Reseña | Contra las estrellas | Claudia Gray

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FICHA TÉCNICA

Título: Contra las estrellas

Título original: Defy the stars

Autora: Claudia Gray

Editorial: Montena

Nº de páginas: 410

Mi puntuación:  📕📗📘📙/5

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La magia de ser Sofía | Primeros capítulos

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FICHA TÉCNICA

Título: La magia de ser Sofía

Autor: Elísabet Benavent

Editorial: Suma de letras

Nº de páginas: 528

Mi puntuación: 📕📗📘📙📔/5 🎉

 

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CAPÍTULO 1 (Héctor)

La vuelta

Mamá salió corriendo de casa dejando tras de sí un montón de puertas abiertas y un reguero de grititos de alegría que alertaron a los demás de que ya estaba allí. No había duda… era ese tipo de alegría que solo derrochas con la vuelta de un hijo.

Dejé la bolsa de viaje y la maleta a un lado y abrí los brazos. Mamá parecía más pequeña que nunca cuando la estreché. En mis recuerdos infantiles era una mujerona pero fue empequeñeciendo a medida que yo crecía. O quizá solo es que cambió mi punto de vista.

Al separarse de mi pecho se concentró en mirarme de arriba abajo, como en un examen médico.

—Estás más gordo —musitó—. Así mejor.

—¡¿Estás más gordo?! ¡Por fin voy a dejar de ser el hermano feo!

Mi hermano Sebas salió riéndose, con su voluminosa panza poniendo a prueba la elasticidad de su jersey y se abalanzó sobre mí para abrazarme, darme un puñetazo, levantarme del suelo e insultarme una, dos, tres veces… Todo a la vez.

—¿Gordo, mamá? Si él está gordo yo estoy listo para la matanza.

—No me tientes, Sebas, no me tientes —lo amenazó.

Mi padre había sido el tío más guapo de su quinta, nos había dicho muchas veces mi madre, pero con el tiempo se convirtió en el tío más grande de su quinta. Mi madre, una mujerona de armas tomar. Mi hermano y yo teníamos dentro más genes tendentes al sobrepeso que el resto de la población española; la diferencia entre nosotros radicaba en que él se había dejado llevar por la naturaleza y yo me resistía, cuidándome para en el futuro ser un fofisano de los que de pronto gustaban a las chicas. Cuando se lo comentaba a Lucía esta solía fruncir el ceño.

—A mí me gusta el Gerard Butler de 300, no un Gerard Butler de 300 kilos.

Yo me reía… pero me reía mientras cenaba brócoli hervido y un melocotón, como ella. No había tenido abdominales en mi vida, pero era consciente de que tenía un cuerpo…, uhm…, ¿cómo decirlo? Masculino. Fibroso. ¿Fornido? Bueno. Soy alto, siempre he tenido un pectoral definido y unos brazos firmes. A ella le gusté siempre, cuando era un adolescente desgarbado y cuando me transformé en un hombre robusto. Nos cuidábamos más por ella que por mí, pero ahora que estaba en Cáceres… a tomar por el culo la dieta.

—¿En serio estoy más gordo? —me miré—. Pues me pienso poner tibio a queso y perrunillas.

—Estás mejor ahora, te habías quedado asqueroso.

—Amor de madre —sentencié con un suspiro mientras miraba a mi hermano.

Mi madre había comprado una torta del casar y la casa me recibió oliendo… a muerto, porque seamos sinceros, está buenísima pero huele a algo en descomposición. Mi hermano no perdió tiempo y se coló en la cocina para meterle mano, armado con churruscos de pan; yo tenía la intención de hacer lo mismo pero acababa de llegar y… saludar mientras masticaba pan con queso… como que no.

Mis sobrinos fueron pasando en rueda de reconocimiento por mis brazos. El mayor, Eduardo, estaba irreconocible… bigotillo de adolescente incluido.

—¡Sebas! —le grité a su padre—. ¡Dale una cuchilla a este crío, por el amor de Dios, que tiene más bigote que mamá!

Me gané una colleja con la mano abierta, bien merecida, lo admito. La familia de mi madre siempre fue tendente al vello facial…

Sonia, otra de mis sobrinas, también había crecido mucho, pero para convertirse en una princesita tímida a la que le daba corte acercarse a darme un beso.

—¿No te acuerdas de tu tío?

—Sí —dijo con la boquita pequeña—. Pero me da vergüenza.

Claro que se acordaba de mí. Teníamos una especie de adoración mutua, como si ella fuera la niña de mis ojos y yo su primer amor platónico. La cogí en volandas y la cubrí de besos.

—Te traje una muñeca de esas que te gustan pero no se lo digas a tu hermana, que a ella le traje chocolate.

La vergüenza se le pasó después de cuatro arrumacos.

Los pequeños mareaban a mi padre en el patio interior. Papá había sido fiero… de esos padres a los que te da un miedo atroz enfrentarte al llegar con un suspenso en las notas. Pero…, azares del destino, se había convertido en un abuelo huevón que se dejaba hacer chichinas por sus nietos. En aquel momento tenía a Estefanía, la pequeña, agarrada de una pierna y a su hermano Guillermo, en la otra. Hacía un frío de narices, pero allí estaban ellos, jugando al raso.

—¡Corre, yayo, corre!

—Eso, corre, yayo —repetí.

Los enanos corrieron en busca de la cantidad ingente de chocolate que solía traer cuando venía de visita y mi padre me preguntó si en Suiza no vendían maquinillas de afeitar, porque nunca le han gustado las barbas.

