Cinder (Crónicas lunares I)

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FICHA TÉCNICA

Título: Cinder. Crónicas lunares I

Autor: Marissa Meyer

Editorial: Montena

Nº de páginas: 416

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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Capítulo uno

El tornillo que le atravesaba la articulación del pie se había oxidado, y tenía tan desgastados los surcos en forma de cruz de la cabeza que, en su lugar, solo quedaba una depresión circular de bordes irregulares. Le dolían los nudillos de la fuerza que ejercía en cada giro de destornillador, intentando aflojar el tornillo. Cuando consiguió que asomara lo suficiente para poder arrancarlo con la mano biónica de acero, el fino relieve en espiral había quedado completamente borrado.

Cinder arrojó el destornillador sobre la mesa, asió el pie por el tobillo y tiró con fuerza para desencajarlo. De pronto saltó una chispa que le chamuscó las puntas de los dedos. Cinder soltó el pie de golpe y se apartó rápidamente, por lo que este quedó colgando de una maraña de cables rojos y amarillos.

Se recostó hacia atrás con pesadez y dejó escapar un gruñido de alivio. Una sensación de liberación revoloteaba al final de los cables. Después de llevar cuatro años maldiciendo aquel pie que le venía demasiado pequeño, juró no volver a ponerse aquel chisme nunca más. Ahora solo faltaba que Iko no tardara demasiado en volver con el recambio.

Cinder era la única mecánica del mercado semanal de Nueva Pekín que ofrecía un servicio integral. Sin letrero, lo único que delataba la naturaleza de su negocio eran las estanterías que llenaban las paredes, abarrotadas de recambios de serie para androides. La tienda estaba encajada en un recoveco sombreado, entre un comerciante de seda y un hombre que se dedicaba a la compraventa de telerredes. Ambos solían quejarse del fuerte y desagradable olor a grasa y metal que manaba del tenderete de Cinder, a pesar de que el aroma de los bollitos de miel de la panadería del otro lado de la plaza solía disimularlo. Cinder sabía que, en realidad, lo que no les gustaba era estar cerca de ella.

Un mantel lleno de manchas separaba a Cinder de los curiosos que se paseaban por delante. La plaza estaba atestada de compradores y vendedores ambulantes, de niños y bullicio. De los gritos de quienes intentaban regatear con tenderos robóticos, empeñados en que los ordenadores rebajaran su margen de beneficio. Del zumbido de los escáneres de identidad y la monótona voz que anunciaba la recepción del dinero cuando este cambiaba de cuenta. Del rumor de las telerredes, que revestían los edificios y asfixiaban el aire con el murmullo de anuncios, noticias y cotilleos.

La interfaz auditiva de Cinder amortiguaba el ruido y lo convertía en un susurro vibrante, pero ese día no conseguía ahogar la persistente melodía que se imponía a todo lo demás. A pocos pasos de su puesto, unos niños bailaban en corro cantando «cenizas, cenizas, todo se derrumba» y luego se tiraban al suelo, riendo alborozadamente.

Una sonrisa se debatía en los labios de Cinder. No tanto por la cancioncita infantil —una canción sobrecogedora sobre la peste y

la muerte, que había recobrado popularidad durante la última década y que le provocaba cierto repelús— como por la satisfacción con que acogía las miradas desaprobadoras que los transeúntes les dirigían a los niños, que, muertos de risa, les entorpecían el camino con sus caídas. La molestia de tener que sortear los cuerpos que se retorcían en el suelo provocaba los reniegos de los compradores. Solo por eso, Cinder adoraba a los niños.

—¡Sunto! ¡Sunto!

Se había acabado la diversión. Cinder vio que Chang Sacha, la panadera, se abría camino entre la gente, vestida con su delantal cubierto de harina.

—¡Sunto, ven aquí! Te he dicho que no quiero que juegues tan cerca de…

Sacha miró a Cinder, frunció los labios, cogió a su hijo por el brazo y dio media vuelta. El niño gimoteó y fue tras ella arrastrando los pies mientras su madre le ordenaba que no se alejara del tenderete. Cinder arrugó la nariz en un gesto de burla dirigido a la espalda de la panadera. Los demás niños desaparecieron raudos y veloces entre la multitud y se llevaron sus risas cantarinas consigo.

—Como si los cables fueran contagiosos —comentó Cinder entre dientes a su puesto vacío.

Las vértebras le crujieron al estirar los brazos y pasarse los sucios dedos por el pelo para retirárselo hacia atrás y recogérselo en una coleta despeluzada. Luego recogió los guantes de trabajo chamuscados y se cubrió primero la mano de acero. Aunque la palma de la otra empezó a sudarle en el acto dentro del grueso material, se sentía más cómoda cuando los llevaba puestos y ocultaban el revestimiento metálico de la mano biónica. Estiró y separó los dedos todo lo que pudo

para aliviar el calambre que le contraía la base del pulgar de apretar el destornillador con tanta fuerza y volvió a echar un vistazo a la plaza de la ciudad. Vio unos cuantos androides retacos y blancos entre la muchedumbre, pero ninguno de ellos era Iko.

Con un suspiro, Cinder se inclinó sobre la caja de herramientas que guardaba debajo de la mesa de trabajo. Después de rebuscar entre el batiburrillo de destornilladores y llaves inglesas, por fin dio con el extractor de fusibles que llevaba siglos enterrado en el fondo. Uno tras otro, desconectó los cables que todavía unían el pie al tobillo, arrancando un chispazo cada vez que tiraba de uno de ellos. No los sentía gracias a los guantes, pero el visor retinal le informaba debidamente que perdía la conexión con la pierna a través del texto rojo y parpadeante.

El pie cayó con estrépito al suelo de cemento tras propinarle un tirón al último cable.

El cambio fue instantáneo. Por primera vez en su vida se sentía… ligera.

Hizo sitio en la mesa para dejar encima el pie arrancado y lo colocó en medio de las llaves inglesas y las tuercas de bloqueo, como si le hubiera hecho un santuario, antes de volverse a agachar sobre el tobillo y limpiar con un trapo viejo la suciedad que se había acumulado en el anclaje.

¡Pam!

Cinder se sobresaltó y se golpeó la cabeza contra la parte inferior del tablero. Irritada, lo primero con que se topó al separarse de la mesa fue con una androide apagada que descansaba repantingada sobre el tablero y, lo segundo, con el hombre que esperaba detrás. Un joven de melena negra que le llegaba por debajo de las orejas, ojos

castaños con un tinte cobrizo que la miraban sorprendidos y unos labios que todas las chicas del país habían admirado miles de veces.

