Primeros capítulos | Lo que la India me enseñó | Aida Mateos

Final-ARTWORK-masala

FICHA TÉCNICA

Título: Lo que la India me enseñó. Una historia masala.

Autor: Aida Mateos

Editorial: Independently published

Nº de páginas: 444

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SINOPSIS

Dafne, una española residente en Reino Unido, encuentra por casualidad una oferta de trabajo en Ahmedabad. Ni tan siquiera sabe que Ahmedabad está en la India. Nunca ha oído hablar de Goa. Su conocimiento del país se limita al dios Ganesha (gracias a Los Simpsons), el yoga, Calcuta y las vacas sagradas. Aun así, acepta el trabajo.

Tras el choque cultural causado por el tráfico, la barrera del idioma, los rickshaws, la comida y las tradiciones, la inmigrante comienza a adaptarse y disfrutar, casi siempre rodeada de otros indios, de diferentes acontecimientos de la vida en el país: Diwali, Holi, Navratri, bodas, chai en la calle… Una red de autóctonos y extranjeros empieza a tejerse a su alrededor. En este ambiente perfecto de diversión y aprendizaje (lecciones sobre la India, su cultura, historia e idiomas, pero también sobre la vida), solo hay un problema: Dafne tiene novio, pero se siente atraída por un indio nada recomendable para ella.


CAPÍTULO 1

LECCIÓN 1: LOS COCHES CIRCULAN POR LA IZQUIERDA… Y POR LA DERECHA TAMBIÉN

Llegué a la India una mañana de marzo. Pablo, mi pareja, y yo vivíamos en Reino Unido, pero íbamos a mudarnos a Berlín para probar suerte. Sin embargo, una oferta de trabajo para traductores que un tal Ram publicó en CouchSurfing se cruzó en nuestro camino. Lo hablamos y decidimos que no podíamos desaprovechar esta oportunidad. Para mí, significaba hacerme con una experiencia profesional que llevaba mucho tiempo buscando. Además, los dos estábamos abiertos a descubrir Asia. Trabajaríamos en Ahmedabad un año, viajaríamos unos meses por el continente y retomaríamos nuestros planes en Alemania. No obstante, las cosas casi nunca salen como se planean. Para empezar, tuve que volar sola, ya que el visado de Pablo estaba tardando más tiempo de lo esperado y Ram me quería allí lo antes posible.

Ya en el avión empecé a pensar en lo que me encontraría. ¿Qué se espera cualquiera que viaja a la India? Cuando les comentas a tus amigos, familiares o conocidos que te mudas allí, suelen mostrarse un poco reticentes, por no decir que piensan que estás mal de la cabeza. A veces te encuentras con advertencias como «Cuidado, a ver si te van a violar» o «Ya nos veremos a la vuelta, si es que vuelves…». Los que han estado te dicen que todo está sucio, hay gente pidiendo en cada esquina, debes vestirte de la forma más recatada posible para que no te miren, el tráfico es una locura… Aunque también hay quien alaba su belleza, esa no fue, por desgracia, mi experiencia. Hay algo de verdad en todo esto, por supuesto, pero nada es completamente blanco o negro en la vida.

Arrastrando dos maletas y con mi mochila a la espalda, vislumbré desde dentro del aeropuerto a una persona que parecía buscarme también a través de las cristaleras que separaban el espacio interior del exterior. Era mi jefe, Ram, que se había comprometido a recogerme y llevarme a mi nueva casa, ya que el trabajo traía alojamiento incorporado. En cuanto salí (en la India solo se puede acceder al aeropuerto si tienes un billete de avión para las cuatro horas posteriores), me dio un abrazo; un saludo muy cercano (demasiado para mí, que no me lo esperaba), casi equivalente a los dos besos en España, que contrastaba con la tensión y la falta de educación que había percibido en la última hora. Al ir a buscar mi equipaje a la cinta transportadora, todo el mundo parecía querer estar delante sin importarles nada ni nadie, y ni siquiera tenían la decencia de disculparse por sus atropellos (literales, con el carrito para las maletas). Viniendo de Reino Unido, la diferencia en el comportamiento era abismal. En fin, ya me acostumbraría a esta manera de ser, que a menudo no es falta de educación, sino una forma de comportarse menos estirada. Todo depende del cristal con el que se mire.

