Algo tan sencillo como tuitear te quiero

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FICHA TÉCNICA

Título: Algo tan sencillo como tuitear te quiero

Autor: Blue Jeans

Editorial: Planeta

Nº de páginas: 529

Mi puntuación: 📕📗📘‘5 / 5

 

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CAPÍTULO 1

—Guau.

Aquel lugar es tal como aparecía en las fotos. Elena intenta no perderse ni un detalle de lo que tiene delante. Cuando cruza la verja de la entrada, observa el imponente edificio principal de tres plantas, repleto de ventanales, algunos con la persiana echada todavía. A la derecha ve un campo de fútbol sala, con canastas de baloncesto a los lados; y a la izquierda, las pistas de te-nis. Son tres, de cemento azul. Supone que detrás se encuentran la piscina cubierta y el gimnasio. Pero lo que más le llama la atención es una especie de lago, con una cascada al fondo, que embellece la imagen de aquella residencia de estudiantes.

—¡Qué morro tienes! ¡Yo también quiero quedarme aquí! —grita a su lado una chica rubia, con el pelo recogido en una coleta alta.

—A ti todavía te quedan dos años de instituto, Marta —le comenta su madre mientras arrastra una de las maletas de su hija mayor.

—Seguro que esto está lleno de tíos buenos. No como en Toledo.

—¡Marta! ¿Desde cuándo piensas en eso?

—¿Me lo estás diciendo en serio, mamá? —¡Claro que sí! ¡Hablo muy en serio!

Elena sonríe para sí al escucharlas discutir. No es la primera vez. Pero su madre no se entera de nada. Si supiera que la pequeña de la familia ha tenido ya cuatro o cinco medio novios, se volvería loca. Aunque es normal. Su hermana se ha convertido en una adolescente preciosa y los tíos llevan varios años persiguiéndola. Ella, en cambio, ni siquiera ha pensado en chicos toda-vía. No le interesan. A sus dieciocho años puede presu-mir de haberse mantenido al margen de cualquier tipo de relación y no haber tenido ni tentaciones. Quizá es porque todavía no ha aparecido esa persona que le guste tanto como para preocuparse por el amor. Sus intereses han sido otros: estudiar, prepararse bien en los años de instituto y su página web.

—¡Pero mira eso! ¡Madre mía! —exclama Marta señalando a dos chicos en pantalón corto que también van cargados con sus equipajes—. Creo que voy a venir mucho a visitarte.

Los ojos de Elena se dirigen hacia donde su herma-na indica. Por una vez, debe darle la razón. Los dos son bastante llamativos. Uno es alto y moreno; el otro, un poco más bajo, con el pelo corto castaño y con pin-ta de atleta. Lleva una camiseta sin mangas y sujeta una bolsa de mano, aparentemente muy pesada, sin ningún esfuerzo. Ambos entran en el edificio antes que ellas.

—Cuando regresemos a Toledo, vamos a hablar tú y yo de esto —le recrimina Pilar a su hija menor.

—¿Otra vez? Venga, mamá, que no soy una niña. Tengo ya dieciséis años.

—Eres muy joven todavía. No quieras crecer antes de tiempo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme en casa? —la desafía la chica—. ¿Hay alguna ley que prohíba que salga con chicos?

Cada vez que hace algo que sus padres no aprueban, Marta recurre a la misma pregunta: «¿Hay alguna ley que prohíba…?». Y es que, aunque los dos son abogados, no siempre encuentran argumentos para frenar los impulsos de su hija pequeña. Con Elena, en cambio, no tienen ese problema. Nunca les da dolores de cabeza. Es muy responsable y piensa las cosas antes de hacerlas. Además, se sienten muy orgullosos de que quiera seguir sus pasos. Ha elegido Derecho como carrera y ambos están seguros de que será una gran jurista.

—¿Vais a continuar con la discusión aquí en medio o entramos de una vez?

Su madre y su hermana aparcan la disputa momentáneamente y comienzan a subir la escalera de mármol que conduce a la puerta principal del edificio. Elena carga con la maleta más pesada y casi no puede con ella. Cada escalón es un sufrimiento.

—Pero ¿cómo es posible que no haya una rampa para…? —murmura.

