años atrás, cuando se conocieron.

El general se había hartado de la tristeza de su hija.

–Tu madre murió hace medio año –le había dicho–. Ya ha pasado tiempo suficiente.

Al final, había hecho que un senador de una villa cercana trajera de visita a su hija, que también tenía ocho años. Los hombres entraron en la casa. A las niñas les dijeron que se quedaran fuera.

–Jugad –les había ordenado el general.

Jess se había puesto a parlotear mientras Kestrel la ignoraba. Al rato, Jess se calló.

–Cierra los ojos –le dijo.

Movida por la curiosidad, Kestrel obedeció. Jess la agarró de la mano.

–¡No te sueltes!

Echaron a correr por la propiedad cubierta de césped del general, resbalando y tropezando y riendo. Ahora era igual, salvo por el agolpamiento de gente que las rodeaba. Jess redujo la velocidad. Luego se detuvo y dijo:

–Oh, oh.

Kestrel abrió los ojos. Las chicas habían llegado a una barrera de madera de aproximadamente un metro de alto y que daba a un foso.

–¿Me has traído aquí?

–No ha sido a propósito –respondió Jess–. Me ha distraído el sombrero de una mujer. ¿Sabías que los sombreros están de moda? Me he puesto a seguirla para verlo mejor y…

–Y nos has traído al mercado de esclavos.

La multitud se había solidificado tras ellas creando una bulliciosa barrera cargada de nerviosismo y anticipación. Habría una subasta pronto.

Kestrel retrocedió un paso y oyó una palabrota ahogada cuando su tacón se encontró con los pies de alguien.

–No vamos a poder salir de aquí –opinó Jess–. Será mejor que nos quedemos hasta que acabe la subasta.

Cientos de valorianos se habían congregado delante de la barrera, que se curvaba formando un amplio semicírculo. Todas las personas que componían la multitud vestían ropas hechas de seda y llevaban una daga atada a la cadera, aunque en algunos casos (como en el de Jess) se trataba más bien de un juguete decorativo que de un arma.

Abajo, el foso estaba vacío, salvo por una gran plataforma de madera para la subasta.

–Al menos vamos a poder verlo bien –comentó Jess encogiéndose de hombros.

Kestrel sabía que Jess comprendía por qué había afirmado en voz alta que los pendientes de cristal eran topacios. Jess entendía por qué los había comprado. Pero su encogimiento de hombros le recordó a Kestrel que había ciertas cosas sobre las que no podían debatir.

–Ah –dijo una mujer de mentón puntiagudo al lado de Kestrel–. Por fin.

Centró la mirada en el foso y en el hombre bajo y fornido que se dirigía al centro.

Era un herraní, con el típico pelo negro de todos los herraníes, aunque su piel pálida denotaba una vida fácil, sin duda debido al mismo favoritismo que le había proporcionado ese trabajo. Se trataba de alguien que había aprendido cómo complacer a sus conquistadores valorianos.

El subastador se colocó delante de la plataforma.

–¡Enséñanos primero una chica! –exclamó la mujer situada al lado de Kestrel empleando una voz alta y, a la misma vez, lánguida.

Numerosas voces empezaron a hablar a la vez, pidiendo lo que cada uno quería ver. A Kestrel le costaba respirar.

–¡Una chica! –gritó la mujer del mentón puntiagudo, esta vez más fuerte.

El subastador, que había estado deslizando las manos hacia él como si reuniera las exclamaciones y el entusiasmo, se detuvo cuando el grito de la mujer destacó entre la algarabía. La miró, y luego a Kestrel. Un destello de sorpresa pareció reflejarse en su rostro. Kestrel supuso que solo habrían sido imaginaciones suyas, porque la mirada del hombre pasó a Jess y después trazó un semicírculo completo abarcando a todos los valorianos que se apoyaban contra la barrera, rodeándolo desde lo alto.

Levantó una mano y se hizo el silencio.

–Os he traído algo muy especial.

La acústica del foso amplificaba hasta el más leve susurro y el subastador dominaba su oficio. Su voz suave hizo que todos se inclinaran hacia delante, atentos.

Realizó un gesto con la mano en dirección a la pequeña y baja estructura abierta, aunque techada y sombría, situada en la parte posterior del foso. Agitó los dedos una vez, luego dos, y algo se movió en el redil.

