Cinder (Crónicas lunares I)

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FICHA TÉCNICA

Título: Cinder. Crónicas lunares I

Autor: Marissa Meyer

Editorial: Montena

Nº de páginas: 416

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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Capítulo uno

El tornillo que le atravesaba la articulación del pie se había oxidado, y tenía tan desgastados los surcos en forma de cruz de la cabeza que, en su lugar, solo quedaba una depresión circular de bordes irregulares. Le dolían los nudillos de la fuerza que ejercía en cada giro de destornillador, intentando aflojar el tornillo. Cuando consiguió que asomara lo suficiente para poder arrancarlo con la mano biónica de acero, el fino relieve en espiral había quedado completamente borrado.

Cinder arrojó el destornillador sobre la mesa, asió el pie por el tobillo y tiró con fuerza para desencajarlo. De pronto saltó una chispa que le chamuscó las puntas de los dedos. Cinder soltó el pie de golpe y se apartó rápidamente, por lo que este quedó colgando de una maraña de cables rojos y amarillos.

Se recostó hacia atrás con pesadez y dejó escapar un gruñido de alivio. Una sensación de liberación revoloteaba al final de los cables. Después de llevar cuatro años maldiciendo aquel pie que le venía demasiado pequeño, juró no volver a ponerse aquel chisme nunca más. Ahora solo faltaba que Iko no tardara demasiado en volver con el recambio.

Cinder era la única mecánica del mercado semanal de Nueva Pekín que ofrecía un servicio integral. Sin letrero, lo único que delataba la naturaleza de su negocio eran las estanterías que llenaban las paredes, abarrotadas de recambios de serie para androides. La tienda estaba encajada en un recoveco sombreado, entre un comerciante de seda y un hombre que se dedicaba a la compraventa de telerredes. Ambos solían quejarse del fuerte y desagradable olor a grasa y metal que manaba del tenderete de Cinder, a pesar de que el aroma de los bollitos de miel de la panadería del otro lado de la plaza solía disimularlo. Cinder sabía que, en realidad, lo que no les gustaba era estar cerca de ella.

Un mantel lleno de manchas separaba a Cinder de los curiosos que se paseaban por delante. La plaza estaba atestada de compradores y vendedores ambulantes, de niños y bullicio. De los gritos de quienes intentaban regatear con tenderos robóticos, empeñados en que los ordenadores rebajaran su margen de beneficio. Del zumbido de los escáneres de identidad y la monótona voz que anunciaba la recepción del dinero cuando este cambiaba de cuenta. Del rumor de las telerredes, que revestían los edificios y asfixiaban el aire con el murmullo de anuncios, noticias y cotilleos.

La interfaz auditiva de Cinder amortiguaba el ruido y lo convertía en un susurro vibrante, pero ese día no conseguía ahogar la persistente melodía que se imponía a todo lo demás. A pocos pasos de su puesto, unos niños bailaban en corro cantando «cenizas, cenizas, todo se derrumba» y luego se tiraban al suelo, riendo alborozadamente.

Una sonrisa se debatía en los labios de Cinder. No tanto por la cancioncita infantil —una canción sobrecogedora sobre la peste y

la muerte, que había recobrado popularidad durante la última década y que le provocaba cierto repelús— como por la satisfacción con que acogía las miradas desaprobadoras que los transeúntes les dirigían a los niños, que, muertos de risa, les entorpecían el camino con sus caídas. La molestia de tener que sortear los cuerpos que se retorcían en el suelo provocaba los reniegos de los compradores. Solo por eso, Cinder adoraba a los niños.

—¡Sunto! ¡Sunto!

Se había acabado la diversión. Cinder vio que Chang Sacha, la panadera, se abría camino entre la gente, vestida con su delantal cubierto de harina.

