Tiempos de sal | Lola Fernández

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FICHA TÉCNICA

Título: Tiempos de sal

Autora: Lola Fernández Estévez

Editorial: Playa de Akaba

Nº de páginas: 410

Cómpralo en Casa del Libro

 

SINOPSIS

Tiempos de sal narra la historia de Judith, una chica ecuatoriana que es secuestrada por una mafia de trata de mujeres. El día que intenta escapar de esa esclavitud, se encuentra ante una original mansión y una enigmática mujer, Isabel. Judith, en un primer momento, finge ser la asistenta que esperaba. Una noche, descubre una serie de extrañas escenas que la pondrán sobre la pista del gran secreto que envuelve a esa misteriosa mujer. Una intriga subyugante y sutil que nos habla de la esclavitud ejercida sobre las mujeres y de cómo la lucha y la esperanza son los únicos caminos a seguir. Qué cuenta Un sendero de claveles…. Jimena es una mujer madura que lleva una vida feliz e independiente, rodeada de sus hijos y nietos. Pero un día su existencia se ve truncada por el terrible mal de Alzheimer, lo que le hace tomar una serie de decisiones tan necesarias como difíciles.

CAPÍTULO 1

Contemplar el Atlántico desde la ventanilla del avión me hizo tomar consciencia de que empezaba una nueva vida. Esa uniformidad azulada me reclamaba proyectos. Volaba desde Guayaquil a Barcelona con el billete pagado por la agencia de trabajo ecuatoriana, que acababa de contratarme para trabajar en una multinacional de ropa deportiva. Al parecer dicha empresa buscaba operarios extranjeros para ahorrarse los altos sueldos nacionales.

En un primer momento compartiría con otras chicas un piso proporcionado por la misma agencia, se generaba así un paquete de deuda compuesto por los gastos del viaje, el hospedaje, más la comisión por encontrarme el empleo. El total ascendía a cuatro mil euros que debía pagar en un año. No me importaba trabajar durante un tiempo, únicamente, para devolver el dinero, después ya buscaría mi propio apartamento y por fin sería libre.

Mi entusiasmo era tan fuerte como el Boeing 777 con el que desbarataba las nubes camino a mi destino. Nada hacía suponer, a tan buenas perspectivas, que en cuanto tomara tierra iba a ser secuestrada por una mafia de trata de mujeres.

 —

Treinta días más tarde.

Aquel cliente empujaba de manera salvaje mi cabeza de títere contra su bragueta, podía ver empañarse los cristales del coche y forzada a seguir el ritmo de la música que sonaba en el CD-ROM: I Just can’t help believing. «Un: así, puta, así, así…» acompañaba al estribillo de la canción de Elvis Presley.

El sujeto, ya desahogado y como impactado por una lucidez divina, pareció tomar conciencia de repente de que estaba en la cuneta de una autovía y cualquiera podría reconocerlo aparcado en ese lugar. Me empujó fuera del coche sin otra despedida que el de «drogadicta asquerosa» y un estridente derrape de ruedas, que incrustó de piedrecillas mi cara y mis ojos. Llegué a tumbos hasta un pino del pequeño descampado porque además de no ver, creí que iba a desmayarme. Vomité la rabia que me daba tener las venas sucias de la heroína que me anulaba.

Ese fue mi último cliente y el principio del fin de una pesadilla, visto con la perspectiva de un año hay momentos en que parece, incluso, no corresponderme. Todavía deambulan sombras por mi memoria que me impiden dormir y dejar de mirar hacia atrás. A pesar de todo, cuando se debilite mi confianza en la vida, quizá me ayude a comprender las extrañas razones y vericuetos de las que se sirve el azar para cumplir su cometido.

Aquella noche, Judith Herrera, yo, di por finalizada una vida que no había elegido y me habían impuesto. Todo el terrorífico mes vivido hasta ese momento pasó a formar parte de una experiencia difícil de asimilar. Lo único importante era sobrevivir, ser puta y estar drogada día y noche era un mal menor ante los peligros que me acechaban.

En el grupo yo era de las de más edad, mis veintitrés años casi parecían demasiados para las pretensiones de los delincuentes que nos retenían. Tenía como compañeras de destino a cuatro ecuatorianas, tres cubanas, cinco de los países del Este y dos españolas. El mejor cebo de esa red de traficantes de mujeres era la promesa de conseguirnos un permiso de residencia, y la falsa esperanza de dejarnos marchar si pagábamos la deuda que habíamos generado; pero la realidad era que nos retenían indefinidamente bajo amenazas de muerte. La diferencia de las dos españolas con nosotras, las extranjeras, era que ellas habían sido captadas a través de la droga. Había camellos encargados de informar a la mafia sobre jovencitas de buen aspecto, muchachas sin hogar que no podían pagarse la adicción.

Recuerdo el caso de una compañera que no regresó a dormir. Madrugada tras madrugada, la cama vacía nos recordaba que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una desgracia mayor tenía más fuerza para borrarla de nuestra memoria que el transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes, destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio partido, dejaban pocas dudas sobre a qué menesteres había sido sometida. Sin embargo, a pesar de sus diecisiete años y el aspecto de niña delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja. Desde esa noche, la niña frágil se ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar por el silencio, igual al que se produce ante las catástrofes, que llenó la habitación.

No tener a nadie que me esperara, que pudieran hacer daño o extorsionar excepto a mi propia persona, era el mejor acicate pa- ra un día intentar huir. Esa palabra machacaba mis pensamientos: huir, huir… Si algo tenía claro a corto plazo era pasar desapercibida y fingir colaboración con los proxenetas como estrategia y salvoconducto para seguir viva.

El protocolo de llegada a la prisión se dividía en dos partes: la primera doblegar la mente, seguida irremediablemente por el cuerpo. En la habitación donde me alojaron no había ventanas, las camas estaban distribuidas en literas tipo cuartel militar. El terror, las vejaciones y los pinchazos de heroína las veinticuatro horas del día se sucedían hasta conseguir anularnos la voluntad. Siempre vi a tres secuestradores, en realidad nunca supe de cuántos delincuentes se componía la totalidad de la banda. A veces dejaban la puerta entreabierta de la habitación y los veía jugar a las cartas en la sala contigua.

Excepto al gordo caribeño, a los otros dos, uno muy moreno y otro de un blanco extremo, les gustaba pasear por los pasillos de literas para elegir a dos de nosotras al azar. Nunca me atrevía a mirarlos a la cara con la falsa esperanza de no propiciar la elección. Y eso era: una falsa esperanza, porque cerrar los ojos no me salvo de nada, aquella noche me tocó a mí. Me sacaron de la cama a rastras, agarrada por el pelo. María, la otra chica que iba a compartir mi suerte, tropezó con mis piernas al caer de la litera de arriba. La cubana, una vez en el suelo, empezó a sacar espuma por la boca y a tener convulsiones en brazos, piernas y cabeza. El chulo blanco crudo de aspecto nazi que la había tirado la levantó y la aplastó contra las camas con expresión de asco.

—¡Estás podrida, maldita! —dijo con un español torpe. Con gestos violentos eligió a la más cercana, fue el brazo de Sara el que atrapó y arrastró hacia la otra habitación. Los valientes insultos que profería la nueva víctima al agresor me hacían sufrir porque sabía que solo iban a servir para aumentar la violencia y ferocidad del nazi.

En aquel instante pensé que nunca podría olvidar la cara del sujeto abalanzado sobre mí, ni la repugnancia que su asquerosa piel y aliento me producían. Sin embargo, la memoria ahora me imposibilita describirlo y solo queda el recuerdo de una sombra picada de viruela. La ausente mirada de Sara desde la cama de al lado me enseñó que había que evadirse rápido del cuerpo martirizado, a pesar de que la sabandija que tenía encima había atado una cuerda a mi cuello y tiraba de ella cada vez que me embestía.

Oí gritar al nazi sobre el cuerpo de mi compañera de suplicio. —¡Toma!, ¡toma!, esto para que te vayas acostumbrando. Desde la cama, con la cabeza colgando, veía boca abajo al gordo caribeño que sonreía baboso el trabajo de sus compañeros, mientras volcaba con tino de ebrio una botella de coñac en un vaso.

Simulé obediencia, con ello evité algunas palizas y más abusos privados. Me llevaron a un club nocturno donde me obligaban a trabajar hasta el amanecer, pero al menos logré que disminuyera la dosis de heroína; aunque siempre sospeché que más bien era pa- ra disimular ante los clientes no estar drogada. Sus razones daban igual, al menos yo me encontraba con mejor estado de conciencia.

La siguiente recompensa a mi colaboración era disfrutar del aire libre. Me trasladaron a una zona concreta de una autovía, donde supongo que las distintas mafias negociaban sus territorios porque veía a mujeres que no eran de mi grupo. Mi horario, como el de todas, era desde las doce de la mañana hasta las tres del mediodía y después de comer hasta las doce de la noche, a partir de esa hora seguía hasta las cuatro de la madrugada en los clubes. La mierda metida en las venas y sus aterradoras amenazas eran consideradas como suficientes perros guardianes para custodiarme bajo el cielo abierto. La droga empezaba a parecerme la única ayuda que permitía soportar lo que estaba viviendo.

Pero aquella noche, en el descampado de la autovía, tras la vomitera, el aire fresco del mes de octubre y algo inexplicable me insufló fuerzas para acariciar la posibilidad de escapar. Lo sentía por Sara, los proxenetas habían descubierto nuestro afecto y a falta de otros familiares a los que dirigir sus amenazas para coaccionarme, Sara, según ellos, sería la que pagaría las consecuencias.

Los faros de los coches descubrían a rachas mi minifalda de charol blanco y las botas del mismo color. Supuse que mis piernas morenas y el suéter negro debían verse desde la perspectiva de los conductores, invisibles. No era difícil imaginar la visión espectral de las dos prendas caminando solas por la cuneta. Me encontraba en la autovía de Barcelona dirección Vic: dos pistas de asfalto persiguiendo en su recorrido los inicios del parque natural del Montseny, una zona montañosa plagada de bosques a tan solo cuarenta kilómetros de Barcelona. Cuando mi último cliente marchó eran las doce menos cinco de la noche. La furgoneta que debía recogerme a mí y al resto de las chicas esparcidas por la autovía para llevarnos a los locales de alterne, estaba a punto de llegar.

La noche y mis ojos parecíamos conformes con la luz de aquella luna mordida. En el valle, los pequeños pueblos apiñados punteaban de luces el horizonte. Soplos del incipiente otoño se empeñaban en envolverme con revoltijos de hojas secas, imaginaba en ese baile de crujidos todos los murmullos de libertad. Durante unos segundos dudé que el aglomerado de chicle en el que se habían convertido mis músculos y tendones respondiera bien a una emergencia.

De repente, entre la catarata de faros que fluía por la carretera, vi parpadear el intermitente de la furgoneta. En ese instante alguna fuerza maligna clavó mis tacones en la tierra. El vehículo detenido frente a mí abría sus puertas. La luz interior iluminaba las caras de mis compañeras, algunas, somnolientas, apoyaban sus cabezas mal sostenidas en los vidrios de las ventanas. Sara, con los párpados a medio cerrar, estampaba en el cristal una ventosa con sus labios, desde fuera me pareció la molleja enroscada de un enorme caracol rojo. La voz del conductor, el gordo caribeño, resonaba distorsionada en mis oídos:

—¿A qué esperas , ya tú sabes, zorra? ¿O tendré que bajar a buscarla?

Mi cerebro huía a toda velocidad con el revoltijo de hojas que me había envuelto hacía un rato, sobrevolaba el bosque, los campos, las montañas…, pero mi cuerpo no respondía a ningún impulso. Me apagaba y encendía a ritmo del intermitente, la luz amarilla alumbraba mi ombligo y se colaba por el corto margen del suéter. La paciencia del individuo se acababa. Escuché el rasgueo del freno de mano. El gordo bajaba a por mí. Por fin, me vi llevada por el movimiento descoordinado de mis piernas y brazos mientras miraba hacia atrás enajenada, perseguida por el depredador. No vi las zarzas, ni la maleza, fui engullida por el amasijo de vegetación negra del bosque.

Al fin, mi abuela, hubiera reconocido a su nieta Judith como una Herrera. Hasta su muerte, hacía solo tres meses, ella había sido mi única familia. Regresé con ella cuando mis padres murieron en un incendio. Aunque nací en Ecuador pasé toda mi infancia en España, en Castillazuelo un pueblecito de Huesca, adonde papá, cuando yo tenía solo unos meses, decidió emigrar y donde me eduqué y viví hasta los catorce años. Al desaparecer ellos, y ser menor de edad, fui devuelta a mi país a cargo de la abuela.

La abuela Aquilina aminoró la desgracia de haber perdido a mis padres, fue ella, no la universidad, quien se encargó de formarme para la vida. Y sobre todo de inculcarme durante la adolescencia el deber ancestral que tenía nuestro apellido.

Además del genio compartíamos los ojos y el pelo de india Topachi. De boca en boca, de padres a hijos, contaban la valentía y resistencia de hierro de nuestra estirpe. A pesar de pertenecer a una familia de pocos recursos económicos, éramos toda una institución entre la gente. Uno de nuestros antepasados salvó al poblado de morir arrasado por las lluvias, y a través del tiempo la historia se magnificó tanto que no se supo bien si realmente salvó a una persona, a dos familias, o a toda la aldea. Las restantes historias sobre descendientes, quizás más obligados por el peso de la tradición que por dones naturales, también estuvieron involucradas en salvamentos heroicos. Por eso la abuela, siempre, al anunciarse como seño- ra de Herrera, apostillaba con urgencia que ese apellido nada tenía que ver con la profesión de herrero, sino con la fortaleza del hie- rro. Aunque con el crecimiento tuve la certeza de que el significado etimológico del nombre venía más de un ascendiente español con dicha profesión, que de cualquier otro atributo. No sería yo quien sacara a la abuela de esa aureola de sobriedad en la que le gustaba envolverse.

Me convenció de que había que preparar el futuro y tuve todo su apoyo cuando decidí estudiar medicina. Le prometí que volvería a España cuando ella muriera. Decía que en un lugar como Ecuador donde la miseria era tan natural como los sobornados políticos, no tendría nunca futuro. La abuela trabajaba en las plantaciones de bananos desde el amanecer hasta que se iba la luz. Por las noches bordaba ropa para tener más ingresos y poder criarme, siempre le persiguió la inquietud de tener muchos años y poco tiempo para velar por su nieta. Cuando murió me dejó un medallón turquesa, recuerdo de la familia, que siempre me acompaña. Pensé que daba igual el país donde me encontrara porque ya sabía lo que era sentirse sola en este mundo. Por entonces fue cuando acepté la oferta de la agencia para trabajar en España.

La noche de mi huída cualquier chasquido del bosque era interpretado en defensa propia. El gordo caribeño no había conseguido atraparme, le supuse ahogado en su propio sebo. Caminé duran- te dos horas por sendas corta fuegos, entre montañas. Los ojos me escocían, mis pies se llagaron, ya no podía más y me rendí ante un llano donde alguien guardaba aparejos de campo, también había un tractor y los restos de un coche abandonado que me parecieron un hogar. No hice caso del perro que ladraba a lo lejos, ni siquiera me planteé en ese momento si en el lado del conductor había muerto alguien, a juzgar por el espachurramiento de chatarra del asiento. Mi estatura menuda permitió acomodarme sin esfuerzos en la parte trasera, mientras en el exterior, la humedad de la noche se pegaba a los pocos cristales que quedaban en las ventanillas. Al principio no quité ojo a las esperpénticas sombras proyectadas por el arado y el tractor, pero el cielo distrajo mis angustias porque nunca había contemplado un espectáculo igual: la bóveda celeste arqueaba los luceros, e interpreté, más sosegada, con los párpados del todo abatidos, que aquel galimatías de estrellas era mi primer regalo de libertad.

—-

Antes que la luz de la mañana, me despertó un temblor con latigazos: la sangre rememoraba a la heroína. El síndrome de abstinencia me provocó sudoraciones, ansiedad, taquicardias… Intenté respirar profundamente para controlar el acelerón. Un pañuelo de papel sirvió para limpiarme las botas y la falda de charol de los azotes de la hierba, tenía los brazos y las piernas llenos de garabatos de sangre coagulada por los arañazos de las zarzas. Al menos era consciente de que retornaba a mi cuerpo y a sus sensaciones, aunque fueran malas, porque tenía hambre, frío y rugía en mi cabeza una manada de elefantes; pero era libre y en aquel momento solo debía escoger bien unos de los caminos que tenía delante de mí, rogué al destino que fuera el menos malo y comencé a caminar por el que estaba asfaltado.

Las verrugas verdosas, peludas, de las montañas del Montseny ondulaban el paisaje con gibas de arboledas. Desde mi perspectiva, en la pequeña carretera que ascendía, la autovía se había convertido en una fina, ronca y tortuosa lombriz. Recordé, supongo inspirada en la soledad del paisaje y sin dejar de mirar hacia atrás, a otra de las chicas desaparecida. Supimos que había pedido ayuda a un cliente del club para escapar. Dos días después oímos decir, en la barra, a uno de los camareros, que el fulano había tenido un accidente mortal con el coche, de ella no supimos nunca nada más. Volví a pensar en Sara, le pedí perdón y recé para que no le hicieran daño.

El asfalto de la carretera terminaba delante de una cadena oxidada donde se columpiaba, entre chirridos, un cartel de prohibido el paso en mal estado. La falta de otras expectativas hizo que la saltara sin pensarlo dos veces. El camino privado era un cauce de chinas apuntalado en sus bordes por cipreses gigantes. Los árboles parecían suplir la labor de una hilera de lacayos que señalaban el camino a la casa, al visitante. Anduve sin levantar la cabeza del suelo para no resbalar con la gravilla, al terminar de girar una curva encontré de pronto, rayada por las rejas negras de una verja, una mansión que tenía forma de castillo.

Era la primera vez que veía un edificio así. Ajenos a la natural fragilidad del entorno se alzaban tres torreones magnánimos, coronados con almenas y ventanales de cristales emplomados de colores, al más alto, el que se encontraba en medio, le calculé unos veinte metros de altura. Empujé con esfuerzo la cancela de hierro que la hiedra había hecho suya. Al otro lado, un jardín tapizado de hojas caídas, color ocre, se extendía ante mis pies. Bajo la hojarasca, entre pequeños claros, aparecía un estrecho camino de piedras en forma de «Y» que llevaba hacia la casa.

Los árboles centenarios, tan majestuosos como la vivienda que guardaban, delimitaban de forma natural ambos lados de la parcela. A la izquierda, a medio camino antes de llegar a la entrada, descubrí entre las hojas la punta del ala de un angelito de bronce, levitaba sobre la estructura de una fuente en forma de trébol. A los pocos metros, empecé a distinguir los barrotes y cristales de una puerta arqueada parecida a las de las iglesias. Entre las volutas doradas de la estructura, pude diferenciar una figura tenebrosa que manipulaba desde el interior la cerradura. Una señora vestida de negro abría la puerta entre un gruñido de goznes, tras ella el perfil de una chimenea de piedra, ante ella, yo, exhausta, dispuesta a pedir ayuda; pero no hizo falta que abriera la boca, ni siquiera de emitir el balbuceo que seguro me hubiera salido en ese momento porque recibí una orden inmediata:

—Pasa —obedecí disimulando mi contrariedad y agradecí a la providencia no tener que dar explicaciones—. Llegas quince minutos tarde. Sígueme.

Sus rasgos eran finos, de nariz pequeña y labios armónicos, sin embargo, todo en ella aparecía estirado, actitud, figura y voz revestían tal severidad que contagiaba. Erguí todas las vértebras que pude para no desentonar con su sombra.

