Primer capítulo | Natica | Lola Fernández

natica

FICHA TÉCNICA

Título: Natica

Autora: Lola Fernández Estévez

Nº de páginas: 220

Editorial: Editables

 

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SINOPSIS

Natica ha nacido en un momento equivocado.

En Córdoba, en 1926, en unos tiempos en que la Guerra Civil pasa de ser una amenaza a una terrible realidad, en la desesperanza de una familia humilde… alguien convencido de la legitimidad de su libertad y de la pertenencia de su sexualidad no tiene cabida.

Esta es la desgarradora historia de Natica, que se rebela a la inercia de una sociedad donde hombres y mujeres viven anestesiados por la religión y el poder del Régimen.

Un drama histórico basado en hechos reales.


I

El piconero lleva los pantalones viejos atados con una guita, ceñida justa, bajo una camisa ancha, azul, de trabajo, bamboleada por el viento y los esfuerzos. Es 18 de febrero de 1926, hace frío en la sierra cordobesa, quizá más que otros años, y a pesar de ello una mancha de sudor se extiende por el pecho y los sobacos. Se seca la cara con las mangas, libera la cabeza del gorrete que lleva encajado hasta las orejas y lo deja junto al botijo, sobre un trapo donde guarda pan con un arenque. El saquito que le ha tejido su mujer no ha volado con el viento, sigue en la rama columpiándose como si una forma invisible lo ocupara, lo lleva siempre con él, le gusta mirarlo entre respiros porque la ve a ella y le ofrece la prenda buen servicio cuando arrecia el frío.

La madera que ha conseguido amontonar llega ya hasta su altura de hombre menudo, tiene la alzada justa que necesita la tarea. Se aparta unos metros para, con perspectiva, comprobar que la leña está colocada en forma de hongo gigante, bien dispuesta. Corta con el hacha otra pila más pequeña hasta convertirla en astillas, las ramas crujen como si suspiraran, cree el piconero que el bosque acaba de descubrir, de súbito, su suerte. Las adereza con el brío que da la práctica de los años, las engarza al montículo grande ya formado de menor a mayor a modo de apéndice leñoso, que hará de mecha para que, sin esfuerzo, la leña chica contagie de candela a los troncos grandes.

Se introduce coja la camisa en los pantalones, algo molesto por la incómoda oscilación de la tela que interfiere sus movimientos. Da saltos, forra con ramas y barrujo la parte alta del gran montículo de leña, lo cubre de tierra como manda el protocolo de piconero, debe ser precavido y no olvidarse de dejar cuatro agujeros para que respire la hoguera. Busca el aire y a su favor enciende el fuego, que prende rápido, apaciguando el frío, el que está sintiendo en el escaso intervalo de reposo. Las llamas se extienden rápidas a la pila grande, ahora solo toca esperar a que la candela haga su trabajo y vuelva carbón los muñones de árboles muertos. La tierra amontonada encima caerá sobre la fogata, agua sólida para que la lumbre no pase de ahí y no corra riesgo ni él ni la sierra.

—¡Manuel, Manuel, que ya ha nacido!

Es el Tío Papeles el que se acerca, baja gritando por el cerro. Manuel recién se ha sentado sobre un pedrusco frente a la hoguera para, a su calor, comerse el almuerzo. Los gritos del Tío lo distraen en el momento en que está cortando el pan con la navaja, la hoja de acero traspasa la miga y le siega la palma de la mano del pulgar al meñique. Aclara la herida sin prisa, a chorro de botijo, refresca el olor a sardina de los dedos, unas gotas de sangre ennegrecidas caen y pintan las piedras.

El piconero es cuñado y amigo del Tío. Manuel se pone de pie para recibirlo. Una ristra de trapo viejo le ha servido para taponar la herida. El pariente llega tembloroso por la emoción y no se percata del daño que muestra el piconero en la mano y en la expresión de la cara.