—Claro que sí. Tendrías que ver lo suavitas que tengo las pelotas.

Me libré de otra colleja porque fui rápido.

Después de que mi madre estudiara el equipaje para hacerse con los suvenires (queso y chocolate pagados a precio de oro, como todo en Ginebra), nos sentamos en la mesa de la cocina.

—¿La niña no ha venido? —preguntó mi madre de soslayo.

La niña…, muchos pensarán que era un sobrenombre cariñoso y bueno, en cierta medida es verdad pero… escondía muchas connotaciones detrás de sus seis letras. Sé que todos la querían, pero acepto que siempre tuvo un carácter un poco especial, muy celosa de mi tiempo y de mis atenciones, que solía dejarla en evidencia delante de mi familia.

—No, mamá. Esta vez he venido solo —le aclaré—. Ya te lo dije por teléfono.

—Me dijiste que te quedabas solo, pero pensé que ella vendría contigo para saludar a la familia.

—Tiene mucho trabajo.

—Su madre está que trina. Pero no te preocupes que ya le he dejado bien claro que no es culpa tuya, que tiene una hija más despegá que despegá.

Hice una mueca que provocó carcajadas en mis sobrinos.

—La yaya es una brujilla…

—¡La yaya es bruja!

Los pequeños entonaron a coro que mi madre era una bruja y yo me gané una mirada que prometía otra colleja para luego.

—Entonces… —empezó a decir con la boca llena mi hermano—, ¿te quedas en el pueblo unos meses?

—No, qué va. Me voy a Madrid a casa de Estela. Aquí Lucía no encontraría trabajo de lo suyo.

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

—Hombre…, digo yo que después de tantos años algo tiene que ver, ¿no?

Mi hermano se encogió de hombros a la vez que acercaba el pan que mi madre había colocado en el lado opuesto de la mesa. «La niña» no era santo de su devoción, supongo.

—Entonces, ¿cuál es tu plan? —me preguntó.

—El plan es: yo me instalo en Madrid temporalmente y compruebo si va saliendo trabajo de lo mío mientras mantengo los clientes de allí. Si en seis meses veo que la cosa marcha, ella se viene. Tiene la posibilidad de pedir un traslado o… incluso de cambiar a una empresa española.

—Pues muy bien —sentenció mi padre, aunque sonó a posmubié.

—¿Y… por qué ahora? No es que no esté encantada de teneros más cerca. Seguro que tu suegra también tiene ganas pero… después de diez años viviendo fuera, con el dinero que gana ella y yéndote bien las cosas…

Miré a mi madre, que me lanzaba una mirada ladina y chasqueé la lengua.

—Vivir tantos años lejos es duro.

—¿Duro? —se burló mi hermano—. Dura es la cara que tienes tú.

—Hemos… —carraspeé—. Hemos pasado una época… mala. Bastante mala. Y una vez superada lo más lógico es buscar otro tipo de estabilidad. Además, Lucía tiene treinta y cuatro años. Si quiere ser madre… es el momento. Y allí el ritmo de vida que llevamos no admite críos.

—Ah. Y venís a casaros aquí —dio por hecho mi madre.

—No, mamá. Venimos a vivir aquí. No vamos a casarnos.

La discusión que vino después fue la de siempre: yo defendía que no teníamos necesidad de casarnos, que una década de convivencia valía más que un papel firmado y mi madre que éramos dos dejaos que se resistían a pasar por el aro «como todos». No sé a qué todos se refería. Obviando este «intercambio de opiniones», nadie hizo demasiados comentarios respecto a la paternidad que nos planteábamos en breve y quizá por culpa de ese silencio la sensación de inquietud que me acompañaba desde que abandoné Ginebra no se me pasó. Había estado todo el vuelo y el posterior viaje hasta el pueblo con un nudo en el estómago porque temía la reacción de mi familia al conocer la noticia. Que Lucía no le caía bien a mi madre (al menos no del todo) no era ningún secreto, pero siempre creímos que ninguna chica podría gustarle. ¿Era eso todo? ¿Que mi novia de toda la vida creara pelusilla en mamá y temiera su reacción? No, claro que no. Eran todas las cosas que habíamos vivido como pareja en el último año lo que me tenían nervioso, no la reacción de mi familia. Casi hubiera preferido que pusieran el grito en el cielo para que alguien diera voz a mi ansiedad y yo pudiera mostrarla sin tapujos. Poder decir: «No lo tengo claro, pero me encuentro entre la espada y la pared porque es esto o nada».

Así lo planteó Lucía y aunque no estuve de acuerdo en los términos… no pude más que aceptar si quería que se solucionara. Durante un tiempo casi me reconfortó ser consciente de la descomposición de lo nuestro porque al menos entendía el porqué de la rabia que de pronto nos teníamos, el desdén y la frialdad con la que nos castigábamos si el otro no hacía lo que uno quería. Nos íbamos a la mierda pero tuvimos que solucionarlo porque Héctor y Lucía no podían ir por libre… eran Héctor y Lucía. Así que lo arreglamos. Con esfuerzo. Porque no había más respuesta que un sí en ese referéndum.