Cinder relajó el entrecejo.

El breve desconcierto del joven se transformó en culpabilidad. —Lo siento —se disculpó—, no sabía que había alguien ahí abajo.

Estaba tan estupefacta que le costó comprender que se dirigía a ella. Con el pulso acelerado, el visor retinal de Cinder escaneó las facciones del joven, aunque después de los años que llevaba viéndolo en la telerred le resultaban muy familiares. Parecía más alto en persona, y la sudadera gris con capucha no casaba con la ropa elegante que solía lucir en sus apariciones públicas, pero aun así el escáner de Cinder solo necesitó 2,6 segundos para medir los puntos del rostro y enlazar la imagen con la base de datos de la red. Al instante, el visor le informó de lo que ya sabía. Los datos aparecieron en la parte inferior de su campo de visión, en una cadena de texto de color verde.

, RIENTAL

ID # 0082719057
NACIMIENTO 7 ABR. DE 108 T.E.

SS. 88.987 CRONO INVERSA

PUBLICADO EL 14 DE AG. DE 126 T.E.: EL PRÍNCIPE HEREDERO KAI

CELEBRARÁ UNA RUEDA DE PRENSA EL 15 PARA INFORMAR SOBRE EL TRABAJO DE INVESTIGACIÓN QUE ESTÁ LLEVÁNDOSE A CABO EN TORNO A LA LETUMOSIS Y LAS POSIBLES VÍAS PARA HALLAR UN ANTÍDOTO…

Cinder se levantó de un salto y poco le faltó para caerse, pues olvidó que le faltaba un pie. Recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa con ambas manos y, como pudo, hizo una desmañada reverencia. El visor retinal se apagó al instante.

—Su Alteza —balbució, con la cabeza gacha, alegrándose de que el joven no pudiera ver que le faltaba un pie gracias a la tela que cubría el tablero de trabajo.

El príncipe hizo un mohín y echó un rápido vistazo a sus espaldas, antes de inclinarse hacia ella.

—Tal vez, eso… —Se llevó un dedo a los labios—. Lo de Alteza y esas cosas.

Con los ojos como platos, Cinder asintió temblorosa.
—Claro. Por supuesto. ¿En qué… puedo…? ¿Qué… estáis…? Tragó saliva, las palabras se le pegaban al paladar como si estuvieran hechas de pasta de alubias.

—Busco a Linh Cinder —dijo el príncipe—. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Cinder se arriesgó a levantar una de las manos que la ayudaban a mantener el equilibrio y tiró del borde del guante para subírselo un poco más y ocultar la muñeca.

—Yo… Yo… Yo soy Linh Cinder —tartamudeó, sin alzar la vista más allá del pecho del príncipe.

Cinder siguió el movimiento de la mano del joven, que la plantó sobre la protuberante cabeza de la androide.

—¿Tú eres Linh Cinder?
—Sí, Alte… —Se mordió el labio. —¿El mecánico?

Cinder asintió.

—¿En qué puedo ayudaros?

En vez de responder, el príncipe se agachó, estiró el cuello de modo que a Cinder no le quedara otro remedio que mirarlo a los ojos y le dedicó una sonrisa encantadora. A Cinder le dio un vuelco el corazón.

El príncipe se enderezó, obligándola a levantar la vista.
—No eres exactamente lo que esperaba.
—En fin, vos tampoco sois precisamente… lo que… esto… —Incapaz de sostenerle la mirada, Cinder alargó la mano y atrajo a la androide hacia ella—. ¿Qué le ocurre a la androide, Alteza?

La androide parecía recién salida de fábrica, pero Cinder sabía que se trataba de un modelo antiguo por cómo imitaba las formas femeninas. Aun así, el diseño era de líneas elegantes, con una cabeza esférica que coronaba un cuerpo de caderas pronunciadas y un acabado blanco y reluciente.

—No consigo que se encienda —explicó el príncipe Kai, atento mientras Cinder examinaba el robot—. Iba la mar de bien y, un día, de repente, dejó de funcionar.

Cinder le dio la vuelta a la androide de modo que la luz del sensor quedara de cara al príncipe. Era un alivio poder entretener las manos con algo rutinario y la mente con las preguntas habituales, cualquier cosa en la que concentrarse para que los nervios no volvieran a hacerle perder el control de la conexión con su cerebro.

—¿Os había dado problemas alguna vez?
—No. Los mecánicos reales le hacen una revisión mensual y este es el primer problema serio que ha tenido.

El príncipe Kai se apoyó en el mostrador, cogió el pequeño pie metálico de Cinder y le dio varias vueltas, con curiosidad. Cinder se

puso tensa y observó con atención al joven mientras este echaba un vistazo a la cavidad llena de cables y toqueteaba las articulaciones flexibles de los dedos. El príncipe utilizó la manga de la sudadera, varias tallas más grande, para limpiar una mancha.

—¿No tenéis calor? —preguntó Cinder, arrepintiéndose en el acto de haber recuperado la atención del joven.

Por un instante fugaz, el príncipe casi pareció avergonzado. —Estoy asándome, pero intento pasar desapercibido —contestó.

Si te ha gustado, puedes leer AQUÍ mi reseña.

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#KissMe: prohibido enamorarse

kissmeFICHA TÉCNICA

Título: #KissMe: prohibido enamorarse

Título original: The Deal

Autor: Elle Kennedy

Editorial: Alfaguara

Nº de páginas: 352

Mi puntuación: 📕📗📘📙📓 / 5

 

 

 

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1
HANNAH

Él no sabe que existo.

Por enésima vez en cuarenta y cinco minutos, miro de reojo a Justin Kohl. Es tan precioso que se me encoge la garganta. La verdad es que probablemente debería usar otro adjetivo; mis amigos chicos insisten en que a los hombres no les gusta que se les llame «preciosos».

Pero, madre de Dios, es que no hay otra forma de describir sus rasgos duros y sus expresivos ojos marrones. Hoy lleva una gorra de béisbol, pero sé lo que hay debajo: un pelo grueso y oscuro; al mirarlo se nota que es sedoso al tacto y te dan ganas de pasar los dedos a través de él.

En los cinco años que han pasado desde la violación, mi corazón ha latido solo por dos chicos.

El primero me dejó.

Este ni se da cuenta.

En el podio del auditorio, la profesora Tolbert enuncia lo que he llegado a llamar el «Discurso de Decepción». Es el tercero en seis semanas.