 Rafael Benavente es más conocido por el Tío Papeles que por su nombre. —Mote cuyo origen se desconoce—. Es delgado igual que Manuel, pero algo más alto, lo atrae hacia sí y lo aprisiona sin dejarlo respirar, los huesos de Manuel se amanojan entre sus brazos y el pecho, le da la enhorabuena con el aliento ahumando las palabras.

—¿Qué ha sido?

—¡Hembra, Manuel, hembra!

—¿Se encuentra bien mi mujer?

—Sí, la ha atendido la comadrona y tu hermana, todo ha ido muy bien.

—¡Vaya, una hembra! —La mirada de Manuel se la lleva la tierra—. Tendrá ayuda en casa la mujer.

El piconero no parece alterado por la noticia, pasea meticuloso alrededor del fuego. Tiene la cara tiznada y los globos de los ojos lucen tan blancos cuanto le permite el contraste con la carbonilla, aunque ha tomado sus precauciones comprueba el fuego, respetar el perímetro limpio de rastrojos es primordial para que ninguna brizna descalabre de la candela y haga de las suyas en el monte.

Los dos hablan con acento andaluz, dejan de pronunciar algunas letras, pocas, pero el oído intuye el significado a pesar de ser aspiradas, sobre todo las eses finales, por esos rincones cuando se desprenden de los labios sazonan la tierra y no hace falta que suenen para comprender que son plurales.

Se sientan sobre un pedrusco. El biruji obliga al piconero a rescatar el saquito de la rama, el trajín del viento ha adherido a la prenda las brozas de medio bosque, al piconero no le importa porque le hace sentirse del mismo material que el campo. Ofrece el botijo a su pariente; el Tío bebe.

—Pero, hombre, ¿no te alegras? Es preciosa, ha salido «Fernández», piconera, Manuel, la más bonita de todas las mujeres de Córdoba.

Manuel mira a su cuñado pensativo, adivina en el entusiasmo del hombre la falta de hijos, avanza hacia él mientras sus orejas, algo separadas de la cabeza, recortan el resplandor de la lumbre, una desaparece inesperada entre sus dedos para rascarla antes de contestar.

—Me alegro, Rafael, claro que me alegro. —Manuel llama Rafael al Tío Papeles solo en momentos trascendentales—. Es mi hija y un hijo siempre es una alegría; pero no nos engañemos, su trabajo lo trae, además es mujer y si encima dices que ha salido bonita…—El recién padre se lleva la mano a la barbilla—. Eso no son más que problemas, cuñado, problemas…, y una boca más… No me va a quedar otra que recoger el doble de piñones y hacer más picón, lo siento por el burro por que un día de estos quizás lo reviente.

 Manuel no sabe que esa niña solo será la segunda de los nueve hijos que le deparará el destino.

—No te veo hombre con miedo al trabajo, Manuel, mira tú. Si no la quieres, ya sabes, me la das para mí, al fin y al cabo, tú ya tienes un niño.

Manuel sonríe, le da una palmadita en la espalda al cuñado, el Tío dice lo mismo en todos los nacimientos de familiares y amigos.

—No, Rafael, la niña es mía y sin conocerla ya la quiero más que a nada en el mundo, debe de ser esto cosa de la sangre que ata y tira más que las morcillas.

El Tío Papeles asiente, los dos observan cómo se extingue el fuego, hay que darle tiempo al aire de la sierra para que lo enfríe y brote el carbón.

Al atardecer lo introducen en las sacas, el Tío le ayuda, como bien dice Manuel hay una boca más, aunque por ahora solo se alimente de teta de madre.

—¡Mioreja!, prepárate —ordena Manuel al burro.

El animal baja la cabeza, recta, milimétrica, ha aprendido la maniobra a base de vara verde, no es distraído por las dos moscas que entran a beber en uno de sus ojos ni las que le revolotean las partes bajas y tiernas del vientre, es el agua y el calor que necesitan los insectos para sobrevivir al invierno, y le parece a Mioreja que tales bichos son siempre los mismos individuos. Parte de la carga descansa sobre el aparejo, el resto la ha colocado dentro de las alforjas y porque el lomo del burro se acaba, piensa a veces Manuel.