Donde yo esperaba incomprensión, encontré silencio. «Mamá, papá, Sebas… Lucía y yo hemos decidido, tras superar esta crisis, que vamos a tener un hijo». Tenía treinta y cuatro años, un trabajo más o menos estable, una relación de dieciocho años con mi chica… Ser padre no tendría que venirme grande pero entonces… ¿por qué no había desaparecido ese nudo? Me dije a mí mismo que era el vértigo, la sensación de encontrar tan extraño lo que había sido tan conocido. Los cambios siempre daban miedo. Había vuelto a España después de diez años viviendo, se podría decir que bien, en Ginebra. Siendo completamente sincero, mudarme a Suiza tampoco me hizo especial ilusión, pero Lucía me convenció de que el futuro que nos esperaba era mucho más prometedor allí. «Si nos quedamos», me decía, «terminaré trabajando en una gestoría, como mi padre y tú dando clases de pintura a un montón de jubilados». Qué graciosa la tía, ella en una oficina y yo enseñando a pintar flores en jarrones chungos.

—Si nos vamos, yo podré trabajar en banca de inversión y tú especializarte en lo que quieras… como en diseño gráfico.

El diseño gráfico no es que me encantara pero parecía tener futuro y los ordenadores se me daban bien, así que… bueno, no sé si ella hubiera acertado en sus predicciones si nos hubiéramos quedado en España, pero sí sé que estuvo en lo cierto en cuanto a Ginebra. Ella ganaba dinero a espuertas y yo… encontré mi camino después de perderme un par de veces. Tuve que aprender francés, relacionarme con un montón de gente que me caía regulín y hacer de Lucía mi mundo entero. Tampoco me sacrifiqué…, no tenía otro plan que me pareciera prioritario. Así que si conseguí sentir que Suiza era de alguna manera mi casa, podía volver a España, plantar los cojones encima del teclado del ordenador y empezar de nuevo pero esta vez en nuestro hogar.

«Estoy asustado por el cambio», me dije. «No tiene nada que ver con el tema de tener hijos», me repetí a pesar de que siempre pensé que no los tendríamos. Pero nos queríamos. Era… algo normal.

Un ratito antes de cenar, Sebas y yo nos tomamos una cerveza delante de la chimenea que mamá había encendido en mi honor. Los niños no dejaban de atosigarnos, cruzando la habitación corriendo, gritando los típicos «mírame, papá» y «mira lo que hago». Yo estaba encantado, pero él parecía estar a punto de alcanzar el estado opuesto al Nirvana.

—Ve y dile a mamá que vea lo que haces, que es una maravilla —le decía por turnos a sus hijos.

—Mamá me ha dicho que venga a enseñártelo a ti. Mira, papá. Pero ¡mírame! Que no me ves. Mira lo que hago.

—Míralo, Sebas, por favor, míralo —me burlaba bajo mano.

—Ya verás, ya. Estás a punto de saber lo que es ser padre. Y entonces hablaremos —suspiró.

Cuando los niños salieron en tropel hacia la cocina en busca de algo para picar, se volvió hacia mí y con aire serio y un hilo de voz añadió:

—No te líes, Héctor, no te líes. Ser tío es una cosa. Ser padre es otra… Piénsatelo bien.

—¿Qué dices? —le pregunté con una mezcla de miedo y alivio.

—Todo cambia. La cama, la casa, las horas de sueño, la vida, las ganas… Pero sobre todo la cama. Adiós muy buenas. La fierecilla se cansa y se acurruca.

—Eres un pedazo de abono. —Me reí—. No quiero saber nada de eso de mi cuñada.

—No, ahora en serio. Ser padre es la experiencia más increíble de la vida pero… todo cambia.

—Igual porque tienes cuatro, loco de mierda.

—¿Sabes que tienes un acentillo francés así como amaneradito cuando pronuncias algunas palabras? —me pinchó—. Déjalo, Héctor. Aún te queda mucho por vivir.

—Oye, ¿a qué viene este discurso?

—A que dices que «si Lucía quiere ser madre» es el momento, pero no has dicho nada de si Héctor también lo desea. La última vez que sacamos el tema de los niños me dijiste que si pensabas en ser padre se te ponía del tamaño de un gusanito. Lucía es una monada, pero te mete un dedo en el culo y te da vueltas.

Mi hermano Sebas había sido siempre más bruto que un arado. Se había abierto la cabeza tres veces en un año por tres sitios diferentes. Se pegaba en el patio del colegio. Dejaba a sus novias con un: «Ya me he cansado» y se declaró a la que ya era su mujer diciendo: «Tú, yo y un rebaño de críos. No tengo ninguno, pero domino la técnica a la perfección». Y debía ser verdad, porque desde que se había casado no había dejado de traer niños al mundo. Pero… debajo de toda esa apariencia ruda, había un tío que se fijaba en las pequeñas cosas, que escarbaba en las palabras hasta encontrar la emoción que las había empujado fuera de los labios. Y a mí me conocía como la palma de su mano.

—No te líes, Héctor. De verdad. Tú no quieres críos.

—No es que no los quiera, es que… —sentencié.

—Es que no los quieres con ESTAS condiciones.

—¿Qué condiciones?

—SUS condiciones.

—Pues ya es muy tarde para planteárselo. —Me acerqué el botellín de cerveza a la boca.

—No lo es. Tómate estos meses como…, como una prueba de fuego. Vive a tu aire. Vuelve a ilusionarte como un crío, hostia. Cuando hablas siempre parece que estás siguiendo al pie de la letra un plan que nunca fue tuyo.

En eso tenía cierto grado de razón. El cosquilleo de vivir se había ido apagando poco a poco y lo que había quedado era normalidad, es decir, básicamente lo que yo creí que era la vida adulta. No tenía ni idea de lo diferente que iba a ser el camino después de tomar mis propias decisiones.