Apareció un joven.

La multitud murmuró. El desconcierto aumentó a medida que el esclavo recorría lentamente la arena amarilla y se subía a la plataforma de subasta.

Aquello no era nada especial.

–Diecinueve años y en buenas condiciones. –El subastador le dio una palmada al esclavo en la espalda–. Sería perfecto para el servicio doméstico.

La multitud se echó a reír. Los valorianos se dieron codacitos unos a otros y elogiaron al subastador. Aquel hombre sabía entretener a su público.

El esclavo tenía mala pinta. A Kestrel le pareció un bruto. Un intenso cardenal en la mejilla del esclavo indicaba que se había peleado y auguraba que resultaría difícil controlarlo. Sus brazos desnudos eran musculosos, lo que seguramente no hiciera más que confirmar la opinión de la multitud de que sería mejor que acabara trabajando para alguien con un látigo en la mano. Quizás en otra vida podrían haberlo instruido para servir en una casa: tenía el pelo castaño lo bastante claro para agradar a algunos valorianos y, aunque Kestrel se encontraba demasiado lejos para distinguir sus facciones, su postura transmitía orgullo. No obstante, tenía la piel bronceada por trabajar al aire libre, y seguramente regresaría a ese tipo de labor. Puede que acabaran comprándolo para trabajar en los muelles o levantar paredes.

Sin embargo, el subastador continuó con la broma.

–Podría servir la mesa.

Más risas.

–O ser ayuda de cámara.

Los valorianos se llevaron las manos a los costados y agitaron los dedos, rogándole al subastador que se detuviera, que lo dejara, porque era demasiado divertido.

–Quiero irme –le dijo Kestrel a Jess, pero su amiga se hizo la sorda.

–Está bien, está bien. –El subastador sonrió de oreja a oreja–. El muchacho tiene algunas habilidades reales. Lo juro por mi honor –añadió, colocándose una mano sobre el corazón, y la multitud se rió de nuevo, pues todo el mundo sabía que los herraníes carecían de honor–. Este esclavo ha aprendido el oficio de herrero. Sería perfecto para cualquier soldado, sobre todo para un oficial con su propia guardia y armas de las que ocuparse.

Se oyó un murmullo de interés. No era habitual encontrar a un herrero herraní. Si el padre de Kestrel estuviera allí, seguramente pujaría. Su guardia siempre se estaba quejando de la calidad del trabajo del herrero de la ciudad.

–¿Qué tal si empezamos la puja? –dijo el subastador–. Cinco pilastras. ¿He oído cinco pilastras de bronce por el chico? Damas y caballeros, no podrían contratar a un herrero por tan poco.

–Cinco –gritó alguien.

–Seis.

Y la puja empezó en serio.

Era como si los cuerpos situados detrás de Kestrel fueran de piedra. No podía moverse. No podía ver las expresiones de la gente. No podía atraer la atención de Jess ni observar el cielo cegador. Decidió que esas eran las razones por las que le resultó imposible clavar la mirada en otro sitio que no fuera el esclavo.

–Venga, vamos –protestó el subastador–. Vale al menos diez.

El esclavo tensó los hombros. Y la puja continuó.

Kestrel cerró los ojos. Cuando el precio alcanzó veinticinco pilastras, Jess dijo:

–Kestrel, ¿te encuentras mal?

–Sí.

–Nos marcharemos en cuanto acabe. Ya no puede tardar.

Se produjo una pausa en la puja. Al parecer, venderían al esclavo por veinticinco pilastras, una cifra mísera, pero era lo máximo que alguien estaba dispuesto a pagar por una persona a la que el duro trabajo pronto consumiría.

–Mis queridos valorianos –anunció el subastador–. Me había olvidado de algo.

¿Estáis seguros de que no sería un buen esclavo doméstico? Porque este muchacho sabe cantar.

Kestrel abrió los ojos.

–Imaginad poder disfrutar de música durante la cena, lo fascinados que quedarían vuestros invitados. –El subastador levantó la mirada hacia el esclavo, que se erguía sobre la plataforma.

-Venga. Cántales algo.

Solo entonces el esclavo cambió de posición. Fue un movimiento leve, y que reprimió con rapidez, pero Jess contuvo el aliento como si ella, al igual que Kestrel, esperara que estallase una pelea abajo en el foso.

