Diario de un suicida en potencia

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FICHA TÉCNICA

Título: Diario de un suicida en potencia

Autor: Juan L. Mira

Editorial: CreateSpace Independent Publishing Platform

Nº de páginas: 232

 

 

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Portrait of a serial family

Me gusta observar a la gente. No sé qué es lo que me llama la atención de ellos, pero esté donde esté siempre lo hago: en el metro, tiendas, bibliotecas, bares, parque. No entro en la categoría de acosador. Me mantengo a distancia porque la interacción con extraños no es uno de mis fuertes. No suelo caer simpático; tampoco lo pretendo. Con el añadido de que tampoco me motivan lo suficiente. Sólo les estudio. Cuando hago memoria son como viejas fotografías en mi mente. Las típicas imágenes que se quedan olvidadas durante años en un álbum sin que nadie les preste atención, pero que cuando se vuelven a mirar estallan en millones de recuerdos. Me gusta poder inventarme la vida de cualquier extraño. Por ejemplo, ¿nunca os habéis preguntado cómo es la vida del músico que toca la guitarra en el metro esperando la generosidad de algún viajero? ¿Qué hace ese hombre cuando llega a casa? Si es que tiene una casa, claro. O, ¿cómo es la vida de aquel ejecutivo trajeado que pasea por el parque hablando por su Iphone último modelo y que tiene el suficiente estilo aparente como para vestir con trajes caros, pero no tiene ni zorra idea de combinarlos con el color de su corbata? Una corbata que parece que se la haya elegido su madre antes de salir de casa. Esas son el tipo de preguntas que yo suelo hacerme a diario. A todas horas.

No sé muy bien a donde iba ese día. ¿Realmente sabe alguno hacia donde se encamina su vida cuando se pone los zapatos cada mañana o solo lo aparenta? No sé muy bien lo que hacía, pero me alejaba de la superficialidad. Siempre lo hago. Me encontraba en una plaza cualquiera desayunando una coca-cola. ¿Qué? Al menos no era una cerveza. Observaba a la gente desde un banco. No tenía nada mejor que hacer. Un ama de casa arrastrando un carro de la compra vacío absorta en sus pensamientos cotidianos. La mujer vestía un vestido de verano con grandes estampados; idéntico a cualquiera que vestiría mi abuela para estar por casa. Una pareja de adolescentes cogida de la mano vistiendo sus vaqueros desgastados y que habían pensado que para qué desperdiciar horas de clase cuando podían ir a casa de ella y echar un buen polvo aprovechando que sus padres estaban en el trabajo. Un hombre joven con sudadera y vaqueros fumando de forma despreocupada y escuchando música clásica en su reproductor mp3. Generación perdida y desencantada de la vida. Un joven ejecutivo que esperaba para cruzar la calle con fuertes remordimientos por engañar a su mujer con su jefe: un hombre diez años mayor que él.

De repente pasó por delante una mujer de aspecto serio. Tez morena, alisado de peluquería de setenta euros, traje azul marino, camisa de seda roja y un bolso importado de algún país asiático que desentonaba del todo con el resto del conjunto. Llevaba un vaso de cartón con café en la mano izquierda. Miró su reloj y sin venir a cuento se echó a llorar. La observé desde la distancia intentando adivinar qué le pasaba. Era jodidamente complicado adivinar algo a través de ese escudo que ella misma había alzado. Sonreí al observarla con detenimiento. No porque me apeteciera regocijarme en sus desgracias, sino porque me recordaba a mi tía Claudia.

Mi madre tenía cuatro hermanos. Dos chicas y dos chicos. Todos menores que ella. Eran una sarta de gilipollas a cual peor.

Mi tío Roberto me llevaba ocho años de diferencia. Cuando nací me cogió unos celos brutales. Yo era tan sólo un jodido renacuajo que no sabía nada acerca de las mierdas y desdichas de la vida cuando me hizo la primera putada. Estaba correteando por el pasillo de mi casa pasando de una habitación a otra. Simplemente jugaba a correr. Mi tío Roberto o “Berto”, como le llamaba todo el mundo, me puso la zancadilla cuando entré en su cuarto. A consecuencia de ello me abrí una brecha enorme en el pómulo izquierdo. A mí me cayeron cuatro puntos de sutura. A mi tío cuatro hostias de mi padre y la prohibición momentánea de acercarse a donde yo estuviera. Su primera orden de alejamiento con tan sólo once años.

Conforme iba creciendo nuestras peleas eran algo habitual. Se llegó a convertir en una tradición familiar que se contaría como anécdota pasado algunos años.