Ram me guio hasta su coche. Acomodamos el equipaje en el maletero y me senté en el asiento del copiloto, el de la izquierda. Mi jefe me lo aclaró: «Los ingleses estuvieron aquí durante muchos años, así que seguimos sus costumbres». Es lógico, pero era algo que nunca me había planteado. ¿Quién se para a pensar por qué carril circulan los coches en las colonias? Mientras me abrochaba el cinturón, recibí una nueva lección: «No hace falta, aquí no te van a multar». Con ojos como platos, respondí «Bueno, no estoy a gusto sin él» y me lo puse. Después de lo que había oído, cualquiera se arriesgaba.

En el trayecto hasta mi nuevo hogar hablamos de trabajo y de otros asuntos, pero yo no prestaba mucha atención. Estaba absorta mirando por la ventana e intentando hacerme una idea de cómo era mi nueva ciudad. ¡Un camello! Nunca había visto un camello por la calle. Parecía que arrastraba un carro de verduras.
A Ram le hacía mucha gracia mi sorpresa y lo emocionada que estaba.

—Creo que nunca he visto a nadie con tantas ganas de venir a la India —me dijo riéndose.

Casi habíamos llegado. Por desgracia, delante del edificio donde viviría estaban construyendo una nueva carretera. Empezamos bien; obras en mi misma puerta, lo que conlleva ruido, polvo a raudales y tener que recorrer un camino más largo para ir a la oficina. Incluso en ese momento eran una molestia, ya que mi jefe tendría que dar un rodeo de unos cientos de metros con el coche… o no… Simplemente cogió el carril contrario, se orilló a la derecha para permitir el paso a los coches que venían de frente y, así, a lo kamikaze, llegamos a nuestro destino.

Mi casa se encontraba detrás del gurudwara, un templo de la religión sij que se caracteriza por sus cúpulas y su color blanco. Los seguidores de esta religión, fundada por el gurú Nanak en el siglo XV en Panjab (a lo mejor conocéis este estado con el nombre de Punjab, pero la pronunciación se parece más así) se reconocen por llevar un turbante y tienen fama de ayudar a cualquiera que vean en apuros.

Mi nueva comunidad estaba formada por cuatro edificios, cada uno con una letra asignada. Nos dirigimos a la A. El ascensor era de esos antiguos que apenas se ven ya en Europa, con rejillas de hierro que hay que cerrar manualmente. Al correr el primer enrejado, un pitido infernal empezó a sonar, indicando que la puerta estaba abierta. Cerramos y mi jefe pulsó el número nueve. Al parecer iba a vivir en un noveno. Seguro que tendría buenas vistas desde tan arriba. Al llegar, una chica con pinta de haberse pasado la noche sudando y acabar de levantarse nos dejó entrar. Eva, de Austria, era mi nueva compañera de piso.

LECCIÓN 2: GOLA

Los diez primeros días fueron todo un reto. Aunque estaba acostumbrada a moverme por diferentes países sin conocer a nadie (Francia, Suiza, Estados Unidos…), mudarme a la India fue, al principio, una experiencia abrumadora. Tenía la sensación de no ser capaz de hacer nada ni de ir a ningún sitio sola. Me pegué a Eva como una lapa. Iba con ella al trabajo y de vuelta a casa, a hacer la compra… ¿Cómo iba a coger un rickshaw yo sola? ¡Si los conductores no hablan inglés! Y yo no era capaz de recordar los nombres de los edificios a los que me tenían que llevar; incluso si me acordaba, a veces ellos no sabían dónde estaban, y yo no podía indicarles el camino, ¡porque tampoco lo sabía!