CAPÍTULO 2 (Sofía)

El café de Alejandría

Siempre me gustó ser camarera. A día de hoy sigo acordándome a diario de alguno de los detalles que me hicieron tan feliz. Solía entrar en la cafetería animada, deseando poner en marcha la cafetera para prepararme uno muy largo. Encendía todas las luces, respiraba hondo y sonreía como si estuviera sonando una canción de fondo, la iluminación fuera dorada y preciosa, y una cámara estuviera captando el momento. A veces la barra de El café de Alejandría, la cafetería donde trabajaba, se convertía en el escenario de los Sofía Music Awards, los premios «Sofía» a la mejor interpretación o el Festival de Cine de Sofía. Eso no significaba que no hubiera días en los que entrara pisando fuerte, como un mamut, farfullando que todo olía siempre como a posos del café, a viejo, polvoriento y cerrado y que «no tenía el chichi para farolillos». Pero es que las vidas tienen días buenos y días malos. El cansancio, dormir poco, la mala contestación de un cliente o que una niña de diez años me preguntara qué bebida tiene menos calorías podía darme risa o ganas de apuñalar con un bolígrafo. Alguna que otra vez en mis años como camarera me metí en problemas por mandar a tomar por el culo a alguien con muy buen oído. Pero esos días malos no eran habituales porque… aunque había quien opinaba que podía aspirar a más, tenía lo que quería.

El café no era mío, claro está. Era una casi treintañera a quien la crisis pilló recién licenciada. Ni créditos para jóvenes emprendedores ni suerte. Mi generación tuvo más ganas que fe. Más cojones que apoyo. No es una queja; podría haber nacido en otra época bastante peor como… la Edad Media. Así que contando que vivo en una época donde teóricamente todos somos iguales, puedo ponerme lo que me dé la gana, mi padre no elige marido por mí y hay agua corriente…, coño, qué bonita es la vida, ¿no?

A decir verdad, no las tenía todas conmigo cuando entré a trabajar en El café de Alejandría, este pequeño lugar al que dedico horas y vida. Me habían llenado la cabeza de ideas grandilocuentes sobre el futuro y yo pensaba que aquel trabajo era solo de paso. Pero ¿sabes qué asignatura falta en todas las carreras? «Cómo evitar los pedos vaginales en clase de yoga». No, espera, olvídalo. Eso no. Bueno, eso sí, pero me refería a «la vida real». Y en la vida real lo importante es estar más a gusto que un arbusto y ser fiel a aquello que te produce felicidad y a mí, qué sorpresa, siempre me hizo feliz «el Alejandría». También ayudó el hecho de que después de licenciarme terminase trabajando en un par de franquicias hasta casi los veintiséis, momento en el que encontré aquel anuncio tan extraño… «Se necesita camarera con experiencia y magia». No recuerdo los años previos al Alejandría con especial emoción, la verdad, no sé si porque mis trabajos anteriores me mostraron negocios sin alma o porque el que no tenía alma era mi ex, con el que estuve desde los veinte hasta…, hasta justo antes de entrar a trabajar en el café. Cambié la decepción de una ruptura poco amable por un trabajo que me haría feliz durante años.

Éramos, en total, ocho en el equipo. Cuatro personas que nos repartíamos el horario de mañana y de tarde de lunes a viernes, tres chicos que cubrían los fines de semana y el jefe, Lolo, que siempre estaba allí… Creo que vivía en el almacén, porque no sé de dónde cojones salía, pero cuando me tocaba abrir, siempre aparecía como por arte de magia en el sitio más inesperado. Una vez lo encontré dormido en los baños y casi se me aflojó el grifo y me hice pis encima del susto. Hablo en serio cuando digo que creí que vivía allí.

Todos nosotros (dueño con somnolencia incluido) éramos muchas cosas además de camareros. No me refiero solo al hecho de que de vez en cuando nos tocara el papel de psicólogos, que también, pero El café de Alejandría (o «el Alejandría», como lo conoció todo el mundo) nunca fue una cafetería al uso. Tenía aquel rincón de la música, donde teníamos un tocadiscos y algunos vinilos a la venta, poquito y de lo mejor, se empeñaba en decir Lolo. En otra de las esquinas, un salón de lectura con estanterías repletas de libros sobre una pared de ladrillo rojizo a la vista. Allí éramos prescriptores, críticos musicales al estilo de finales de los ochenta, articulistas, tertulianos y curábamos muchas heridas con un buen café. Fuimos especialistas en saber qué necesitaban nuestros parroquianos y lo preparábamos con mimo, una pizca de conversación y ganas de relacionarnos. Y con la botella de Tía María a mano, también. Muchas veces la charla se reducía a literatura: recomendábamos a Miller, a Verne o a Woolf a gente que se empeñaba en leer solamente a Auster, a Murakami o… el Marca. O al revés. Mi especialidad eran, por ejemplo, las causas perdidas y defendía con vehemencia lo mismo a las últimas tribus del Amazonas como al pop comercial catalogado de «malo» por una panda de modernos. Los clientes eran personas de confianza y todos escuchaban, opinaban y respetaban los turnos de palabra. Porque… la clientela era otra de las peculiaridades de la cafetería. Todos éramos… especiales. Como si alguien hubiera hecho un casting. Una pandilla de tarados, aseguraba Oliver, mi mejor amigo. Así que El café de Alejandría fue un psiquiátrico por horas y un circo con trapecistas y payasos en el que nunca sabías qué papel ibas a tener que interpretar, si el de doctor o el de loco, el de artista o el de titiritero.