El subastador le espetó algo entre dientes en herraní al esclavo, hablando tan rápido y bajo que Kestrel no pudo entenderlo.

El esclavo respondió en su propio idioma. Dijo en voz baja:

–No.

Tal vez no supiera nada de la acústica del foso. Tal vez no le importara ni le preocupara que todo valoriano supiera suficiente herraní para entender lo que había dicho. Daba igual. Ahora la subasta había terminado. Nadie querría quedárselo.

Probablemente a esas alturas la persona que había ofrecido veinticinco pilastras estaría arrepintiéndose de pujar por alguien tan incorregible que no obedecía ni a uno de los suyos.

Pero su negativa conmovió a Kestrel. La tensa postura de los hombros del esclavo le recordó a sí misma, cuando su padre le exigía algo que no podía cumplir.

El subastador estaba furioso. Debería haber concluido la venta o al menos disimular pidiendo un precio mayor, pero simplemente se quedó allí plantado, con los puños a los costados, seguramente intentando calcular cómo podría castigar al joven antes de enviarlo al suplicio de picar piedras o al calor de la fragua.

La mano de Kestrel se movió por voluntad propia.

–¡Una clave! –exclamó.

El subastador se volvió. Buscó entre la multitud. Cuando localizó a Kestrel, una sonrisa de astuto deleite transformó su expresión.

–Ah –dijo–, aquí hay alguien que sabe reconocer una mercancía valiosa.

–Kestrel. –Jess le tiró de la manga–. ¿Qué estás haciendo?

La voz del subastador resonó:

–A la de una, a la de dos…

–¡Doce claves! –gritó un hombre que se apoyaba contra la barrera enfrente de

Kestrel, al otro lado del semicírculo.

El subastador se quedó boquiabierto.

–¿Doce?

–¡Trece! –añadió otra voz.

Kestrel se estremeció para sus adentros. Si iba a pujar (¿por qué… por qué lo había hecho?), no debería haber ofrecido tanto. Todas las personas que se amontonaban alrededor del foso la miraban: la hija del general, un ave de la alta sociedad que revoloteaba pasando de una casa respetable a otra. Pensaban que…

–¡Catorce!

Pensaban que si a ella le interesaba el esclavo, debía valerlo. Que debía haber un motivo para querer hacerse con él.

–¡Quince!

Y el delicioso misterio de cuál era ese motivo hizo que las pujas continuaran incrementándose.

El esclavo estaba mirándola, y no era de extrañar, pues había sido ella la que había desencadenado esa locura. Kestrel sintió que, en su interior, algo se tambaleaba en el límite entre el destino y la elección.

Alzó la mano.

–Ofrezco veinte claves.

–Santo cielo, muchacha –comentó la mujer de mentón puntiagudo situada a su izquierda–. Dejadlo. ¿Por qué pujáis por él? ¿Porque sabe cantar? En todo caso, sabrá cantar vulgares canciones de taberna herraníes.

Kestrel no la miró, ni a Jess, aunque notó que su amiga se retorcía los dedos. La mirada de Kestrel no se apartó de la del esclavo.

–¡Veinticinco! –gritó una mujer desde atrás.

Ahora el precio era mayor de lo que Kestrel llevaba en el bolso. El subastador no cabía en sí de gozo. La puja siguió aumentando, cada voz incitaba a la siguiente, hasta que fue como si una flecha con una cuerda atada volara entre los miembros de la multitud, uniéndolos, apretujándolos por la emoción.

Kestrel dijo con voz monótona:

–Cincuenta claves.

El repentino silencio de asombro le hirió los oídos. Jess soltó una exclamación ahogada.

–¡Vendido! –gritó el subastador. En su rostro se reflejaba un júbilo incontrolable–.

¡A lady Kestrel, por cincuenta claves!

Hizo bajar al esclavo de la plataforma de un tirón, y solo entonces la mirada del joven se desprendió de la de Kestrel. Clavó la vista en la arena, con tanta intensidad como si estuviera leyendo su futuro allí, hasta que el subastador lo llevó a empujones hacia el redil.

Kestrel inhaló con dificultad. Le temblaban las rodillas. ¿Qué había hecho? Jess la sujetó por el codo para ayudarla a mantenerse en pie.

–Sí que estás enferma.