Ahora, un otoño más tarde, me doy cuenta de la docena de abrigos bajo los que oculta el ser humano lo mejor que tiene. Debido, quizás, a la fragilidad de nuestra materia interna las capas deben ser gruesas y los muros altos.

Caminé tras ella, ansiosa por saber qué esperaba de mí. Su cintura estrecha distraía sobre el cálculo de su edad. Llevaba el pelo recogido en un moño color chocolate. Me atreví a aventurarla no más de cincuenta benevolentes años, confirmé la consistencia y protección de las paredes de aquella casa para que la vejez no la hubiera descubierto todavía.

Sus pasos y los míos crujían los escalones de madera. Atravesamos interminables salas y un sorprendente invernadero interior repleto de helechos, que daba a lo que sería mi habitación. Sobre la cama un uniforme azul claro de sirvienta reposaba coqueto como asistido en la pose por un fantasma plano.

—Tienes treinta minutos para cambiarte y bajar al salón.

Mi segunda preocupación, después de la ducha, era saber si iba a ser capaz de encontrar el camino de regreso al salón.

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Copygirl

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FICHA TÉCNICA

Título: Copygirl

Autor: Anna Mitchael y Michelle Sassa

Editorial: Umbriel (sello de Ediciones Urano)

Nº de páginas: 320

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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CAPÍTULO 1

La señora de los gatos

Cuando te están apuntando con una pistola a la cabeza, es muy difícil pensar.

—Mañana a primera hora más os vale demostrarme de lo que sois capaces —nos había advertido Elliott hacía un rato, a lo que había añadido su amenaza favorita—: Tened presente que puedo reemplazaros en cinco minutos.

Vamos, Kay, piensa. Piensa. ¡PIENSA!

Solo necesito un buen eslogan de comida para gatos. No tengo que encontrar la cura para el cáncer ni que inventar una cúpula que permita a la humanidad vivir en Marte.

Tecleo lo primero que me viene a la cabeza:

«Ven aquí, gatita malona.»

Y veo con absoluta claridad que esto no es lo que Elliott tiene en mente. «Ven aquí, gatita malona» es lo que me dice Johnjoshjay cada mañana cuando ellos me ven pasar por el pasillo que separa los cubículos del atestado departamento creativo de nuestra agencia. «Ven aquí, gatita malona. Ven aquí, gatita malona.» Al club de los chicos les encanta fastidiarme, y este es su maullido preferido (perdonad el juego de palabras, son gajes del oficio). Se les ocurrió porque soy la copy de Little Kitty,* ¿lo pilláis? Oh, sí, son muy listos. Yo me he vengado de ellos negándome a llamarlos por su nombre. Al menos en mi cabeza. Se tienen bien merecido que me refiera a los tres por el mismo apodo. Al fin y al cabo, visten igual. Todos como pequeños hipsters: vaqueros holgados, zapatillas de marca, camisetas que parecen de mercadillo pero que les han costado un ojo de la cara, gorras puestas del revés que se quitan en cuanto llegan al trabajo y que dejan al lado del ordenador junto con sus bandoleras de cuero a juego.

Estos fantasmas creen que son lo más porque llevan la cuenta de las zapatillas Superfine y la de Atlantis, la marca de ropa de Brooklyn. Y yo estoy encasillada haciendo anuncios para periódicos y revistas de «comida para gatitas». Otra muestra de su sarcasmo y deformación profesional. Pero no voy a consentir que nada de esto me hunda. Al fin y al cabo, Little Kitty es nuestro cliente más importante. Es la famosa gallina de los huevos de oro. Es la cuenta que paga nuestros sueldos, y su presupuesto mantiene la agencia abierta y funcionando; así que, si este cliente está contento, mis jefes están contentos. Y esta noche me propongo tener un montón de ideas locas y brillantes para dejar a los ejecutivos de Little Kitty anonadados y conseguir por fin el reconocimiento que Ben y yo nos merecemos.

Hablando de Ben, ¿en qué lugar de Manhattan se ha perdido mi fiel compañero de trabajo? A estas horas ya debería de haber vuelto del gimnasio con nuestra cena para ayudarme con la sesión de tormenta de ideas, tal como me prometió. Se me encoge el estómago al pensar en la comida… Y, sí, bueno, voy a ser completamente sincera, también al pensar en él. Aunque tengo muchas ganas de triunfar con este proyecto, aún tengo más ganas de triunfar con Ben. Típico, lo sé. La chica copy que se enamora del atractivo creativo que trabaja con ella. Y un suicidio profesional, probablemente. Pero somos pareja —profesional, quiero decir— desde el segundo día en la facultad de publicidad en Atlanta y ahora Ben además vive conmigo. Sí, bueno, duerme en el sofá y no en mi cama como me gustaría a mí, y, sí, solo es por unos días, hasta que encuentre un piso nuevo. Pero, bueno, da igual. La cuestión es que se veía venir y le he cogido cariño, ¿qué otra cosa puede suceder cuando te pasas todo el día respirando el desodorante Axe de otra persona? Creo que incluso hay un nombre para eso: «El efecto Axe».

Además, no solo se trata del tema de vivir juntos; Ben y yo trabajamos juntos muy a menudo. Eso se debe a que tenemos la suerte de ser el equipo más júnior del departamento creativo de Schmidt Travino Drew & Partners, una de las agencias de publicidad más prestigiosas del país. Ben y yo probablemente hemos tenido que superar a cientos de copys y de creativos recién licenciados para conseguir este trabajo, y, como al resto de los equipos creativos de las otras agencias, nos pagan por las ideas que se nos ocurren trabajando juntos. Después Ben se encarga de las imágenes y yo redacto el texto. Pero, a diferencia del resto de las agencias, la nuestra ha ganado el Advertising Age’s Agency de este año y ahora somos «jodidamente importantes». Mucha gente mataría por nuestro trabajo. De hecho, nuestro director creativo, Elliott, siente que tiene el deber de recordárnoslo cada vez que nos hace un encargo.

Por eso he dicho antes que tenía una pistola apuntándome a la cabeza.

Sé que a Ben le gusto, ¿por qué si no habría querido que trabajásemos juntos después de la facultad?, pero espero que, cuando vea las frases tan brillantes que se me han ocurrido para salvarnos el culo, se alegre tanto que quiera besarme hasta dejarme sin sentido. Lo único que me falta es ponerme a escribir. Ya.

Ojalá tuviera una musa, algo similar a Olivia Newton John en Xanadú, con sus patines proponiéndole a su amigo el músico grandes ideas:

—Presta atención, Kay. —Casi puedo oírla en mi cabeza—: Estas son las frases con las que vas a ganar un montón de premios. Ahora ponte los patines, dame la mano, y vamos a patinar por la ciudad como si no hubiera un mañana.

Suspiro. Las buenas musas son difíciles de encontrar, especialmente cuando estás muerta de hambre. Mi última comida ha consistido en una bolsa de anacardos caramelizados que he rapiñado a eso de las tres de la tarde en vez de ir a almorzar. Miro a través de la ventana y veo que los vendedores de comida ambulante que suelen ocupar la acera ya se han ido a casa a pasar la noche, no como yo.

Qué comparación tan deprimente… Lo que no es nada deprimente es el lugar donde me encuentro. ¡Estoy en el centro de Nueva York! Bueno, de acuerdo, mi oficina está en Chinatown, así que técnicamente no es el centro, sino el extremo de la ciudad. Y yo crecí no muy lejos de aquí, pero, de todos modos, este lugar es como el nuevo mundo. Aquí viven millones de personas. Las posibilidades son infinitas. Me gusta mirar los edificios y preguntarme quién los habita sin más o quién, como yo, está intentando demostrar que merece tener su lugar aquí.

¿Cómo dice la canción de Sinatra? «If I can make it here, I can make it anywhere.» Si puedo conseguirlo aquí, lo conseguiré en cualquier parte, ¿no? En mi caso, si puedo conseguirlo aquí, no tendré que subirme al próximo autobús con destino a Jersey sin dinero y con el rabo entre las piernas. Creía que, si Ben y yo nos mudábamos juntos a la ciudad y seguíamos creando «magia publicitaria» juntos, conquistaríamos Nueva York. ¿De verdad puedo, perdón, podemos labrarnos un futuro aquí? ¿Podemos conseguir que todos los que dudaron de nosotros muerdan el polvo? Eso espero. Y espero que Ben aparezca de una vez. Pensar en el mundo exterior me ha hecho sentirme más pequeña de lo que quiero, y, al fin y al cabo, somos un equipo creativo.

Mi teléfono suena al recibir un mensaje de texto como si una musa hubiese decidido atender mi llamada. Quizá sea mi mejor amiga, Kellie, llamándome desde el otro extremo del mundo para soltarme uno de sus típicos discursos motivadores. La verdad es que ahora mismo me iría mejor uno de esos discursitos que un plato de pad thai.

«Hola, Kay, ¿has avanzado algo con lo de Little Kitty?»

No, definitivamente no es un mensaje de Kell diciéndome que va a llamarme en cinco minutos. Es Suit, el jefe de cuentas, blandiendo de nuevo su látigo. Como si no supiera que tengo que presentarle mis ideas a Elliott a primera hora de la mañana. Como si no supiera que ya son las ocho y trece minutos de la tarde. ¿Por qué no me manda una foto de un Uzi apuntándome a la sien derecha?

Paranoica, miro por encima de las paredes de mi cubículo para asegurarme de que Suit no está merodeando por ahí cerca para vigilar si estoy trabajando. No, no hay signos de vida inteligente en toda la planta. Suit probablemente esté cenando en algún restaurante de moda con su novia superguapa, esa amazona de casi dos metros que vino a la fiesta de Navidad de la oficina vestida de cuero de la cabeza a los pies. Me apuesto lo que quieras a que solo está con Suit porque es alto. Es imposible que una chica como ella se dignase a llevar zapatos planos por un hombre. Como es habitual en mí, la noche de la fiesta de Navidad yo llevaba la ropa equivocada. El top de seda roja, que me había parecido retro cuando me lo compré en esa tienda de ropa vintage de Atlanta, brillaba tanto que Elliott se pasó la noche llamándome Rudolph. Y para empeorar las cosas, chicas como la novia de Suit inundaron la fiesta de la agencia —igual que inundan las calles de Manhattan— como si su misión en la vida fuera recordarnos a las demás que no damos la talla. Claro que, si Suit está ahora mismo con la señorita Mono de Cuero, dudo mucho que algo tan banal como la comida para gatos pueda retener su atención más de un segundo.

Lo más probable es que Suit haya salido con Elliott y su séquito a cenar a base de líquidos. Seguro que están en The Hole, ese bar de mala muerte que hay en el Soho donde siempre puedes encontrarte a alguien de nuestra agencia o de las otras agencias de la ciudad. No es que lo haya preguntado. Lo cierto es que agradezco poder disfrutar de unas cuantas horas de paz antes de que vuelvan borrachos y se pongan a jugar a Call of Duty en la Xbox de Elliott con la excusa de que se «van a quedar a trabajar hasta tarde».

El club de los chicos ha intentado presionar a Ben para que saliese con ellos esta noche a pesar de que saben que tenemos una entrega mañana. Una entrega que nos ha impuesto Elliott. Les he oído hablar en el ascensor, nuestro director creativo es especialmente escandaloso y maleducado. Elliott no está acostumbrado a que le digan que «no» cuando invita a alguien, así que ha atacado a Ben con muy mala leche y le ha preguntado «qué falda iba a ponerse para ir al gimnasio».

Evidentemente, Elliott es el líder de la manada. Todos le llaman «E», como si fuera el alucinógeno que animase al grupo, e, igual que la droga del éxtasis, «E» es famoso por sus cambios de humor, por sus altos y bajos. Cuando estamos solos, Ben y yo lo llamamos: «El Imbécil».

El club de los chicos de «E» es tan influyente que incluso recibió una mención especial en el artículo del Advertising Age en que se concedía el premio de agencia del año a la nuestra. El artículo decía textualmente: «El club de los chicos está en plena forma dentro del mundo de la publicidad gracias al director creativo Elliott Ford y a su equipo rebosante de testosterona».

Sí, testosterona, no cabe la menor duda. En general, en Schmidt Travino Drew no hay muchas chicas, y técnicamente yo soy la única que trabaja en el departamento creativo. Está Peyton la superzorra, pero ella es productora, y su trabajo se clasificaría más bien como de «soporte creativo», así que no cuenta. Después está Gina, la becaria del departamento creativo, que ha conseguido un ascenso pero a la que todo el mundo sigue pidiéndole que le traiga un café, así que ella aún cuenta menos. Estoy muy orgullosa del trabajo que tengo, pero sé que en una agencia como esta hay una lista larguísima de personas dispuestas a ponerme la zancadilla. Probablemente por eso estoy sentada aquí sola en este ridículo cubículo de acero y cristal mientras esa panda de borrachos —quiero decir creativos— trabajan fuera de la oficina.

«Vamos, Ben. Sal de ese ascensor y ven con tu Kay, enséñame tu cuerpo serrano.» Claro que, si viene ahora, no tengo nada que enseñarle.

Creo que me colaré en el despacho de Elliott y le cogeré prestados esos libros de fotografías que tiene, para ver si se me ocurre algo. Elliott tiene tres estanterías repletas de libros, y en la mesilla Lucite hay dos de animación de origen japonés, uno de grafitis y varios volúmenes dedicados al desnudo de féminas negras, al arte de los tatuajes, al arte de los juguetes, a las bailarinas del burlesque y a los videojuegos de los ochenta. Odio estar en esa oficina, seguro que sufro algún tipo de reacción pavloviana, porque allí es donde siempre recibo las críticas de mi jefe. Pero adoro esos sillones Eames. Me dejo caer en uno y empiezo a hojear uno de los libros de animación en busca de alguna idea visual que pueda ayudar a Ben con el diseño del anuncio de Little Kitty. Hace apenas unas horas, Ben estaba sentado en este mismo sillón mientras Elliott nos explicaba el proyecto. Huelo el respaldo y encuentro su perfume, Axe Phoenix… ¡Oooh! Cierro los ojos y me lo imagino, con su ancho torso repleto de músculos…, su pelo rubio rojizo despeinado… y esos ojos que tiene, juguetones y serios al mismo tiempo. Me imagino su risa ronca, tan típica del oeste, cálida como un abrazo de oso de esos que te levantan del suelo. Dios sabe lo bien que me iría ahora mismo uno de esos abrazos para sacudirme de encima el mal trago que he pasado hoy mismo en este despacho.

Ay, ha sido tan vergonzoso. ¿En serio era necesario que los Joshjohnjay entrasen en el despacho de Elliott cuando él nos estaba diciendo que cualquiera de los adictos de la calle Ocho harían mejor nuestro trabajo? Y después esa panda de descerebrados se han ido a jugar a los videojuegos como si nada. En lugar de quedarse y darnos algún consejo creativo sobre cómo afrontar ese proyecto, El Imbécil se ha dedicado a enseñarnos a todos la cámara de tamaño insecto que le han traído de Tokio y que seguro vale una pequeña fortuna. O, como él ha dicho tan humildemente: «Más de lo que vosotros, pobres mortales, ganáis en un mes».

Como de costumbre, los chicos han rodeado a E y han mirado embobados su último juguete. A E no hay nada que le guste más que los aparatitos de última tecnología, o, mejor aún, los aparatitos de última tecnología que aún no se han puesto a la venta.

—Tiene una lente Carl Zeiss —presume Elliott—, así que la calidad de las fotos es demencial. Y es la cámara más pequeña del mundo, por lo que nadie se da cuenta de que les estás grabando. —Entonces ha apretado un botón en su ordenador—. Ahora veréis, he filmado esto hace dos minutos.

Y de repente allí estoy yo, en un nada favorecedor primer plano, en la enorme pantalla del ordenador de Elliott, sudando la gota gorda mientras él nos riñe a Ben y a mí por lo pésimos que han sido los últimos anuncios que hicimos para Little Kitty. Mi pelo ralo está aún más empapado por el estrés; la mejilla izquierda, ahuecada porque me la estoy mordiendo como hago siempre que estoy nerviosa, y me conduzco como una ladrona a quien acaban de pillar con diez pares de bragas de Vicky Secret bajo los pantalones.

—Diría que los Special K del desayuno te han dado alergia —comentó con sarcasmo uno de los Joshjohnjays, y, por supuesto, otro se unió a la fiesta.

—¿Tienes alergia a los perros grandes, gatita malona?

Y entonces todos empezaron a partirse de risa a mi costa. Era el momento perfecto para contraatacar con un comentario sarcástico y unirme así a la cacería, pero, como de costumbre, mi lengua estaba más atada que el nudo de los cordones de mis Converse. Gracias a Dios que intervino Ben con su agudo sentido del humor. Se encargó de poner punto final a mi humillación con un divertido comentario:

—Vaya, Kay, nunca me había fijado en que tienes la piel tan bonita.

Una pequeña victoria en esta tarde en la que me he sentido como una perdedora de campeonato.

Tal vez Ben se comporta de vez en cuando como si se llevase bien con esos tíos, pero yo sé que jamás permitiría que el club de los chicos le afectara y le cambiara el carácter. Ben es muy de Wisconsin. Muy fiel a sus raíces. Ben me es fiel a mí… Supongo. Espero. Y un día querrá que seamos una pareja más allá del plano profesional, más en el plano horizontal. Estoy segura.

Suenan dos clics y vuelvo a la realidad. ¡La cámara oculta de Elliott! ¿Dónde está escondida? ¡Espero que no me esté filmando! Inspecciono el enormemente obsceno despacho de Elliott presa de un ataque de pánico. Esa estúpida cámara puede estar en cualquier parte.

Clic, clic, oigo de nuevo.

¿Y si Elliott y los chicos me están viendo ahora mismo y se están partiendo el culo de risa en el bar? ¿Y si mañana por la mañana toda la agencia recibe un email con un vídeo de mí olfateando la butaca Eames? Algo me golpea el pie y al bajar la vista me encuentro un robot de cuerda. Él es el autor de los clics. ¡Menos mal! Lo habré tirado de la mesa sin querer.

Recojo el juguete, elijo unos cuantos libros y salgo de allí pitando. Recorro el pasillo de los cubículos hasta llegar al mío y veo que en la mesa de Josh hay un robot de cuerda, y en la mesa de Jay también. Oh. ¿Esos chicos siempre se han copiado los unos a los otros o empezaron a hacerlo cuando Elliott, el famoso e imbécil director creativo, los contrató?

Para los Joshjohnjay El Imbécil nunca hace nada mal. Odio admitirlo, pero El Imbécil es carismático. Por suerte para mí, yo soy inmune a sus encantos. O quizá sea porque él jamás ha intentado incluirme en su grupo de bebedores de tequilas caros o de cervezas ecológicas o lo que sea que beban porque lo ha descubierto en las páginas de GQ o de Rolling Stones.

Con los chicos funciona. Ellos se pasan el día hablando de videojuegos y de música independiente y sin embargo son capaces de hacer anuncios para Superfine y para Atlantis y ganar un montón de premios con ellos. Siempre que les he visto con chicas (en las contadas ocasiones en las que yo consigo salir de la agencia y voy a tomar una copa en The Hole), me he sentido completamente intimidada por la compañía. Van con esa clase de chica que ves por la calle pero que nunca te aparece reflejada en el espejo de casa: guapa, segura de sí misma y que puede mantener una conversación sobre cualquier cosa.

Ben siempre detecta el instante exacto en que me siento poca cosa, y cuando los chicos aparecen con sus supermodelos él se acerca a mí y se pone a hablar conmigo.

Pero él nunca, ni una sola vez, se me ha insinuado. Y me quejo de ello siempre que hablo con Kellie. Quizá debería llamarla ahora. Sé que estoy buscando excusas para perder el tiempo, pero eso también forma parte del proceso creativo, ¿no?