 Las tres figuras caminan sombreadas por tres nubes grises que han untado el cielo de oscuro, aire limpio, luz cansada en la tarde de invierno. Es hora de volver a la ciudad, a Córdoba, a casa. El camino reaviva a Manuel el escozor de la herida y con ella el pensamiento de que ha vuelto a ser padre, tiene ganas de ver a la niña, ¡claro! Estira el trapo que le hace de venda y cubre mejor la herida. ¡Una hija, una hija!, grita para sus adentros.

Natividad Ramírez, la mujer de Manuel, se ha despedido agradecida de María La Morena, también llamada Mariquita y mujer del Tío Papeles, hermana de Manuel. La cual ha ayudado a la comadrona. Las dos cuñadas tienen sus diferencias de caracteres, pero Mariquita no quiere perderse ningún alumbramiento familiar. Le empezó la venia por haber salvado la vida del hijo de otra parienta, al darse cuenta, tras marchar la partera, de que la criatura había dejado de respirar y ya el niño cárdeno, color muerte, le metió los dedos y le sacó de la garganta resto de inmundicia de la madre. Cree que esa habilidad para salvar infantes le viene como recompensa a su estéril matrimonio, pues a punto de alcanzar la cincuentena tiene ya del todo las esperanzas de madre, perdidas.

 Hace dos horas y media que Mariquita se ha marchado de la Rinconada de San Antonio número 5, la calle donde viven Manuel y Nati, debe aprovechar la poca luz que queda de día para llegar a su casa. Se encamina hacia «El Olivar», una finca a medio camino de Cerro Muriano, a tres horas con paso ligero si se va por sendas de bosque. Allí, junto a su marido, se les pasa la vida haciendo de guardas. A la mujer se le enredan los pasos en la falda negra, va abrigada con toca de lana sobre la cabeza y la boca, le viene a la memoria la rencilla que se trae con su cuñada Nati, la desecha del pensamiento para sustituirla por la cara de la recién nacida. Ella ha cumplido, ha dejado a la niña con buen color, al principio la criatura no quería mamar, pero pocos chiquillos se resisten a sus friegas en la planta de los pies. La niña se ha quedado tranquila, limpia y vestida, y la madre bien despabilada y con poca pérdida de sangre. Mariquita ha calculado llegar a la finca antes que el Tío Papeles, ella también tiene deberes que atender, su marido volverá hambriento y cuando se enfada no las gasta buenas, y tampoco hay que provocarlo.

 Nati está de pie ante los fogones, tiene la niña sujeta con el brazo izquierdo, sobre sus senos, el lugar es una cocina comunitaria en la que a cada vecino le corresponde un fogón. La construcción se alza alrededor del patio, contiene un naranjo antiguo, un único retrete también comunitario, el pozo y el pilón para lavar la ropa, allí viven doce familias en las doce habitaciones que conforman la finca: siete en la planta baja y cinco en la azotea.

Mientras Nati cocina, Antoñito, su hijo de dos años, no se desengancha del vestido. Lo llaman Moreno por ser el niño igual de oscuro —pelo, piel y la junta de las uñas— que el tizón, ha salido a la rama del padre. Moreno observa de vez en cuando el vientre deshinchado de Nati, se hace sus cábalas de infante y determina que la panza que tenía la madre desde hace nueve meses era por algo que comió y ya ha soltado.

Nati recibe la primera visita tras parir, es Tallero, el gitano, la gente dice que se entera de manera no humana cuando nace una criatura por la rapidez con que aparece en el lugar del acontecimiento. Su don es predecir el destino de los recién nacidos. Es gitano viejo y vive también en el barrio de las Costanillas, pero unas calles más abajo, en un sitio para gitanos alejado de la Rinconada de San Antonio. La mujer escucha al hombre sin dejar de remover con la cuchara de palo las gachas que cocina, es la cena del marido y no quiere grumos en la papilla, borococos los llama ella. Comer caliente al menos una vez al día, ese es su lema, más para su hombre que ha estado en la sierra y vendrá hambriento y destemplado.