–Y con el bolso bastante vacío, me atrevería a añadir. –La mujer de barbilla puntiaguda soltó una risita–. Parece que alguien está sufriendo la «maldición del ganador».

Kestrel se volvió hacia ella.

–¿A qué os referís?

–No soléis venir a las subastas a menudo, ¿verdad? La «maldición del ganador» es cuando tu puja resulta la ganadora, pero pagando un precio excesivo.

La multitud se estaba dispersando. El subastador estaba sacando a otra persona, pero la cuerda de emoción que ataba a los valorianos al foso se había desintegrado.

El espectáculo había terminado. Ahora el camino estaba despejado y Kestrel podría marcharse, pero no era capaz de moverse.

–No lo entiendo –dijo Jess.

Ni Kestrel tampoco. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué intentaba demostrar? Nada, se dijo a sí misma. Le dio la espalda al foso y obligó a sus pies a dar el primer paso para alejarse de lo que había hecho.

Nada en absoluto.

—–

Si te ha gustado, puedes leer aquí la reseña.

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Lectura conjunta #KissMe: Prohibido enamorarse | Elle Kennedy

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kissmeEste post es para informaros de que, entre unos cuantos bloggers, hemos decidido hacer una lectura conjunta del libro #KissMe: prohibido enamorarse, de Elle Kennedy. Estuvimos entre varias opciones, pero finalmente nos decidimos por este, ya que la mayoría de nosotros no lo había leído y tenemos muchas ganas de hacerlo  😀

Si no lo habéis leído, esta es una gran oportunidad para hacerlo, ya que hemos creado un hashtag para Twitter, con el cual lo iremos comentando y compartiremos nuestras impresiones acerca del libro.

El hashtag que utilizaremos es #LecturaCojonudaKissMe (lo de “Cojonuda” nos lo sugirió el corrector del móvil cuando quisimos decir “Conjunta”, así que suyo es todo el mérito :P). Si queréis podéis coger el banner que ha hecho nuestra compañera Inma de La guarida de i y llevároslo a vuestro blog para que se apunte más gente 😉 Es este:

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La lectura conjunta durará todo el mes de julio, es decir, empezará el día 1 de julio y terminará el día 31 de julio y las reglas para poder participar son muy sencillas:

  • No es necesario que tengáis blog para poder participar. Podéis comentar la lectura en Twitter con nosotros usando el hashtag #LecturaCojonudaKissMe.
  • Si tenéis blog y queréis hacer una reseña una vez terminada la lectura, SOLO la leeremos y comentaremos si nos seguís a todos los organizadores de la lectura conjunta, tanto en Twitter como en el blog (obviamente, daremos follow back ;)). No es obligatorio seguir a los participantes, solo a los organizadores.
  • Si queréis participar en la lectura conjunta, dejad un comentario en esta entrada o en otra de las entradas de la lectura conjunta indicando vuestro nombre de Twitter y el nombre con el que nos seguís en el blog.
  • ¡Disfrutad de la lectura!  😉

Los blogs ORGANIZADORES son los siguientes (recordad que tenéis que seguirlos, al igual que los Twitters):

PARTICIPANTES (a parte de los organizadores)

Si tenéis cualquier duda, preguntadme en los comentarios o en mi email (elprimercapituloblog@gmail.com). Estaré encantada de contestaros a todo  🙂

¡Espero que os animéis a participar, que va a ser divertido!

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Diario de un suicida en potencia

PortadaDiarioSuicida

FICHA TÉCNICA

Título: Diario de un suicida en potencia

Autor: Juan L. Mira

Editorial: CreateSpace Independent Publishing Platform

Nº de páginas: 232

 

 