De vuelta a mi mesa de trabajo, cojo el teléfono y veo que he recibido un mensaje:

«Hola de nuevo, ¿cómo va el eslogan de los gatos?»

¡Será pesado! Es el tercer mensaje de Suit en lo que va de noche. Ni loca voy a contestarle. ¿De verdad piensa que soy tan incompetente que necesita estar encima de mi continuamente? Voy a hacer el mejor anuncio del mundo. Perdón, Ben y yo haremos el mejor anuncio del mundo. Y, cuando lo hagamos, todos tendrán que besar nuestros preciosos traseros gatunos.

Miro el reloj. Las ocho y media. Ben tendría que estar aquí ya. ¿Qué coño le ha pasado? Y ¿qué hora es ahora en el jodido París? Desde que Kell se mudó allí para estudiar historia del arte, no me aclaro con la diferencia horaria y nunca sé si mi amiga está despierta o dormida. En especial porque, en París, Kell está llevando la vida con la que ambas soñábamos desde el instituto y no sigue horarios de oficina. Es probable que sea tarde en la ciudad de la luz, pero al menos le dejaré un mensaje. Últimamente no hemos hablado demasiado, yo le echo la culpa a la diferencia horaria y a mi trabajo estresante, pero lo cierto es que tampoco me he esforzado mucho en contactar con ella. Me mata hablar con alguien que siempre está contento mientras lo único que hago yo es quejarme.

Busco su nombre en la lista de contactos con marcación rápida y me preparo para que me salte el contestador, pero Kell me sorprende y me contesta. Lo que es aún más sorprendente es que puedo oír el sonido de vasos chocando y lo que parece ser una banda de rock francesa tocando.

—¡Bonjour, mon amie! —grita por encima de la música de fondo.

—¡Kell! ¡Creía que no te pillaría despierta! ¿Dónde estás?

—En una boîte muy guay en Saint-Germain con mes amis de l’université. ¿Dónde estás tú? —Mezcla el francés con el inglés con un acento parisién que yo jamás en la vida podría conseguir.

Inspecciono mi cubículo, se parece más a una caja que a una boîte, y me duele tener que confesarle que, otra vez, estoy trabajando hasta tarde.

—¡Mon dieu, Kay! —Su acento es tan chic—. Consigues que Nueva York suene… très aburrido.

—Lo sé… —suspiro, y apoyo los pies en la mesa de Ben—. Es que Little Kitty es un cliente infernal. Con ellos todo es para ayer, una fecha de entrega se solapa con la otra. Solo llevo cuatro meses en Schmidt Travino Drew y estoy segura de que ya he escrito más de trescientos cincuenta eslóganes para ellos, que van desde prometer que los gatos perderán menos bolas de pelo a que tendrán diez vidas, pasando por que su comida es tan buena que «se relamerán las patitas». Si te soy sincera, creo que solo ciento veinticinco de esas frases le han llegado al cliente. Y la única que han comprado ha sido: «Despídete de los días de mal pelaje, gatita».

—¡MIAU! —se burla Kell—. Despídete de tus días de anuncios pésimos, gatita.

—Lo sé. Brillante, ¿no?

—Kay, tal vez la gatita que hay en ti necesita salir un poco más, ¿n’est-ce pas?

—Muy graciosa. Suenas como los Joshjohnjay. Al menos Ben aún está de mi parte.

—¿Cómo está Monsieur Benjamin? S’il vous plaît, dime que al menos habéis empezado a hacer horas extras en la cama.

Aunque la agencia está vacía, me levanto y voy al baño. Al fin y al cabo, mi compañero debería estar de vuelta en cualquier momento.

—Ben ha ido al gimnasio a desquitarse un poco —le digo en cuanto cierro la puerta del lavabo del fondo—. El pobre se quedó sin ideas de comida para gatos hace un mes. Pero cuando vuelva ¡pasaremos toda la noche juntos!

—Oh la la, Kay, qué sexy —dice en un tono sarcástico, lo que me indica claramente que no aprueba mi respuesta.

—Ben es sexy —insisto—. El modo en que me mira cuando le cuento mis ideas es muy sexy. Y su risa es… Kell, ¿cuándo abrirá los ojos y me dará un beso?

—FaceTime —exige ella, y pulso el icono correspondiente. Aparece el precioso y glamuroso rostro de mi mejor amiga, y veo que ella también está encerrada en un baño para tener cierta intimidad.

Kellie deja de hacerse la francesa y me riñe en serio.

—¿No te has maquillado? Kaykay, ¿así es como piensas seducirle? Y deja que lo adivine. ¿Vaqueros anchos? Ninguna francesa se vestiría así si tuviera que pasarse la noche trabajando con el tío que le gusta.

Me miro al espejo por primera vez en toda la semana: pelo lacio y sin gracia color maíz, piel blanca y enfermiza, camiseta vieja y vaqueros… Kell tiene toda la razón.

—Lo sé. Lo sé. Pero es que tenemos esta horrible fecha de entrega. Con suerte voy vestida y duchada.

—Bolso. Ahora —me ordena, y yo salgo corriendo hacia mi cubículo mientras ella me suelta uno de sus discursos. Por eso la quiero tanto, aunque a veces tengo la sensación de que me echa la bronca en vez de sermonearme—. Deja de esperar a que te pasen las cosas y haz que te pasen las cosas, Kay. Ben te respeta y le gustas, solo está esperando una señal tuya. Esta noche vas a ponerte en modo sexy: un poco de lápiz de ojos, colorete, perfume, y, por el amor de Dios y de San Vogue, suéltate el pelo y cepíllatelo.

Vuelvo al baño para cumplir con sus instrucciones.

—Ahora desabróchate la camisa. Otro botón. Y súbete las tetas, por lo que más quieras. Ese sujetador se llama «push-up», no «push-down», por Dios.

—Sabes de sobra que no tengo tetas. —Intento recolocarme lo poco que tengo.

—Kaykay —suspira—, ser sexy es una cuestión de actitud. Tendrías que ver los cardos borriqueros que hay aquí en París que se ligan a tíos buenos solo porque saben flirtear.

—Yo soy más tipo jirafa espantosa. —Inspecciono mi físico delgado a lo chico y la nuez que me sube y me baja por la garganta. Tengo que reconocer que los pequeños cambios que ha sugerido Kellie han ayudado. Un poco. Quizá funcione.

—Ben también traerá cerveza, ¿no?

Asiento.

—Pues esta noche vas a beberte una, o tal vez dos. A la mierda con la campaña publicitaria, presta un poco de atención a tu vida. Quiero que te sientes cerca de Ben y que te rías de todo lo que diga. Tócale la mano de vez en cuando, y, cuando llegue el momento, quiero que le hagas ojitos y que te inclines hacia él para besarle.

Se me ponen los ojos como platos.

—Ahora o nunca, Kay —insiste—. Vosotros dos lleváis años trabajando juntos.

Dicho así suena tan fácil, pero para Kellie todo lo es. Ella es Batman, mientras que yo soy Robin. Yo tengo mis dudas de que vaya a salir bien. Tal vez no consiga besarle, pero flirtearé, eso seguro. O al menos le escucharé atentamente e intentaré no decir ninguna tontería.

Oigo pasos en el pasillo y susurro:

—¡Oh, Dios mío, Kell! ¡Ha vuelto!

—Ve por él, mon petit chou. Mándame un ShoutOut luego con todos los detalles, bisou bisou —dice y le da un morreo a la pantalla de su teléfono.

Cuelgo la llamada porque acabo de ver un primer plano de la lengua con piercing de mi amiga. ¿Ese piercing es nuevo? No tengo tiempo de preguntárselo. Cojo el bolso y vuelvo tranquilamente a mi cubículo.

—Más te vale haberme traído rollitos de primavera, Ben Wilder —le advierto—. Y unas cuantas buenas ideas.

Me vuelvo, ansiosa por encontrarme a Ben, y le dedico una sonrisa bien pícara. Pero no es Ben. De pie en medio de mi cubículo está Suit. ¡Mierda! Ignorar sus mensajes de texto no ha sido una buena idea.

Suit. Suit. Suit, nadie le llama por su nombre de verdad. Le ha quedado ese apodo porque siempre lleva traje. Al parecer en esta agencia todo el mundo tiene un alias o un alter ego. Lo que tiene sentido, teniendo en cuenta que nos dedicamos a la publicidad: el negocio más falso y con más mentiras del planeta. Pero, bueno, chavales, ¡es divertido! ¡Puedes ir a trabajar con chanclas! Eso sí, no esperes que nadie te valore por ser tú mismo.

Normalmente intento evitar a Suit como a la peste. No lo evito porque sea uno de los gestores más estrictos de la agencia y famoso por ponerse siempre de parte de los clientes. Ni porque siempre vaya tan peripuesto con sus trajes y sus camisas de Robert Graham, a diferencia del resto de nosotros, los creativos, que vestimos ropa informal, con vaqueros y zapatillas de deporte. No, me mantengo alejada de Suit porque él siempre aparece cuando creo que estoy sola y asoma la cabeza por mi cubículo para mirar qué estoy escribiendo. Es tan pasivo-agresivo… «Pregúntame de una vez cuánto me falta», estoy tentada de decirle. Lo preferiría a que siguiera comportándose como si mi trabajo le importase de verdad.

Este hombre se da cuenta de todo. Si existe alguien capaz de detectar que he estado perdiendo el tiempo, es él.

—¿Estás bloqueada? —me pregunta desde la entrada del cubículo, y luego señala el bolso con la barbilla mientras yo me siento.

¿Está insinuando que me he ausentado de la agencia durante un rato? ¡Qué manera tan pasiva-agresiva de acosarme!

—Solo he ido al baño. Sé que el plazo de entrega termina mañana, pero tengo permiso para ir al baño ¿no? ¿O quieres que mee en una botella de agua sin levantarme de la mesa? —A diferencia de mis otros compañeros de trabajo, con Suit no me muerdo la lengua. Probablemente porque él saca lo peor de mí, igual que me sucede con los dos cretinos que tengo por hermanos. Además, estoy acostumbrada a pelearme con ellos verbalmente. Y a Suit nunca he intentado impresionarle.

—Lo siento. Es que he tenido la sensación de que olía igual que en la sección de perfumes de Saks. Así que ¿todo va bien?

Suit camina hasta mi ordenador y entonces me doy cuenta de que no he cerrado el Word.

—Ven aquí, gatita malona —lee en voz alta. Es lo único que he escrito—. Kay, aunque esta frase me parece una genialidad, no me veo capaz de enseñársela a nuestro cliente. Espero que esto no sea todo lo que se te ha ocurrido.

—Oh, ¿esta frase? —evito contestarle—. Es una broma para Ben. Llegará en un rato y haremos las maquetas para la presentación. Tengo páginas y páginas de frases ganadoras.

Mierda. Frases ganadoras es el equivalente a decir «el eslogan del año». Odio cuando me comporto como un cliché y utilizo alguna de las frases que usan los fantasmas de la agencia.

—Me alegra oírlo. —Suit sonríe, es obvio que le he tranquilizado. Si Ben y yo no lo conseguimos, él será el que tendrá que dar la cara ante el cliente.

—¿Puedo verlas? —me pregunta en tono amistoso, pero en el fondo es su modo pasivo-agresivo de exigirme que se las enseñe.

El trabajo de Suit consiste en desarrollar la mejor estrategia para cada cliente y asegurarse de que nosotros, los creativos, la cumplimos. El mundo de la comida para gatos es muy competitivo, y las diferencias entre los distintos fabricantes, ridículas. Suit ha trabajado codo con codo con los ejecutivos de Little Kitty durante meses hasta dar con algo que pudiera diferenciarlos y hacer destacar la marca. Todas esas reuniones le han convertido en el contacto de la agencia con el cliente y en el empleado predilecto de Schmidt y de Travino. Suit le cae bien a todo el mundo y yo no logro entender por qué. Nunca he hablado con él sobre nada que no sea comida para gatos, pero supongo que puedo entender que a los clientes les resulte encantador. Ben me dijo un día que Suit es de algún lugar del sur. De Alabama o de Georgia, o tal vez de Louisiana o de vete a saber dónde. Cuando creces en la Costa Este, todos esos estados se te mezclan en la cabeza.

—¿De dónde eres? —le pregunto de la nada, ansiosa por evitar la pregunta que él acaba de hacerme.

Suit levanta las cejas y sonríe sorprendido por mi repentino y aleatorio interés en su persona.

«Kay, si esta es tu manera de flirtear, ni esta noche ni nunca conseguirás seducir a Ben.»

—De Nueva Orleans —me dice—. Es una pequeña ciudad de Louisiana, quizás hayas oído a hablar de ella.

Pues claro que he oído a hablar de Nueva Orleans. Y evidentemente sé dónde está Louisiana. Tiene forma de bota. O de bandera. Y sufrieron un terrible huracán, ahora me acuerdo.

«No le preguntes por el huracán, Kay. Tú eres demasiado sofisticada para caer en eso.»

—¡Mardi Gras! —le digo.

«Sí, mucho mejor. O tal vez no.»

—Sí, en Nueva Orleans celebramos Mardi Gras. —Ahora prácticamente se está riendo de mí en mi cara.

Como si apareciese de la nada, me acuerdo de Suit riéndose en la fiesta de Navidad. Esa noche me sorprendió que alguien tan estirado tuviese sentido del humor. Suit probablemente se llevaría a las mil maravillas con mis hermanos, los Supergemelos. Brett y Brian son unos triunfadores, los dos trabajan de analistas financieros, detalle sobre el que se fundamenta la teoría de mi madre de que nada de lo que yo hago está suficientemente bien. Gracias a Mamá Atila no sé aceptar un cumplido y mucho menos creérmelo.

«Naciste calva, parecías un pollito. Te pegaba con celo lacitos en la cabeza para que las enfermeras supieran que eras una niña.» A mamá le encanta contarme esta historia añadiendo que se trata solo de una broma.

«Dos cunas más allá había una niña preciosa, regordeta, con los ojos azules y rizos de querubín. Le sugerí a tu padre que cambiásemos los brazaletes y nos la llevásemos a ella a casa.»

Ella siempre acompaña esa anécdota con un ataque de risa y el ocasional resoplido. Cuesta mucho hacerte oír cuando creces al lado de una mujer que está enamorada de su propia voz. Por eso empecé a escribir. Desde que tengo uso de razón, escribir es el único modo en que consigo dar sentido a lo que pienso, porque cuando intento explicarlo verbalmente lo único que consigo es decir cosas sin sentido.

«¿Quieres ser escritora? ¿Por qué no te haces vagabunda directamente?», decía mamá para animarme.

Pero no importa lo que ella piense de mi oficio o si cree que no gano ni para pagar las facturas, lo prefiero mil veces al mundo sin alma de las finanzas. Sí, a mamá le encanta presumir de los Supergemelos allá donde va, pero, en serio, ¿a quién le importa que mis hermanos tengan, cada uno, un apartamento (de propiedad, no alquilado) en Tribeca?

—¿Entonces…? —Suit está mirándome. ¿Acaso me ha dicho algo y no me he enterado?

—¿Sí?

—Te he preguntado si, dado que ya has terminado de trabajar, querías venir a la fiesta. Creo que es la primera vez que te veo con los labios pintados.

Mierda. Sí que me había dicho algo y no me he enterado. Estaba pensando en las musarañas. Otro de mis defectos.

—No, nada de fiestas. Al menos por esta noche. —En realidad, sí que quiero ir a una fiesta privada, pero prefiero arrancarme los dientes antes de que Suit se dé cuenta. Kellie es la única que puede saberlo. Algunos secretos es mejor dejarlos encerrados en el lavabo de señoras.

—De acuerdo, como quieras —me dice.

Le miro porque no sé si me está tomando el pelo. En sus ojos no encuentro ni rastro de ironía. De hecho, sus ojos son indescifrables. Si tuviera que decir si Suit está de buen o de mal humor, tendría más probabilidades de acertarlo echando una moneda al aire que por su mirada. No es como los ojos de Ben; solo tengo que mirarlos un segundo para saber exactamente qué está pensando.

Ah, Ben. Quizás el plan de Kellie funcione… Cenaremos un poco, trabajaremos un poco, beberemos un par de cervezas. ¿Qué más ha dicho Kellie? ¿Que me recline hacia Ben? No, suena raro. Ah, sí, que me incline hacia él. Vale, me inclinaré toda la noche y después nos iremos a casa a ver la tele. Así suele entrarme sueño, pero quizá si me paso la noche haciéndole ojitos aguante despierta y a Ben le resulte seductora. Todo es cuestión de probar.

—¿Hola?

Vuelvo a la realidad con la esperanza de ver que Ben ya ha regresado, pero no tengo suerte y me encuentro con Suit mirándome perplejo. Si Suit no fuese tan implacable, ahora mismo me sentiría mal por él. No es culpa suya que su trabajo consista en asegurarse de que nosotros, los creativos, hagamos lo que él les ha prometido a los clientes. Y tampoco es culpa suya que nosotros a veces queramos mandarlo todo a paseo en lugar de estar trabajando.

—Lo siento —le digo—. Es que estoy muy concentrada en este proyecto y esta noche no se me da muy bien esto de la conversación.

—Bueno, pues volveré a intentarlo por la mañana. Estoy convencido de que tú y yo seremos los únicos que vendremos a trabajar, a juzgar por lo que he visto en ShoutOut. —Se da media vuelta y se va. Por fin. Sus pasos suenan con fuerza en el pavimento y suspiro aliviada al oír que se alejan.

Me vuelvo hacia el ordenador, borro la frase: «Ven, aquí, gatita malona», y en su lugar escribo: «Miau». No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Aún.

Quizá mire el ShoutOut un rato. Espera un momento. ¿Qué ha dicho Suit? ¿Qué está sucediendo? Esperaré a que llegue Ben para cotillear juntos. Es una de nuestras costumbres: hacer pausas en el trabajo para ver vídeos y reírnos de la gente.

Y Ben no tardará en llegar.

Seguro que está a punto de aparecer por la puerta.

Sería maravilloso que me quedase algún anacardo de la bolsa de antes. Podría picar algo mientras espero a Ben.

Porque él está a punto, a puntito de llegar.

Y no quiero estar muerta de hambre cuando llegue. El objetivo de esta noche es impresionarle, y estoy segura de que Kellie coincidiría conmigo si digo que devorar una caja de fideos chinos en cinco segundos no es sexy ni constituye una visión afrodisíaca para ninguna de las partes implicadas.

Seguro que la bolsa de los anacardos está por algún lado; habrá quedado escondida detrás del ordenador… No, aquí no está. ¿Se me habrá caído al suelo? Mierda, no, aquí tampoco está.

¡Ah! Tengo que concentrarme.

Vale, miraré el móvil solo un segundo para asegurarme de que Ben no me ha llamado ni me ha mandado ningún mensaje para explicarme por dónde anda.

No. Nada. Solo veo la vieja fotografía mía y de Kellie que tengo de fondo de pantalla desde siempre. Sería increíble que esta noche las cosas me saliesen bien. Podría cambiar el fondo de pantalla y poner una foto mía y de Ben. Y entonces Ben podría acompañarme a casa por Pascua y pasar unos días con mi familia y quizás en verano podríamos irnos de vacaciones a Europa o algo por el estilo.

Tal vez me esté precipitando un poco, solo estamos en febrero.

Pero tengo el móvil en la mano… y podría utilizarlo para perder el tiempo un par de minutos más. Además, el comentario de Suit me ha despertado la curiosidad…, así que abro la app de ShoutOut. Yo nunca he colgado ningún vídeo en ShoutOut contando mi vida como hace tanta gente, pero a Ben y a mí nos encanta conectarnos y ver un vídeo tras otro. Él me ha sugerido una o dos veces que hagamos uno para el canal de Schmidt Travino Drew, nuestra agencia está en todas las redes, pero me he negado en redondo; está demostrado empíricamente que hablar ante una cámara no es lo mío.