Sorpresa, sorpresa, el 70 por ciento de la clase ha sacado un 4,5 o menos en el examen parcial.

¿Y yo? Yo he sacado un 10. Y estaría mintiendo si dijera que el «10» enorme y en boli rojo metido en un círculo en la parte superior de mi examen no me ha pillado por sorpresa total. Todo lo que hice fue garabatear un rollo interminable de chorradas para intentar llenar los folios.

Supuestamente, Ética Filosófica estaba tirada. El profesor que solía dar la asignatura hacía exámenes estúpidos tipo test y un «examen» final que consistía en una redacción en la que había que desarrollar cómo reaccionarías ante un dilema moral dado.

Pero dos semanas antes del inicio del semestre, el profesor Lane se desplomó de un ataque al corazón y murió. Escuché que su señora de la limpieza lo encontró en el suelo del cuarto de baño; desnudo. Pobre hombre.

Por suerte —y sí, eso es sarcasmo absoluto—, Pamela Tolbert llegó para hacerse cargo de la clase de Lane. Es nueva en la Universidad Briar, de ese tipo de profe que quiere que conectes conceptos y que te involucres con el material. Si todo esto fuera una película, ella sería la típica profesora joven y ambiciosa que se presenta en la escuela de un barrio marginal de una ciudad, inspira a los estudiantes «chungos» y de repente todo el mundo suelta sus pistolas para coger lápices y en los créditos finales se anuncia cómo todos los chavales fueron admitidos en Harvard o alguna mierda parecida. Óscar a la mejor actriz inmediato para Hilary Swank.

Pero esto no es una película, y eso significa que lo único que Tolbert ha inspirado en sus estudiantes es odio. Y parece que de verdad no es capaz de entender por qué nadie sobresale en su clase.

He aquí una pista: porque sus preguntas son del tipo que uno podría incluir en una dichosa tesis de postgrado.

—Estoy dispuesta a poner un examen de recuperación para aquellos que hayan suspendido o hayan sacado un 6 o menos. —La nariz de Tolbert se arruga, como si no pudiera entender cómo algo así es necesario.

La palabra que acaba de utilizar… «¿dispuesta?» Ja. Sí, claro. He oído que un montón de estudiantes se han quejado a sus tutores por su actitud y sospecho que desde la dirección le están obligando a darnos a todos una segunda oportunidad. No deja en buen lugar a Briar que más de la mitad de los estudiantes de una clase cateen, sobre todo cuando no se trata solo de los vagos. A estudiantes con todo sobresalientes, como Nell, que está enfurruñada a mi lado, también se la ha cargado en el examen.

—Para aquellos de vosotros que elijan presentarse a la recuperación, se hará la media con las dos notas. Si lo hacéis peor la segunda vez, os mantendré la primera nota —concluye Tolbert.

—No puedo creer que hayas sacado un 10 —me susurra Nell.

Se la ve tan jorobada que siento una punzada de compasión. No es que Nell y yo seamos mejores amigas ni nada así, pero nos hemos sentado juntas desde septiembre, así que es razonable que nos hayamos llegado a conocer la una a la otra. Estudia Medicina y sé que viene de una familia académicamente destacable que la castigará sin compasión si se entera de su nota en el examen parcial.

—Yo tampoco me lo puedo creer —le susurro—. En serio. Lee mis respuestas. Son divagaciones de cosas sin sentido.

—Ahora que lo dices, ¿puedo? —suena ansiosa—. Tengo curiosidad por ver lo que esta tirana considera material digno de un 10.

—Te lo escaneo y te lo envío esta noche —le prometo.

Un segundo después de que Tolbert nos despida, el auditorio retumba con ruidos en plan «larguémonos de aquí de una vez». Los portátiles se cierran de golpe, los cuadernos se deslizan en las mochilas y los estudiantes arrastran sus sillas.

Justin Kohl se queda de pie cerca de la puerta para hablar con alguien y mi mirada se queda fija en él como un misil. Es precioso.

¿He dicho ya lo precioso que es?

Las palmas de mis manos empiezan a sudar mientras observo su hermoso perfil. Es nuevo en Briar este año, pero no estoy segura desde qué universidad pidió el traslado y, aunque no ha tardado en convertirse en el receptor estrella del equipo de fútbol americano, no es como los otros deportistas de esta uni. No va pavoneándose por el patio con una de esas sonrisas tipo «soy el regalo de Dios a este mundo», ni aparece con una chica nueva colgada del brazo cada día. Le he visto reír y bromear con sus compañeros de equipo, pero emana una intensa energía de inteligencia que me hace pensar que hay una profundidad oculta en él. Esta cuestión me hace estar aún más desesperada por conocerlo.

Normalmente no me fijo en los deportistas universitarios, pero algo acerca de este en particular me ha convertido en la tonta sentimental más grande del universo.

—Estás mirándole otra vez.

La voz burlona de Nell genera rubor en mis mejillas. Me ha sorprendido babeando por Justin en más de una ocasión, y es una de las pocas personas a las que les he admitido que me mola.

Mi compañera de cuarto, Allie, también lo sabe, pero ¿mis otros amigos? Ni de coña. La mayoría de ellos estudian Música o Arte Dramático, así que supongo que eso nos convierte en la pandilla artística. O algo así. Aparte de Allie, que ha tenido una relación intermitente con un chico de una de las fraternidades de aquí desde el primer año, a mis amigas les flipa despedazar a la élite de Briar. Normalmente no me sumo a esos cotilleos —me gusta pensar que estoy por encima de tanto chisme— pero… seamos sinceros: la mayoría de los chicos populares son unos gilipollas integrales.

Es el caso de Garrett Graham, la otra estrella del deporte en la clase. El tío camina por ahí como si fuese el dueño del lugar. Bueno, la verdad es que más o menos lo es. Todo lo que tiene que hacer es chasquear los dedos para que una chica ansiosa aparezca a su lado. O salte en su regazo. O le meta la lengua hasta la garganta.

Sin embargo, hoy no parece el «Tío Guay» del Campus. Casi todo el mundo se ha marchado ya, incluyendo a Tolbert, pero Garrett permanece en su asiento, con sus puños cerrados con fuerza agarrando los bordes de los folios del examen.

Supongo que también habrá suspendido, pero no siento mucha compasión por el chaval. La Universidad Briar es conocida por dos cosas: el hockey y el fútbol americano, algo que no sorprende mucho teniendo en cuenta que Massachusetts es el hogar de los Patriots y los Bruins. Los deportistas que juegan en Briar casi siempre terminan en equipos profesionales, y durante sus años aquí reciben todo en bandeja de plata, incluidas las notas.