Entonces se da cuenta de que sí existe una rampa para subir, a su derecha. Había estado tan pendiente del rifirrafe entre su hermana y su madre y de aquellos dos chicos que no se había fijado. Maldice su torpeza en un susurro crispado e intenta volver a bajar los escalones para enmendar su error. Sin embargo, el asa se le escurre de las manos y la maleta aterriza en el suelo, golpeando en su descenso, uno por uno, todos los peldaños de mármol que ya había subido.

—Pero, Elena, ¡qué has hecho! —grita su madre, alterada, desde la puerta del edificio.

La chica se lleva las manos a la cabeza y, a continuación, baja rápidamente a comprobar los daños. La maleta está abierta de par en par, con parte de su ropa esparcida por el suelo, como si hubiera decidido montar allí mismo su particular top manta. Avergonzada, se aga-cha y comienza a guardarla de nuevo.

—¿Quieres que te ayude?

Es una voz masculina, dulce y agradable. Cuando Elena alza la mirada, ve a un chico con el pelo corto, moreno y de grandes ojos verdes. Un simpático hoyuelo le marca la barbilla, y luce un pequeño tatuaje en el cuello. Parece un ave fénix. También se agacha para echarle un cable.

—No, no te preocupes —responde muy seria y tensa. Se da cuenta de que sostiene un tanga rosa en sus manos y rápidamente lo esconde bajo el resto de la ropa. El joven sonríe y se incorpora. —Como tú quieras —comenta.

Cualquier otro probablemente se hubiera marcha-do, pero él decide permanecer junto a ella.

Elena continúa recogiendo su ropa y observando de reojo a aquel chico. ¿Por qué no se va de allí? ¿Qué pretende?

—Perdona, ¿quieres algo?

—Asegurarme de que tu maleta y tú llegáis enteras arriba.

—Ah. No sabía que en esta residencia te asignaban un ángel de la guarda nada más llegar.

—¿Sí? Yo tampoco lo sabía. Soy novato como tú. Aunque me di cuenta de que había una rampa y subí mi maleta por ella.

Le hace gracia lo que dice, pero no piensa reírle la broma. Elena cabecea y se pone de pie. Ya ha guardado toda la ropa en la maleta. Pero aparece un nuevo problema. ¡No cierra!

—Oye, ¿por qué tardas tanto? —le pregunta Marta, que ha bajado la escalera hasta donde está su hermana.

La chica entonces pone sus ojos en el joven que acompaña a Elena. ¡Es guapísimo! Y ese tatuaje en el cuello le hace terriblemente sexi. Marta sonríe como una tonta. Se ha puesto tan nerviosa que ni le salen las palabras.

—Hola. Eres su hermana, ¿verdad?

—Sí, es mi hermana —se adelanta a responder Ele-na algo molesta—. Marta, ayúdame a cerrar esto.

La chica obedece, aunque se le ha instalado una sonrisa ingenua en la cara de la que no puede deshacerse.

—Me llamo David. ¿Vosotras?

—Ella es Marta; y yo, Elena —contesta la mayor de las hermanas sentándose sobre la maleta e intentando cerrarla.

—Encantado, Marta y Elena…

—Igualmente, David.

—¿Me dejáis que os ayude? Terminaremos antes. Marta asiente con la cabeza, sin hablar. Elena trata de hacer fuerza una última vez, pero sin éxito. Así que se da por vencida y accede a que David colabore. Las dos chicas se sientan sobre la maleta, algo que aprovecha el joven para hacer presión y ajustar los dos cierres.

El ruido de dos clics indica que la operación ha sido un éxito. Cerrada.

—Por fin… —resopla Elena—. Gracias. —De nada.

Y, dejando a su hermana pequeña junto al chico, camina hasta la rampa, arrastrando la maleta, y la sube. Menudo estreno. ¡No podía empezar con peor pie! Se sonroja al pensar que ese tío ha visto su ropa interior tirada por el suelo. Solo espera que aquello no sea un presagio de lo que le espera en los próximos nueve me-ses de curso.

Su madre la recibe cuando llega a la puerta de entra-da del edificio.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes —responde. Y mira hacia aba-jo, donde su hermana y David dialogan animadamente. Los dos ríen.

—¿Entramos entonces? —Sí, vamos.