—¡Sunto, ven aquí! Te he dicho que no quiero que juegues tan cerca de…

Sacha miró a Cinder, frunció los labios, cogió a su hijo por el brazo y dio media vuelta. El niño gimoteó y fue tras ella arrastrando los pies mientras su madre le ordenaba que no se alejara del tenderete. Cinder arrugó la nariz en un gesto de burla dirigido a la espalda de la panadera. Los demás niños desaparecieron raudos y veloces entre la multitud y se llevaron sus risas cantarinas consigo.

—Como si los cables fueran contagiosos —comentó Cinder entre dientes a su puesto vacío.

Las vértebras le crujieron al estirar los brazos y pasarse los sucios dedos por el pelo para retirárselo hacia atrás y recogérselo en una coleta despeluzada. Luego recogió los guantes de trabajo chamuscados y se cubrió primero la mano de acero. Aunque la palma de la otra empezó a sudarle en el acto dentro del grueso material, se sentía más cómoda cuando los llevaba puestos y ocultaban el revestimiento metálico de la mano biónica. Estiró y separó los dedos todo lo que pudo

para aliviar el calambre que le contraía la base del pulgar de apretar el destornillador con tanta fuerza y volvió a echar un vistazo a la plaza de la ciudad. Vio unos cuantos androides retacos y blancos entre la muchedumbre, pero ninguno de ellos era Iko.

Con un suspiro, Cinder se inclinó sobre la caja de herramientas que guardaba debajo de la mesa de trabajo. Después de rebuscar entre el batiburrillo de destornilladores y llaves inglesas, por fin dio con el extractor de fusibles que llevaba siglos enterrado en el fondo. Uno tras otro, desconectó los cables que todavía unían el pie al tobillo, arrancando un chispazo cada vez que tiraba de uno de ellos. No los sentía gracias a los guantes, pero el visor retinal le informaba debidamente que perdía la conexión con la pierna a través del texto rojo y parpadeante.

El pie cayó con estrépito al suelo de cemento tras propinarle un tirón al último cable.

El cambio fue instantáneo. Por primera vez en su vida se sentía… ligera.

Hizo sitio en la mesa para dejar encima el pie arrancado y lo colocó en medio de las llaves inglesas y las tuercas de bloqueo, como si le hubiera hecho un santuario, antes de volverse a agachar sobre el tobillo y limpiar con un trapo viejo la suciedad que se había acumulado en el anclaje.

¡Pam!

Cinder se sobresaltó y se golpeó la cabeza contra la parte inferior del tablero. Irritada, lo primero con que se topó al separarse de la mesa fue con una androide apagada que descansaba repantingada sobre el tablero y, lo segundo, con el hombre que esperaba detrás. Un joven de melena negra que le llegaba por debajo de las orejas, ojos

castaños con un tinte cobrizo que la miraban sorprendidos y unos labios que todas las chicas del país habían admirado miles de veces.

Cinder relajó el entrecejo.

El breve desconcierto del joven se transformó en culpabilidad. —Lo siento —se disculpó—, no sabía que había alguien ahí abajo.

Estaba tan estupefacta que le costó comprender que se dirigía a ella. Con el pulso acelerado, el visor retinal de Cinder escaneó las facciones del joven, aunque después de los años que llevaba viéndolo en la telerred le resultaban muy familiares. Parecía más alto en persona, y la sudadera gris con capucha no casaba con la ropa elegante que solía lucir en sus apariciones públicas, pero aun así el escáner de Cinder solo necesitó 2,6 segundos para medir los puntos del rostro y enlazar la imagen con la base de datos de la red. Al instante, el visor le informó de lo que ya sabía. Los datos aparecieron en la parte inferior de su campo de visión, en una cadena de texto de color verde.

, RIENTAL

ID # 0082719057
NACIMIENTO 7 ABR. DE 108 T.E.