Así que sí, es posible que esto me haga parecer un pelín vengativa, pero me da cierta sensación de triunfo saber que Tolbert ha suspendido al capitán de nuestro equipo de hockey y campeón de liga junto con todos los demás.

—¿Quieres tomar algo en el Coffee Hut? —me pregunta Nell mientras recoge sus libros.

—No puedo. Tengo ensayo en veinte minutos. —Me levanto, pero no la sigo hasta la puerta—. Adelántate tú, tengo que revisar el horario antes de irme. No me acuerdo de cuándo es mi próxima tutoría.

Otra «ventaja» de estar en la clase de Tolbert es que, además de nuestra clase semanal, estamos obligados a asistir a dos tutorías de media hora a la semana. Lo bueno es que Dana, la profesora asistente, es la que se encarga del tema y tiene todas las cualidades de las que Tolbert carece. Como, por ejemplo, sentido del humor.

—Vale —dice Nell—. Te veo luego.

—Ciao —digo tras ella.

Al oír el sonido de mi voz, Justin se detiene en la puerta y gira la cabeza.

Ay. Dios. Mío.

Es imposible detener el rubor que aflora en mis mejillas. Es la primera vez que hemos hecho contacto visual y yo no sé cómo reaccionar. ¿Digo «hola»? ¿Le saludo con la mano? ¿Sonrío?

Al final, me decido por un pequeño saludo con la cabeza. Ahí va. Rollo guay y casual, digno de una sofisticada alumna de tercero de carrera.

Mi corazón da un vuelco cuando un lado de su boca se eleva en una débil sonrisa. Me devuelve el saludo con la cabeza y se va.

Me quedo mirando la puerta vacía. Mi pulso se lanza a galopar porque, joder, tras seis semanas respirando el mismo aire en este agobiante auditorio, por fin se ha dado cuenta de mi presencia.

Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para ir tras él. Quizá invitarle a un café. O a cenar. O a un brunch… Espera, ¿la gente de nuestra edad queda para tomarse un brunch?

Pero mis pies se quedan pegados al suelo de linóleo brillante.

Porque soy una cobarde. Sí, una cobarde total, una gallina de mierda. Me horroriza pensar que es posible que diga que no, pero me horroriza aún más que diga que sí.

Cuando empecé en la universidad, yo estaba bien. Mis asuntos, sólidamente superados, mi guardia, baja. Estaba preparada para salir con chicos otra vez, y lo hice. Salí con varios, pero aparte de mi ex, Devon, ninguno de ellos hizo mi cuerpo estremecer como lo hace Justin Kohl, y eso me asusta.

Pasito a pasito.

Eso es. Pasito a pasito. Ese fue siempre el consejo favorito de mi psicóloga y no puedo negar que su estrategia me ha ayudado mucho. Carole siempre me aconsejaba que me centrara en las pequeñas victorias.

Así que… la victoria de hoy… saludé con la cabeza a Justin y él me sonrió. En la próxima clase, quizás le devuelva la sonrisa. Y en la siguiente, quizás saque el tema del café, la cena o el brunch.

Respiro hondo mientras me dirijo hacia el pasillo, aferrándome a esa sensación de victoria, por muy diminuta que sea.

Pasito a pasito.

#Garrett

He suspendido.

Joder, he suspendido.

Durante quince años, Timothy Lane ha repartido sobresalientes como caramelos. ¿Y el año en el que YO me matriculo en la clase? La patata de Lane deja de latir y me quedo atrapado con Pamela Tolbert.

Es oficial: esa mujer es mi archienemiga. Solo con ver su florida caligrafía, que llena cada centímetro disponible de los márgenes de mi examen parcial, me dan ganas de convertirme en el Increíble Hulk y romper los folios en pedazos.

Estoy sacando sobres en la mayoría de mis otras clases, pero de momento, tengo un 0 en Ética Filosófica. Combinado con el 6,5 de Historia de España, mi media ha caído a un aprobado.

Necesito una media de notable para jugar al hockey.

Normalmente no tengo ningún problema en mantener mi nota media alta. A pesar de lo que mucha gente cree, no soy el típico deportista tonto. Pero bueno, no me importa que la gente piense que lo soy. En especial, las chicas. Supongo que les pone la idea de tirarse al musculoso hombre de las cavernas que solo sirve para una cosa, pero como no estoy buscando nada serio, esos polvos casuales con tías que lo único que quieren es mi polla me va perfecto. Me da más tiempo para centrarme en el hockey.

Pero NO habrá más hockey si no consigo subir esta nota. ¿Lo peor de Briar? Que nuestro decano exige excelencia. Académica y deportiva. Mientras en otras escuelas son más indulgentes con los deportistas, Briar tiene una política de tolerancia cero.

Asquerosa Tolbert. Cuando hablé con ella antes de clase para ver cómo podía subir la nota, me dijo con esa voz nasal que tiene que asistiera a las tutorías y que me reuniera con el grupo de estudio. Ya hago ambas cosas. Así que nada, a no ser que contrate a algún empollón para que se ponga una careta con mi cara y haga por mí el examen de recuperación, estoy jodido.

Mi frustración se manifiesta en forma de un gemido audible y por el rabillo del ojo veo a alguien que pega un respingo de la sorpresa.

Yo también pego un respingo, porque pensaba que estaba arrastrándome en mi miseria solo. Pero la chica que se sienta en la última fila se ha quedado después del timbre y ahora camina por el pasillo hacia el escritorio de Tolbert.

¿Mandy?

¿Marty?

No puedo recordar su nombre. Probablemente porque nunca me he molestado en preguntar cuál es. No obstante, es guapa. Mucho más guapa de lo que había caído. Cara bonita, pelo moreno, cuerpazo. Joder, ¿cómo no me he fijado nunca en ese cuerpo antes?

Pero vaya si me estoy fijando en este momento. Unos vaqueros skinny se agarran a un culo redondo y respingón que parece gritar «estrújame», y un jersey con cuello de pico se ciñe a unas tetas impresionantes. No tengo tiempo para admirar más esas atractivas imágenes, porque me pilla mirándola y un gesto de desaprobación aparece en su boca.

—¿Todo bien? —pregunta con una mirada directa.

Emito un quejido en voz baja. No estoy de humor para hablar con nadie en este momento.

Una ceja oscura se eleva en mi dirección.

—Perdona ¿no sabes hablar?