Madre e hija cruzan la puerta giratoria. Al fondo, se halla la recepción de la residencia. Los dos chicos que vio nada más llegar se encuentran allí todavía. Un hombrecillo calvo y con gafas les acaba de entregar una llave a cada uno. Los estudiantes le dan las gracias, cogen su equipaje y se marchan por el pasillo de la izquierda. Elena los sigue con la mirada hasta que desaparecen tras una puerta verde oscuro en la que pone «1B» en grande.

—¿En qué puedo ayudarlas? —les pregunta el recepcionista cuando están frente a él.

—Soy Elena Guillermo. Estoy inscrita en esta residencia.

El bedel se gira hacia un ordenador y teclea el nombre que acaba de escuchar. Lee la pantalla y toma unas notas en un papel. Luego se dirige otra vez a la joven y le sonríe con amabilidad.

—Bienvenida a la residencia Benjamin Franklin, Elena. Mi nombre es Jesús y estoy aquí para ayudarte en lo que necesites.

—Gracias, Jesús.

—Tienes que rellenar este formulario —dice mientras le entrega una hoja que saca de debajo del mostrador—. Puedes hacerlo en tu cuarto si quieres y me lo das después. Es una ficha de residente.

—Muy bien. Gracias.

—Además, léete esto cuando puedas —señala mostrándole un pequeño cuaderno plastificado—. Son las normas de la residencia.

—Lo haré enseguida.

El hombrecillo se gira y coge una llave de un panel que tiene detrás. Se da la vuelta otra vez y se la entrega a Elena, que ha guardado el cuadernillo con las normas en el bolso.

—Tu habitación es la 1151, en el pasillo 1B. Es ese de tu izquierda. Bienvenida. Espero que tu estancia aquí sea satisfactoria.

—Muchas gracias. Seguro que sí.

Elena y Pilar se despiden de Jesús. Las dos caminan hasta la puerta que el hombre les ha indicado. La misma que atravesaron los dos chicos que se registraron antes que ella.

—No sabía que chicas y chicos compartían pasillo en esta residencia.

—Yo tampoco, mamá.

La joven abre la puerta del 1B y coloca la maleta delante para evitar que se cierre. Oye ruido y gente ha-blando al fondo, pero no ve de quién se trata. El pasillo es bastante ancho y lo componen nueve habitaciones, de la 1151 a la 1159. Las impares quedan a la izquierda y las pares a la derecha, salvo la 1159, que está justo en el centro, al final del pasillo. La suya es la primera del lado izquierdo.

—Espero que esto no suponga una distracción para ti. —¿El qué?

—Que vivas puerta con puerta con chicos. —Mamá, no soy como Marta. Sé que aquí vengo a estudiar.

Su madre no las tiene todas consigo. Es verdad que Elena siempre ha sido muy responsable y que nunca les ha dado problemas. Pero tener tan cerca la tentación…

Recuerda cuando ella estaba en la universidad y lo que le complicó la carrera conocer al que hoy es su marido. No fue fácil compaginar los estudios con la relación, que pasó por mil y un altibajos en aquellos años. Aun-que finalmente hubo final feliz y ambos lograron su objetivo y terminaron casándose.

—Bueno, espero que eso no se te olvide. Derecho es hincar los codos y dedicarle muchas horas. Debes centrarte en la carrera si quieres sacar buenas notas.

—Tranquila, mamá. Lo tengo todo muy claro.

La chica alcanza de nuevo la maleta y la deja junto a su puerta. Después mete la llave en la cerradura de la 1151 y abre. La habitación no es demasiado grande, aunque parece acogedora. Lo primero que hace Elena es sentarse en la cama y dar unos botecitos sobre el colchón para comprobar su elasticidad. Mientras, su madre sube la persiana y abre la ventana. Entra bastante luz. Desde allí puede ver el lago y la cascada.

—¿Te gusta la habitación? —le pregunta Pilar admirando el paisaje.

—Sí, es como en las fotos. Y me encanta la vista que me ha tocado.