La app se abre y aparecen ocho vídeos nuevos. Miro al cielo y pido clemencia porque uno es de mi madre. Mis hermanos abrieron una cuenta para toda la familia, aunque probablemente solo lo hicieron porque querían aprender cómo funciona la app y así poder fanfarronear como si fueran expertos, ellos dos son así. Lo que no logro entender es por qué creyeron necesario enseñarle la app a mamá.

Hay dos vídeos más de la escuela de publicidad donde estudié. Un rollo.

Los cinco vídeos siguientes son de El Imbécil. Todos de las últimas cinco horas.

¿Qué diablos está pasando en The Hole un martes por la noche que es tan interesante como para hacer cinco vídeos?

Selecciono el último vídeo y lo clico inmediatamente para ver qué clase de aventuras están viviendo. Para empezar, no están en The Hole. A no ser que Louie el camarero se haya convertido en Louise, haya perdido sesenta quilos y la camisa y después se haya gastado dos mil dólares en Agent Provocateur.

¡Esos cerdos están en un club de striptease! ¡Mientras yo estoy en la oficina! Y ¿qué está haciendo esa bailarina encima de la pierna de Elliott?

Evidentemente, Elliott tiene la cámara oculta en marcha y, a juzgar por lo que estoy viendo, la ha colgado del vaso. El ángulo que aparece en la pantalla está tomado desde la pajita del cóctel.

Los Joshjohnjay aparecen uno tras otro. ¡Qué sorpresa! Todos tienen la típica mirada perdida de los borrachos y una sonrisa estúpida en la cara.

Y luego está Peyton, con unas botas negras hasta las rodillas. Dios, ¿quién la ha invitado?

Ahora que lo pienso, probablemente la hayan invitado todos.

Peyton, Peyton, Peyton.

Esa zorra. Aún no me he recuperado del día que la conocí, cuando me esquivó sin ni siquiera presentarse y fue a estrecharle la mano a Ben. Intenté desahogarme con Kellie, pero no me sirvió de nada. Kellie me preguntó si había algún motivo por el que Peyton no me cayese bien exceptuando que le tirase los tejos al chico que a mí me gustaba.

La duda de Kellie me ofendió (Ben no solo me gusta, somos amigos, compañeros de trabajo y vivimos juntos), así que le expliqué que Peyton me da mala espina por dos motivos: 1) se comporta como si tuviese un padre rico que le comprase la ropa más cara del mundo, y 2) es de Oregón.

Sé de buena tinta que Kellie detesta a las niñas pijas y malcriadas y que odia a cualquiera que sea de Oregón desde que su familia la llevó allí de camping en 1999; llovió todos los días y su hermano le vomitó encima en el avión. Esa clase de información es confidencial y solo dispongo de ella porque soy su mejor amiga, pero sé cómo utilizarla. Mi plan funcionó a la perfección y desde entonces Kellie odia a Peyton con todas sus fuerzas.

Espera a que le cuente que Peyton ha ido a un club de striptease con los chicos. Esto es peor, mucho peor, que comprarte unos zapatos caros con la tarjeta de crédito de tu padre porque tú no puedes permitírtelos.

La cámara se mueve, genial, se desenfoca y… espera…, espera un momento. Esa manga de camisa azul me resulta muy familiar. Necesito que Elliott mueva el vaso un poco hacia la izquierda… Vale, sí, así vas bien, Elliott. Allí, perfec…

Oh, Dios mío. De perfecto nada. La camisa azul me resulta familiar porque está conectada a un cuello y a una cara que veo prácticamente cada minuto del día a pocos metros de mí.

¿Cómo puede estar pasando esto?

¿Por qué no me ha llamado para contármelo?

¿Ben está en un club de striptease?

Joder, necesito que me dé el aire. No, más que me dé el aire, necesito ver qué pasa en el siguiente vídeo.

Ben parece estar un poco borracho. Hace eso de echar la cabeza hacia atrás para reírse cuando Ben en realidad no es así. Ben es más de reírse despacio y con la voz ronca; cuando tiene un ataque de risa, agacha la cabeza. Pero en el vídeo tiene la cabeza echada hacia atrás y ahora…, espera un segundo…, oh, Dios mío, será zorra. ¿Por qué está Peyton acercándose a Ben? ¿Qué es lo que lleva en la mano, un chupito? ¿Por qué apoya el borde del vaso en la boca de Ben?

Arranco los ojos de la pantalla y busco desesperadamente a mi alrededor porque necesito preguntarle a alguien por qué está Peyton acercando los labios a los de Ben.

Vuelvo a mirar el vídeo porque en realidad no quiero perderme nada y… se están besando.

Se están besando delante de todo el departamento creativo. Solo falto yo porque… ¿aún estoy en el trabajo? ¿Pensando eslóganes de comida para gatos?

Sé que tendría que esperar y ver qué sucede después, quizá tendría que darle a reproducir otro vídeo. Quién sabe, quizás hayan estado besándose toda la noche. Quizá lleven todo el mes besándose y yo he tenido la cabeza tan metida en mi mundo de fantasía que no me he enterado.

Estúpida, estúpida, he sido una estúpida al pensar que Ben me preferiría a mí antes que a una chica como Peyton.

Chándal frente a Channel.

Una chica que vive en una hoja de papel frente a una chica que vive el momento.

La lista podría seguir creciendo. Yo no me habría atrevido a entrar en ese club de striptease, o me habría dado miedo o asco, o qué sé yo. Pero a una chica como Peyton no.

Me vuelvo y miro a través de la ventana que hay detrás de mi silla. No suelo sentarme así porque quedo al descubierto y los Joshjohnjay pueden atacarme, pero ahora no me importa. Ha empezado a nevar y tendría que sentirme afortunada por estar calentita aquí dentro y porque hace una preciosa noche estrellada, y porque tengo un buen sueldo y un apartamento y muchas cosas más.

Pero no me siento afortunada ni nada que se le parezca. Yo solo quiero una cosa en la vida, y no la tengo: Ben.

Oh, mierda. Voy a llorar, noto esa presión característica bajo las orejas, y eso significa que dispongo de cuatro segundos para salir pitando de aquí antes de estallar en lágrimas. No voy a llorar en el trabajo. Aunque la agencia está vacía, esta es una zona libre de lloros. Bastante tengo con tener que soportar la regla aquí una vez al mes.

Dejo el ordenador con la palabra «miau» en la pantalla. No tengo tiempo de apagarlo. Cojo el bolso y corro hacia el ascensor. En el vestíbulo oigo la música de fondo que suena a todas horas. Estoy segura de que es una canción de Coldplay. Si Ben estuviera aquí, habría hecho una broma sobre que solo faltan un par de años para que la música que nos gusta se convierta en música de ascensor.

Pero

Ben

No

Está

Aquí.

Aprieto el botón sin parar y en cuanto las puertas se abren oigo unos pasos procedentes del otro lado del edificio. Probablemente sea Suit, que tras dar la jornada por concluida se va a casa, pero ni muerta puedo permitir que entre en el ascensor conmigo. He agotado mis cuatro segundos y el grifo va a abrirse.

No tengo pañuelos. Si mi madre estuviera aquí, me echaría una bronca.

Entro en el ascensor de un salto y le doy al botón de cerrar las puertas. Venga, venga, venga, ¡funciona, maldita sea!

Las puertas por fin se cierran. Seguro que Suit ya estaba en el vestíbulo, pero no he mirado porque tampoco le habría visto. Las lágrimas me han inundado los ojos y me corren por las mejillas y el mentón: soy la típica imagen de alguien a quien le han roto el corazón. No doy abasto secándomelas, así que desisto.

Me apoyo en la pared del ascensor en cuanto empieza a bajar y cierro los ojos.

Lo último que quiero ver es mi reflejo en el cristal cromado. El reflejo de una chica idiota que se gana la vida escribiendo palabras pero que se niega a ver la advertencia con luces de neón que tiene delante.

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Los Rishis #1 | El libro de Secretos

FICHA TÉCNICAbook-cover - Copy - Copy

Título: Los Rishis y el Libro de Secretos

Autor: Robert Delgado

Editorial: Ediciones Olmos

Nº de páginas: 328

Mi puntuación: 📕📗📘📙‘5 / 5

Comprar en versión Kindle por 2,68 € | Comprar en versión papel por 11,44 €

Introducción

Gonur Tepe es una ciudad real, cuyos restos arqueológicos fueron descubiertos en el Desierto Negro, en Asia Central. Se estima que esta ciudad próspera fue habitada durante un período de aproximadamente quinientos años, entre el 4000 AC y el 3500 AC. La Orden Ramakrishna es una organización religiosa y filantrópica muy prestigiosa, que cuenta con casi doscientos centros en muchos países.

Cuando uso la estructura física de esta organización internacional, lo hago simplemente para proveer un mejor efecto para mi historia. En ningún momento estoy insinuando que haya algún tipo de corrupción o infiltración alguna en su gobierno.

Éste es un libro de ficción, y pese a que muchos de los lugares en él descrito son reales, la historia y los personajes son enteramente de mi creación.

En algunos casos, los significados de los términos sánscritos han sido levemente modificados para ajustarlos a la necesidad de la historia. Si bien ésta es una traducción del libro The Rishis and the Book of Secrets, que originalmente escribí en inglés, dado que soy el autor, y el español es mi lengua madre, me he tomado la libertad de reescribir algunas partes, logrando un efecto final que – en mi opinión – tiende incluso a mejorar el trabajo original.

Mis sinceras gracias a Lyda Lavagno, por proveerme las condiciones necesarias para llevar a cabo este trabajo. Muchas gracias a Yanina Olmos, por ayudarme de tantas formas.

Robert Delgado.

~ Capítulo Uno ~

Los Mantris

“No dejes que otros te guíen,

Despierta a tu propia mente,

Acumula tu propia experiencia,

Y decide tu propio camino”.

Atharva Veda

—¡Señor… señor!

—¿Cómo? ¿Sí? —balbuceó Robin, sacudiendo la cabeza para despertarse de su sueño incómodo.

—Estamos por aterrizar, Señor.

Por favor, ajuste su cinturón de seguridad —dijo la azafata, sonriendo levemente y continuando su recorrida.

—Gracias.

Estaban sobrevolando el territorio indio, y el aeropuerto de Kolkata ya estaba a pocos minutos de distancia. Robin se enderezó lentamente y ajustó su cinturón de seguridad. Las escasas nubes de lluvia que perduraban del tardío monzón pasaban apresuradamente por las pequeñas ventanas del descendiente Boeing 747, y un interminable océano de heterogéneas construcciones comenzaba a revelar su presencia bajo el denso humo gris de la ciudad.

Todo parecía quimérico. Anoche el avión había despegado cinco minutos antes de tiempo desde el aeropuerto de Heathrow; algo sumamente inusual – su sino parecía verdaderamente ansioso de llevarlo a destino. Robin dejó correr su mano lentamente sobre su corto cabello negro. Por algún motivo no estaba satisfecho con las circunstancias que lo habían puesto en ese avión; había algo que no encajaba. Ponderaba sobre los repentinos cambios que habían llegado a su vida y cuestionaba su posible significado.

Robin White tenía treinta y un años de edad, y pese a ser parte italiano y parte español, había nacido en Inglaterra. Estaba genuinamente interesado en la vida espiritual y particularmente en Yoga, Vedanta y las enseñanzas de Sri Ramakrishna, un gran santo hindú del siglo diecinueve. Robin era un visitante frecuente del Centro Vedanta de la Orden Ramakrishna en el Reino Unido, y sentía gran afecto por la mayoría de los monjes del lugar. Fue a instancia de Antananda, el Swami hindú a cargo de este Centro, que Robin viajó a India:

—Hablé con el Reverenciado Secretario General de nuestra Orden y le mencioné tu sincero interés en el estudio de la filosofía Védica y la religión en general —le dijo Antananda tres días atrás, mientras caminaban lentamente por el espacioso jardín del monasterio.

—Ah, qué bien —sonrió Robin.

—También le dije que últimamente estabas considerando visitar India. Él mencionó que estarían encantados de recibirte como huésped y proveerte la oportunidad de ver por ti mismo cómo se entiende y se vive la espiritualidad en India.

—Eh… no sé qué decir. La verdad que no había pensado viajar en este momento —expresó Robin, un tanto sorprendido.

—Sí, te entiendo, pero ésta es una oportunidad única, y un gran honor también. Además, tendrías la posibilidad de comprenderte mejor… ellos pueden ayudarte, ¿sabes? —dijo el Swami seriamente, mirándolo de costado.

—¿Cómo, exactamente? — inquirió Robin, sin comprender a qué se refería.

—Con esas… cosas que te pasan. ¡Y te pagarán todos los gastos! Están genuinamente interesados; esto es algo que se le ofrece a muy poca gente —insistió Antananda, con una enorme sonrisa que intentaba ser reconfortante.

Robin no estaba seguro de por qué aceptó la invitación. Las “cosas” a las que Antananda se refería no eran de gran significación para Robin, no las consideraba ni especial ni anormal, para él eran simplemente parte de su vida, tan natural como caminar o pensar. Sabía que el Swami no estaba siendo totalmente honesto, que ocultaba algo; pero a Robin le gustaba viajar, y como su trabajo de escritor y editor FreeLance le daba tanto tiempo libre como él deseaba, finalmente aceptó.

****

Luego de aterrizar y hacer cola por aproximadamente una hora, mientras se empapaba de transpiración en el clima tórrido de Kolkata, logró que le sellaran el pasaporte y se dirigió al área de recepción. Antananda le había dicho que alguien lo estaría esperando en el aeropuerto y, efectivamente, pronto notó un trozo de cartón con su nombre, flotando perezosamente sobre las cabezas de la muchedumbre. Se abrió camino en esa dirección y encontró a dos hombres aguardándolo.

—Hola, soy Robin White —dijo sonriendo.

—Hola, bienvenido a India, señor Robin —dijo el hombre más bajo, sonriendo ampliamente—. Yo soy Ramdas, y él es Sudhir, nuestro chofer —agregó, señalando al segundo hombre.

—Un gusto verlo, señor —dijo el chofer, juntando las palmas de las manos.

—Para mí también es un gusto —contestó Robin, uniendo sus manos de la misma manera.

—Permítame que le presente a la señorita Sara Torres; ella es una devota de nacimiento y colaboradora de nuestro convento de Hollywood, en Norteamérica —dijo Ramdas, cabeceando de mala gana hacia una mujer joven y alta que estaba parada en silencio detrás de los dos hindúes.

—Hola —dijo Robin, ondeando su mano a modo de saludo.

—Hola —sonrió ella alegremente, aproximándose a él y dándole la mano—. Encantada de verte.

En realidad soy de Argentina, aunque he vivido en Hollywood los últimos diez años.

—Un gusto verte —sonrió Robin.

—Debes estar cansado, me imagino —dijo Sara, sonriendo radiantemente—. ¿Te parece bien si nos vamos? Así podemos charlar en el auto, mientras viajamos. Ramdas miró su iniciativa con desaprobación pero se limitó a confirmar. —Sí, mejor nos vamos, los están esperando en la Sede.

Le indicó a Sudhir que llevase el equipaje de Robin, pero no mencionó el de Sara, así que tuvo que llevarlo ella misma. Robin pensó por un momento en ayudarla, pero como ella lucía bastante fuerte e independiente decidió no interferir.

Sara era una chica atractiva, de pelo castaño oscuro y radiantes ojos azules, veinticinco años de edad, inteligente y erudita, tenía un Doctorado en Sánscrito y otro en Historia Antigua. Robin, por el contrario, apenas había terminado su enseñanza secundaria; jamás pudo conformarse con la idea de tener que estudiar algo meramente para conseguir empleo o para lograr un título con la finalidad de lucirlo como una etiqueta. Además, desde su niñez, sintió un profundo interés en la práctica de la meditación. Así que apenas terminada la secundaria, abandonó el hogar paterno y se retiró a vivir una vida contemplativa en la soledad de un bosque por un período de tres años. Todo esto sucedió antes de que entrase en contacto con la Orden Ramakrishna.

Pese a su desinterés en los estudios formales, Robin era una persona muy leída y grandemente

práctica – raramente había un problema que no pudiese resolver – y tenía el porte y la autoestima de alguien que sabe adonde se dirige.

****

Sara y Robin ocuparon el asiento trasero del automóvil, y Ramdas se sentó enfrente con el conductor; ambos iban charlando rápidamente en bengalí, su lengua materna. El automóvil era un Tata Aria Prestige Leather 4×4 – un auto bastante caro para el estándar de vida indio.

—Los monjes lo pasan bien aquí, parece —pensó Robin, alzando sus cejas y comparando este coche con el viejo Volvo V70 que los mojes ingleses habían comprado de segunda mano en el Centro Vedanta.

Sudhir tejía su camino expertamente a través de un tráfico caótico e increíblemente abarrotado. Cada conductor en la calle parecía estar seriamente decidido a desafiar a todos los demás en un juego escalofriante de “¿quién se hace a un lado primero?” Octubre recién comenzaba, y el Durga Puja (la adoración de la diosa Durga) estaba en pleno auge.

Tradicionalmente, durante esos nueve días el país entero, y particularmente la provincia de Bengala, se ve envuelto en un cúmulo de festividades religiosas claramente visibles en cada templo, hogar o lugar de negocios, por más modestos que sean. Hasta los autos y los animales son decorados especialmente para la ocasión.

Para la pareja visitante, el tiempo pasó en conversación placentera, la absorbente observación de los muchos detalles coloridos y alegres de las construcciones, y de la asombrosa diversidad humana que abundaba a lo largo del camino. Los fascinantes y adherentes olores, sonidos y vistas de Kolkata llenaban sus sentidos en un flujo implacable y aparentemente interminable.

Sara le contó a Robin cómo había llegado a India hacía tres días, y que había estado residiendo en el Sarada Math – la rama femenina del movimiento Ramakrishna – esperando al “inglés”, pues así era como las monjas se referían a Robin cuando hablaban de él. Hoy, Ramdas había aparecido repentinamente a recogerla, camino al aeropuerto, para luego llevarlos a ambos a la Sede de la Orden.

Finalmente, Sara lo miró fugazmente al rostro y le habló en voz baja, efectuando una pregunta que obviamente había estado deseando hacer desde el momento en que subieron al auto.

—¿Y, te entusiasma poder ir a ese entrenamiento especial?

—Eh, ¿de qué estás hablando exactamente? —dijo Robin, arrancando su mirada de un grupo de sadhus errantes que caminaban despreocupadamente por la calle, como si nada importara en todo el mundo.

—¿No me digas que no sabes nada al respecto? ¿Hiciste todo ese viaje desde Inglaterra y ni siquiera sabes por qué? —A Sara le resultó un tanto cómico su falta total de información.

—Para serte sincero, no tengo idea de qué…

—Disculpen —interrumpió Ramdas rápidamente, en un tono muy  dulce—. Tal vez deberíamos esperar hasta que estén todos juntos y dejar que los Swamis a cargo de esta operación se ocupen de darles la información relevante, según su mejor criterio. Los otros ya están allá; pronto van a unírseles.

—¿Otros? —Robin dijo, con gran sorpresa.

—Sí, ya van a ver —anunció Ramdas—. Ya casi llegamos.

Mientras Ramdas le hablaba, Robin se permitió un momento para mirarlo más detenidamente: Ramdas se encontraba a mitad de sus cincuenta años, sus facciones estaban amontonadas en el área central del rostro, dejando mucho espacio libre para una frente amplia y un mentón bien largo. Tenía ojos pequeños y redondos de color negro, sumergidos en sus cavidades orbitarias y casi invisibles detrás de gruesos lentes de aumento con montura negra y ancha. Vestía un gorro de lana marrón lo suficientemente cálido como para las regiones árticas. Sin embargo, lo que más impresionó a Robin fue lo que percibió dentro del hombre: Ramdas era una persona profundamente herida, pero alguien que había aprendido las lecciones erradas de sus heridas, tornándose en una especie de zorro, resentido y cobardemente peligroso, un hombre al que era necesario tratar con cuidado.