Hago una pelota con mi examen y echo mi silla hacia atrás.

—He dicho que todo está bien.

—Estupendo entonces. —Se encoge de hombros y sigue su camino.

Cuando coge el portapapeles donde está nuestro programa de tutorías, me echo por encima mi cazadora de hockey de Briar; a continuación, meto mi patético examen en la mochila y cierro la cremallera.

La chica de pelo oscuro se dirige de nuevo al pasillo. ¿Mona? ¿Molly? La M me suena, pero el resto es un misterio. Ella tiene su examen en la mano, pero no lo miro, porque supongo que ha suspendido como todo el mundo.

La dejo pasar antes de salir al pasillo. Supongo que podría decir que es el caballero que hay en mí, pero estaría mintiendo. Quiero echarle un vistazo a su culo otra vez, porque es un culito supersexy y ahora que ya lo he visto una vez no me importaría echarle un ojo de nuevo. La sigo hasta la salida, dándome cuenta de repente de lo minúscula que es. Voy un paso por detrás y aun así puedo verle la coronilla.

Justo cuando llegamos a la puerta, se tropieza con absolutamente nada y los libros que lleva en su mano caen ruidosamente al suelo.

—Mierda. Qué torpe soy.

Se deja caer sobre sus rodillas y yo hago lo mismo, porque al contrario de mi declaración anterior, puedo ser un caballero cuando quiero, y lo caballeroso ahora es ayudarle a recoger sus libros.

—Oh, no hace falta. Puedo yo —insiste.

Pero mi mano ya ha tocado su examen parcial y mi boca se abre de par en par cuando veo la nota.

—Hostia puta. ¿Has sacado un 10? —pregunto.

Me responde con una sonrisa autocrítica.

—Ya… Estaba convencida de que había suspendido.

—Joder. —Me siento como si acabara de encontrarme por casualidad con el mismo Stephen Hawking y me estuviera tentando con los secretos del universo—. ¿Puedo leer tus respuestas?

Sus cejas se arquean de nuevo.

—Eso es bastante atrevido por tu parte, ¿no crees? Ni siquiera nos conocemos.

Resoplo.

—No te estoy pidiendo que te desnudes, cariño. Solo quiero echarle un vistazo a tu examen trimestral.

—¿«Cariño»? Adiós al atrevido y hola al presuntuoso.

—¿Preferirías «señorita»? ¿«Señora» tal vez? Usaría tu nombre, pero no me lo sé.

—Por supuesto que no. —Suspira—. Me llamo Hannah. —Después hace una pausa llena de significado—. Garrett.

Vaya, estaba muuuuuuuuy lejos con eso de la M.

Y no me pasa inadvertida la forma en la que enfatiza mi nombre como si dijera: «¡Ja! ¡Yo sí que me sé el tuyo, cretino!»

Recoge el resto de sus libros y se pone de pie, pero no le devuelvo su examen. En vez de eso, me incorporo y empiezo a hojearlo. Mientras leo por encima sus respuestas, mi espíritu se desploma aún más, ya que si es este el tipo de análisis que Tolbert está buscando, estoy bien jodido. Hay una razón por la que voy a licenciarme en Historia, por Dios: ¡trato con hechos! Blanco y negro. Esto es lo que le sucedió a esta persona en este momento y aquí está el resultado.

Las respuestas de Hannah se centran en mierda teórica y en cómo los filósofos responderían a los diversos dilemas morales.

—Gracias. —Le devuelvo sus folios. A continuación, meto los pulgares en las trabillas de mis vaqueros—. Oye, una cosa. Tú… ¿te pensarías…? —me encojo de hombros— Ya sabes…

Sus labios tiemblan como si estuviera intentando no reírse.

—En realidad, NO lo sé.

Dejo escapar un suspiro.

—¿Me darías clases particulares?

Sus ojos verdes —el tono más oscuro de color verde que he visto en mi vida, que además están rodeados de gruesas pestañas negras— pasan de sorprendidos a escépticos en cuestión de segundos.

—Te pagaré —agrego a toda prisa.

—Oh. Eh. Bueno, sí, por supuesto que esperaba que me pagases. Pero… —Niega con la cabeza—. Lo siento. No puedo.

Reprimo mi decepción.

—Vamos, hazme ese favorazo. Si suspendo la recuperación, mi nota media va a derrumbarse. Venga, porfa. —Despliego una sonrisa, esa que hace que mis hoyuelos aparezcan, esa que nunca falla y que hace que las chicas se derritan.

—¿Eso te funciona normalmente? —pregunta con curiosidad.

—¿Qué?

—La cara de niño pequeño en plan «jopetas, va», ¿te ayuda a conseguir lo que quieres?

—Siempre —respondo sin vacilar.

—CASI siempre —me corrige—. Mira, lo siento, pero de verdad no tengo tiempo. Ya estoy haciendo malabarismos con la escuela y el trabajo, y con el concierto exhibición de invierno que viene, tendré incluso menos tiempo.

—¿Concierto exhibición de invierno? —digo sin comprender.

—Ay, lo olvidé. Si no tiene que ver con el hockey, no está en tu radar.

—Y ahora ¿quién está siendo presuntuosa? Ni siquiera me conoces.

Hay un segundo de silencio y después ella suspira.

—Estoy haciendo la carrera de Música ¿vale? Y la Facultad de Arte monta dos exhibiciones importantes al año: el concierto de invierno y el de primavera. El ganador obtiene una beca de cinco mil dólares. En realidad es una especie de gran feria de negocios. La gente importante de la industria vuela desde todas partes del país para verlo. Agentes, productores discográficos, buscadores de talentos y demás. Así que, aunque me encantaría ayudarte…

—No te encantaría —me quejo—. Parece que ni siquiera quieres hablar conmigo ahora mismo.

El pequeño gesto que hace con los hombros en plan «me has pillado» me cabrea un montón.

—Tengo que ir al ensayo. Lamento que hayas suspendido esta clase, pero si te hace sentir mejor, le ha pasado a todo el mundo.

Entrecierro los ojos.

—A TI no.

—No puedo evitarlo. Tolbert parece responder bien a mi estilo de soltar chorradas. Es un don.

—Bueno, pues yo quiero tu don. Por favor, maestra, enséñame a soltar chorradas.

Estoy a dos segundos de ponerme de rodillas y suplicarla pero se acerca a la puerta.

—Sabes que hay un grupo de estudio, ¿no? Te puedo dar el número para…

—Ya estoy en él —murmuro.