La joven echa un vistazo a su alrededor. Le agrada el color amarillo clarito de las paredes y el techo. Sabe que allí pasará muchas horas encerrada, estudiando, duran-te los próximos meses. El escritorio es amplio y en la estantería de madera tiene suficiente espacio para todo lo que se ha llevado: libros, fotos de su familia y amigos de Toledo, ordenador portátil, algún peluche…

—El armario está muy bien. Creo que aquí cabrá toda tu ropa —indica su madre, que lo está inspeccionando todo con ojos de sargento.

—Menos mal.

—¿Te has traído la plancha pequeña? —Por supuesto.

La ropa y su aspecto es algo fundamental para Ele-na. Ha leído en algunos foros de la universidad que los estudiantes de Derecho suelen ir, en su mayoría, muy bien vestidos a clase. Ella no iba a ser menos. Siempre le ha gustado arreglarse y maquillarse adecuadamente. Su madre le enseñó a hacerlo desde que era pequeña.

La chica se levanta de la cama y entra en el cuarto de baño. Es muy sencillo. Pequeñito, funcional y con un plato de ducha. Elena se mira en el espejo y piensa en el gran paso que está dando. Aquel día supone el comienzo de una nueva etapa en su vida.

—¿Se puede? —preguntan desde el umbral de la puerta, que permanece abierta.

—Claro. Adelante.

Elena sale del baño y observa a su hermana pequeña, que no viene sola. La acompaña David, el chico que las ha ayudado antes a cerrar la maleta. Sus miradas coinciden un instante, hasta que la joven, ruborizada, la aparta hacia otro lado.

—Marta, no te vayas muy lejos, que nos vamos a marchar dentro de poco —le advierte su madre al escuchar la voz de su hija menor.

—¿Ya? ¿No nos quedamos a comer?

—No podemos. Tengo mucho trabajo en el des-pacho.

La chica protesta y suelta una palabra malsonante en voz baja. Le hubiera gustado pasar más tiempo con aquel chico sevillano tan guapo y tan amable. Está cansada de los tíos del instituto, que solo van a lo que van y que, para colmo, son unos inmaduros.

—¿Cuál es tu habitación? —le pregunta a David mientras busca algo en su bolso.

—La 1152. Está enfrente.

—¿En serio? ¿Eres vecino de mi hermana? —Eso parece.

Elena oye la conversación entre los dos y se sorprende. Aquel chico será uno de sus compañeros de pasillo durante el curso. Lo vuelve a mirar sin que él se dé cuenta. Está pendiente de algo que Marta está escribiendo en un papelito: su wasap y su cuenta de Twitter. No puede negar que aquel chico está francamente bien. Y parece bastante agradable. ¿Por qué antes, en la esca-lera, se puso a la defensiva con él? También ha conseguido que se sonroje. ¡Dos veces! No es propio de ella. Ningún tío ha logrado lo que aquel en apenas unos minutos y prácticamente sin desearlo. No cabe duda, algo pasa. Pero no tendrá tiempo para averiguarlo. ¡Está allí para estudiar! ¡Para convertirse en una gran abogada! Sus padres confían en ella y va a hacer lo posible para que continúen orgullosos.

Los chicos no le interesan. David no le interesa. O al menos eso es de lo que intenta convencerse aquel 10 de septiembre en un lugar de la ciudad.

—–

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El crimen del ganador

el-crimen-del-ganadorFICHA TÉCNICA

Título: El crimen del ganador

Título original: The winner’s crime

Autor: Marie Rutkoski

Editorial: Plataforma Neo

Nº de páginas: 392

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

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CAPÍTULO 1

SE CORTÓ AL ABRIR EL SOBRE

Kestrel se había dejado llevar por la emoción, había sido una idiota, se había abalanzado sobre la carta simplemente porque estaba escrita en herraní. Se le resbaló el abrecartas. Unas cuantas gotas de sangre cayeron sobre el papel y dejaron unas manchas brillantes.

No era de él, naturalmente. La carta era del nuevo ministro de Agricultura herraní. Le escribía para presentarse y comunicarle que estaba deseando reunirse con ella.