A Robin no le agradó lo que vio, ni tampoco tenía interés de ocuparse en ello; aun así, no podía evitar sentir una fuerte mezcla de aversión y compasión por la pena escondida de este individuo, y se preguntaba qué podría habérsela causado.

Sara no vio ninguna de esas cosas en Ramdas, pero sintió lo que Robin sentía – esa era una de sus habilidades, a menudo podía sentir lo que otros sentían, incluso a la distancia.

Sara permaneció callada al respecto, pero colocó suavemente su mano sobre la de Robin y éste sonrió amablemente, respondiendo a su gesto solidario.

****

Finalmente arribaron a las puertas de Belur Math, la Sede de la Orden Ramakrishna. El portero reconoció su llegada saludándolos brevemente con la cabeza y prosiguió con su guardia. La multitud de devotos reunidos para atender el servicio diario de la diosa Durga, que aquí se celebraba anualmente con magnifica pompa y solemnidad, llenaba cada recodo del espléndido y basto parque, obligándolos a manejar el vehículo con penosa lentitud. Aquí y allá podían verse entre la muchedumbre, monjes vestidos de ocre y novicios de blanco, charlando con los visitantes y devotos o trabajando afanosamente dentro de los muchos edificios del recinto.

Luego de estacionar, Sudhir permaneció dentro del auto mientras que los demás se abrían camino a empujones para llegar a los templos, de modo que Robin y Sara pudiesen ofrecer el saludo acostumbrado a las Deidades.

—Esperen aquí un momento, por favor —dijo Ramdas sonriendo, cuando estuvieron finalmente parados frente a un enorme altar erigido bajo un toldo gigantesco que se levantaba anualmente para los nueve días de adoración de la Madre Durga—. Regresaré pronto; sólo necesito avisar que ya llegamos —y sin agregar más, partió, desapareciendo entre la multitud.

Sara y Robin miraban maravillados a las deslumbrantes decoraciones y al enorme tamaño de la diosa. Al menos cincuenta platos de diferentes comidas yacían a sus pies, junto con una enormidad de ropas, joyas y muchas otras cosas, listos para ser ofrecidos durante el culto. Jamás habían visto algo tan persistentemente excesivo y tan minuciosamente arreglado.

A los lados y al frente de la gigantesca plataforma sobre la cual se levantaba el altar de la diosa, había cámaras de televisión. Varios miembros del equipo televisivo se apresuraban de un lado a otro filmando cada detalle que, como supieron más tarde, estaba siendo transmitido en vivo por el canal de Televisión Nacional y vía Internet a través del canal de noticias de la Orden.

—Me pregunto si le gustaría estar aquí realmente —dijo Robin, revelando un dejo de tristeza y desencanto.

—¿A quién? —preguntó Sara, con voz escasamente audible sobre el murmullo de la multitud.

—A la diosa.

—Dudo que le gustase — contestó ella mustiamente, con una voz nostálgica que parecía emanar muy lejos, desde su profundidad interior.

****

Ramdas caminó con gran entusiasmo, abriéndose paso bruscamente hasta las oficinas de un edificio cercano, donde la gente normalmente hacía donaciones y pedía información. Un grupo de monjes y novicios de aspecto cansado estaban trabajando a ritmo febril bajo la presión de la multitud. Ramdas saludó a uno de los monjes con una sonrisa condescendiente y se dirigió sin decir palabras a una habitación pequeña, detrás de las oficinas, extrajo un teléfono celular del bolsillo de sus pantalones y realizó un llamado.

—¿Sí?

—Señor, los mlecchas ya están aquí —susurró Ramdas, asegurándose que nadie pudiera oír.

—¡Excelente! —contestó Paramparananda, en una voz alta y clara —. Tráelos. Veamos que puede hacerse.

—Sí, señor, estaremos ahí en diez minutos —Ramdas retornó el celular a su bolsillo y volvió sobre sus pasos hacia el exterior.

****

—¡Muy bien, aún están aquí! — dijo repentinamente Ramdas, apareciendo detrás de ellos—. Vamos, es hora de que conozcan a Swami Paramparananda, él es quien está a cargo.

Esa afirmación les sonó un tanto extraño, pues el Presidente de la Orden era Swami Omananda; pero lo siguieron sin cuestionarlo, pensando que tal vez se refería a algo distinto. Ramdas los condujo a la parte trasera del templo principal, dedicado a Sri Ramakrishna, haciéndoles ingresar a una pieza pequeña y de ahí hacia abajo, usando unas escaleras internas. Ahora se encontraban debajo del templo principal, precisamente bajo la cúpula mayor. Ésta era obviamente un área restringida; el lugar estaba vacío, salvo por dos empleados viejos que estaban apilando cajas de cartón contra las paredes, las cuales tenían una enormidad de repisas abarrotadas con utensilios del templo.

—¿Para qué nos trae a este lugar? —pensó Robin, observando el sótano enorme y pobremente iluminado.

—¿Todo bien? —preguntó Ramdas a los trabajadores en tono casual.

—Tranquilo, como siempre — dijo uno de los hombres, mientras el otro les abría una puerta que conducía al interior de un espacio cercado con un tejido metálico de dos metros de alto.

—¿Éste no es el lugar donde están las reliquias de Sri Ramakrishna?

—notó Sara, frunciendo el ceño un tanto confundida—. Leí que estaban ubicadas en el sótano, exactamente bajo la cúpula principal.

 —¡Sí, sí! Las reliquias están allí —sonrió Ramdas, moviendo indiferentemente la mano hacia una estructura cuadrada de concreto, donde las reliquias estaban sepultadas.

Ramdas los condujo más allá de la valla de tejido metálico y abrió una puerta despintada y poco visible, guiándolos al interior de una pequeña habitación rectangular donde, inesperadamente, vieron dos ascensores con puertas semicirculares en la pared opuesta a la entrada y CCTV cámaras a ambos lados.

—¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Por qué tanta seguridad? —dijo Robin sorprendido, mientras Sara miraba a su alrededor con serias dudas en su rostro.

—Es sólo precaución; India no es tan segura como parece —sonrió Ramdas, tecleando un código de seis dígitos en un tablero digital sumamente moderno, anexo a los ascensores. Las puertas semicirculares de uno de ellos se abrieron silenciosamente.

—Entren, por favor —dijo con aire de importancia. El ascensor se movió rápidamente en su camino descendente, ¡y continuó bajando durante casi un minuto entero! Robin y Sara se miraron con preocupación, pero siguieron en silencio. Ramdas sonreía plácidamente, disfrutando de la confusión que sus rostros dibujaban.

Finalmente, cuarenta y dos metros bajo tierra, las puertas se abrieron nuevamente y ellos emergieron del ascensor. Nada podría haberlos preparado para el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Sara miraba boquiabierta con una mezcla de euforia e incredulidad. Robin, que era siempre tan sereno, no pudo evitar exclamar,

—¡Dios mío! ¿Qué es este lugar? ¿Quiénes son ustedes?

—Esto es Dharmachakra, la Sede actual de nuestra antigua Orden, y nosotros somos mantris.

~ Capítulo Dos ~

Dharmachakra

“Éramos depositarios de gran poder,

¡Pero ay, ay de nosotros que fallamos!

Nuestra confianza fue nuestra ruina,

Y el poder de hacer el bien paso a manos malvadas”.

Libro de Secretos, I, 13

Estaban mirando a una sala circular espectacular, de al menos treinta metros de diámetro, con un techo abovedado dorado que colgaba sobre sus cabezas casi a la misma distancia. En el centro de la sala, elevándose tres metros sobre el magnífico piso de mármol, había una plataforma semejante a las pirámides Mayas, con una superficie superior muy espaciosa, donde un fuego azulado sin humo ardía constantemente en su centro. En la pared circular de la estancia había ocho aberturas equidistantes que conducían a largos corredores, los cuales acababan en un anillo octagonal gigantesco, que albergaba muchas otras salas y habitaciones. La estructura entera estaba diseñada para semejar una rueda – de ahí el nombre Dharmachakra, la rueda del dharma.

—¿Ustedes son qué? —soltó abruptamente Robin, sin poder quitar los ojos de esa visión increíble.

—¿Y por qué dijo “antigua Orden”? La Orden Ramakrishna no puede catalogarse como antigua, apenas tiene más de cien años —dijo Sara frunciendo el ceño, esforzándose por salir de la atrapante sorpresa que todo le causaba. Estaba comenzando a comprender que al fin de cuentas no sabía tanto de este asunto como ella había pensado.

En Hollywood sólo le habían dicho que iría a India para formar parte de un experimento, un entrenamiento especial para miembros como ella, gente con habilidades singulares. No obstante, como acababa de vislumbrarlo, la información era seriamente incompleta y engañosa.

Ahora toda la Orden Ramakrishna parecía ser simplemente la punta de un iceberg; un iceberg muy grande, la mayor parte del cual estaba literalmente bajo tierra!

—Somos mantris, dije, y el significado de eso les será explicado en el momento apropiado, junto con cualquier otra pregunta que puedan tener —declaró Ramdas, esta vez sin su sonrisa encantadora—. Por lo pronto van a conocer al líder de Dharmachakra y él les dirá que hacer. Vamos, Paramparananda está esperándonos —agregó, señalando con su mano hacia la sala. Robin y Sara giraron hacia la dirección señalada y comenzaron a caminar lentamente, siguiendo su guía.

—Esta es la Sala del soma. Aquél fuego que arde sobre la pirámide se llama fuego Homa, y se usa para realizar ciertas ceremonias y adoraciones. Sobre ese fuego también se prepara el soma – es un brebaje muy particular ¿Supongo que habrán oído hablar de él? —les dijo Ramdas, mientras atravesaban la enorme sala bajo las miradas curiosas de muchos mantris ocupados en sus tareas diarias.

—¿Quién no lo ha oído? —dijo Sara, sintiéndose cada vez más irritada con su tono de superioridad.

—Desde luego —prosiguió él, conduciéndolos al interior de uno de los corredores que constituían los rayos de la gigantesca rueda. Al final del largo corredor, Ramdas golpeó suavemente en una puerta situada a la derecha y, luego de esperar un momento, la abrió pese a no haberse oído respuesta alguna.

La habitación a la que entraron era una oficina muy espaciosa, mayormente vacía e impecablemente limpia. Tenía dos puertas en la parte posterior – una conducía al dormitorio del líder y la otra a su baño. Casi en el centro mismo de la oficina había un escritorio de caoba muy grande y sólido, con varios aparatos electrónicos de vanguardia y una lámpara de porcelana china exquisitamente elegante. A un lado del escritorio, sentado alertamente, había un enorme perro negro de pelaje muy espeso y largo: un mastín tibetano de más de ochenta kilos de peso. Al otro lado del escritorio, parado perezosamente frente a un espejo polarizado a través del cual podía observarse invisiblemente el salón de clase de los novicios, estaba un hombre de rasgos impresionantes: alto y delgado, de cuarenta y nueve años de edad, con pelo negro irreprochablemente cortado y ojos grandes de color ámbar. Tenía un anillo de oro y diamantes en cada mano, vestía sherwani y churidar exquisitamente bordados, y rebozaba la confianza de quien se siente totalmente a cargo.

—¡Buen día! —dijo alegremente —. ¡Bienvenidos! Mi nombre es Swami Paramparananda. Espero que hayan tenido un lindo viaje.

—¡Buen día! —contestaron juntos. Robin dio un paso hacia adelante y extendió su mano para saludarlo, pero Paramparananda simplemente continuó sonriendo, como si nada hubiese sucedido.

—Sí, tuvimos un lindo viaje, gracias. Ha sido un viaje muy interesante —Robin dijo, bajando su mano lentamente.

—¡Maravilloso! Estamos muy contentos de tenerlos aquí. Me imagino que Robin estará con algo de jet-lag, así que mejor diríjanse a sus dormitorios por ahora y refrésquense un poco antes del almuerzo. Ramdas los llevará —dijo jovialmente el mantri líder.

—Señor, ¿podría por favor decirnos…? —Sara comenzó a decir.

—Sí, sí —interrumpió Paramparananda, sonriendo sabiamente —. Puedo ver tan bien todas esas preguntas escritas en sus rostros, pero me temo que las respuestas tendrán que esperar un poco más. El almuerzo se servirá en treinta minutos, y hoy tengo una mañana particularmente ocupada — diciendo eso, regresó a su relajada posición inicial, y sin prestarles más atención comenzó a mirar nuevamente a través del espejo polarizado.

—Por favor, síganme —dijo Ramdas, moviendo levemente su cabeza en dirección a la puerta.

****

En la Sala del soma, no lejos de la oficina de Paramparananda, había un novicio hindú limpiando el piso con un trapo húmedo.

—¡Eh, Shivaji! —gritó Ramdas. El novicio se acercó rápidamente y se detuvo frente a ellos. Era un joven de aspecto alegre, de aproximadamente veintidós años de edad, tenía el cabello desarreglado y una gran nariz romana.

—Conduce a los huéspedes hasta sus dormitorios y muéstrales cómo llegar al comedor.

—¡Sí, claro, con mucho gusto! —afirmó Shivaji, con evidente alegría. Sin agregar palabra, Ramdas viró hacia la derecha, en dirección a los dormitorios de los mantris.

—Shivaji, ¿eh? Lindo nombre — observó Robin sonriendo.

—Sí, me dieron el nombre del famoso héroe Maharatha. Allí es donde nací, en Maharashtra —explicó Shivaji con entusiasmo.

—¡Ah, sí! —irrumpió Sara prontamente—. Yo leí un poco sobre él – Shivaji Bhosale, fue el fundador del Imperio Maratha, que perduró hasta 1818. Su fecha de nacimiento es incierta, pero murió el tres de abril de 1630.

—¡Wow! —expresó Shivaji boquiabierto—. ¡Parece que sabes más que yo! Para ese entonces ya habían cruzado la sala y estaban ahora frente a otros dos corredores.

—Aquí tienen que separarse, el corredor de la izquierda lleva al dormitorio de las damas y el de la derecha al de los caballeros. Aquel otro corredor, aún más a la derecha, conduce al comedor. Les quedan veinte minutos hasta el almuerzo.

—Gracias, Shivaji —sonrió Sara.

—Muchas gracias —dijo Robin. Shivaji movió una mano indicando que no debían preocuparse y agregó con entusiasmo:

—Los otros ya están aquí. ¡Son tan agradables! ¿Ustedes los conocen?

—Hemos oído de ellos pero no sabemos quiénes son —contestó Robin, encogiéndose de hombros.

—Pronto los verán, ahora que están aquí no tienen como no hacerlo; creo que están en sus dormitorios, esperando la hora del almuerzo —dijo Shivaji sonriendo—. Qué pena que hayan venido ahora que Swami Premananda ya no está aquí —agregó con un dejo de tristeza, perdiendo su sonrisa. Súbitamente, el joven bajó su voz considerablemente y prosiguió:

— Es un hombre tan especial, saben; aunque no es muy popular entre los mantris. Desafortunadamente para nosotros, hoy en día prefiere vivir retirado en las montañas —entonces agregó, con preocupación—. Por favor, no cuenten a otros lo que dije de Premananda, ¿OK? Mucho menos a él —susurró, mirando furtivamente hacia la oficina de Paramparananda.

—No te preocupes, hombre; ningún problema de nuestra parte —lo tranquilizó Robin.

—¿Es Premananda el Swami del norte de la India, él que tiene reputación de santo? —inquirió Sara.

—Sí —asintió Shivaji con la cabeza. Él y Robin se maravillaron de lo bien informada que estaba Sara—. A menudo me comunico con él; le enviaré un SMS contándole de ustedes, siempre le gusta mantenerse informado pese a su aislamiento físico. Bueno, luego nos vemos —dijo, y regresó rápidamente a su tarea de limpieza.

****

 El dormitorio de los hombres era enorme y enteramente compartido; contenía doce camas cómodamente esparcidas a lo largo de las paredes, aunque sólo había cinco ocupantes en su interior al momento. Las primeras dos camas del lado derecho, las más próximas a la entrada del dormitorio, estaban ocupadas por dos magnates chinos de Tianjin, quienes habían venido a negociar con los mantris.

En las primeras dos camas del lado izquierdo, un Lama Budista de Sri Lanka conversaba en susurros con un Cardenal Cristiano de Roma – la influencia de los mantris era obviamente de muy amplio alcance. La última cama del lado izquierdo, al final de la habitación, estaba ocupada por un hombre joven de tez blanca. Tenía treinta años de edad, era de altura media y visiblemente musculoso y fuerte. Yacía quieto, mirando al techo, y estaba perceptiblemente aburrido, esperando por el almuerzo.

—Debe ser uno de los “otros”, de los que hemos oído mencionar tanto —pensó Robin, todavía parado en el umbral de la habitación. Ingresó al dormitorio y saludó a los chinos primero; uno de ellos le respondió brevemente, devolviéndole la cortesía, el otro se limitó a mirarlo desinteresadamente a los ojos. Los religiosos Budista y Cristiano lo saludaron dándole la mano, y luego de un breve intercambio de cumplidos los dejó. Continuó hasta el final de la gran habitación y colocó su equipaje sobre una cama libre adyacente a la del joven, quien giró su cabeza curiosamente para mirarlo.

—¡Hola, buen día! Me llamo Robin, soy de Inglaterra.

—¡Qué bueno! Oí que estabas por llegar. Soy Yuri, Yuri Golovkin, de Rusia —dijo el joven, levantándose de la cama ágilmente y ofreciéndole la mano.

—Robin White. Encantado de conocerte —le dijo, apretando la mano fuerte de Yuri

— ¿Cuánto hace que estás aquí?

—Los hermanos africanos y yo vinimos hace dos días, pero Maya y Deborah llegaron hace más tiempo, alrededor de una semana, creo.

—¿Entonces esta cama la ocupa uno de los hermanos? ¿Adónde duerme el otro? —dijo Robin señalando a la única cama que tenía signos de haber sido usada.

—Sí, Jelani duerme aquí, él es hombre, pero Kiserian es mujer, por eso no está en este dormitorio. Perdón por la confusión —explicó Yuri sonriendo.

—Bien, ahora entiendo. ¿Y dónde está Jelani?

—Creo que se fue con su hermana a la biblioteca. Ven, vamos al comedor y podrás verlos a todos; aquí nadie se pierde el almuerzo, ¡la comida es excelente! —dijo alegremente— Aunque no es mérito de los mantris por cierto; tienen como una docena de esclavos en este lugar, la mayoría trabajando en la cocina —agregó en un tono mucho menos entusiasta.

—¿Quieres decir empleados? — dijo Robin, ladeando su cabeza un poco.

—No, quiero decir esclavos que trabajan en la cocina —insistió Yuri seriamente. Robin dio una especie de gruñido evasivo y decidió no continuar con el tema. Era difícil imaginar que pudiera ser cierto, así que pensó que Yuri simplemente se refería a que los cocineros recibían muy bajo salario o algo por el estilo.

Caminaron lentamente hacia la Sala del Soma. Al llegar encontraron a Sara, Maya y Deborah paradas al pie de la pirámide central, observando las múltiples esculturas sumamente hermosas y simbólicas que cubrían la mayor parte de sus cuatro caras, excepto en los escalones que llevaban a su cumbre. Vista desde cerca, la pirámide lucía impresionante y formidablemente sólida; estaba hecha de una mezcla de piedra caliza sobriamente intercalada con diseños de terracota en la capa superficial, y poseía un cierto brillo que parecía un tanto sobrenatural.