Mi madre decía que era una vergüenza que, después de tanto estudiar, me contentara con trabajar en una cafetería. Había intentado encontrar algo «de lo mío», pero lo único con lo que me había topado era con currículos que iban pero no volvían y llamadas que nunca se recibían. Pero mi madre nunca lo entendió. Ni la aceptación, ni la familiaridad, ni la zona de confort que fue durante años la barra del Alejandría. Además, hay algo que no tiene precio pero que, no obstante, la cafetería podía pagar y era mi independencia. Mi madre es más pesada que una vaca en brazos y no tengo con ella la mejor de las relaciones. La quiero y eso pero cuando suena el teléfono móvil y veo que es ella… casi preferiría volver a la Edad Media. Lo peor y lo más triste (para ambas) es que mantengo una muy buena relación con mi padre, que, cinco años después de divorciarse de mi madre, volvió a casarse con Mamen, diecisiete años más joven que él y con la que solo me llevo diez años. A ratos entiendo que mi madre no lo haya llevado bien pero ¿por qué narices lo tengo que pagar yo?

Así que, aunque filóloga de formación y de alma, era camarera en una cafetería a la que hubiera entregado casi mi vida entera. Lolo era un cruce entre profesor, sensei, dueño, amigo y padre. No dudaba en echarnos broncas de veinticinco minutos si intuía que habíamos perdido la pasión, pero después siempre teníamos la oportunidad de hablar para expresar los motivos por los que arrastrábamos los pies y las botellas acumulaban más polvo, aunque a veces fueran cosas como «Cobro poco», «Me duele la tripa» o «Un cliente me ha llamado feo».

Era un sitio precioso. De verdad. Todos los muebles eran vintage, comprados en el rastro y restaurados con mimo por Lolo y ninguno hacía juego con el otro. Era una especie de cajón de sastre mágico, como el salón de casa de esa abuela a la que tanto quisiste. Debe de ser por eso que amaba tanto aquel rincón del mundo, porque se respiraban cosas viejas, nuevas, historias y el olor del café como en los buenos recuerdos. Y magia. Mi adorada magia. La que siempre busqué y la que cada cliente que se aferraba al Alejandría también intentaba atrapar. El Alejandría era un portal a un mundo donde a nadie le importaban las rarezas de los otros y eso me parecía lo más mágico del cosmos. Servíamos de todo: desayunos, trozos de tarta, tostas y copazos. Siempre le digo a todo el mundo que éramos la versión casera de un Starbucks, pero con más magia, más luz y… alcohol.

Me gustaban muchas cosas del Alejandría. La banda sonora, que siempre escogíamos nosotros. El olor a café molido y libros viejos. La gente que venía, a quienes nos dirigíamos por sus nombres. La organización del trabajo. Cuando la cosa estaba tranquila, Lolo no se volvía loco enconmendándonos tareas absurdas como limpiar el polvo donde no lo había. No le importaba vernos parados siempre que el trabajo estuviera hecho y nosotros, todos, fuimos buenos camareros. Así que leí muchas y muy buenas novelas apoyada en la barra del Alejandría. Diría que me hice mayor entre sus botellas, sus «especialidades del día» y las páginas amarillentas de esos ejemplares que podías llevarte de su biblioteca siempre y cuando te comprometieras a devolverlos o a cambiarlos por otros.

Además de mi pasión por pasar tiempo en el Alejandría (a veces, terminado el turno, me sentaba a tomar un café como si fuese una clienta más) escondía otras como mi gata Holly, la música de los años ochenta o la lectura. Podría decir que los libros son mis mejores amigos, pero caería en un tópico que me hubiese empujado al suicidio por ingesta del «café latte con aroma de calabaza» que servíamos y que engordaba como la furia cocinera de una abuela (y de vez en cuando daba cagaleras). Me gusta leer por lo que nos gusta hacerlo a mucha gente… porque al abrir los libros siempre encontramos un viaje y una vida que suplantamos y que nos probamos como un vestidito en Zara, sin el inconveniente de que a mí jamás me sube la pu(ta)ñetera cremallera a la primera. Sí, puedo decir que durante años consagré mi vida a los libros y al café. Haciendo balance… la vida real me había reportado:

1. Una relación que había terminado porque lo que no me daba a mí se lo daba a una amiga mía… No sé si me entiendes.

2. Una madre insoportable que me cambiaría, sin duda, por cualquiera de las hijas de sus amigas, todas prometidas o esperando su primer retoño, vestidas de blanco, morenas, perfectas y flacas.

3. Una pandilla de amigos con poco en común compuesta, entre otros, por Mamen, mi madrastra, y Oliver, mi mejor amigo y el niño que más me pegaba en la guardería.

4. Una talla peleona, porque Zara considera que no soy digna de la mayor parte de sus vaqueros. El día que uno abrocha, me lo llevo a casa sin pararme a pensar en cómo me queda porque lo importante es que abrocha. Ni caso al hecho de ir marcando las pechugas de pollo en la entrepierna.

Y no, no soy adorablemente gordita, como las heroínas de ciertos libros que finalmente consiguen todo lo que quieren. Mido un metro setenta. Peso ochenta y dos kilos. Me abrocho una talla 44 no tan fácil como a veces me gustaría. Durante mucho tiempo sentí que todos los tíos con los que me cruzaba parecían formar parte de la comunidad del anillo e ir de camino al Monte del Destino para destruir el anillo de poder. Yo necesito un tío grande… alto, masculino, como esos poderosos hombres nórdicos que siempre tienen pinta de volver de amontonar leña en la puerta de su cabaña. «Mi leñador». Pero, según la opinión de mi madre, esos se van con chicas pequeñas y bonitas, no con una como yo. Me gustaría explicarle lo equivocada que está, pero no es el momento y no lo entendería.