SS. 88.987 CRONO INVERSA

PUBLICADO EL 14 DE AG. DE 126 T.E.: EL PRÍNCIPE HEREDERO KAI

CELEBRARÁ UNA RUEDA DE PRENSA EL 15 PARA INFORMAR SOBRE EL TRABAJO DE INVESTIGACIÓN QUE ESTÁ LLEVÁNDOSE A CABO EN TORNO A LA LETUMOSIS Y LAS POSIBLES VÍAS PARA HALLAR UN ANTÍDOTO…

Cinder se levantó de un salto y poco le faltó para caerse, pues olvidó que le faltaba un pie. Recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa con ambas manos y, como pudo, hizo una desmañada reverencia. El visor retinal se apagó al instante.

—Su Alteza —balbució, con la cabeza gacha, alegrándose de que el joven no pudiera ver que le faltaba un pie gracias a la tela que cubría el tablero de trabajo.

El príncipe hizo un mohín y echó un rápido vistazo a sus espaldas, antes de inclinarse hacia ella.

—Tal vez, eso… —Se llevó un dedo a los labios—. Lo de Alteza y esas cosas.

Con los ojos como platos, Cinder asintió temblorosa.
—Claro. Por supuesto. ¿En qué… puedo…? ¿Qué… estáis…? Tragó saliva, las palabras se le pegaban al paladar como si estuvieran hechas de pasta de alubias.

—Busco a Linh Cinder —dijo el príncipe—. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Cinder se arriesgó a levantar una de las manos que la ayudaban a mantener el equilibrio y tiró del borde del guante para subírselo un poco más y ocultar la muñeca.

—Yo… Yo… Yo soy Linh Cinder —tartamudeó, sin alzar la vista más allá del pecho del príncipe.

Cinder siguió el movimiento de la mano del joven, que la plantó sobre la protuberante cabeza de la androide.

—¿Tú eres Linh Cinder?
—Sí, Alte… —Se mordió el labio. —¿El mecánico?

Cinder asintió.

—¿En qué puedo ayudaros?

En vez de responder, el príncipe se agachó, estiró el cuello de modo que a Cinder no le quedara otro remedio que mirarlo a los ojos y le dedicó una sonrisa encantadora. A Cinder le dio un vuelco el corazón.

El príncipe se enderezó, obligándola a levantar la vista.
—No eres exactamente lo que esperaba.
—En fin, vos tampoco sois precisamente… lo que… esto… —Incapaz de sostenerle la mirada, Cinder alargó la mano y atrajo a la androide hacia ella—. ¿Qué le ocurre a la androide, Alteza?

La androide parecía recién salida de fábrica, pero Cinder sabía que se trataba de un modelo antiguo por cómo imitaba las formas femeninas. Aun así, el diseño era de líneas elegantes, con una cabeza esférica que coronaba un cuerpo de caderas pronunciadas y un acabado blanco y reluciente.

—No consigo que se encienda —explicó el príncipe Kai, atento mientras Cinder examinaba el robot—. Iba la mar de bien y, un día, de repente, dejó de funcionar.

Cinder le dio la vuelta a la androide de modo que la luz del sensor quedara de cara al príncipe. Era un alivio poder entretener las manos con algo rutinario y la mente con las preguntas habituales, cualquier cosa en la que concentrarse para que los nervios no volvieran a hacerle perder el control de la conexión con su cerebro.

—¿Os había dado problemas alguna vez?
—No. Los mecánicos reales le hacen una revisión mensual y este es el primer problema serio que ha tenido.

El príncipe Kai se apoyó en el mostrador, cogió el pequeño pie metálico de Cinder y le dio varias vueltas, con curiosidad. Cinder se

puso tensa y observó con atención al joven mientras este echaba un vistazo a la cavidad llena de cables y toqueteaba las articulaciones flexibles de los dedos. El príncipe utilizó la manga de la sudadera, varias tallas más grande, para limpiar una mancha.

—¿No tenéis calor? —preguntó Cinder, arrepintiéndose en el acto de haber recuperado la atención del joven.

Por un instante fugaz, el príncipe casi pareció avergonzado. —Estoy asándome, pero intento pasar desapercibido —contestó.

Si te ha gustado, puedes leer AQUÍ mi reseña.

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4 comentarios en “Cinder (Crónicas lunares I)

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