El gitano vive de la voluntad por pronosticar el sino de los recién nacidos de tres kilómetros a la redonda, más lejos no, por la fatiga de andar, pues ya se encuentra viejo. Nati sospecha que tiene sus reglas el gachón, y sin saberlo acierta, porque el gitano nunca menciona si ve o no a la muerte rondando al nacido, o si no va a alcanzar los siete años, circunstancia frecuente en los tiempos que corren.

—¿Qué nombre le pondrá? —pregunta Tallero.

A Nati le alerta el olfato el olor a gachas pegadas en el fondo de la cacerola, quita el recipiente del fuego, con prisa, arrastrándolo con una mano.

—Necesito saber el nombre para mejor pronosticarle el futuro a su hija —insiste Tallero.

Antoñito juguetea alrededor de Nati, detiene de pronto las carrerillas al ver la mueca de dolor en el rostro de la madre. Ha sido un retortijón en el vientre el que la ha obligado a sentarse, un cuajarón de sangre venido de las entrañas calienta el trapo que lleva entre las piernas. El niño le acaricia la mano, la madre sonríe para tranquilizarlo. La recién nacida sigue con los ojos cerrados, la recoloca entre los pechos porque algo le dice que debe protegerla de la negra ropa que viste el gitano de pies a sombrero.

—La llamaré Natica.

En ese momento llega una vecina a los fogones, es Paca la pichón, se dirige con aparente albur a aderezar el fuego contiguo, la llaman la pichón por el buche flácido que le cuelga de la barbilla.  Trae un cazo con la panza agujereada rebosado de castañas viejas para asarlas. Nati sabe que no se le ha ocurrido excusa mejor para estar en la cocina y enterarse de la conversación. Conoce bien a la Paca y sus costumbres, sale a las voces como los caracoles a la lluvia. Y verdad es que Paca viene resuelta a no perderse lo que allí se cuece, ya que le llegan tenues y entrecortadas las palabras hasta su casa y no acaba de comprender del todo las frases; aunque vive en la planta baja.

—Pero, ¡chiquilla! —Paca habla con una mano sujeta a la cintura, sepultada por uno de sus enormes pechos—, ¿qué haces de pie, recién parida? Anda, siéntate, mujer, que ya me hago yo cargo de la olla.

Nati adivina el pago que demandará Paca por el favor: un platito de gachas y enterarse bien enterada de lo que tenía que decir el gitano.

La niña sigue dormida como si todavía no quisiera saber nada del mundo, la madre piensa que hace bien, que aproveche, ya tendrá tiempo para sufrir. El niño Moreno se instala entre las piernas de Nati, se da cuenta de que la nueva hermanita le ha robado algo de su madre.

—Gracias, Paca, estoy esperando a que las gachas se enfríen un poco.

—Huelen de maravilla, hay que ver la corteza de limón y la canela en rama el olorcito que despiden y el saborcito tan rico que le dan —apunta la vecina, relamiéndose.

La hija de la gran puta está haciendo boca, piensa Nati.

—Tú no hagas nada, mujer, que ya te las llevo yo a tu casa.

                  Paca la pichón mueve la cabeza, pretende reñirla cariñosamente, alza las cejas dejando por imposible a Nati. Devuelve el carbón al cesto y esconde las castañas bajo el fogón, a buen recaudo, ahora ya tiene mejor disculpa para quedarse y poder enterarse bien de la conversación, se ha librado de asarlas, con un poco de suerte criarán más gusanos y por el mismo precio tendrá carne y vegetal, además, conlleva riesgo cocinarlas delante de gente porque de triquiñuelas todos sabemos y se empieza por «Qué bien huele» y se acaba teniendo que compartir. Saluda a Tallero, se santigua cuando este no la ve para protegerse de lo oscuro, de lo que no conoce y se escapa a sus entendederas. Intenta estirar la oreja, prolongarla más allá del cuerpo para orientarla como es debido hacia la conversación. Recuerda el dicho de las lenguas del barrio: «Si no se deja al gitano hacer sus predicciones una desgracia grande caerá no solo sobre la familia en la que ha nacido el infante, sino sobre las personas que lo rodean más allá de dos cuadras».