No quiero dar una impresión equivocada de mí misma, que conste; después de años sin aceptarme me había creído por fin que era lo suficientemente buena tanto para mí como para los demás. Y quien no lo viera que se fuera por donde hubiera venido. Yo me veía sexi con un escote y unos pantalones apretados y no me pasaba el día quejándome de mi talla o culpando al tamaño de mi culo o al de mis jamones por las cosas que me sucedían… o que no me sucedían. Pasaba de dramas. Era feliz con lo poco que tenía, que me parecía mucho. ¿Qué necesidad tenía de meterme en ese berenjenal que los optimistas llaman amor?

No buscaba a un hombre a cualquier precio. En realidad, creo que ni siquiera buscaba a un hombre. El día que me di cuenta de que estar constantemente a la caza del amor había jodido mi existencia fue el más feliz de mi vida. Ni siquiera puede compararse al día que Oliver me concedió el deseo de que mi tarta de cumpleaños estuviera hecha de croquetas de jamón, porque aceptar que la búsqueda del amor me hacía sentir desgraciada me quitó un enorme peso de los hombros. Fue como si los astros se alinearan. Como si los donuts no engordaran. Como si mi sueldo se triplicara. La presión desapareció y de pronto resurgí yo, en plan Madre de Dragones, haciéndole gestos obscenos al puto Cupido para indicarle por dónde se podía meter sus flechas. Por donde amargan los pepinos, más o menos. No fue cuestión de una hora o dos, pero de verdad que deseché de mi vida la necesidad de romance. Desde hacía cosa de dos años no buscaba que me quisieran. Es peligroso buscar que a una la quieran porque es fácil disculpar algunos actos que nos hacen sentir miserables en favor de un bien más grande: EL AMOR. Uhhhh, ohhhh. Amorrrr. Que Camilo Sesto o Lolita cantaran cuanto quisieran al amor que yo estaba de puta madre yendo a mi aire. Era el mejor amante que había tenido, me quería de la hostia, pero no porque me hubiera convertido en una ególatra hedonista y narcisista, sino porque me cuidaba y me daba caña como el mejor de los novios. Vale, no tenía pene pero…, joder, ahora que lo pienso lo que estoy diciendo suena francamente mal.

Centrémonos: no quería tener hijos. No quería casarme. No quería todo lo que mi madre quería para mí. Mi único objetivo era que mi vida fuera emocionantemente tranquila y poder encontrar magia cada día. Hacer muchas cosas, no parar quieta, viajar muy lejos, despedirme de la vida con el pelo lleno de canas y la sensación de haberme pegado el colocón del siglo sin necesidad de drograrme. Siempre quise acabar arrugada como una pasa de tanto reír, aunque según mi madre yo tendré menos arrugas porque «llegada una edad, te ajamonas o te amojamas» y tengo muy clara cuál de las dos opciones es la mía. Pues oye, ni tan mal.

Pero no buscar el amor no significaba no desear que un día me tocase. Es solo que…, que había relegado una necesidad a la categoría de deseo, donde soñar despierta no me hacía daño y no me empujaba a infravalorarme, a pensar que las demás lo tenían y yo no porque no lo merecía o porque no era como debiera ser. No buscarlo significaba no correr dando bandazos, vivir el presente con lo que tenía en ese momento, no con lo que pudiera experimentar en el futuro. Claro que quería enamorarme pero no iba a buscarlo. Quería que fuera él quien me encontrara. Que la magia viniera a por mí.

Y quizá aquella fue una de las razones por las que, sinceramente, le abrí la puerta de par en par. Sí, a él. Al que se sentaba frente al ventanal en la mesa redonda con la lamparita de flecos. Ese chico a quien no pude dejar de mirar desde el día que cruzó la puerta del Alejandría. Ese que entró por primera vez un 5 de enero como un regalo de Reyes y volvió religiosamente cada día. El único que brillaba. Ese que me iba a enseñar tantas cosas nuevas de mí misma. Ese que vivió en primera persona lo que estaba a punto de sucederme.

CAPÍTULO 3 (Sofía)

Él

El primer día entró como quien encuentra una máquina de Coca-Cola y una bolsa llena de monedas en mitad del desierto. Como si lo único que necesitara en aquel momento fuera un café. A veces nos da por pensar que el Alejandría era una especie de rincón cósmico al que se sentían atraídas personas que necesitan algo de él. El ambiente, el cuarto de baño, un café o un lugar donde cargar el teléfono móvil. Da igual si prosaico o poético, pero Héctor entró aquí buscando algo. O a alguien.

Nos llamó la atención nada más abrir la puerta. Las campanitas sonaron alegremente mientras mi compañero Abel y yo charlábamos sobre una serie americana que nos encantaba. Compartía con Abel cada turno desde hacía cuatro años y nos habíamos convertido en algo así como hermanos de café. En el trabajo no dábamos pie con bola si no estábamos juntos. El día que nos cambiaban el turno a alguno de los dos era como un día perdido. Me daba paz interior, en plan zen, y era mi compañero de fechorías… Por eso aquel día los dos seguimos con la mirada los pasos del cliente nuevo hasta una mesa libre frente a la cristalera. Y a los dos se nos notó en la cara que nos gustaba lo que veíamos.

Héctor solo tuvo que pedir un café con leche para que lo nombráramos «Dios del día». Era una tontería que hacíamos para mantenernos entretenidos: nombrábamos al cliente guapo del día entre susurros y risitas, y le servíamos unas galletitas en el platito junto a la taza, como un premio que solo nosotros entendíamos. Y quizá fueron aquellas galletitas las que lo fidelizaron, quién sabe. O quizá fuimos nosotros.