Los rickshaws, para los que no estéis familiarizados con esta palabra (a lo mejor os suena más tuk tuk, pues así se llaman los de Tailandia), son una especie de triciclo a motor con una cubierta y aberturas laterales. El rickshawala o conductor va en la parte delantera, muchas veces sentado sobre su propia pierna. Hablo en masculino porque nunca he visto a una mujer conduciéndolos, aunque parece que algunas están luchando por entrar en el negocio en Mumbai (o Bombay). Algunos de estos autos se arrancan tirando de una palanca en el suelo y tienen un contador. Estos son de varios tipos. En Ahmedabad, por ejemplo, se parece a un contador de la luz. Al principio del trayecto hay que comprobar que está a cero y, al final, mirar qué número marca y cotejarlo con unas tablas de precios que suelen llevar los conductores. ¿Entendéis por qué me agobiaba tener que cogerlos sola? Además, solo se puede acceder a la parte trasera por el lado izquierdo y caben, en principio, tres personas, pero siempre se puede negociar y pagar un poco más para ir cuatro, cinco… Una vez un rickshawala nos confesó haber llevado a catorce; supongo que habría niños y gente hasta en el techo. Estoy hablando, por cierto, de autorickshaws, ya que en Ahmedabad son el único tipo que encontramos. En otras zonas del país los hay de bicicleta también, pero ya hablaremos de ellos.

En el supermercado, la mayoría de los productos me resultaban ajenos. Incluso lo más básico en Europa, como la pasta, apenas se encontraba en las pequeñas tiendas. En cambio, había todo tipo de legumbres y verduras que no había visto en mi vida. Además, al salir tienen que sellarte el tique. No sé muy bien para qué, pero, si no me lo hubiera dicho Eva, ¿cómo me las habría apañado con un hombre de seguridad a la salida que no me deja irme a casa con mi compra y no sé por qué?

Por suerte, gracias al siempre lento en la India internet, podía desahogarme con Pablo, que seguía luchando por su visado en España. Era un gran apoyo en aquel momento, ya que yo no conocía a nadie en Ahmedabad. Mis únicos contactos eran mi jefe y Eva, que se encerraba en su habitación nada más volver del trabajo, solo salía para cocinar y a veces se veía con amigos, pero nunca me invitaba.

Afortunadamente Ram se dio cuenta de que necesitaba salir y un día nos llevó a Eva y a mí a tomar gola: hielo picado cubierto de sirope de diferentes aromas, algunos desconocidos para mí: mango, mango verde, chirimoya, sapotilla, jambul, rosas, chocolate, kiwi, naranja… «Elige». No era fácil, así que nuestro anfitrión pidió el especial: un plato de hielo picado cubierto por cucharadas y cucharadas de diferentes sabores, con helado encima, así como coco rallado y (por supuesto) masala, una mezcla de especias. Cogimos tres cucharas y compartimos aquel manjar que era tan nuevo para mí. Mientras tanto, la conversación era escasa. Yo tenía aún poca confianza con ellos y ambos parecían bastante tímidos. Ram no iba más allá de preguntarme si alguna vez había visto alguna película de Bollywood o si estaba registrada como traductora en no sé qué página de internet, pero mi capacidad para entender el acento indio no se había desarrollado aún, por lo que la comunicación no era nada fluida.

¡Qué vergüenza! Esa misma mañana, Ram me había llamado por teléfono mientras yo estaba en la oficina. Quería algo. Y me lo repitió tres veces. Y yo no le entendía. Al final me pidió que le diera el teléfono a Eva, que se levantó, fue hasta su despacho y sacó un sobre de un cajón. ¡Ah!, eso quería… ¿Qué pensaría mi jefe de su nueva traductora que no le entendía en inglés?

Mientras estábamos allí de pie, observaba cómo la mayoría de la gente tomaba gola de otra forma: el hielo picado estaba prensado y tenía un palo. Con una mano lo sujetaban y, con la otra, sostenían un plato en el que había caído la mayor parte del sirope. Iban chupando el helado y volviéndolo a untar. Lo probaría así la próxima vez; parecía más entretenido.

Ram invitó a un amigo suyo, supongo que para romper un poco el hielo (de la situación, no del gola): Manik. Parecía más abierto, aunque también tenía un aire serio. Más tarde descubriría que esa imagen se debía únicamente a la presencia de mi jefe. «Este es Manik». Ambos tenían una constitución similar: aproximadamente un metro setenta, morenos, ojos marrones, pelo corto y una ligera barriga, muy típica entre los hombres indios (Ram, por ejemplo, la achacaba a su genética y no a la comida). Mientras Ram iba completamente afeitado, Manik lucía una barba de varios días. Le estreché la mano. «Hola, me llamo Dafne».