—Ah. Bueno, pues entonces no hay mucho más que pueda hacer por ti. Buena suerte en el examen de recuperación, «cariño».

Sale pitando por la puerta, dejándome allí, mirándola con frustración. Increíble. Todas las chicas en esta universidad se cortarían su brazo por ayudarme. Pero ¿esta? Huye como si le acabara de pedir que asesinara a un gato para poder entregarlo en sacrificio a Satanás.

Y ahora estoy otra vez donde estaba antes de que Hannah —sin M— me diera ese leve destello de esperanza.

Totalmente jodido.

2
GARRETT

Mis compañeros de piso están absolutamente borrachos cuando entro en el salón después del grupo de estudio. La mesa de centro está repleta de latas vacías de cerveza, junto a una botella casi vacía de Jack Daniels que sé que pertenece a Logan, porque él es defensor de la filosofía «la cerveza es para cobardes». Son sus palabras, no las mías.

En ese instante, Logan y Tucker están luchando entre sí en una intensa partida del Ice Pro, su vista pegada a la pantalla plana mientras golpean frenéticamente los mandos. La mirada de Logan se mueve ligeramente cuando nota mi presencia en la puerta y su fracción de segundo de distracción le sale cara.

—¡Toma, toma, toma! —Tuck se pavonea cuando su defensor dispara un tiro que sobrepasa al portero de Logan y el marcador se ilumina.

—Joder, ¡por el amor de Dios! —Logan pausa el juego y me lanza una mirada sombría—. Pero qué leches, G. Me la acaban de colar por tu culpa.

No contesto porque ahora soy YO el que está distraído por lo que sucede en la esquina de ese mismo cuarto: una sesión medio porno. Y cómo no, el actor principal es Dean. Descalzo y con el torso desnudo, está tirado en el sillón mientras una rubia que no lleva más que un sujetador negro de encaje y unos pantalones cortos está sentada a horcajadas sobre él y se frota contra su entrepierna.

Unos ojos azules oscuros asoman sobre el hombro de la chica y Dean sonríe en mi dirección.

—¡Graham! ¿Dónde has estado, tío? —masculla.

Vuelve a besar a la rubia antes de que pueda responder a su borracha pregunta.

Por alguna razón, a Dean le gusta enrollarse con tías en todas partes menos en su dormitorio. En serio. Cada vez que me doy la vuelta, está metido en algún acto lujurioso. En la encimera de la cocina, en el sofá del salón, en la mesa del comedor… El tío se lo ha hecho en cada centímetro de la casa que compartimos los cuatro fuera del campus. Él es un zorrón total, y no tiene ningún complejo al respecto.

Por supuesto, yo no soy nadie para hablar. No soy ningún monje, como tampoco lo son Logan y Tuck. ¿Qué puedo decir? Los jugadores de hockey estamos siempre cachondos. Cuando no estamos en el hielo, normalmente se nos puede encontrar liándonos con una chica o dos. O tres, si tu nombre es Tucker y es la Nochevieja del año pasado.

—Te he estado enviando mensajes desde hace una hora, tronco —me informa Logan.

Sus enormes hombros se encorvan hacia delante mientras coge la botella de whisky de la mesa de centro. Logan es un gorila en la defensa, uno de los mejores con los que he jugado, y también el mejor amigo que he tenido. Su primer nombre es John, pero le llamamos por el segundo, Logan, porque así nos es más fácil diferenciarlo de Tucker, cuyo nombre de pila también es John. Por suerte, Dean es solo Dean, así que no tienes que llamarlo por su enrevesado apellido: Heyward-Di Laurentis.

—En serio, ¿dónde coño has estado? —se queja Logan.

—En el grupo de estudio. —Cojo una Bud Light de la mesa y la abro—. ¿Qué es esa sorpresa de la que no has parado de escribir?

Siempre puedo deducir cómo de gordo es el pedo que lleva Logan basándome en la gramática de sus SMS. Y esta noche tiene que ser supergordo porque he tenido que hacer de Sherlock a tope para descifrar sus mensajes. «Suprz» significaba «sorpresa». Me ha llevado más tiempo decodificar «vdupv», pero creo que significaba «ven de una puta vez». Aunque nunca se sabe con Logan.

Desde el sofá, sonríe tanto, tanto, que es increíble que su mandíbula no se le desencaje. Lanza el pulgar hacia el techo y dice:

—Sube arriba y lo ves por ti mismo.

Entrecierro mis ojos.

—¿Por qué? ¿Quién está ahí?

Logan suelta unas risitas.

—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.

—¿Por qué tengo la sensación de que estás tramando algo?

—Por Dios —dice Tucker con voz aguda—. Tienes serios problemas de confianza, G.

—Dice el gilipollas que dejó un mapache vivo en mi dormitorio el primer día del semestre.

Tucker sonríe.

—Va, vamos, Bandit era superadorable. Era tu regalo de bienvenida a la escuela otra vez.

Extiendo mi dedo corazón.

—Sí, bueno, fue muy jodido deshacerse de tu regalo. —Ahora le miro frunciendo el ceño, porque aún recuerdo cómo tuvieron que venir tres personas de control de plagas para sacar al mapache de mi habitación.

—Por el amor de Dios —gime Logan—. Solo tienes que ir arriba. Confía en mí, nos lo agradecerás más tarde.

La mirada de complicidad que intercambia con los otros alivia mi sospecha. Más o menos. A ver, no voy a bajar la guardia por completo, no con estos capullos.

Robo otras dos latas de cerveza al salir. No bebo mucho durante la temporada, pero el entrenador nos dio la semana libre para estudiar los exámenes parciales y todavía tenemos dos días de libertad. Mis compañeros de equipo, los muy afortunados, los cabrones, no parecen tener ningún problema en enchufarse doce cervezas y jugar como campeones al día siguiente. Pero yo… a la mañana siguiente siento un zumbido que me da un dolor de cabeza insoportable y después patino como un niño pequeño con su primer par de patines Bauer.

En cuanto volvamos a un régimen de entrenamiento de seis días a la semana, mi consumo de alcohol se reducirá a la fórmula 1-5 habitual: una bebida en las noches de entrenamiento, cinco después de un partido. Sin excepciones.

Mi plan es aprovechar al máximo el tiempo que me queda.

Armado con mis cervezas, me dirijo hacia arriba, a mi habitación. El dormitorio principal. Sí, saqué la carta de «soy vuestro capitán» para pillarla y créeme, la discusión con mis compañeros de equipo valió la pena: baño privado, baby.