Abel y yo teníamos una norma: si un cliente venía dos días seguidos, presuponíamos que volvería un tercero. Por lo tanto, lo tratábamos como si esperáramos su regreso como el de un amigo, para que se sintiera en casa. Le preguntábamos su nombre y, discretamente, nos acercábamos a él, como habíamos hecho con el resto de la «familia», hasta que se sintiera parte del Alejandría. Como con Ramón, el abogado que odiaba su trabajo y que venía a desayunar para poder hablar de cosas triviales con alguien amable; con Vero, la estudiante de oposiciones que no se concentraba en el silencio de una biblioteca pero a la que le cundía muchísimo desplegar sus apuntes sobre la mesa de la esquina; o con Rafael, el jubilado que cuidaba a sus nietos y venía a leer el periódico mientras esperaba a que salieran del colegio. Así fue como Abel se decidió a preguntarle el nombre.

Mi compañero de turno sostenía que Héctor no era guapo y que afeitado debía de ser un tío más, tirando a una normalidad que lo haría invisible entre un montón de gente, pero es que Abel era muy exigente con los cánones de belleza. Yo en cambio siempre creí que Héctor tenía algo especial. No sé si sería la manera en la que se apartaba el pelo de la cara o cómo fruncía el ceño para todo. No sé si sería la ropa con la que se vestía, siempre tan… elegantemente desaliñada. Héctor era una especie de caballero de antaño, de los que vivían sin un duro en el bolsillo pero siempre vestían de punta en blanco. La puntera de sus botas marrones estaba mucho más que desgastada, pero eran unos zapatos bonitos que lustraba a menudo y se notaba. Su abrigo gris se veía bueno y cuidado, pero era muy antiguo… mucho. Las camisas que lucía siempre estaban un poco arrugadas, como si por mucho que las planchara nunca quedaran impecables. El pelo no es que estuviera enmarañado… es que no dejaba de tocárselo ni un instante. Tenía una especie de manía… siempre lo peinaba con los dedos, tirando suavemente de él desde las raíces mientras respiraba hondo y a mí me encantaba aquel gesto. Lo tenía de un precioso color tabaco, como el tono de su barba, corta pero espesa, que cubría mentón, mejillas, barbilla… Los ojos azules, con un pequeño aro grisáceo cerca de la pupila; la nariz, rotunda pero elegante, suave en sus formas pero masculina. Alto y grande por naturaleza, aunque probablemente a los veinte fue lo más desgarbado que ha parido madre. Héctor era el tipo de tiarrón que nunca pasará de moda, porque por mucho que se lleven los hipsters, los raperos, los intelectuales o los agentes de bolsa… él estará ahí, en medio, sin importarle nada más.

Está claro que fijarnos… nos fijamos en él. Así que cuando, el segundo día, se sentó en la misma mesa, la que está junto al ventanal de la cafetería, empujé a Abel fuera de la barra para que le tomara nota. A mí me suele gustar ver los toros desde la barrera.

Al notar que alguien se acercaba Héctor despegó los ojos de su cuaderno y le pidió un café con leche sin demasiada ceremonia.

—¿Te gusta dulce?

—¿Perdón? —respondió frunciendo el ceño en un gesto que ahora sé que usaba mucho.

—Perdona, no sé tu nombre.

—Héctor.

—Encantado, Héctor. ¿Te gusta el café dulce? Te lo digo porque la especialidad del día es café latte con espuma de dulce de leche y está riquísimo.

—Ehm… —vaciló—. Vale.

Cuando Abel regresó a la barra con el pedido de Héctor supe que no se iba a terminar aquel café, porque es una cochinada tan rica como densa. Estaba convencida de que si un día algún cliente tuviera la brillante idea de dar la vuelta a la taza no caería ni gota. Pero también fui consciente de que, de alguna manera, con aquel gesto nos lo habíamos ganado.

Y de hecho, así fue porque a partir de entonces Héctor se convirtió en cliente asiduo del Alejandría, entraba todos los días sobre las tres de la tarde y se iba minutos antes de que acabase mi turno, a las cuatro. A veces, no obstante, me iba y él seguía sentado en su mesa con el ordenador portátil, un cuaderno o un libro; o a veces hablando por teléfono con un tal Sebas que lo ponía de los nervios y que, según Abel, era su novio. Incluso hicimos una apuesta: si Héctor era gay, yo me encargaría de limpiar la cafetera todos los días durante un mes. Si por el contrario era heterosexual, Abel se encargaría de que las aceiteras estuvieran como los chorros del oro y lo cierto es que… nunca volvieron a coger demasiado polvo.

Y allí estaba como siempre junto al ventanal donde se podía leer el nombre del local: El café de Alejandría. Aquel día no traía su portátil, solo un cuaderno manoseado donde apuntaba cosas mientras hablaba por teléfono con voz muy baja. Desde que hizo su entrada triunfal en la cafetería y le pusimos nombre, no habíamos dejado de parlotear sobre él, imaginando su vida y haciendo chistes en los que siempre aparecía como el salvador descamisado que nos sacaba en volandas del local a lo Oficial y caballero. Tenía una de esas expresiones… no taciturnas pero sí reservadas que suscitaban muchas preguntas… ¿De dónde sería? ¿Cuántos años tendría? ¿Querría hacerme cosquillas en los muslos con la barba? ¿A qué se dedicaría? Y sin darme cuenta, lo dije en voz alta. Lo de la barba y mis muslos no, lo último.