Al final terminó escapándose de casa de sus padres. Más bien huyó del “calor familiar” y se casó con la primera mujer que quiso aguantarle. Se mudó de ciudad e intentó alejarse del resto de familiares que criticaban su forma de vida porque, en realidad, no tragaban con la novia que tenía. Demasiado filosófica para nuestro círculo privado. Hoy en día malvivía como diseñador gráfico en un pueblo perdido del interior del país que ni siquiera tenía nombre, porque hasta sus mismos habitantes lo habían olvidado.

El siguiente por edad, no por línea de sucesión, era mi tía Mar. María del Mar, en realidad. Ella era muy simpática conmigo cuando era niño. En realidad es la única que recuerdo que no me trataba de forma condescendiente. La única a la que no me apeteció pegarle un puñetazo en plena cara por la forma de mirarme. Era la menos agraciada físicamente de los cinco hermanos, con un culo genéticamente incorrecto que se asemejaba más al de una vaca que al de un ser humano. Yo una vez tuve una novia con un culo similar. La primera novia oficial que contaba una pizca más que los meros polvos de adolescente. Pero no nos desviemos que me conozco. Mar se dedicaba a tocarse el coño día sí, día también. Su vida era insípida y no hacía nada por cambiarlo. Hasta vestía de forma triste para subrayarlo de manera subliminal. Con el tiempo consiguió un puesto de profesora de inglés y, mientras soportaba las burlas de sus alumnos de clase, conoció al pobre desgraciado que se iba a convertir en su marido, Luis, un funcionario de poca monta que se pasaba las horas de oficina en la cafetería, en salas de máquinas “tragaperras” o jugando al pinball en su ordenador cuando creía que nadie le veía. Luis y Mar se casaron, fueron felices (es un decir) y… se reconvirtieron en una pareja joven de alcohólicos anónimos a base de litros y litros de cerveza barata. Ni siquiera yo he conseguido superarlos con los años. Acabaron teniendo un hijo. Eso les trajo un atisbo de felicidad en sus vidas y más, muchos más litros de alcohol.

Mi tía era como una hoja caída de un árbol en otoño: iba donde le llevaba el viento. Era una de las personas con menos personalidad que he conocido. Si sus hermanos decían “esto es negro”, ella se limitaba a sumirse en su típico estado catatónico para no alterar el orden establecido por los demás. Era el votante que cualquier político hubiera querido tener en sus filas. La recuerdo siempre fuera de las conversaciones en las reuniones familiares y cuando decía algo siempre era tomada en broma. A nadie le importaba una mierda si no era para mofarse de ella.

Fede era cinco años mayor que Mar; o algo así. Seamos sinceros: él tampoco tenía personalidad, pero creía que sí. Le gustaba autoengañarse y todos le permitían hacerlo. De pequeño siempre iba a todas partes con Claudia, un año mayor que él. Estudiaban juntos, comían juntos… hasta cagaban juntos. Cada vez que tenía un problema corría a Cladia para contárselo y que ella le limpiara el culo. Eso creó una dependencia total por su parte y un efecto manipulador por parte de su hermana que lo tenía completamente sometido.

Fede era una persona estúpida emocionalmente. Bastante superficial y egoísta. Sólo pensaba en sí mismo y eso hizo que se rodease de gente banal. Amistades que se dedicaban a flotar a su alrededor sin llegar a profundizar más allá de la corteza. Meras burbujas, pero en ningún caso verdaderos amigos. Ni siquiera su cáncer de testículo con la consiguiente operación, con extirpación de cojón incluido, le hizo cambiar su forma de ser. Es cierto que en algún momento se sucedió algún pequeño cambio, pero los espejismos también existen y tampoco son tangibles.

Fede era un burdo imitador de Claudia. Llenaba los vacíos de su vida con retales de la vida de su hermana. Por ejemplo, intentaba copiar los lugares donde viajaba ella para poder alardear ante sus conocidos que se había gastado una suma estúpida de dinero en habitaciones de hotel que sólo había usado para dormir. Otro ejemplo claro es que tenía su casa decorada de forma idéntica a la casa de su hermana del alma. Era una simple fotocopia sin tinta.

Por último, estaba nuestra amiga Claudia. Esa tía era la más cabrona de todas. Fama que se labró con los años. A Claudia le gustaba caminar por el mundo sintiéndose el centro del universo. El resto de seres vivos debían girar en derredor suya para que ella estuviera contenta. Si eso no era así caía sin remedio en una depresión fingida para llamar la atención. Se alimentaba de esas sensaciones.