«Creo que vos y yo tenemos mucho en común, y mucho de qué hablar», le decía. No estaba segura de a qué se refería con eso. No lo conocía, ni siquiera había oído hablar de él. Aunque suponía que tendría que reunirse con el ministro en algún momento (después de todo, era la embajadora imperial ante Herrán, que ahora era un territorio independiente), a Kestrel no la entusiasmaba precisamente tener que pasar tiempo con el ministro de Agricultura. Ella no tenía ni la más remota idea sobre rotación de cultivos ni fertilizantes.
Captó el tono arrogante de sus pensamientos. Notó cómo le hacían apretar los labios. Se dio cuenta de que estaba furiosa con aquella carta.

Consigo misma. Con la forma en la que se le había acelerado el corazón al ver su nombre escrito en el sobre empleando el alfabeto herraní. Había anhelado tanto que fuera de Arin…

Pero hacía casi un mes que no tenía contacto con él, desde que le había ofrecido la libertad de su país. Además, él no había escrito el sobre. Conocía su letra. Conocía los dedos con los que sostendría la pluma. Las uñas recortadas, las cicatrices plateadas de antiguas quemaduras, el roce áspero de sus manos encallecidas… nada de eso concordaba con su elegante letra cursiva. Debería haber sabido de inmediato que la carta no era de él. Pero aun así: el rápido vistazo al papel. Aun así: la decepción.

Apartó a un lado la carta. Se desamarró el fajín de seda que llevaba a la cintura, sacándolo de debajo de la daga que portaba a la cadera, como todos los valorianos. Se envolvió la mano ensangrentada con el fajín. Estaba estropeando la seda de tono marfil. La tela se manchó de sangre. Pero un fajín estropeado carecía de importancia, al menos para ella. Kestrel estaba prometida con el príncipe Verex, heredero del imperio valoriano. La reluciente línea oleosa que le dibujaban cada día en la frente era la prueba de ello. Poseía montañas de fajines, montañas de vestidos, ríos de joyas… Era la futura emperatriz. Sin embargo, se tambaleó al levantarse de la silla de ébano tallado. Recorrió con la mirada el estudio, una de las numerosas habitaciones que componían sus aposentos, y la invadió la inquietud al contemplar las paredes de piedra, las esquinas que formaban con insistencia perfectos ángulos rectos, la forma en la que dos estrechos pasillos daban a la habitación. No debería extrañarse, pues sabía que el palacio imperial también era una fortaleza. Los pasillos angostos servían para frenar el avance de una fuerza invasora. No obstante, tenía un aspecto extraño y hostil. No se parecía en nada a su casa. Kestrel se recordó que, en realidad, su casa en Herrán nunca le había pertenecido.
Puede que se hubiera criado en esa colonia, pero era valoriana. Estaba donde se suponía que debía estar. Donde había elegido estar.

El corte había cesado de sangrar. Dejó la carta y fue a cambiarse de vestido para la cena. Eso era su vida: telas lujosas y adornos de muaré de seda. Una cena con el emperador… y el príncipe. Sí, esa era su vida. Debía acostumbrarse. El emperador estaba solo. Sonrió al verla entrar en el comedor de paredes de piedra.

Llevaba el cabello gris muy corto, siguiendo el mismo estilo militar que su padre, y la perspicacia se reflejaba en sus ojos oscuros. No se levantó de la larga mesa para recibirla.

–Majestad Imperial –dijo ella, inclinando la cabeza.
–Hija –respondió él. Su voz resonó en la sala abovedada, rebotando contra los platos y vasos vacíos–. Siéntate. Kestrel se dispuso a obedecer.
–No –repuso él–. Aquí, a mi derecha.
–Ese es el sitio del príncipe.
–Al parecer, el príncipe no está presente.

Kestrel se sentó. Los esclavos trajeron el primer plato y sirvieron vino blanco. Podría haberle preguntado por qué la había convocado para que cenara con él y dónde estaba el príncipe, pero había comprobado que al emperador le encantaba emplear el silencio para avivar la inquietud de los demás. Kestrel dejó que el silencio aumentara hasta que fue tanto cosa suya como de él, y solo habló cuando sirvieron el tercer plato.