—Es profesor de universidad, fijo —respondió Abel, que estaba enjuagando unos platitos para meterlos en el lavavajillas—. Como Indiana Jones. Seguro que tiene un buen látigo.

—Qué va. Debe de ser… representante de artistas o… actor.

—Porno —se burló—. Voy a buscarlo en un par de páginas web, a ver si lo encuentro.

—No tendrás tanta suerte —le dije con ironía.

—Ojalá fuera puto —añadió.

Me giré a mirarlo con una sonrisa socarrona.

—Nos íbamos a quedar sin un duro.

—Yo por este pedía un crédito —suspiró.

—¿Le has servido ya el café? —le pregunté.

—No. Me estoy haciendo el difícil. ¿Quieres ir tú?

—Ni de coña. A mí los guapos me apabullan y parezco boba. Ve tú. Llévale la especialidad del día sin que se te caigan las babas dentro. ¡Y el premio! —Y lo empujé para meterle prisa.

—Allá voy, «Dios del día» —dijo.

Abel se afanó en preparar una bebida megadulce. A este ritmo íbamos a provocarle diabetes. Cuando salió taza en mano hacia su mesa, me guiñó un ojo y fingió estar chupando algo grande. En fin.

—Hola, Héctor, ¿qué tal? —le saludó Abel con amabilidad—. Café latte con un poco de leche condensada y unas gotitas de Baileys.

—Ahm…, esto…, ¿podrías traerme también un vaso de agua?

—Claro —contestó Abel.

—Gracias —respondió en un tono bastante seco.

—A ti, por guapo. —Y le guiñó un ojo.

No te confundas: Abel no responde a ese cliché, fue un solo gesto para congraciarse con él, para ver si le seguía el rollo y terminaba ganando nuestra apuesta. Si tuviera que definirlo diría que es chiquitín y maquiavélico, divertido y comilón. Le gusta reírse a carcajadas y hacer chistes de pedos. No tenía pareja pero sé que estuvo perdidamente enamorado durante demasiado tiempo de un ex que no dejaba de aparecer cuando él creía haberlo olvidado. No te toquetea ni te llama «chocho» sin parar ni habla de sí mismo en femenino. Es Abel y ya está.

—Es gay —me dijo al volver mientras llenaba un vaso de agua.

—Es hetero —le contesté.

—Da igual. En la vida nos va a susurrar guarradas en el oído mientras se corre entre nuestras piernas.

Pestañeé un poco sorprendida. Vaya…, era una lástima que no fuera a hacerlo nunca. La imagen mental me había valido un microorgasmo.

—No sonríe ni bajo pena de muerte —murmuró mi compañero mientras secaba las gotitas de agua que recorrían el exterior del vaso—. ¿Te has dado cuenta?

—No. —Arqueé las cejas—. ¿No sonríe?

—No. Qué cerdo me ponen los rancios, joder —contestó.

Me eché a reír cuando Abel salió atusándose el flequillo y me fijé en que, efectivamente, Héctor agradecía el vaso de agua sin amago de sonrisa. Lo disculpé para mis adentros porque más que rancio me parecía tímido.

¿A qué se dedicaría? A algo serio, como salvar vidas, a lo mejor. Quizá trabajaba en una ONG. O en una librería. Quizá… era un Gi-Joe a punto de salvar el mundo y yo… Catwoman. O alguien que llevara menos lycra. Él Thor y yo una científica que estudiaba el poder de su mazo. Él mi enfermero y yo la paciente cachonda. Ya vale, Sofía…

Aquel día la estancia de Héctor fue breve. Lo llamaron por teléfono en cuanto se terminó el café y se levantó de inmediato mientras contestaba.

—Hola, reina. —Sonrió y se lamió los labios, que seguramente todavía mantenían el dulce del café—. Voy para allá. Un juego de llaves no estaría nada mal.

Diría que el alma se me cayó a los pies cuando lo escuché hablar de esa forma tan dulce pero Abel también lo había oído y había aceptado la derrota en nuestra apuesta, así que las gallinas que entraban por las que salían. No sé en qué mundo tíos como Héctor andan solteros a la espera del amor, pero en este no.

Dejó un par de monedas sobre la mesa y le indicó a Abel con señas que dejaba allí el dinero. Ya se disponía a salir cuando este le respondió:

—Adiós, Héctor. Hasta mañana.

Héctor se despegó el teléfono de la oreja un segundo y nos lanzó una mirada confusa por turnos, como si no entendiera por qué tendríamos que volver a vernos al día siguiente, pero ya… era tarde, querido. Una vez ponías un pie dentro del Alejandría, eras suyo y ese aliento que habías compartido entre sus cuatro paredes, lo que habías pensado, sentido y soñado… le pertenecía un poco, como todos nosotros.

Yo también le sonreí. Había algo en él que me hacía sentir… como si nos conociéramos de mucho y no lo supiéramos. Como si se nos hubiera olvidado toda una vida juntos. Como si me hubiera contado algunas pasiones oscuras y le hubiera guardado el secreto con tanto recelo que hasta se me hubiera extraviado el recuerdo. Quizá fuera solo una premonición. Quizá no era hacia detrás donde debíamos mirar, sino hacia delante. Y con una sonrisa tonta escuché la campanilla de la puerta que acompañaba su salida.

Hasta mañana, Héctor.

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Si queréis leer un capítulo más, podéis hacerlo aquí 🙂 ¡Espero que os haya gustado!

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