—¡Hola, tú debes ser Robin! — prorrumpió Deborah, caminando hacia él alegremente y abrazándolo sin ceremonia alguna. Todos rieron viendo la sorpresa en el rostro de Robin.

—Hola —dijo, saliendo del asombro de haber sido abrazado por una total desconocida. —¡Bienvenido a los brazos de Deborah! —Maya dijo riendo—. Nadie puede escapar a sus abrazos de oso. Deborah carcajeó estentóreamente y dijo, —Sara nos estaba hablando de ti.

Tenemos un verdadero caballero inglés entre nosotros, ¿eh? La alegría de Deborah valía su peso en oro – y era una mujer alta y fornida. Pese a ser la primer descendiente de una familia de ricos ganaderos australianos, tres años atrás había ingresado al convento de Sarada Math, en Sídney, a los treinta y tres años de edad. Tenía ojos verde claro, y su pelo rojizo, que se extendía justo hasta tocar los hombros, tenía el aspecto de estar siempre ligeramente despeinado.

Maya era lo opuesto de Deborah, con sólo veinte años de edad, era la más joven y la más pequeña del grupo. Era bastante atractiva, su largo pelo negro estaba cuidadosamente arreglado en una sola trenza gruesa y sus ojos eran grandes y marrones. Su familia, oriunda de Rajasthan, se enorgullecía de ser descendiente del legendario y pío Gurú Govind Singh.

****

Una antigua y pesada campana de bronce repiqueteó anunciando la hora del almuerzo. Ingresaron al comedor y se sentaron en una mesa al final del salón. Los sirvientes comenzaron a traer una abundante variedad de platos. El almuerzo prometía ser exactamente como Yuri había anticipado: había sopa de papas y cebollas de verdeo, pilau, bhatura, pescado de río frito, curry de pollo, verduras hervidas, y para beber agua mineral, vino tinto y gaseosas.

—Esto no es nada comparado con la comida que comen los monjes en la superficie; exceptuando el vino – ellos no lo toman —dijo de pronto un joven llamado Ramesh, desde la mesa adyacente, notando el asombro de Sara y Robin.

—¡La verdad que no esperaba algo así! —le dijo Robin, con ojos muy abiertos.

Ramesh era un novicio de treinta y un años de edad, cara redondeada, ojos negros con pupilas almendradas y aspecto de niño. En total había unas treinta y cinco o cuarenta personas en el comedor, sin contar los visitantes, a quienes Robin ya había saludado en el dormitorio de huéspedes. No había ni señal de Paramparananda; según Ramesh les contó, el líder comía en su propia habitación.

—¡Wow! Esos deben ser Kiserian y Jelani, ¿verdad? —observó Sara repentinamente, mirando maravillada en dirección a la puerta del comedor.

—¡Sí! ¿Dime si no son increíbles? —dijo Maya con gran deleite, invitándolos a la mesa con un gesto de su mano y sonriéndole dulcemente a Jelani.

En las anchas puertas del gran comedor, caminando lentamente hacia su interior, se destacaban los hermanos africanos. Ambos eran altos, muy altos, y sus ágiles cuerpos acentuaban el brillo de su piel oscura, extremadamente oscura. Sus facciones eran fuertes pero afinadas; parecían imágenes vivientes de la intrepidez, esculpidas en un ébano perfecto. Jelani era un año mayor que Kiserian, quien tenía apenas veintidós. Para aquellos que conocían el folklore y la historia tribal del África tan bien como Sara, los vibrantes colores de sus ropas y decoraciones lo decían todo: eran guerreros Samburu.

Los hermanos se sentaron a la mesa entre Deborah y Yuri, enfrente a Robin, Sara y Maya, y luego de las usuales presentaciones, comenzaron a llenar sus platos alegremente.

—¿Qué estuvieron haciendo en la biblioteca tanto tiempo? —Maya le preguntó a Jelani.

—Mirando —contestó Jelani con gran calma, mientras se servía un poco de agua.

—Sí —agregó Kiserian—. Estábamos mirando la sección de arte; había una exhibición de potes de soma antiguos en asombroso estado de preservación.

—¡Oooh! ¡Ustedes también los notaron! —expresó Maya con entusiasmo, sonriéndole a Kiserian brevemente y regresando su atención a Jelani, quien parecía muy interesado en su comida—. Sí, siendo estudiante de arqueología hindú, a mí también me parecieron muy interesantes. Aunque las fechas están equivocadas. Había un pote y un caldero de soma del sudeste de Rusia que según la descripción databa del 2500 a. C., lo cual es imposible, pues de acuerdo al conocimiento tradicional, India desarrolló el brebaje de soma alrededor del 1500 a. C. Desde luego, yo sólo estoy cursando mi segundo año de arqueología, así que no puedo afirmar que lo sé todo.

La conversación viró en múltiples direcciones, alternando rápidamente entre las divertidas historias de Deborah acerca de sus experiencias como ganadera en Australia y la enorme información que Sara podía proveer sobre casi cualquier tema. Robin estaba contento de ver que grupo tan ameno formaban, cuan libre y amigable era su trato, pero una parte de su mente no podía dejar de preguntarse qué estaban haciendo en ese lugar, en un espacio enterrado en las entrañas de la tierra y aparentemente desconocido por todos en la superficie. Estaba seguro de que los otros, pese a su exterior relajación, debían tener la misma pregunta en mente.

Finalmente llegó el postre, y probó ser una experiencia realmente dulce: había arroz con leche, yogurt dulce condensado, laddus y gulab jamun en almíbar caliente. Robin estaba muy cansado para ese entonces – su jet-lag había comenzado a afectarlo y sentía gran necesidad de dormir – así que se disculpó, y dejando a sus nuevos amigos en la mesa se retiró a dormir. El sueño lo conquistó casi de inmediato.

****

 —¡Robin, Robin! —dijo una voz distante y apagada, mientras una mano fuerte lo sacudía gentilmente—. Por favor, levántate. Hay algo que tienes que saber

—Era Yuri. Él, Jelani y Shivaji, estaban sentados en la cama de Yuri, mirándolo seriamente. Robin se sentó y miró su reloj pulsera: eran las cinco en punto; había dormido más de tres horas.

—¿Qué pasa? —dijo, rascándose fuertemente la cabeza, más que nada intentando sacarse el sueño.

—Shivaji trajo noticias — contestó Yuri. —Y no son buenas; aunque no me sorprende, debo decir —observó Jelani en tono pragmático.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo Robin, enderezando su espalda y sintiéndose más despierto.

—Que no son buenas para nosotros —contestó Jelani, encogiendo sus hombros anchos.

—¿Recuerdas cuando les dije que iba a escribirle a Premananda acerca de todos ustedes? —dijo Shivaji, sintiéndose un poco incómodo.

—Sí, claro —confirmó Robin, asintiendo también con la cabeza.

—Bueno, le envié un mensaje y me contestó en menos de un minuto; algo bastante inusual. Me pidió que les dijese esto: “No dejen que sepan lo que ustedes pueden hacer”.

—¿Eso es todo lo que dijo? — inquirió Robin perplejo.

—Sí.

—No dejen que sepan lo que ustedes pueden hacer —musitó Robin lentamente—. ¿Por qué nos diría semejante cosa? ¿No se supone que estamos aquí para entrenar nuestras habilidades?

—Bueno… eso es lo que ellos quieren que creas —dijo Shivaji, con el rostro de alguien que sabe estar diciendo demasiado para su propio bien —. Yo soy relativamente nuevo aquí, pero ya he visto varios extranjeros en Dharmachakra. Los tienen bajo control por cierto tiempo, hasta saber exactamente si poseen poderes o no. A los que no tienen poderes especiales los matan de inmediato; esa gente obviamente no les sirve para nada, y además, tampoco pueden dejarlos ir una vez que han visto este lugar.

—¿Y qué sucede con los que sí tienen poderes? —dijo Yuri, levantando una ceja.

—Eso es algo bastante relativo, pues la verdad es que nadie tiene verdaderos poderes, ¿no? —señaló Shivaji, mirándolos honestamente y encogiéndose de hombros. Todos miraron silenciosamente a Shivaji por un momento.

—Eh… creo que no estamos comprendiéndote —dijo Robin lentamente.

—Lo que estoy tratando de decir es que sin soma ningún mantri puede hacer cosa alguna. Todos tenemos un poquito de poder, por supuesto, pero es prácticamente inútil a menos que lo acrecentemos con soma.

—¡Oh! ¿Así es como funciona el poder de los mantris? —soltó Jelani sorprendido.

—¡Desde luego! Para los mantris y para todos, hasta donde yo sé… a menos que consideres el caso de los rishis —notó Shivaji, un poco extrañado por la pregunta.

—¿Cómo funciona para ellos? —dijo Robin.

—Yo sólo sé lo que oí de otros. Hoy en día no hay rishis, pero se dice que antiguamente algunos rishis tenían grandes poderes incluso sin beber soma, aunque nadie ha visto un verdadero rishis por miles de años. Lo máximo que un mantri o cualquiera que tenga poder puede hacer por sí sólo es tal vez un poco de telekinesis, mover pequeños objetos o cosas por el estilo. Es por eso que bebemos soma; después de beberlo nuestros poderes se multiplican enormemente por un período de cinco o seis horas, hasta que el efecto desaparece —elucidó Shivaji.

—Todavía no contestaste a mi pregunta —insistió Yuri con seriedad—. ¿Qué le ocurre a los que tienen poderes?

—En teoría, cuando los mantris encuentran extranjeros con poderes genuinos que podrían ser incrementados con el uso de soma, tratan de adoctrinarlos y reclutarlos. Los que aceptan, luego de recibir el entrenamiento adecuado, son generalmente devueltos a sus países de origen a trabajar para los mantris. Los que rehúsan ser reclutados desaparecen para siempre. ¿Hay alguien que haya aceptado? —preguntó Yuri.

—He oído de algunos casos, pero son muy raros —explicó Shivaji. Permanecieron en silencio por un momento, ensimismados en sus propios pensamientos. Shivaji los miró ansiosamente, cuestionándose por qué se había soltado a decirles tanto y si creerían lo oído.

—Shivaji, por favor, necesitaríamos que hagas algo por nosotros; ¿podrías hacerlo? —dijo Robin vacilando.

—Por supuesto.

—Por favor, ve al dormitorio de las mujeres y cuéntales todo lo que acabamos de hablar – ¡todo! Y asegúrate de que Sara esté presente cuando lo hagas.

—Ningún problema —exhaló Shivaji, aliviado de ver que sus palabras no habían sido ignoradas—. Tenía que ir de todos modos. Hay otra cosa que vine a decirles. Esta noche habrá una ceremonia especial a beneficio de los otros visitantes, y Paramparananda quiere que ustedes estén presentes. Por favor, vayan a la Sala del Soma a medianoche.

****

Cinco minutos antes de la medianoche, Robin, Yuri y Jelani, ingresaron a la espaciosa sala. Las mujeres ya estaban allí. Los mantris no les permitieron acercarse a la plataforma, así que todos se pararon juntos, de espalda a la pared circular. A unos quince metros de distancia, sentados alrededor del fuego eterno, que ardía silenciosamente sobre la alta plataforma de la pirámide, podían ver a Paramparananda, el Lama Budista, el Cardenal Cristiano y los dos magnates Chinos.

Las luces estaban apagadas. Unas pocas velas grandes, ubicadas en nichos a lo largo de la pared, y el azulado fuego Homa, eran las únicas fuentes de luz, creando un efecto muy especial que hacía que las llamas sobre la plataforma luciesen desconectadas, como si flotasen en el vacío, fijando todas las miradas en ellas. Paramparananda vestía un hábito ceremonial púrpura con delicados diseños bordados en hilos de oro y plata. Con cada ofrenda que vertía en el fuego sagrado, susurraba ciertos encantamientos que Robin y los otros no lograban discernir a esa distancia.

Ramdas y los demás mantris estaban parados silenciosamente sobre el piso de mármol blanco alrededor de la pirámide. Cada uno de ellos tenía en sus manos una botella muy pequeña conteniendo una dosis de soma – los visitantes ubicados sobre la pirámide estaban visiblemente sin soma.

—¿Qué piensas de todo esto? — Robin le preguntó a Sara casi en un susurro.

—¡Es una locura! —susurró ella enojada—. ¡Somos prisioneros en este lugar! Kiserian y yo tratamos de usar el ascensor hace una hora, pero fue imposible. No se puede usar sin la combinación. Luego uno de los mantris apareció de pronto y nos corrió. Le dijimos que necesitábamos aire fresco, pero él insistió diciendo que ahora estamos bajo entrenamiento especial y que no podemos dejar Dharmachakra sin permiso del líder.

Exactamente a la medianoche, Paramparananda se puso de pie sobre la imponente plataforma, y así lo hicieron también los visitantes. Luego, en una voz fuerte y clara, todos los mantris comenzaron a recitar en sánscrito, dirigiéndose a su líder. Sara tradujo para Robin y los otros:

—¡Oh, Comandante de las huestes, así como el soma te torna invencible en la batalla, triunfante sobre las multitudes, dador de felicidad, preservador de la fuerza, creador de poderosas armas, renombrado, victorioso, saludable y grato, que así podamos también nosotros beber el soma y disfrutar de felicidad!

Luego Paramparananda levantó sus brazos extendidos y dijo, también en sánscrito:

—¡Oh divino y potente soma, con tu brillante magia concédenos sabiduría y poder! ¡Que ninguna fuerza adversa nos perturbe jamás! Tú eres supremo en poderes físicos y mentales; ¡haznos como tú, defiéndenos de nuestros enemigos en la batalla!

—Esos son mantras del Rig Veda, pero no están en la forma original, fueron modificados —comentó Sara en voz baja—. Los mantras originales eran recitados para invocar el bienestar de la gente; ésta versión no parece tener en mente el beneficio del pueblo —agregó, frunciendo el ceño.

Entonces Paramparananda elevó su botella de soma y dijo en una voz vibrante, esta vez en inglés, de modo que los visitantes pudiesen comprenderlo:

—Henos aquí una vez más, deseosos de conceder el ruego de nuestros amigos y aliados extranjeros. ¡Beban entonces, queridos hermanos, beban el poder de los dioses… nosotros, la única gente verdaderamente espiritual, nosotros, los dioses de la tierra!

—¡Swaha! —entonaron todos los mantris simultáneamente, vaciando sus botellitas de un trago. Una nueva atmósfera invadió el lugar casi de inmediato, un poder vibrante comenzó a manifestarse, invisible pero claramente perceptible. Hasta el fuego parecía responderle; sus pálidas llamas azuladas se agitaron un instante, emitiendo chispas multicolores que ascendieron en ondulaciones serpentinas hasta perderse gradualmente en las alturas; luego las llamas se aquietaron, quedando así, sin cambio, congeladas en el tiempo.

—Vengan, queridos hermanos — dijo el líder, ondeando solemne y carismáticamente su mano hacia las extrañas llamas—. Ofrezcan sus oraciones al sagrado fuego, y ellas serán concedidas.

Los cuatro visitantes se pusieron de pie, parándose cerca del fuego, sus manos temblaban con anticipación. Entonces, inclinándose ligeramente hacia adelante, cada uno de ellos arrojó sobre las llamas un pequeño pergamino escrito. Las peticiones penetraron en el inmóvil fuego con un movimiento lento y amortiguado, como si estuviesen hundiéndose en un líquido muy espeso. Luego, pasados unos segundos, los pergaminos fueron consumidos en una repentina implosión de color rojo que destelló por un instante, dando lugar a un pilar de fuego rojiblanco que se lanzó furiosamente hacia el techo a gran velocidad, elevándose más de seis metros y llenando la sala con su luz. La sala se tornó viva con otro gran poder, un poder distinto al que sintieron al comienzo, erizando los pelos con su mero roce y haciéndoles hormiguear la piel.

Cuando las llamas finalmente se encogieron, retornando a su tamaño y color usual, Paramparananda se dirigió a los peticionarios, hablándoles con voz profunda y melodiosa:

—Vayan en paz, hermanos, sus súplicas han sido contestadas.

~ Capítulo Tres ~

Un Día de Aprendizaje

“El ego es el mayor enemigo de los humanos”.

Rig Veda

—¡Esa sí que fue una verdadera toma de conciencia – y una que mete miedo! —confesó Deborah durante el desayuno, tratando de hablar tan quedamente como su emoción se lo permitía—. ¡Dios! ¡Cuando estos tipos dijeron que hacían soma, jamás me imaginé que podían hacer el soma de los tiempos antiguos! Se supone que es un mito, ¿no?

—Por eso querían que estuviésemos allí —dijo Kiserian, deslizando sus dedos pensativamente sobre el disco de cuentas multicolores del hermoso collar que reposaba sobre sus firmes hombros—. Ellos querían que lo viésemos.

—Muestra tu poder a tus enemigos y tal vez decidan unírsete —explicó Jelani, sirviéndose más chapattis.

—¡Hombre! Nosotros no somos sus enemigos, ¿no? —dijo Deborah, poniendo los ojos en blanco, como si estuviese expresando algo obvio.

—Yo no estaría tan seguro: lo somos si ellos así lo creen —contestó Jelani tranquilamente.

—¿Por qué irían a pensar que somos sus enemigos? —insistió Deborah—. ¡Para ser honesta, yo ni siquiera sé qué diablos estoy haciendo aquí!

—Esa es la verdadera pregunta —indicó Jelani—. ¿Por qué nos ven de esa manera?

—Tú no pareces temerles de todos modos —dijo Maya alegremente, vertiendo té en la taza de Jelani pese a que estaba bebiendo café.

Jelani sonrió al ver eso y dijo amablemente, mirándola a los ojos por primera vez, —Todo guerrero se atemoriza en ocasiones; pero el miedo puede canalizarse y usarse positivamente, como la ira, o el amor.

Maya se sonrojó intensamente, y fue sólo gracias a las risotadas que Deborah estaba tratando en vano de suprimir, que notó que ahora estaba vertiendo té sobre los chapattis de Jelani.

—Así es como me gustan —dijo él, asintiendo con la cabeza.

Todo el grupo explotó en ruidosas carcajadas, ahogando las avergonzadas disculpas que Maya trataba de expresar; rieron tan estridentemente que cada cabeza en el comedor giró en dirección a ellos.

—¿Notaron que los peticionarios de anoche ya se fueron? —mencionó Sara en voz baja, una vez que se habían calmado—. Parece que consiguieron lo que querían y desaparecieron.

—Quien sabe cuánto tuvieron que pagar por esos favores; lo que sea que hayan sido —dijo Robin, bebiendo un poco de agua y mirando rápidamente a los mantris más cercanos para cerciorarse de que no estuviesen escuchando.

—Dos de ellos estaban mortalmente enfermos; lo que querían era curarse. Qué querían los otros, no lo sé —susurró Kiserian.

—¿Cómo sabes que estaban enfermos? —dijo Robin, también en un susurro.

Kiserian lo miró tranquilamente a los ojos pero permaneció en silencio.

—Ella es una loibonok —contestó Jelani, notando la reserva de su hermana.

—Sí —dijo Kiserian finalmente, dado que la explicación de su hermano resultó aún más incomprensible—. Una loibonok Samburu, es una sanadora que nació dotada con la habilidad de adivinar las causas de las enfermedades e infortunios, y puede sanar y guiar a los guerreros en la batalla.

—¿Y no hay loibonok hombres? —preguntó Deborah sorprendida.

—No, la loibonok es siempre mujer —elucidó Kiserian.

—¡Buenísimo! —dijo Deborah con una sonrisa.

—Anoche vi que dos de los peticionarios estaban muriendo, podía ver que algunos de sus órganos internos estaban casi podridos debido a sus vidas licenciosas; sin embargo, al final de la ceremonia, ni siquiera tenían rastros de enfermedad.