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Portrait of a serial family

Me gusta observar a la gente. No sé qué es lo que me llama la atención de ellos, pero esté donde esté siempre lo hago: en el metro, tiendas, bibliotecas, bares, parque. No entro en la categoría de acosador. Me mantengo a distancia porque la interacción con extraños no es uno de mis fuertes. No suelo caer simpático; tampoco lo pretendo. Con el añadido de que tampoco me motivan lo suficiente. Sólo les estudio. Cuando hago memoria son como viejas fotografías en mi mente. Las típicas imágenes que se quedan olvidadas durante años en un álbum sin que nadie les preste atención, pero que cuando se vuelven a mirar estallan en millones de recuerdos. Me gusta poder inventarme la vida de cualquier extraño. Por ejemplo, ¿nunca os habéis preguntado cómo es la vida del músico que toca la guitarra en el metro esperando la generosidad de algún viajero? ¿Qué hace ese hombre cuando llega a casa? Si es que tiene una casa, claro. O, ¿cómo es la vida de aquel ejecutivo trajeado que pasea por el parque hablando por su Iphone último modelo y que tiene el suficiente estilo aparente como para vestir con trajes caros, pero no tiene ni zorra idea de combinarlos con el color de su corbata? Una corbata que parece que se la haya elegido su madre antes de salir de casa. Esas son el tipo de preguntas que yo suelo hacerme a diario. A todas horas.

No sé muy bien a donde iba ese día. ¿Realmente sabe alguno hacia donde se encamina su vida cuando se pone los zapatos cada mañana o solo lo aparenta? No sé muy bien lo que hacía, pero me alejaba de la superficialidad. Siempre lo hago. Me encontraba en una plaza cualquiera desayunando una coca-cola. ¿Qué? Al menos no era una cerveza. Observaba a la gente desde un banco. No tenía nada mejor que hacer. Un ama de casa arrastrando un carro de la compra vacío absorta en sus pensamientos cotidianos. La mujer vestía un vestido de verano con grandes estampados; idéntico a cualquiera que vestiría mi abuela para estar por casa. Una pareja de adolescentes cogida de la mano vistiendo sus vaqueros desgastados y que habían pensado que para qué desperdiciar horas de clase cuando podían ir a casa de ella y echar un buen polvo aprovechando que sus padres estaban en el trabajo. Un hombre joven con sudadera y vaqueros fumando de forma despreocupada y escuchando música clásica en su reproductor mp3. Generación perdida y desencantada de la vida. Un joven ejecutivo que esperaba para cruzar la calle con fuertes remordimientos por engañar a su mujer con su jefe: un hombre diez años mayor que él.

De repente pasó por delante una mujer de aspecto serio. Tez morena, alisado de peluquería de setenta euros, traje azul marino, camisa de seda roja y un bolso importado de algún país asiático que desentonaba del todo con el resto del conjunto. Llevaba un vaso de cartón con café en la mano izquierda. Miró su reloj y sin venir a cuento se echó a llorar. La observé desde la distancia intentando adivinar qué le pasaba. Era jodidamente complicado adivinar algo a través de ese escudo que ella misma había alzado. Sonreí al observarla con detenimiento. No porque me apeteciera regocijarme en sus desgracias, sino porque me recordaba a mi tía Claudia.

Mi madre tenía cuatro hermanos. Dos chicas y dos chicos. Todos menores que ella. Eran una sarta de gilipollas a cual peor.

Mi tío Roberto me llevaba ocho años de diferencia. Cuando nací me cogió unos celos brutales. Yo era tan sólo un jodido renacuajo que no sabía nada acerca de las mierdas y desdichas de la vida cuando me hizo la primera putada. Estaba correteando por el pasillo de mi casa pasando de una habitación a otra. Simplemente jugaba a correr. Mi tío Roberto o “Berto”, como le llamaba todo el mundo, me puso la zancadilla cuando entré en su cuarto. A consecuencia de ello me abrí una brecha enorme en el pómulo izquierdo. A mí me cayeron cuatro puntos de sutura. A mi tío cuatro hostias de mi padre y la prohibición momentánea de acercarse a donde yo estuviera. Su primera orden de alejamiento con tan sólo once años.

Conforme iba creciendo nuestras peleas eran algo habitual. Se llegó a convertir en una tradición familiar que se contaría como anécdota pasado algunos años.

Al final terminó escapándose de casa de sus padres. Más bien huyó del “calor familiar” y se casó con la primera mujer que quiso aguantarle. Se mudó de ciudad e intentó alejarse del resto de familiares que criticaban su forma de vida porque, en realidad, no tragaban con la novia que tenía. Demasiado filosófica para nuestro círculo privado. Hoy en día malvivía como diseñador gráfico en un pueblo perdido del interior del país que ni siquiera tenía nombre, porque hasta sus mismos habitantes lo habían olvidado.