Aún me quedaban un par de sorpresas culinarias por descubrir aquella noche. Después del gola fuimos a tomar una soda. La lista de sabores era también interminable. Ram nos trajo dos para probar: granada y masala. En la India, mi filosofía se basa en experimentar, por lo de descubrir cosas nuevas y tal, pero he de confesar que ambas bebidas terminaron en la basura; una, por demasiado dulce y la otra, por rara.

Por último, fuimos a tomar yogur helado a pocos metros de nuestra casa, el lugar perfecto para quitarnos el sabor de boca de las sodas. Allí conversamos sobre CouchSurfing (donde había encontrado el trabajo que me llevó a Ahmedabad) y Bollywood (estaban pasando vídeos musicales en la tele y descubrí que todas las canciones eran parte de películas y que los actores en realidad no cantan), entre otras cosas. Manik quería ir al cine a ver la típica americanada de chicos de universidad y hermandades. Como Eva ya la había visto, me lo propuso a mí. Me negué. Primero, no me apetecía pagar para perder dos horas de mi vida con semejante guion y, segundo, acababa de conocer a este chico. ¿No pensaría que iba a ir al cine con él, así sin más? ¿Sería verdad que los indios intentan ligar con todo el mundo? Y, en ese caso, ¿me estaba tirando los tejos ya? A lo mejor estaba exagerando y solo era muy sociable.

Ram nos llevó a casa temprano. Al fin y al cabo, era nuestro jefe y al día siguiente teníamos que trabajar.

LECCIÓN 3: PAPELEO, PAPELEO Y MÁS PAPELEO

Cuando llegas a la India, antes de salir del aeropuerto, tienes que pasar por Inmigración, donde, con toda la parsimonia del mundo, te revisan el pasaporte y el visado. Allí me indicaron hasta tres veces que tenía que ir a registrarme con la policía en las primeras dos semanas de estancia en el país, condición sine qua non para los visados de trabajo de más de seis meses.

Después de una semana, mi jefe me dio un día «libre» para que formalizara mi situación. Yo aún estaba en ese estado en el que no sabía apañármelas sola y él, adicto al trabajo, no iba a acompañarme. Así que se le ocurrió que su amigo Manik, al que me había presentado unos días antes, me llevaría. Aunque apenas lo conocía, di gracias al cielo por no tener que ir sola.

Llegó sobre las once y media de la mañana. Bajé de la oficina y me monté en el coche. Ni siquiera pude saludarlo, ya que estaba al teléfono. Y ahí estaba yo, con un desconocido al volante que solo soltaba el móvil para esconderlo de los guardias de tráfico que encontrábamos por la carretera y hablaba en hindi o gujaratí (el idioma de la región, Gujarat). Al fin pude agradecerle que me llevara a la policía. No recuerdo que me contestara con un «Vete a la mierda». Supongo que pensó que me asustaría.

«Vamos a recoger a un amigo primero y después haremos todo el papeleo». Genial, pensé, otro desconocido con el que lidiar. Por el camino, intenté evitar silencios incómodos. De repente empezó a sonar una canción de los Backstreet Boys. Con cara de asombro le pregunté:

—¿Tú escuchas esto?

—No, alguien me copió un montón de canciones en el móvil y esta es una de ellas —dijo. Y añadió—: Este grupo es en realidad de Finlandia.

—No, son de Estados Unidos.
—La gente cree eso porque tuvieron mucho éxito allí, pero en realidad son de Finlandia. Yo, que fui una fan loca de los BSB a mis quince años, estaba segura de lo contrario.

—Me apuesto lo que quieras a que son de Estados Unidos.

—De acuerdo. Ya hemos llegado

Llamó por teléfono a su amigo, que bajó en un par de minutos.

—Me llamo Dafne, encantada.

—Hola, yo soy Niraj.

Creo que esas fueran las únicas palabras que oí de su boca en un buen rato, ya que estaba enfrascado en un videojuego de su, por lo visto, nuevo móvil. Su apellido, descubriría más adelante, era Paliwal.