—¡Dios mío! ¡Ese sí que es un arte ciertamente especial! —dijo Deborah asombrada—. Yo también tengo alguna destreza curativa: puedo acelerar el proceso de curación a voluntad, ¡pero lo que tú haces es extraordinario!

—¡Sin duda! —alegó Sara impresionada.

—Entonces, si ellos pueden hacer todo lo que vimos, ese brebaje de soma les da verdadero poder a esta gente —Yuri dijo seriamente—. ¡Jamás imaginé que semejante bebida existiese!

—Al parecer existe —Robin asintió— Y es obvio que todos nosotros tenemos también ciertos poderes; así que al menos por el momento, creo que deberíamos hacer exactamente lo que Premananda nos aconsejó: no dejar que sepan lo que podemos hacer.

—Sí, creo que eso es lo mejor —dijo Sara con convicción.

Cuando estaban por acabar el desayuno Ramdas se les acercó y, mirándolos de pie a cabeza, desde el fondo de sus profundas fosas oculares, les anunció melosamente, —Hoy comenzarán su entrenamiento, serán instruidos en nuestra forma de vida y en nuestras gloriosas y antiguas tradiciones espirituales. Swami Sampradayananda oficiará como Acharya, instructor. Por favor, vayan al Salón de Entrenamiento en treinta minutos —Viendo que no había preguntas, sonrió amigablemente su sonrisa de santo largamente practicada y partió.

****

Media hora después, exactamente a las nueve, salieron del dormitorio de las damas – donde se habían reunido luego del desayuno para continuar deliberando sobre su situación – en dirección al Salón de Entrenamiento, que estaba adyacente a las habitaciones de Paramparananda. En el camino vieron a Shivaji y a Ramesh, el novicio de cara redondeada que le había hablado a Robin el día anterior durante el almuerzo. Estaban asentando un caldero enorme en una base metálica portátil sobre la pirámide, para suspenderlo firmemente sobre el fuego sagrado.

Robin los saludó alegremente con un gesto de su mano desde la base de la alta plataforma y Shivaji dijo, —Hoy es día de soma, pronto comenzarán a prepararlo.

—Ese caldero parece realmente pesado —dijo Deborah.

—Lo es —asintió Shivaji, meneando su cabeza en ese estilo tan característicamente hindú—. Incluso ahora que está vacío se necesitan dos personas para moverlo.

Mientras Shivaji y Deborah conversaban, Ramesh descendió hasta la base de la pirámide y le susurró al grupo muy seriamente, —Tenemos noticias; pero ahora vayan a la clase, más tarde charlamos… Sí, yo también pertenezco al grupo de Premananda, como Shivaji —agregó rápidamente, notando la forma inquisitiva con la que lo miraban—. Recuerden: mantengan la calma.

****

Se sentaron en el Salón de Entrenamiento enfrentando un pequeño escritorio que estaba sobre una plataforma petisa. Detrás del escritorio, sobre la pared, había una pizarra negra grande y un espejo enorme a su lado, en el cual se podían ver ellos, perfectamente reflejados, y el resto de la extensa habitación. Por el momento estaban solos.

La distribución del mobiliario en el Salón de Entrenamiento era muy similar a la que se podía encontrar en prácticamente cualquier aula escolar, con la excepción de que sólo un tercio de la habitación era ocupada con sillas, el resto estaba casi vacío. Había cuatro estanterías grandes sobre las paredes laterales y dos mesas largas que habían sido empujadas contra la pared posterior; pero todo estaba aparentemente sin uso, no había siquiera un libro.

—¡Qué extraño! —dijo Deborah, mirando a su alrededor—. ¡Tan pocas sillas para una habitación tan grande!

—¿Quizás estén experimentando un declive de aprendices? —sugirió Maya, apretándose los labios.

—Más bien diría que quitaron lo que sea que estaba aquí —dijo Sara, entrecerrando sus ojos—. Se me ocurre que no querían que lo viésemos.

—Eso es más probable —concordó Yuri.

Luego de un minuto aproximadamente, ingresó al salón un mantri de baja estatura, medio pelado, rozando los cincuenta años de edad, algo gordito y con una barriga bastante generosa. Su paso era apresurado y su aspecto muy asustadizo, como si la muerte estuviese pisándole los talones. Trató de sentarse detrás del escritorio pero tropezó con la plataforma y estuvo a punto de caer, así que decidió en cambio permanecer de pie y recostarse contra el escritorio desde abajo.

—Hola, buen día —dijo finalmente con una voz inusitadamente aguda y mirando aprensivamente en todas direcciones, como si aguardase la repentina materialización de algún desastre inminente.

Yuri y Deborah se miraron brevemente, intercambiando sonrisas.

—Yo soy Acharya Virananda, y estoy aquí para enseñarles los preliminares. Acharya Sampradayananda está un poco ocupado en este momento, así que me pidió que comenzase la clase por él —dijo el mantri, ondeando una mano sudorosa en el aire y haciendo un raro sonido, similar al cencerro de las vacas, con los varios objetos extraños que colgaban de sus gruesos brazos y cuello.

—¿Esos son trofeos de guerra? —inquirió Jelani seriamente.

—¡Oooh! Yo iba a preguntar exactamente lo mismo —le ronroneó Maya a Jelani, pasándole la mano tímidamente sobre el hombro para limpiarle una basura inexistente.

Jelani miró a Maya por un breve instante y luego, muy feliz consigo mismo, regresó su atención al Acharya.

—¿Cómo? ¡Ah, no, no! Estos son amuletos… para protección —explicó Virananda sonriendo encogidamente, mostrando unos dientes marrones y desagradables.

—¿Protección contra qué? —dijo Kiserian con genuino interés. Siendo sanadora, era muy consciente del poder contenido en ciertas sustancias y objetos.

—¡Demonios! —susurró Virananda luego de una larga pausa, cubriéndose la boca con ambas manos y dando una mirada aterrada al gran espejo detrás suyo.

—¿A qué se refiere con eso de demonios? —soltó Sara con un toque de incrédulo enojo en su voz—. ¿Dice demonios refiriéndose a criaturas del infierno?

—No, no estoy hablando del concepto que se entiende en las culturas cristianas. Digo demonios refiriéndome a criaturas monstruosas del Bhutaloka, el mundo de los demonios —contestó el Acharya, con ojos enormemente abiertos.

—¿Está hablando en serio, señor? —cuestionó Yuri en tono casi desafiante.

—¡Por supuesto que estoy hablando en serio! —Virananda exclamó un tanto ofendido—. Hay mantris que cuando trabajan juntos pueden traer criaturas desde el otro lado y forzarlas a servirlos. Y eso no es todo… hasta pueden enviar gente al otro lado —agregó en el más sutil susurro; esta vez abriendo tanto los ojos que parecía que estaban por desprenderse de su rostro—, así es como muchos han desaparecido. ¿Se dan cuenta? Es la forma más eficiente de deshacerse de ellos; nadie puede acusarte si no hay evidencia de ningún tipo, ¿no es así?

—¿Y cómo lo hacen? —dijo Robin, cobrando interés.

—¡Y yo que sé! ¿¡Acaso sé semejante cosa!? —reaccionó Virananda nerviosamente—. Uno necesita tener la habilidad; algunos mantris pueden, otros no. Por suerte, son pocos los que pueden hacerlo verdaderamente, y nadie puede hacerlo solo… bueno, nadie excepto… hay excepciones, como en todo —susurró, mirando asustado sobre sus hombros—. Es bueno que pocos puedan hacerlo; ¡esos demonios son criaturas realmente viciosas!

—Yo todavía no entiendo cómo es que lo hacen – ¿abren alguna clase de portal o algo? —dijo Maya.

—No, no, no es así como se hace —dijo el Acharya, frotándose un pañuelo sobre su rostro sudoroso y haciendo tintinear sus amuletos—. Hay infinitos mundos, o universos, coexistiendo en el mismo espacio, pero no podemos percibirlos porque están en un estado de vibración diferente, por así decirlo, ¿sí? Lo que algunos mantris pueden hacer es forzar a esa criatura o persona a un estado vibracional distinto, de modo que pueda cruzar la barrera dimensional.

—¿Es así como excavaron este lugar, entonces? —observó Sara rápidamente.

—¡Ah! Sí. ¡Eres muy inteligente! —sonrió admirado, volviendo a mostrar sus dientes asquerosos—. Esa fue exactamente la forma en la que Dharmachakra fue excavada sin que nadie pudiese detectarlo. Hace muchos años, cuando el templo que está en la superficie estaba siendo construido por los monjes de la Orden Ramakrishna, los mantris enviaron la tierra cuyo espacio es hoy ocupado por Dharmachakra a otra dimensión, ¡y los monjes ni se enteraron!

—¡Impresionante! —dijo Robin.

—Sí, es muy interesante —dijo Deborah con desidia—, pero a mí me suena a insensatez.

—Pero es la pura verdad, ¿no es así? —dijo Virananda, moviendo su cabeza de lado a lado al estilo hindú.

—Tal vez, ¿pero quién puede creerlo? —dijo Deborah simplemente—. Lo que sí me gustaría saber —agregó con más interés—, es cómo se hace el soma. Nos dijeron que hoy es día de soma y que estaban a punto de prepararlo. Por favor, díganos como se hace.

—Hmm… no sé, se supone que debo enseñarles la historia de los mantris y las generalidades de nuestro trabajo, así que mejor nos adherimos a eso —dijo Virananda inseguro, mirando de reojo hacia la puerta del salón.

—Señor —insistió Deborah imperturbable—, la preparación del soma es ciertamente una parte esencial en la vida de los mantris, ¿no es así? Así que no estaría desviándose de las generalidades en absoluto.

—Bien… supongo que podría… sí, ¿por qué no? Después de todo, están aquí para aprender, ¿verdad? Bueno, trataré de explicarlo sencillamente —dijo el Acharya aclarando su garganta. Y acto seguido, caminó hasta el pizarrón y principió a escribir una lista de ingredientes con un trozo de tiza blanca.

—Primero necesitan papaver somniferum, cannabis sativa, ephedra sínica, amanita muscaria y peganum harmala en iguales cantidades —Virananda sonrió gozosamente, explicando el proceso. Parecía como si su miedo y su tensión se hubiesen repentinamente esfumado—. Estas substancias tienen que ser cosechadas el primer día de la luna llena. Luego necesitan el ingrediente especial, por supuesto, que debe ser cosechado el primer día de la luna nueva. Finalmente, tienen que hervir todos estos ingredientes juntos por aproximadamente doce horas, a fuego muy lento, agregando agua con frecuencia para evitar que se espese demasiado, hasta que se transforme en una substancia de color dorado transparente. Simple, ¿sí?

Virananda se detuvo por un momento para inspeccionar sus reacciones; cuando vio que todos estaban oyendo atentamente cada palabra que decía, desplegó sus asquerosos dientes sucios con evidente alegría.

—Naturalmente —continuó con gran confianza, gesticulando ampliamente—, como podrán imaginarse, es extremamente importante asegurarse de que ninguna substancia extraña penetre a la mezcla; caso contrario, su capacidad de magnificar los poderes mágicos sería destruida. Además, cada paso de la operación requiere la cuidadosa entonación de adecuados mantras y encantamientos. Sin los encantamientos apropiados o la estricta pureza de sus ingredientes, todo lo que obtendrían sería una mera poción alucinógena.

—¡Genial! —dijo Deborah, impresionada.

—Por favor, señor, ¿podría decirnos cuál es ese ingrediente especial que mencionó anteriormente? —preguntó Sara con evidente interés.

—Eh… eso es algo delicado… a ese ingrediente se lo mantiene en secreto, ¿verdad? —dijo, poniéndose nervioso una vez más—. Es algo que no se revela a nadie hasta que uno no haya jurado lealtad a los mantris; y los pormenores de ese ingrediente sólo se aprenden cuando se ha sido iniciado como Destilador, o sea preparador del soma, lo cual no es cosa fácil de lograr… lleva años.

—¡Por favor, señor! —rogó Maya con una expresión encantadora e inocente—. Ya nos dijo tanto; no nos deje así, por favor.

—Hum… OK, podría darles una pequeñísima indicación para satisfacer su curiosidad, ya que están tan sinceramente interesados —susurró luego de una pausa, mirando nerviosamente hacia el espejo en la pared—. Pero absolutamente nada más, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijeron Maya y Deborah simultáneamente.

—Bien, el ingrediente especial es….

—Demasiado especial para hablar al respecto —dijo una voz clara y firme qué pareció llenar la habitación de frío.

Swami Paramparananda estaba parado en la puerta del Salón de Entrenamiento. Era evidente que hacía un gran esfuerzo por retener la calma, pero sus ojos y su boca estaban tornándose en meras líneas, y cuanto más se afinaban mayor era la furia y la amenaza que irradiaban. A su lado se encontraba Rahu, el enorme mastín Tibetano, poderoso y fiero, sus largos y desarreglados pelos se mecían, subiendo y bajando onduladamente con cada expansión y contracción de su pecho colosal.

La mirada espeluznada de Virananda oscilaba velozmente entre Paramparananda y el perro negro.

—Por supuesto, Señor, sí, sí, es un secreto; como les estaba diciendo, ¿verdad? Qué bueno verlo por aquí, Señor, es tan amable de su parte venir a la clase —a esta altura su rostro estaba cambiando de color tan rápidamente, que daba la impresión de estar buscando la tonalidad que mejor lo hiciese invisible.

—¿Qué estás tú haciendo aquí, y dónde está Sampradayananda? Se supone que él es quien debe estar dando esta clase —dijo el líder, acercándose gradualmente a Virananda, flanqueado muy de cerca por el perro.

—Está muy ocupado, señor. Hoy es día de soma y él es el único Destilador experimentado disponible; aparte de usted, señor, claro —explicó el Acharya rápidamente, quién ahora parecía estar tratando de ducharse en su propia transpiración.

—¿Por qué no fui informado? Yo podría haber enviado un reemplazante temporal —dijo el líder, mirándolo penetrantemente con sus grandes ojos ámbar. —Bien, no interesa, ya no es necesario; Pujananda acaba de llegar a Dharmachakra, él también es Destilador, así que puede substituirlo.

Paramparananda y Rahu estaban ahora tan cerca de Virananda que, accidentalmente, el perro colocó una de sus enormes patas delanteras sobre el pie del Acharya.

—¡Aarrjj!, —gritó aterrorizado, tratando de saltar hacia atrás tan lejos como le fuese posible, pero logrando sólo caer de cola al piso, pues su pie estaba anclado al suelo con el peso del formidable perro negro.

—¡Eres una desgracia!, —siseó el líder entre dientes, lleno de malicia—. Ve a buscar a Sampradayananda, y dile a Pujananda que lo reemplace de inmediato.

—S-sí, señor —tartamudeó Virananda casi incomprensiblemente, logrando finalmente escapar del perro y apresurándose despavorido fuera del salón de clase. Sus amuletos resonando fuertemente a cada paso.

—Esperen aquí, por favor; Sampradayananda vendrá en un minuto —les dijo Paramparananda con pretendida calma, y luego de observarlos fijamente por unos segundos, dejó el salón displicentemente.

Mientras aguardaban la llegada del nuevo instructor, conversaron libremente sobre lo que Virananda les había dicho.

—¡Ese hombre está patentemente chiflado! —dijo Deborah con gran énfasis—. Aun así, debo admitir que me dejó pensando.

—Tal vez se trate de una mera distracción —observó Yuri, mirándola a los ojos—. He visto ese tipo de estrategias durante mi entrenamiento militar.

Finalmente, luego de vivos intercambios de opinión, decidieron aceptar el hecho de que independientemente de cuan loco o paranoico pudiera estar Virananda, era innegable que había mucho de honestidad en su voz.

—Yo diría que por ahora, él es una de las pocas personas en este lugar en quien no tenemos razones para desconfiar —dijo Sara convincentemente.

****

Instantes después, ingresó al salón con paso altanero un hombre alto y sumamente delgado, de cara larga y plana, ojos negros y pequeños, casi escondidos detrás de lentes de aumento redondos y gruesos. Se sentó con fluidos movimientos detrás del escritorio y, mientras se ajustaba los lentes con el dedo índice, carraspeó para aclarar su garganta.

—Soy Acharya Sampradayananda —dijo en una voz tan plana y seca como su rostro—. Antes de comenzar, debo pedirles que olviden todo lo que hayan oído de labios de Virananda. Como ya lo habrán notado, ese hombre está un tanto desequilibrado; no se lo puede tomar en serio —concluyó con una leve elevación de sus cejas.

—Bien, creo que una ligera explicación de quienes somos es lo indicado para comenzar. Los mantris somos una organización secreta; siempre, por milenios, hemos infiltrado y usado a las religiones prevalentes de la era con finalidades de cobertura y camuflaje. Somos una Orden muy antigua de sabios poderosos, dueños de elevados logros espirituales y mágicos – la mayoría de los cuales ustedes ni siquiera pueden imaginar en los países occidentales. De hecho, para ser preciso, es sólo aquí, en India, donde se puede encontrar la calidad interior necesaria para dominar semejantes artes y lograr tales alturas de lucidez.

Sara y Robin intercambiaron una rápida mirada de reconocimiento; ya habían visto muchas veces esa misma actitud de superioridad en los Swamis que iban al Occidente a enseñar.

—Disculpe, señor —se atrevió Robin—, considerando todo lo que hemos oído y visto aquí en Dharmachakra, teníamos la impresión de que el poder de los mantris procedía de la ingesta del soma y no de una superioridad innata.

—Sí y no —dijo Sampradayananda, sin siquiera ojear en dirección a Robin, manteniendo la mirada por encima del grupo—. Si bien es cierto que usamos el soma para aumentar un poco nuestros poderes, es igualmente cierto que somos sus únicos creadores; y eso de por sí es un logro extraordinario, algo jamás igualado en otra parte del mundo.

—Los rishis no necesitan soma, ¿no es así? —dijo Kiserian plácidamente—. Así que ustedes no son los sabios más grandes y poderosos del mundo, como usted afirma.

Esta vez, Sampradayananda la miró directamente antes de dirigirle la palabra con evidente despecho.

—Los rishis son cosa del pasado —dijo lentamente—. Nosotros hemos sido el único poder por miles de años, y si algún día los rishis hubieran de surgir de nuevo, lo harían aquí, en la tierra de sus ancestros, donde nació cada rishi que jamás existió.

—Si los mantris no están conectados a la Orden Ramakrishna y por lo tanto no son monjes, entonces, ¿por qué no hay mujeres entre sus miembros? —notó Sara, cambiando intencionalmente el tema.

Sampradayananda la observó por largo rato, sin tratar siquiera de esconder la mezcla de lástima y desdén que lucía su luengo rostro.

—Bueno, ¿qué puedo decirte? —dijo eventualmente—. Todo el mundo sabe que las mujeres no son tan… capacitadas como los hombres. Por lo tanto, no podemos esperar encontrar el tipo de poder y el talento que nosotros tenemos entre las personas del sexo femenino —sonrió despectivamente, mirando nuevamente sobre sus cabezas hacia el fondo del Salón de Entrenamiento.

—¿Está diciendo que las mujeres son inferiores a los hombres? —dijo Sara, alzando su voz un poco más de lo deseado.

—¡Cuidado! —le susurró Robin a Sara—. Él quiere que te enojes.

—¿Quién puede negar los hechos? El mundo pertenece a los hombres; las mujeres son… para procreación —contestó el Acharya condescendientemente.

—Si así es como piensan, entonces, ¿qué estamos haciendo en este lugar? —soltó Deborah, comenzando a ponerse muy roja en sus mejillas.

—Eso, es algo que yo realmente no sé, y algo que no deja de sorprenderme —dijo lentamente, con el primer dejo de sinceridad—. Se me pidió que les enseñase, y es lo que me limitaré a hacer.