–Tengo entendido que la campaña contra el este va bien.
–Eso cuentan las cartas de tu padre desde el frente. Debo recompensarlo por el brillante desarrollo de la guerra. O tal vez debería recompensarte a ti, lady Kestrel.
Ella bebió de su copa.
–Yo no he tenido nada que ver.
–¿Ah, no? Tú insististe en que pusiera fin a la rebelión herraní concediéndole autogobierno a la región bajo mi autoridad. Tú argumentaste que eso liberaría tropas y dinero para dedicarlos a la guerra del este, y hete aquí –hizo un gesto pomposo con una mano– que así ha sido. Un consejo muy inteligente de alguien tan joven.

Aquellas palabras la pusieron nerviosa. Si el emperador supiera la verdadera razón que la había llevado a abogar por la independencia herraní, le costaría muy caro. Kestrel probó la comida preparada con tanto esmero. Había barcos hechos de pastel de carne, con velas de gelatina transparente. Comió despacio.

–¿No te gusta?
–No tengo mucha hambre. El emperador hizo sonar una campanilla de oro.
–El postre –le indicó al muchacho que apareció al instante–. Pasaremos directamente al postre. Sé cuánto les gustan los dulces a las jóvenes. Sin embargo, cuando el chico regresó portando dos platitos de porcelana tan delicada que la luz se filtraba a través de los bordes, el emperador repuso:

–Para mí no.
El joven depositó un plato delante de Kestrel, junto con un tenedor extrañamente ligero y traslúcido. Se calmó. El emperador no sabía la verdad acerca del día en que lo había instado a poner fin a la rebelión herraní. Ni él ni nadie. Ni siquiera Arin sabía que había comprado su libertad con unas cuantas palabras estratégicas… y la promesa de contraer matrimonio con el príncipe heredero.

Si Arin se enteraba, se opondría. Se autodestruiría. Si el emperador se enteraba de por qué lo había hecho, la destruiría a ella. Kestrel contempló la nata montada rosada que se amontonaba en su plato y el tenedor transparente, como si compusieran todo su mundo. Debía hablar con cautela.

–¿Qué más recompensa iba a desear, cuando me habéis concedido a vuestro único hijo?
–Sí, mi hijo es todo un premio. Sin embargo, aún no tenemos fecha para la boda.
¿Cuándo será? No te has pronunciado sobre el tema.
–Me pareció que debería decidirlo el príncipe Verex.
Si la elección quedara en manos del príncipe, la fecha de la boda sería nunca.
–¿Por qué no decidimos nosotros?
–¿Sin él?
–Querida, si la endeble mente del príncipe no puede recordar algo tan simple como el día y la hora de una cena con su padre y su prometida, ¿cómo podemos esperar que planifique cualquier parte del acontecimiento de Estado más importante de las últimas décadas? Ella no dijo nada.

–No estás comiendo.
Kestrel hundió el delicado tenedor en la nata y se lo llevó a la boca. Los dientes del tenedor se fundieron contra su lengua.
–Azúcar –comentó, sorprendida–. El tenedor está hecho de azúcar endurecido.
–¿Te gusta el postre?
–Sí.
–En ese caso, debes comértelo todo.

Pero ¿cómo iba a terminarse la nata si el tenedor no dejaba de fundirse cada vez que comía un bocado? Todavía sostenía la mayor parte del cubierto en la mano, pero no duraría.
Un juego. El postre era un juego, la conversación era un juego. El emperador quería ver cómo iba a jugar.

–Creo que finales de este mes sería perfecto para una boda –propuso él.
Kestrel comió más nata. Los dientes se fundieron por completo, dejando algo parecido a una cuchara deformada.
–¿Una boda en invierno? No habrá flores.
–No necesitas flores.
–Si sabéis que a las jóvenes les gustan los postres, también debéis saber que les gustan las flores.
–Supongo que entonces preferirías una boda en primavera.
Ella encogió un hombro.
–Sería mejor en verano.
–Por suerte, en mi palacio hay invernaderos. Incluso en invierno, podríamos alfombrar el gran salón con pétalos.
Kestrel comió más postre en silencio. El tenedor se convirtió en un palo plano.
–A menos que desees posponer la boda –añadió el emperador.
–Estoy pensando en nuestros invitados. El imperio es inmenso. Vendrá gente de todas las provincias. Resulta horrible viajar en invierno, y las cosas no mejoran mucho en primavera. Llueve. Los caminos se llenan de barro…
El emperador se recostó en su silla, estudiándola con una expresión divertida.
–Además, odiaría desperdiciar una oportunidad. Ya sabéis que los nobles y gobernadores os darán todo lo que esté a su alcance (favores, información, oro…) a cambio de los mejores asientos en la boda. El misterio de qué me pondré y qué música sonará distraerá al imperio. Nadie se daría cuenta si tomarais una decisión política que, de otro modo, indignaría a miles. Yo, en vuestro lugar, disfrutaría de mi largo compromiso. Sacadle el máximo provecho.
Él se rió.
–Ay, Kestrel. Serás una emperatriz magnífica. –Alzó su copa–. Por vuestra feliz unión, el día del solsticio de verano.