Claudia estudió derecho, se arrepintió a los tres años de empezar la carrera y terminó en una clínica dental como auxiliar. Trabajo nada desdeñable y con un buen sueldo, pero eso a ella no la llenaba lo suficiente. Según ella era aburrido; según yo, no tenía la atención suficiente por parte de los demás en una aséptica clínica donde no podía lucirse como a ella le hubiera gustado. Aprovechó que su marido la dejó por otra mujer mucho más joven y con mejores tetas; las tetas de mi tía eran el orgullo de cualquier anoréxica, para pillar una suculenta suma de dinero por el divorcio y pedir una excedencia en su trabajo. Fue entonces cuando decidió reconvertirse en empresaria de segunda fila y abrir una tienda de ropa de diseño con artículos demasiado caros como para ser adquiridos por personas mundanas. Ella siempre aspiraba a más. Incluso cuando estaba en la cima. Con gusto se habría subido a una escalera para poder estar varios metros por encima del resto. Mirar por encima del hombro era su especialidad.

Su trato con la familia era excelente. Esto era debido a que era la hermana que tenía más dinero y eso provocaba que los demás tuvieran la lengua pegada a su culo y la colmaran de atenciones. La familia siempre estaba atenta cuando ella hablaba, siempre obedecía sus “sugerencias” y nunca la obsequiaban con un no por respuesta. Así era normal que se le subieran los humos a la cabeza. Se convirtió en una semidiosa y mi familia prácticamente en una secta. Jodidos fieles que no saben lo que quieren.

Con el tiempo lo comprendí. Aquella persona: la más manipuladora del mundo, en realidad estaba sola. Era alguien triste y amargada que necesitaba del cariño y atención de los demás para sentirse bien. Sin eso no era nada en absoluto. Lo malo para ella es que no sabía tratar a la gente y pensaba que el dinero lo arreglaba todo. Si te enfadabas con ella sacaba un billete de cincuenta euros para arreglar las cosas. No tenía otro método y la palabra perdón no estaba en su vocabulario. Con el paso de los años perdió fuerza entre sus fieles que sólo le hacían caso por compasión. Por no saber tratar a la gente como personas, lo perdió todo. Una vez más continuó con su vida solitaria.

Yo no tardé en darme cuenta de estas cosas. A los doce o trece años, poco antes de mi jodida adolescencia, me formé mi propia opinión sobre lo que era mi familia y el entorno que me rodeaba. No quería algo así. Traté de distanciarme de ellos como quien recorta la zona podrida de una manzana y se come lo mejor. Y lo hice. Hace años que estoy desintoxicado de ellos. Hace años que extirpé ese tumor.

La espiral hacia el submundo

Una silla plegable junto a la ventana, unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta con manchas de lejía como vestimenta de estar por casa. Sobre el alféizar lo típico: una botella de ron, un vaso con mucho hielo, mi bote de litio y un poco de hierba junto al mechero. En mis manos el tercer porro de la noche. Mi lánguida mirada apuntando hacia la oscuridad de la calle. Rebuscando con un atisbo de esperanza la suave figura de ella. Sintiéndome momentáneamente feliz cuando por fin lograba verla. En sus pequeños recorridos de ida y vuelta sobre el mismo tramo de acera, con sus movimientos estudiados con escrúpulo para captar el mayor número de tarjetas de crédito. Era una profesional y lo hacía de maravilla.

Así pasé varias noches, contemplando el dolor. A mis compañeros de viaje ya los he nombrado y cada vez eran más asiduos de mi compañía. Nada podía pararme, salvo un catársico desmayo. No tomaba coca porque no pretendía seguir despierto autoflagelándome. Me incliné por los porros. Los mezclaba con todo tipo de alcohol. Mi preferido: era el whisky; a veces el ron. Mi medicación estaba fijada por “Herr doktor”. Pero yo me saltaba sus restrictivas reglas estúpidas cuando me apetecía. Si estaba de bajón añadía algún que otro antidepresivo o ansiolítico a la receta. La gama era amplia: esertia, tranxilium, prozac, litio, diazepan y alguna más. Ése era mi mundo. Uno de tantos.

Estoy jodido porque la cagué. Ella había estado ahí. Por primera vez sentí de verdad que por fin tendría oportunidad de que me viese de otra manera, de como soy en realidad; o como creo que puedo ser en realidad para ella. Pero no, tuve que hacer el gilipollas como he hecho siempre en la vida. Llegar y joder las cosas cuando las tenía rozando con la punta de los dedos. Duele, pero te acostumbras. Las experiencias hacen que se te endurezca el alma y llega un momento en el que te hace insensible a muchos aspectos de la vida. Todo era una mierda, pensé. Y volví a dar un buen trago de mi whisky.

 Si te ha gustado, puedes leer aquí mi reseña.

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