El brujo se quita el sombrero de vuelo de cuervo, lo cuelga en el muñón de una silla, el lance de Antoñito será ahora hacerlo suyo. El gitano, solemne, cubre a la recién nacida con las dos manos, inclina su retorcida espina dorsal y, al hacerlo, Nati huele en su ropa a gente amontonada. Abre los dedos en abanico sobre la cara de la pequeña, sus manos son de color aceituna, entumecidas por las venas y bultos de tendones viejos. El color es por la casta, el resto por los años vividos. Al gitano brujo se le vuelven los ojos, se mira los sesos durante unos minutos, al volverle los discos a las cuencas dicta sentencia con voz ronca. A Paca y a Nati les recorren escalofríos.

—No me gusta…—niega con la cabeza mientras emite ruiditos con la saliva aspirada—. Mal traer y llevar va a tener esta moza.

Nati se recoge con brío, tras la oreja, una onda de pelo recién desprendida.

—¿Qué quiere decir con eso, gitano?

El viejo engurruñe los labios con una mano, se forma una boca de conejo que obliga a salir estrechas a las palabras.

—La niña va a ser muy hermosa, pero rebelde, le va a traer más disgustos que alegrías a su familia.

Parece que hoy sobrevuela con mal agüero, gitano. ¿No será que viene hartito de vino? —dice la madre irritada.

La vecina quiere escuchar los malos augurios desde la primera fila y se sienta junto a Nati. Paca no abre la boca, no mueve un dedo para que no se le escape nada de lo que allí se diga y porque teme al mal fario. Recuerda la predicción que hizo Tallero al hijo de María García Colorado, una vecina de arriba, le sacó al niño que había nacido en cuerpo equivocado y más que hombre iba a ser fémina y apenas cumplió los trece años ya robaba las faldas de los tendederos para vestirse con ellas.

—Yo cuando trabajo soy muy formal y todavía no ha entrado vino en mis entrañas. A estas alturas de mis años, con solo tres vasos me arden las tripas como si me hubiera bebido la botella entera, cosa de los vinos de hoy que ya no son como los de antes.

—Pues acaba de echarme encima un buen nubarrón, señor mío.

—Lo siento de veras, Nati, pero lo que no puedo hacer es engañarla. Yo he cumplido y poco más tengo que decirle.

Tallera estira el cuello y con una tosecilla muestra a Nati la palma de la mano, demanda sus honorarios.

—¿Y no puedo hacer nada para cambiar la suerte de mi niña?

—No se puede luchar contra la propia naturaleza y esta niña ha nacido pájaro libre y ni usted ni nadie podrá hacer carrera de ella.

Lo ha dicho Tallero con la voz muy baja. Paca desespera por las palabras que se le han perdido entre la oreja de Nati y la boca del gitano.

La madre se levanta de la silla procurando no despertar a su pequeña, atraviesa con la mirada los ojos del brujo:

—¿Y para qué sirve, entonces, saber lo que tiene que pasar si no hay remedio?

—A lo mejor para que no te pille desprevenida, mujer de Dios —dice Paca.

—Si le hago caso a este lo único que me ha adelantado son sofocones y tristezas.

—Alguna circunstancia tendrá usted que aprender —habla solemne Tallero.

—¿Qué quiere decir, gitano? —dice Nati colocando bien la cabecita de su niña en el regazo.

—Que todo sufrimiento nos viene para enmendar algo del alma, asuntos que no sabemos descubrir solos por ser muy propios y estar muy adentro —dice Tallero muy quieto, con la mano abierta a la espera del cobro.

—Y digo yo. —Nati junta las cejas—. Si en vez de una gorda le diera dos, ¿cambiaría el futuro de mi hija?

—Sabe Dios la faltita que me hacen las perras, pero mentirle no puedo. Me juego una cosa demasiado grande.

—¿Qué se juega, hombre? No nos deje así —habla Paca.