El siguiente por edad, no por línea de sucesión, era mi tía Mar. María del Mar, en realidad. Ella era muy simpática conmigo cuando era niño. En realidad es la única que recuerdo que no me trataba de forma condescendiente. La única a la que no me apeteció pegarle un puñetazo en plena cara por la forma de mirarme. Era la menos agraciada físicamente de los cinco hermanos, con un culo genéticamente incorrecto que se asemejaba más al de una vaca que al de un ser humano. Yo una vez tuve una novia con un culo similar. La primera novia oficial que contaba una pizca más que los meros polvos de adolescente. Pero no nos desviemos que me conozco. Mar se dedicaba a tocarse el coño día sí, día también. Su vida era insípida y no hacía nada por cambiarlo. Hasta vestía de forma triste para subrayarlo de manera subliminal. Con el tiempo consiguió un puesto de profesora de inglés y, mientras soportaba las burlas de sus alumnos de clase, conoció al pobre desgraciado que se iba a convertir en su marido, Luis, un funcionario de poca monta que se pasaba las horas de oficina en la cafetería, en salas de máquinas “tragaperras” o jugando al pinball en su ordenador cuando creía que nadie le veía. Luis y Mar se casaron, fueron felices (es un decir) y… se reconvirtieron en una pareja joven de alcohólicos anónimos a base de litros y litros de cerveza barata. Ni siquiera yo he conseguido superarlos con los años. Acabaron teniendo un hijo. Eso les trajo un atisbo de felicidad en sus vidas y más, muchos más litros de alcohol.

Mi tía era como una hoja caída de un árbol en otoño: iba donde le llevaba el viento. Era una de las personas con menos personalidad que he conocido. Si sus hermanos decían “esto es negro”, ella se limitaba a sumirse en su típico estado catatónico para no alterar el orden establecido por los demás. Era el votante que cualquier político hubiera querido tener en sus filas. La recuerdo siempre fuera de las conversaciones en las reuniones familiares y cuando decía algo siempre era tomada en broma. A nadie le importaba una mierda si no era para mofarse de ella.

Fede era cinco años mayor que Mar; o algo así. Seamos sinceros: él tampoco tenía personalidad, pero creía que sí. Le gustaba autoengañarse y todos le permitían hacerlo. De pequeño siempre iba a todas partes con Claudia, un año mayor que él. Estudiaban juntos, comían juntos… hasta cagaban juntos. Cada vez que tenía un problema corría a Cladia para contárselo y que ella le limpiara el culo. Eso creó una dependencia total por su parte y un efecto manipulador por parte de su hermana que lo tenía completamente sometido.

Fede era una persona estúpida emocionalmente. Bastante superficial y egoísta. Sólo pensaba en sí mismo y eso hizo que se rodease de gente banal. Amistades que se dedicaban a flotar a su alrededor sin llegar a profundizar más allá de la corteza. Meras burbujas, pero en ningún caso verdaderos amigos. Ni siquiera su cáncer de testículo con la consiguiente operación, con extirpación de cojón incluido, le hizo cambiar su forma de ser. Es cierto que en algún momento se sucedió algún pequeño cambio, pero los espejismos también existen y tampoco son tangibles.

Fede era un burdo imitador de Claudia. Llenaba los vacíos de su vida con retales de la vida de su hermana. Por ejemplo, intentaba copiar los lugares donde viajaba ella para poder alardear ante sus conocidos que se había gastado una suma estúpida de dinero en habitaciones de hotel que sólo había usado para dormir. Otro ejemplo claro es que tenía su casa decorada de forma idéntica a la casa de su hermana del alma. Era una simple fotocopia sin tinta.

Por último, estaba nuestra amiga Claudia. Esa tía era la más cabrona de todas. Fama que se labró con los años. A Claudia le gustaba caminar por el mundo sintiéndose el centro del universo. El resto de seres vivos debían girar en derredor suya para que ella estuviera contenta. Si eso no era así caía sin remedio en una depresión fingida para llamar la atención. Se alimentaba de esas sensaciones.