Sampradayananda continuó su oda irracional sobre la grandeza de los mantris durante largo tiempo, hasta que finalmente, cuando llegó la hora de almorzar, les permitió salir.

****

El almuerzo no resultó tan sabroso esta vez. Estaban preocupados y tenían mucho que pensar y conversar; sin embargo, decidieron no intercambiar ni una palabra en el comedor, por miedo de ser escuchados, así que luego de comer se fueron directamente al dormitorio de las damas en busca de privacidad.

Apenas habían llegado cuando Shivaji apareció trayendo en sus manos una gran pila de toallas limpias.

—¡Qué bueno, me alegra encontrarlos juntos, tengo importantes noticias! —dijo ansiosamente.

Colocó las toallas sobre una de las camas libres y se sentó a su lado.

—Las llevo como excusa, por si me ven viniendo aquí —explicó sonriendo, colocando una mano sobre las toallas—, y para esconder algo importante que les he traído; ya lo verán en unos minutos.

—¿Qué querías decirnos? —preguntó Robin tranquilamente. Todos los ojos estaban fijos en Shivaji.

—Antes que nada —dijo Yuri, bajando la voz—. ¿Es realmente seguro hablar aquí? ¿No hay cámaras y micrófonos escondidos en Dharmachakra? Nosotros vimos cámaras en el acceso al ascensor, dentro de esa pequeña habitación en la superficie.

—No que yo sepa, y no creo que tengan ese tipo de seguridad aquí abajo. Se sienten seguros aquí, y nadie puede salir excepto a través del ascensor o el mini funicular —dijo Shivaji confiadamente.

—¿Mini funicular? Jamás lo vimos. ¿Adónde está? —dijo Sara con avidez.

—No lo han visto porque se supone que no deben verlo, naturalmente —explicó Shivaji, meneando su cabeza animadamente—. La entrada al funicular está en la parte trasera del almacén de la cocina. Desde ahí se extiende a través de un túnel que termina en el interior de un garaje en la superficie, afuera del predio del monasterio.

—Por supuesto, el ascensor no podía ser la única vía de entrada —asintió Sara, comprendiendo mejor las cosas.

—El funicular se usa para entrar las provisiones y sacar los desechos, y además, es la principal vía de entrada y salida para los miembros de Dharmachakra. El ascensor es solamente para los visitantes VIP o para gente como ustedes, que desconfiarían demasiado si fuesen introducidos a Dharmachakra a través de un funicular subterráneo —agregó Shivaji, encogiéndose de hombros.

—No me sorprende que se sientan seguros entonces —dijo Yuri, moviendo su cabeza afirmativamente—. ¡Estamos en una fortaleza, a más de cuarenta metros de profundidad, y con sólo dos aberturas fácilmente controlables!

—Sí, no tienen motivo para preocuparse —asintió Shivaji—. Nadie ha escapado de aquí jamás, hasta ahora al menos – porque eso era lo que vine a decirles: esta noche nos vamos.

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Si te ha gustado, puedes leer aquí la reseña.

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¡INAUGURACIÓN! Lectura conjunta de #KissMe: prohibido enamorarse

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Como habéis leído en el título, queda inaugurada la lectura conjunta de #KissMe: prohibido enamorarse, de Elle Kennedy.

Si no habéis leído este libro, esta es una gran oportunidad para hacerlo, pudiendo seguir la lectura y comentar en Twitter con el hashtag #LecturaCojonudaKissMe. Allí compartiremos nuestras impresiones acerca del libro y lo que nos va pareciendo según leemos. Al finalizar la lectura haremos una reseña cada uno de los que hemos participado en la lectura, así que podréis leer la mía por aquí.

Si todavía no os habéis unido porque no os habíais enterado o por lo que sea, ¡esta es vuestra última oportunidad  😜.

¡Que dé comienzo la #LecturaCojonudaKissMe! Nos leemos por Twitter  🙂

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Lectura conjunta #KissMe: Prohibido enamorarse | Elle Kennedy

¡Hola lectores!  🙂

kissmeEste post es para informaros de que, entre unos cuantos bloggers, hemos decidido hacer una lectura conjunta del libro #KissMe: prohibido enamorarse, de Elle Kennedy. Estuvimos entre varias opciones, pero finalmente nos decidimos por este, ya que la mayoría de nosotros no lo había leído y tenemos muchas ganas de hacerlo  😀

Si no lo habéis leído, esta es una gran oportunidad para hacerlo, ya que hemos creado un hashtag para Twitter, con el cual lo iremos comentando y compartiremos nuestras impresiones acerca del libro.

El hashtag que utilizaremos es #LecturaCojonudaKissMe (lo de “Cojonuda” nos lo sugirió el corrector del móvil cuando quisimos decir “Conjunta”, así que suyo es todo el mérito :P). Si queréis podéis coger el banner que ha hecho nuestra compañera Inma de La guarida de i y llevároslo a vuestro blog para que se apunte más gente 😉 Es este:

Banner lecturacojonudakissme

La lectura conjunta durará todo el mes de julio, es decir, empezará el día 1 de julio y terminará el día 31 de julio y las reglas para poder participar son muy sencillas:

  • No es necesario que tengáis blog para poder participar. Podéis comentar la lectura en Twitter con nosotros usando el hashtag #LecturaCojonudaKissMe.
  • Si tenéis blog y queréis hacer una reseña una vez terminada la lectura, SOLO la leeremos y comentaremos si nos seguís a todos los organizadores de la lectura conjunta, tanto en Twitter como en el blog (obviamente, daremos follow back ;)). No es obligatorio seguir a los participantes, solo a los organizadores.
  • Si queréis participar en la lectura conjunta, dejad un comentario en esta entrada o en otra de las entradas de la lectura conjunta indicando vuestro nombre de Twitter y el nombre con el que nos seguís en el blog.
  • ¡Disfrutad de la lectura!  😉

Los blogs ORGANIZADORES son los siguientes (recordad que tenéis que seguirlos, al igual que los Twitters):

PARTICIPANTES (a parte de los organizadores)

Si tenéis cualquier duda, preguntadme en los comentarios o en mi email (elprimercapituloblog@gmail.com). Estaré encantada de contestaros a todo  🙂

¡Espero que os animéis a participar, que va a ser divertido!

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Diario de un suicida en potencia

PortadaDiarioSuicida

FICHA TÉCNICA

Título: Diario de un suicida en potencia

Autor: Juan L. Mira

Editorial: CreateSpace Independent Publishing Platform

Nº de páginas: 232

 

 

Comprar en Amazon por 9,87 € | Comprar e-book en Casa del Libro por 0,99 €

Portrait of a serial family

Me gusta observar a la gente. No sé qué es lo que me llama la atención de ellos, pero esté donde esté siempre lo hago: en el metro, tiendas, bibliotecas, bares, parque. No entro en la categoría de acosador. Me mantengo a distancia porque la interacción con extraños no es uno de mis fuertes. No suelo caer simpático; tampoco lo pretendo. Con el añadido de que tampoco me motivan lo suficiente. Sólo les estudio. Cuando hago memoria son como viejas fotografías en mi mente. Las típicas imágenes que se quedan olvidadas durante años en un álbum sin que nadie les preste atención, pero que cuando se vuelven a mirar estallan en millones de recuerdos. Me gusta poder inventarme la vida de cualquier extraño. Por ejemplo, ¿nunca os habéis preguntado cómo es la vida del músico que toca la guitarra en el metro esperando la generosidad de algún viajero? ¿Qué hace ese hombre cuando llega a casa? Si es que tiene una casa, claro. O, ¿cómo es la vida de aquel ejecutivo trajeado que pasea por el parque hablando por su Iphone último modelo y que tiene el suficiente estilo aparente como para vestir con trajes caros, pero no tiene ni zorra idea de combinarlos con el color de su corbata? Una corbata que parece que se la haya elegido su madre antes de salir de casa. Esas son el tipo de preguntas que yo suelo hacerme a diario. A todas horas.

No sé muy bien a donde iba ese día. ¿Realmente sabe alguno hacia donde se encamina su vida cuando se pone los zapatos cada mañana o solo lo aparenta? No sé muy bien lo que hacía, pero me alejaba de la superficialidad. Siempre lo hago. Me encontraba en una plaza cualquiera desayunando una coca-cola. ¿Qué? Al menos no era una cerveza. Observaba a la gente desde un banco. No tenía nada mejor que hacer. Un ama de casa arrastrando un carro de la compra vacío absorta en sus pensamientos cotidianos. La mujer vestía un vestido de verano con grandes estampados; idéntico a cualquiera que vestiría mi abuela para estar por casa. Una pareja de adolescentes cogida de la mano vistiendo sus vaqueros desgastados y que habían pensado que para qué desperdiciar horas de clase cuando podían ir a casa de ella y echar un buen polvo aprovechando que sus padres estaban en el trabajo. Un hombre joven con sudadera y vaqueros fumando de forma despreocupada y escuchando música clásica en su reproductor mp3. Generación perdida y desencantada de la vida. Un joven ejecutivo que esperaba para cruzar la calle con fuertes remordimientos por engañar a su mujer con su jefe: un hombre diez años mayor que él.

De repente pasó por delante una mujer de aspecto serio. Tez morena, alisado de peluquería de setenta euros, traje azul marino, camisa de seda roja y un bolso importado de algún país asiático que desentonaba del todo con el resto del conjunto. Llevaba un vaso de cartón con café en la mano izquierda. Miró su reloj y sin venir a cuento se echó a llorar. La observé desde la distancia intentando adivinar qué le pasaba. Era jodidamente complicado adivinar algo a través de ese escudo que ella misma había alzado. Sonreí al observarla con detenimiento. No porque me apeteciera regocijarme en sus desgracias, sino porque me recordaba a mi tía Claudia.

Mi madre tenía cuatro hermanos. Dos chicas y dos chicos. Todos menores que ella. Eran una sarta de gilipollas a cual peor.

Mi tío Roberto me llevaba ocho años de diferencia. Cuando nací me cogió unos celos brutales. Yo era tan sólo un jodido renacuajo que no sabía nada acerca de las mierdas y desdichas de la vida cuando me hizo la primera putada. Estaba correteando por el pasillo de mi casa pasando de una habitación a otra. Simplemente jugaba a correr. Mi tío Roberto o “Berto”, como le llamaba todo el mundo, me puso la zancadilla cuando entré en su cuarto. A consecuencia de ello me abrí una brecha enorme en el pómulo izquierdo. A mí me cayeron cuatro puntos de sutura. A mi tío cuatro hostias de mi padre y la prohibición momentánea de acercarse a donde yo estuviera. Su primera orden de alejamiento con tan sólo once años.

Conforme iba creciendo nuestras peleas eran algo habitual. Se llegó a convertir en una tradición familiar que se contaría como anécdota pasado algunos años.

Al final terminó escapándose de casa de sus padres. Más bien huyó del “calor familiar” y se casó con la primera mujer que quiso aguantarle. Se mudó de ciudad e intentó alejarse del resto de familiares que criticaban su forma de vida porque, en realidad, no tragaban con la novia que tenía. Demasiado filosófica para nuestro círculo privado. Hoy en día malvivía como diseñador gráfico en un pueblo perdido del interior del país que ni siquiera tenía nombre, porque hasta sus mismos habitantes lo habían olvidado.

El siguiente por edad, no por línea de sucesión, era mi tía Mar. María del Mar, en realidad. Ella era muy simpática conmigo cuando era niño. En realidad es la única que recuerdo que no me trataba de forma condescendiente. La única a la que no me apeteció pegarle un puñetazo en plena cara por la forma de mirarme. Era la menos agraciada físicamente de los cinco hermanos, con un culo genéticamente incorrecto que se asemejaba más al de una vaca que al de un ser humano. Yo una vez tuve una novia con un culo similar. La primera novia oficial que contaba una pizca más que los meros polvos de adolescente. Pero no nos desviemos que me conozco. Mar se dedicaba a tocarse el coño día sí, día también. Su vida era insípida y no hacía nada por cambiarlo. Hasta vestía de forma triste para subrayarlo de manera subliminal. Con el tiempo consiguió un puesto de profesora de inglés y, mientras soportaba las burlas de sus alumnos de clase, conoció al pobre desgraciado que se iba a convertir en su marido, Luis, un funcionario de poca monta que se pasaba las horas de oficina en la cafetería, en salas de máquinas “tragaperras” o jugando al pinball en su ordenador cuando creía que nadie le veía. Luis y Mar se casaron, fueron felices (es un decir) y… se reconvirtieron en una pareja joven de alcohólicos anónimos a base de litros y litros de cerveza barata. Ni siquiera yo he conseguido superarlos con los años. Acabaron teniendo un hijo. Eso les trajo un atisbo de felicidad en sus vidas y más, muchos más litros de alcohol.

Mi tía era como una hoja caída de un árbol en otoño: iba donde le llevaba el viento. Era una de las personas con menos personalidad que he conocido. Si sus hermanos decían “esto es negro”, ella se limitaba a sumirse en su típico estado catatónico para no alterar el orden establecido por los demás. Era el votante que cualquier político hubiera querido tener en sus filas. La recuerdo siempre fuera de las conversaciones en las reuniones familiares y cuando decía algo siempre era tomada en broma. A nadie le importaba una mierda si no era para mofarse de ella.

Fede era cinco años mayor que Mar; o algo así. Seamos sinceros: él tampoco tenía personalidad, pero creía que sí. Le gustaba autoengañarse y todos le permitían hacerlo. De pequeño siempre iba a todas partes con Claudia, un año mayor que él. Estudiaban juntos, comían juntos… hasta cagaban juntos. Cada vez que tenía un problema corría a Cladia para contárselo y que ella le limpiara el culo. Eso creó una dependencia total por su parte y un efecto manipulador por parte de su hermana que lo tenía completamente sometido.

Fede era una persona estúpida emocionalmente. Bastante superficial y egoísta. Sólo pensaba en sí mismo y eso hizo que se rodease de gente banal. Amistades que se dedicaban a flotar a su alrededor sin llegar a profundizar más allá de la corteza. Meras burbujas, pero en ningún caso verdaderos amigos. Ni siquiera su cáncer de testículo con la consiguiente operación, con extirpación de cojón incluido, le hizo cambiar su forma de ser. Es cierto que en algún momento se sucedió algún pequeño cambio, pero los espejismos también existen y tampoco son tangibles.

Fede era un burdo imitador de Claudia. Llenaba los vacíos de su vida con retales de la vida de su hermana. Por ejemplo, intentaba copiar los lugares donde viajaba ella para poder alardear ante sus conocidos que se había gastado una suma estúpida de dinero en habitaciones de hotel que sólo había usado para dormir. Otro ejemplo claro es que tenía su casa decorada de forma idéntica a la casa de su hermana del alma. Era una simple fotocopia sin tinta.

Por último, estaba nuestra amiga Claudia. Esa tía era la más cabrona de todas. Fama que se labró con los años. A Claudia le gustaba caminar por el mundo sintiéndose el centro del universo. El resto de seres vivos debían girar en derredor suya para que ella estuviera contenta. Si eso no era así caía sin remedio en una depresión fingida para llamar la atención. Se alimentaba de esas sensaciones.

Claudia estudió derecho, se arrepintió a los tres años de empezar la carrera y terminó en una clínica dental como auxiliar. Trabajo nada desdeñable y con un buen sueldo, pero eso a ella no la llenaba lo suficiente. Según ella era aburrido; según yo, no tenía la atención suficiente por parte de los demás en una aséptica clínica donde no podía lucirse como a ella le hubiera gustado. Aprovechó que su marido la dejó por otra mujer mucho más joven y con mejores tetas; las tetas de mi tía eran el orgullo de cualquier anoréxica, para pillar una suculenta suma de dinero por el divorcio y pedir una excedencia en su trabajo. Fue entonces cuando decidió reconvertirse en empresaria de segunda fila y abrir una tienda de ropa de diseño con artículos demasiado caros como para ser adquiridos por personas mundanas. Ella siempre aspiraba a más. Incluso cuando estaba en la cima. Con gusto se habría subido a una escalera para poder estar varios metros por encima del resto. Mirar por encima del hombro era su especialidad.

Su trato con la familia era excelente. Esto era debido a que era la hermana que tenía más dinero y eso provocaba que los demás tuvieran la lengua pegada a su culo y la colmaran de atenciones. La familia siempre estaba atenta cuando ella hablaba, siempre obedecía sus “sugerencias” y nunca la obsequiaban con un no por respuesta. Así era normal que se le subieran los humos a la cabeza. Se convirtió en una semidiosa y mi familia prácticamente en una secta. Jodidos fieles que no saben lo que quieren.

Con el tiempo lo comprendí. Aquella persona: la más manipuladora del mundo, en realidad estaba sola. Era alguien triste y amargada que necesitaba del cariño y atención de los demás para sentirse bien. Sin eso no era nada en absoluto. Lo malo para ella es que no sabía tratar a la gente y pensaba que el dinero lo arreglaba todo. Si te enfadabas con ella sacaba un billete de cincuenta euros para arreglar las cosas. No tenía otro método y la palabra perdón no estaba en su vocabulario. Con el paso de los años perdió fuerza entre sus fieles que sólo le hacían caso por compasión. Por no saber tratar a la gente como personas, lo perdió todo. Una vez más continuó con su vida solitaria.

Yo no tardé en darme cuenta de estas cosas. A los doce o trece años, poco antes de mi jodida adolescencia, me formé mi propia opinión sobre lo que era mi familia y el entorno que me rodeaba. No quería algo así. Traté de distanciarme de ellos como quien recorta la zona podrida de una manzana y se come lo mejor. Y lo hice. Hace años que estoy desintoxicado de ellos. Hace años que extirpé ese tumor.

La espiral hacia el submundo

Una silla plegable junto a la ventana, unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta con manchas de lejía como vestimenta de estar por casa. Sobre el alféizar lo típico: una botella de ron, un vaso con mucho hielo, mi bote de litio y un poco de hierba junto al mechero. En mis manos el tercer porro de la noche. Mi lánguida mirada apuntando hacia la oscuridad de la calle. Rebuscando con un atisbo de esperanza la suave figura de ella. Sintiéndome momentáneamente feliz cuando por fin lograba verla. En sus pequeños recorridos de ida y vuelta sobre el mismo tramo de acera, con sus movimientos estudiados con escrúpulo para captar el mayor número de tarjetas de crédito. Era una profesional y lo hacía de maravilla.

Así pasé varias noches, contemplando el dolor. A mis compañeros de viaje ya los he nombrado y cada vez eran más asiduos de mi compañía. Nada podía pararme, salvo un catársico desmayo. No tomaba coca porque no pretendía seguir despierto autoflagelándome. Me incliné por los porros. Los mezclaba con todo tipo de alcohol. Mi preferido: era el whisky; a veces el ron. Mi medicación estaba fijada por “Herr doktor”. Pero yo me saltaba sus restrictivas reglas estúpidas cuando me apetecía. Si estaba de bajón añadía algún que otro antidepresivo o ansiolítico a la receta. La gama era amplia: esertia, tranxilium, prozac, litio, diazepan y alguna más. Ése era mi mundo. Uno de tantos.

Estoy jodido porque la cagué. Ella había estado ahí. Por primera vez sentí de verdad que por fin tendría oportunidad de que me viese de otra manera, de como soy en realidad; o como creo que puedo ser en realidad para ella. Pero no, tuve que hacer el gilipollas como he hecho siempre en la vida. Llegar y joder las cosas cuando las tenía rozando con la punta de los dedos. Duele, pero te acostumbras. Las experiencias hacen que se te endurezca el alma y llega un momento en el que te hace insensible a muchos aspectos de la vida. Todo era una mierda, pensé. Y volví a dar un buen trago de mi whisky.

 Si te ha gustado, puedes leer aquí mi reseña.

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