Primero nos dirigimos a un edificio en el cruce llamado Income tax o «impuesto sobre la renta», que se llama así porque allí está el edificio gubernamental de «hacienda». Allí nos informaron de dónde teníamos que ir para completar el primer paso de la misión: conseguir una PAN card, algo así como la tarjeta de la seguridad social en la India. Volvimos al coche. Llegamos a esa otra oficina, rellené un formulario, entregué una pila de cartas y documentos que me había dado mi jefe para tal fin y, cuando iba a recibir mi resguardo, me informaron de que me faltaban las fotos de carné. No pasa nada; esto es la India y aquí puedes conseguir lo que necesites en cualquier momento. Fuimos a una tienda y, mientras esperábamos a que las imprimieran, nos fuimos a comer algo.

Nos acercamos a un restaurante en esa misma esquina. Yo no tenía hambre, porque había comido algo antes, así que pedí una bebida… o eso pensaba yo. Manik pidió un chole bhature. Era la primera vez que veía ese plato. Se trata de un curri de garbanzos (chole) con una especie de pan inflado enorme que parece un globo. Yo, por mi parte, recibí una soda con una bola de helado encima. Niraj se burló de mí porque, aparentemente, no quería comer. Me ofrecí a pagar, ya que ellos me estaban llevando por toda la ciudad para hacer algo que ni les incumbía, pero fue imposible: montamos la típica escenita de restaurante para ver quién se ocupa de la cuenta y solo me dejaron invitarlos a un cigarrillo que compramos en un pequeño puesto en la calle. Mi primer cigarro en la India, yo que estaba tan orgullosa de haber dejado prácticamente de fumar. Fuimos a por las fotos.

—Déjame ver —me pidió Manik, y yo se las enseñé—. Estás horrible.

Me reí. Tenía toda la razón. Para que las fotos fueran válidas, tenía que llevar el pelo detrás de las orejas y no me favorecía nada.

Volvimos a por el resguardo de la PAN card (que me llegaría a la oficina un mes más tarde) y nos dirigimos al siguiente destino: la Comisaría de Policía. Después de firmar en varios registros para que nos dejaran entrar, subimos al segundo piso y accedimos a una sala de espera llena de gente, en la que había, a la izquierda, un montón de mesas con sus funcionarios; a la derecha, unas ocho filas de sillas; en las esquinas, aparatos de aire acondicionado con cubos debajo para recoger el agua de la condensación; y en el techo, ventiladores. Además, había un pequeño apartado especial para los extranjeros. Allí, las paredes estaban cubiertas de estanterías con montañas de papeles apilados y atados con cuerdas. Tras una breve espera, pudimos hablar con un oficial. No recuerdo su nombre, pero su cara se convertiría en un rostro familiar durante los próximos meses. Era alto y grande y ¡daba miedo! Probablemente no fuera para tanto, pero cuando habló con Manik en gujaratí, más bien le gritaba. Parecía que le estuviera echando la bronca del siglo. Y yo allí, sin entender nada y pensando dónde narices (por ser fina) me había metido. El «amable» policía nos hizo apuntar toda una lista de documentos que necesitaría para realizar el registro:

– Una fotocopia en color y una en blanco y negro del visado

– Una fotocopia del pasaporte

– Ocho fotos de carné (no es broma)

– Un formulario con ocho páginas idénticas, rellenadas una a una a mano (también va en serio, aunque esto ha cambiado a día de hoy)

– El mapa del merodeador

– Un pelo de la barba del Minotauro

– Mi resguardo de solicitud de la PAN card

– La PAN card de mi jefe

– El certificado de registro de la empresa

– Una carta de la empresa comprometiéndose a hacerse cargo de mí

– Mi contrato de trabajo…

La lista era interminable. En fin, como no tenía todos los documentos, nos fuimos. Ya volvería (yo sola) unos días más tarde para terminar con el papeleo.

Para completar mi día «libre», había planeado ir a una librería esa misma tarde y comprar un libro de hindi, pero Manik tenía algo en mente: «Vamos a subir cinco minutos a casa de Niraj, si te parece bien, y luego ya nos vamos». Cinco minutos. Me lo creí. Era mi primera semana en la India, por lo que no podía prever que esos cinco minutos se convertirían en varias horas.


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Si os habéis quedado con ganas de más, no dudéis en ir a la web de la autora, donde podréis encontrar algunas páginas más 😉 http://www.historiasmasala.com/

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