No le habría quedado más remedio que brindar por eso, si el príncipe Verex no hubiera entrado en el comedor y se hubiera detenido en seco. En sus grandes ojos se reflejó una gama de emociones: sorpresa, dolor, ira…
–Llegas tarde –le espetó su padre.
–Claro que no –repuso Verex con los puños apretados.
–Kestrel se las ha arreglado para llegar a tiempo. ¿Por qué tú no?
–Porque me dijisteis mal la hora.
El emperador chasqueó la lengua.
–La entendiste mal.
–¡Me estáis haciendo quedar como un tonto!
–Yo no estoy haciendo nada de eso.
Verex cerró la boca de golpe. Su cabeza se balanceó sobre el delgado cuello como si fuera algo atrapado en una corriente.
–Ven –dijo Kestrel con dulzura–. Toma el postre con nosotros.

La mirada que le lanzó le indicó a Kestrel que, por mucho que odiara los juegos de su padre, detestaba aún más que ella le tuviera lástima. Salió huyendo de la sala. Kestrel jugueteó con el trozo que quedaba del tenedor de azúcar. Incluso después de que el silencio hubiera vuelto a imponerse tras la ruidosa retirada del príncipe por el pasillo, sabía que no debía hablar.
–Mírame –le ordenó el emperador.
Ella levantó la vista.
–No quieres que la boda sea en verano por las flores ni los invitados ni el beneficio político. Quieres posponerla lo máximo posible.
Kestrel aferró el tenedor con fuerza.
–Te concederé lo que quieres, dentro de lo razonable –anunció–, y te diré por qué.
Porque no te culpo, teniendo en cuenta al novio. Porque no gimoteas cuando quieres algo, sino que tratas de lograrlo. Como haría yo. Cuando me miras, ves en quién te transformarás. Una soberana. Te he elegido, Kestrel, y te convertiré en todo lo que mi hijo no puede ser. Alguien digna de ocupar mi puesto. Kestrel se quedó mirándolo, buscando su futuro en los ojos de un anciano capaz de tratar con crueldad a su propio hijo. El emperador sonrió.

–Mañana me gustaría que te reunieras con el capitán de la guardia imperial.
No conocía al capitán, pero estaba familiarizada con su labor. Oficialmente, era responsable de la seguridad personal del emperador. Extraoficialmente, sus servicios incluían otros de los que nadie hablaba: vigilancia, asesinatos… Al capitán se le daba bien hacer desaparecer a la gente.
–Tiene algo que enseñarte.
–¿El qué?
–Es una sorpresa. Alegra esa cara, Kestrel. Te estoy dando todo lo que podrías desear.

A veces, el emperador era generoso. Había presenciado audiencias en las que les había concedido a algunos senadores terrenos privados en nuevas colonias o puestos de poder en el Cuórum. Pero también había visto que su generosidad tentaba a otros a pedir un poquito más. Entonces, el emperador entrecerraba los ojos, como un gato, y Kestrel comprobaba cómo sus regalos hacían que la gente revelase lo que quería de verdad. Sin embargo, no podía evitar desear que la boda pudiera posponerse más de unos pocos meses. El solsticio de verano era mejor que la semana que viene, por supuesto, pero seguía siendo pronto. Demasiado pronto. ¿El emperador aceptaría esperar un año? ¿Más?

–El solsticio de verano… –dijo.
–Es la fecha perfecta.

Kestrel posó la mirada en su mano cerrada. Un olor dulce se extendió cuando la abrió y la apoyó, vacía, sobre la mesa. El tenedor de azúcar se había desvanecido por el calor de su palma.

—–

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