Mi puerta está entreabierta, algo que me provoca volver al modo sospecha. Miro con cautela la parte de arriba del marco para asegurarme de que no hay un cubo de sangre a lo Carrie y a continuación le doy a la puerta un pequeño empujón. Cede y entro unos centímetros, totalmente preparado para una emboscada.

Y ahí está.

Pero es más una emboscada visual que otra cosa, porque, Dios bendito, la chica que hay en mi cama parece haber salido del catálogo de Victoria’s Secret.

A ver, soy un tío y no sé el nombre de la mitad de las movidas que lleva puestas. Veo encaje y lacitos rosas y mucha piel desnuda. Y estoy feliz.

—Has tardado un montón. —Kendall me lanza una sonrisa sexy que dice «estás a punto de tener suerte, hombretón» y mi polla reacciona en consecuencia, creciendo bajo la cremallera—. Te iba a conceder cinco minutos más antes de largarme.

—Entonces, he llegado justo a tiempo. —Mi mirada se centra en su atuendo, digno de una buena dosis de babeo, y después digo lentamente—: Ey, nena, ¿es todo para mí?

Sus ojos azules se oscurecen de forma seductora.

—Ya sabes que sí, semental.

Soy muy consciente de que sonamos como personajes de una película porno cursi. Pero venga, cuando un hombre entra en su habitación y se encuentra a una mujer ASÍ… está dispuesto a recrear cualquier escena cutre que ella quiera, incluso una que implique fingir ser un repartidor de pizza llevándole su pedido a una MQMF.

Kendall y yo nos liamos por primera vez durante el verano, por conveniencia más que otra cosa, porque los dos estábamos por la zona durante las vacaciones. Fuimos al bar un par de veces, una cosa llevó a la otra, y lo siguiente que sé es que estoy enrollándome con una chica cachonda de una fraternidad. Pero se apagó todo antes de los exámenes parciales y aparte de unos cuantos SMS guarros aquí y allá, no había visto a Kendall hasta ahora.

—Pensé que quizás te apetecería pasar un buen rato antes de que empiecen otra vez los entrenamientos —dice mientras sus dedos con la manicura recién hecha juegan con el pequeño lazo rosa del centro de su sujetador.

—Has pensado bien.

Una sonrisa curva sus labios mientras se incorpora para ponerse de rodillas. Joder, sus tetas prácticamente se salen de esa cosa de encaje que lleva puesta. Mueve su dedo en mi dirección.

—Ven aquí.

No pierdo ni un segundo en ir hacia ella porque… como he dicho antes… soy un tío.

—Creo que estás un poco demasiado abrigado —observa, y entonces agarra la cintura de mis vaqueros y desabrocha el botón. Tira de la cremallera y un segundo después mi polla sale a su mano, que espera. No he hecho la colada en semanas, así que voy sin ropa interior hasta que consiga organizarme, y por la forma en la que sus ojos brillan, puedo garantizar que ella aprueba toda esta historia de ir sin calzoncillos.

Cuando la envuelve con sus dedos, un gemido sale de mi garganta. Oh, sí. No hay nada mejor que la sensación de la mano de una mujer en tu polla.

Pero no, me equivoco. La lengua de Kendall entra en juego y, madre mía, es MUCHO mejor que la mano.

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Una hora después, Kendall se acurruca a mi lado y descansa su cabeza en mi pecho. Su lencería y mi ropa están esparcidas por el suelo de la habitación, junto con dos sobres vacíos de condones y el bote de lubricante que no hemos necesitado abrir.

Las caricias me ponen un poco nervioso, pero no puedo apartarla y exigirla que se largue; no cuando claramente ha hecho un gran esfuerzo para este juego de seducción.

Pero eso también me preocupa.

Las mujeres no se adornan a saco con ropa interior cara para un polvo, ¿verdad? Mi respuesta es «no» y las palabras de Kendall validan mis inquietantes pensamientos.

—Te he echado de menos, cariño.

Mi primer pensamiento es: mierda.

Mi segundo pensamiento es: ¿por qué?

Porque en todo el tiempo que Kendall y yo hemos estado acostándonos, Kendall no ha hecho un solo esfuerzo para llegar a conocerme. Si no estamos echando un polvo, solo habla sin parar sobre sí misma. En serio, no creo que me haya hecho una pregunta personal desde que nos conocemos.

—Eh… —Lucho por dar con las palabras adecuadas, cualquier secuencia que no incluya «Yo. Te. He. Echado. De. Menos» ni «También»—. He tenido lío. Ya sabes, los exámenes parciales.

—Obviamente. Vamos a la misma universidad. Yo también he estado estudiando. —Hay un punto de enfado en su tono de voz—. ¿Me has echado de menos?

Joder. ¿Qué se supone que debo decir a eso? No voy a mentir, porque eso solo le daría falsas esperanzas. Pero no puedo ser un cabrón y admitir que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza desde la última vez que nos enrollamos.

Kendall se incorpora y entrecierra los ojos.

—Es una pregunta de sí o no, Garrett. ¿Me. Has. Echado. De. Menos?

Mi mirada va rápidamente a la ventana. Sí, estoy en el primer piso y planteándome en serio saltar por la ventana. Eso da una idea de lo mucho que quiero evitar esta conversación.

Pero mi silencio lo dice todo, y de repente Kendall sale volando de la cama, su pelo rubio moviéndose en todas direcciones mientras gatea recuperando su ropa.

—Ay, Dios. ¡Eres un capullo integral! No te importo para nada, ¿verdad, Garrett?

Me levanto y voy en línea recta hacia mis pantalones vaqueros.

—Sí que me importas —protesto—, pero…

Se pone las bragas con furia.

—Pero, ¿qué?

—Pero pensé que estábamos de acuerdo sobre lo que era esto. No quiero nada serio. —La miro fijamente—. Te lo dije desde el principio.

Su expresión se suaviza mientras se muerde el labio.

—Lo sé, pero… Solo pensé…

Sé exactamente lo que pensaba, que me enamoraría de ella y que nuestros polvos informales se transformarían en el puto Diario de Noa.

Honestamente, no sé ni por qué me molesto en soltar las reglas. En mi experiencia, ninguna mujer se mete en una aventura creyendo que la cosa va a quedarse como una aventura. Puede decir lo contrario; es posible que incluso se convenza a sí misma de que a ella le parece guay el sexo sin ataduras, pero en el fondo espera y reza para que se convierta en algo más profundo.