Claudia estudió derecho, se arrepintió a los tres años de empezar la carrera y terminó en una clínica dental como auxiliar. Trabajo nada desdeñable y con un buen sueldo, pero eso a ella no la llenaba lo suficiente. Según ella era aburrido; según yo, no tenía la atención suficiente por parte de los demás en una aséptica clínica donde no podía lucirse como a ella le hubiera gustado. Aprovechó que su marido la dejó por otra mujer mucho más joven y con mejores tetas; las tetas de mi tía eran el orgullo de cualquier anoréxica, para pillar una suculenta suma de dinero por el divorcio y pedir una excedencia en su trabajo. Fue entonces cuando decidió reconvertirse en empresaria de segunda fila y abrir una tienda de ropa de diseño con artículos demasiado caros como para ser adquiridos por personas mundanas. Ella siempre aspiraba a más. Incluso cuando estaba en la cima. Con gusto se habría subido a una escalera para poder estar varios metros por encima del resto. Mirar por encima del hombro era su especialidad.

Su trato con la familia era excelente. Esto era debido a que era la hermana que tenía más dinero y eso provocaba que los demás tuvieran la lengua pegada a su culo y la colmaran de atenciones. La familia siempre estaba atenta cuando ella hablaba, siempre obedecía sus “sugerencias” y nunca la obsequiaban con un no por respuesta. Así era normal que se le subieran los humos a la cabeza. Se convirtió en una semidiosa y mi familia prácticamente en una secta. Jodidos fieles que no saben lo que quieren.

Con el tiempo lo comprendí. Aquella persona: la más manipuladora del mundo, en realidad estaba sola. Era alguien triste y amargada que necesitaba del cariño y atención de los demás para sentirse bien. Sin eso no era nada en absoluto. Lo malo para ella es que no sabía tratar a la gente y pensaba que el dinero lo arreglaba todo. Si te enfadabas con ella sacaba un billete de cincuenta euros para arreglar las cosas. No tenía otro método y la palabra perdón no estaba en su vocabulario. Con el paso de los años perdió fuerza entre sus fieles que sólo le hacían caso por compasión. Por no saber tratar a la gente como personas, lo perdió todo. Una vez más continuó con su vida solitaria.

Yo no tardé en darme cuenta de estas cosas. A los doce o trece años, poco antes de mi jodida adolescencia, me formé mi propia opinión sobre lo que era mi familia y el entorno que me rodeaba. No quería algo así. Traté de distanciarme de ellos como quien recorta la zona podrida de una manzana y se come lo mejor. Y lo hice. Hace años que estoy desintoxicado de ellos. Hace años que extirpé ese tumor.

La espiral hacia el submundo

Una silla plegable junto a la ventana, unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta con manchas de lejía como vestimenta de estar por casa. Sobre el alféizar lo típico: una botella de ron, un vaso con mucho hielo, mi bote de litio y un poco de hierba junto al mechero. En mis manos el tercer porro de la noche. Mi lánguida mirada apuntando hacia la oscuridad de la calle. Rebuscando con un atisbo de esperanza la suave figura de ella. Sintiéndome momentáneamente feliz cuando por fin lograba verla. En sus pequeños recorridos de ida y vuelta sobre el mismo tramo de acera, con sus movimientos estudiados con escrúpulo para captar el mayor número de tarjetas de crédito. Era una profesional y lo hacía de maravilla.

Así pasé varias noches, contemplando el dolor. A mis compañeros de viaje ya los he nombrado y cada vez eran más asiduos de mi compañía. Nada podía pararme, salvo un catársico desmayo. No tomaba coca porque no pretendía seguir despierto autoflagelándome. Me incliné por los porros. Los mezclaba con todo tipo de alcohol. Mi preferido: era el whisky; a veces el ron. Mi medicación estaba fijada por “Herr doktor”. Pero yo me saltaba sus restrictivas reglas estúpidas cuando me apetecía. Si estaba de bajón añadía algún que otro antidepresivo o ansiolítico a la receta. La gama era amplia: esertia, tranxilium, prozac, litio, diazepan y alguna más. Ése era mi mundo. Uno de tantos.

Estoy jodido porque la cagué. Ella había estado ahí. Por primera vez sentí de verdad que por fin tendría oportunidad de que me viese de otra manera, de como soy en realidad; o como creo que puedo ser en realidad para ella. Pero no, tuve que hacer el gilipollas como he hecho siempre en la vida. Llegar y joder las cosas cuando las tenía rozando con la punta de los dedos. Duele, pero te acostumbras. Las experiencias hacen que se te endurezca el alma y llega un momento en el que te hace insensible a muchos aspectos de la vida. Todo era una mierda, pensé. Y volví a dar un buen trago de mi whisky.

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