Y entonces yo, el villano en su comedia romántica personal, llega y rompe esa burbuja de esperanza, a pesar de que yo nunca mentí sobre mis intenciones ni la engañé, ni siquiera por un segundo.

—El hockey es toda mi vida —le digo con brusquedad—. Entreno seis días a la semana, juego veinte partidos al año, o más si hacemos postemporada. No tengo tiempo para novias, Kendall. Y te mereces muchísimo más de lo que yo te puedo dar.

La infelicidad nubla sus ojos.

—No quiero ser más tu rollo de un rato. Quiero ser tu novia.

Otro «¿por qué?» casi se me escapa, pero consigo morderme la lengua. Si ella hubiera mostrado algún interés por mí fuera del tema carnal, podría creerla, pero que no lo haya hecho me hace preguntarme si la única razón por la que quiere tener una relación conmigo es porque soy una especie de símbolo de estatus para ella.

Me trago mi frustración y le ofrezco otra torpe disculpa.

—Lo siento. Pero estoy en ese punto, en este momento de mi vida.

Cuando me subo la cremallera de mis pantalones vaqueros, ella vuelve a centrar su atención en ponerse la ropa. Aunque decir «ropa» es un poco exagerado: todo lo que lleva es ropa interior y una gabardina. Lo que explica por qué Logan y Tucker sonreían como idiotas cuando llegué a casa. Cuando una chica aparece en tu puerta con una gabardina, uno sabe muy bien que no hay mucho más debajo.

—No puedo enrollarme más contigo —dice ella finalmente, su mirada se eleva para encontrar la mía—. Si seguimos haciendo… esto… solo voy a conseguir engancharme más.

No puedo discutir con eso, así que no lo hago.

—Nos lo hemos pasado bien, ¿verdad?

Tras un segundo de silencio, ella sonríe.

—Sí, nos lo hemos pasado bien.

Reduce la distancia entre nosotros y se pone de puntillas para besarme. Le devuelvo el beso, pero no con el mismo grado de pasión que antes. Es un beso suave. Cortés. La aventura ha seguido su curso y no pienso darle falsas esperanzas otra vez.

—Dicho esto… —Sus ojos brillan con picardía—, si cambias de opinión sobre lo de ser tu novia, dímelo.

—Serás la primera persona a la que llame —prometo.

—Guay.

Me da un beso en la mejilla y sale por la puerta. No dejo de maravillarme de lo fácil que ha sido. Me había estado preparando para una pelea, pero aparte del estallido inicial de cabreo, Kendall ha aceptado la situación como una profesional.

Si todas las mujeres fueran tan comprensivas como ella.

Y sí, eso es un pulla para Hannah.

El sexo siempre me abre el apetito, así que voy abajo en busca de algo para comer, y estoy feliz de ver que aún hay sobras de arroz y pollo frito, cortesía de Tuck, nuestro chef de la casa; y es que el resto de nosotros no puede hervir el agua sin quemarla. Tuck, por su parte, creció en Texas, con una madre soltera que le enseñó a cocinar cuando todavía estaba en pañales.

Me acomodo en la encimera de la cocina y me meto un trozo de pollo en la boca mientras veo a Logan paseándose solo con unos calzoncillos a cuadros.

Levanta una ceja al verme.

—Ey. No pensé que te vería de nuevo esta noche. Supuse que estarías MOF.

—¿MOF? —le pregunto entre bocado y bocado. A Logan le gusta soltar acrónimos con la esperanza de que empecemos a utilizarlos como argot, pero lo cierto es que la mitad del tiempo no tengo ni idea de lo que está diciendo.

Sonríe.

—Muy Ocupado Follando.

Resoplo y me meto un bocado de arroz salvaje en la boca.

—En serio, ¿la rubita se ha ido ya?

—Sí. —Mastico antes de continuar—. Conoce las normas. —Las normas son: nada de novias y no quedarse a dormir en casa bajo ningún concepto.

Logan descansa sus antebrazos en la mesa, sus ojos azules brillan cuando cambia de tema.

—Estoy impaciente porque llegue este puto finde contra el St. Anthony. ¿Te has enterado? La sanción de Braxton ha terminado.

Eso hace que mi atención se centre en lo que dice.

—No me jodas. ¿Juega el sábado?

—Claro que sí. —La expresión de Logan se vuelve superalegre—. Voy a disfrutar de lo lindo rompiéndole la cara a ese imbécil contra la valla.

Greg Braxton es el extremo estrella del St. Anthony y una auténtica escoria de ser humano. El tío tiene una vena sádica que no tiene miedo de airear en el hielo y, cuando nuestros equipos se enfrentaron en la pretemporada, envió a uno de nuestros defensores de segundo curso a urgencias con un brazo roto. De ahí su sanción de tres partidos de suspensión, aunque si fuera por mí, habría mandado al puto psicópata a casa suspendiéndole de por vida del hockey universitario.

—Si necesitas machacar a ese cabrón, yo estaré ahí contigo —prometo.

—Te tomo la palabra. Ah, y la semana que viene tenemos a Eastwood en casa.

Realmente debería prestar más atención a nuestra agenda. Eastwood College va segundo en nuestra liga —después de nosotros, por supuesto—, y nuestros duelos son siempre de morderse las uñas.

Y, mierda, de repente recuerdo que si no saco una muy buena nota en Ética, no estaré en el hielo en el partido contra Eastwood.

—Joder —murmuro.

Logan roba un pedazo de pollo de mi plato y se lo mete en la boca.

—¿Qué?

Aún no les he contado a mis compañeros de equipo lo de mi problema con las notas, porque no esperaba que mi nota media fuera tan mala. Ahora parece que es inevitable admitirlo.

Así que, con un suspiro, le cuanto a Logan lo de mi suspenso en Ética y lo que podría significar para el equipo.

—Deja el curso —dice al instante.

—No puedo. Se ha pasado la fecha límite.

—Mierda.

—Exacto.

Intercambiamos una mirada sombría y después Logan se deja caer en el taburete de al lado mientras se pasa una mano por el pelo.

—Entonces tienes que currártelo, tronco. Estudia hasta que se te caigan los huevos y saca un 10 en ese puto examen. Te necesitamos, G.

—Lo sé. —Agarro mi tenedor con frustración y después lo suelto. Mi apetito se ha esfumado. Este es mi primer año como capitán, algo que es un gran honor teniendo en cuenta que solo estoy en tercero. Se supone que debo seguir los pasos de mi predecesor y llevar a mi equipo a otro campeonato nacional, pero ¿cómo coño puedo hacer eso si no estoy en el hielo con ellos?

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