—Perder mi don y que la luz que llega a las cuencas de mis ojos se apague para siempre y, entonces, me muera de hambre y sed, sobre todo de sed que sin comer se puede estar más días que sin beber, y el vino, como todo el mundo sabe, de tener, tiene su alimento y no puede faltar en la sangre. A mí que me registren. —Levanta las manos—. No he sido yo quien así lo ha dispuesto, sino… —Señala con los índices el cielo—. Ahora bien, ya que me lo pide se lo puedo anunciar con más cariño si cabe, y a lo mejor al ver los de arriba su buena voluntad hacia mi persona, quizás tenga la criatura mejor suerte, sobre todo si me paga dos gordas y añade de propina un platito de gachas.

Nati mira a Tallero, desconfía, pero no quiere riesgos con lo intangible. Dice que sí con gestos al permiso que le pide Paca para servirle gachas al gitano.

—Tome, cómaselas y váyase buen hombre, no ve que esta mujer tiene que descansar, acaba de parir. ¡Ay!, si los hombres pariesen…— Se da un golpe en la frente para decirlo.

El gitano recupera el sombrero de la cabeza de Antoñito, lo mira molesto, después se come las gachas a cucharones. El niño no se conforma y le tira del pantalón, se ha quedado con más ganas de jugar. Sin enterarse madre ni vecina, Tallero sacude la pierna para deshacerse del pequeño como lo haría de un perro chico que se le meara encima. El brujo se marcha con prisas, con las dos perras gordas apretadas en el puño, antes de que el niño se eche a llorar por sus patadas. Una vez en la calle y con el frío, advierte que la calentura producida por las gachas en las tripas si se comparase con la del vino ganan las primeras por tener mayor consistencia, aunque la alegría que ofrece el vino al alma no la da la harina ni ningún otro alimento.

Paca se ofrece al traslado de la cacerola a la casa de Nati, la deposita sobre la mesa.

—En la cama te quiero ver, descansando con tu hija.

Nati no contesta, el brujo la ha dejado preocupada, se arrepiente de haberlo escuchado.

—No le hagas ni pizca de caso a ese gitano de mal vivir, mujer de Dios. Esta preciosidad no te puede dar mala vida, con lo bonita que es ella…, mírala…—Paca agita su buche de pichón sobre la niña para hacerle una carantoña.

—Gracias, Paca, Dios te lo pague. Todavía tengo el olor a zorruno de ese hombre metido en la nariz.

Paca no comenta sobre el olor de Tallero, se da cuenta de que a ella no le ha molestado, se quita de la cabeza que debe de ser porque es semejante al suyo. Erguida y digna se adereza el moño, lo último de este mundo es dejar traslucir el pensamiento y que se sepa cómo es una por dentro.

—No llores, Antoñito —dice Paca para cambiar de tercio—, ven, verás cómo le da teta tu mamá a la hermanita. Bueno, Nati, yo ya me voy que es tarde.

En ese momento entra Manuel por el portón de la finca, ha dejado a Mioreja en la cuadra y al Tío Papeles en El Olivar, a medio camino. Cuando se dispone a entrar en la casa topa con Paca:

—¡Enhorabuena, Manuel!, una niña para comérsela.

—Gracias, vecina, a conocerla voy.

Paca, ya en su vivienda y sin que nadie la oigaa, se dice en voz alta: «Aunque parece que un poco pelleja si te va a salir».  Se percata, entonces, de que se le ha olvidado pedirle el plato de gachas: «¡Maldita sea!, seré tonta, pues sí le han salido baratas mis atenciones».

Nati da de mamar a su pequeña, sentada sobre la cama. Manuel no pierde tiempo en lavarse el tizne, son más las ganas de darle un beso a su mujer y conocer a la nueva hija que la mugre del trabajo. La madre quiere mostrársela, la maniobra obliga a la niña a soltarse del pezón, lo busca afanosa como la única ancla que la sujeta al mundo.

—¡Vaya!, es verdad que es bonita la joíaporculo.

Nati, orgullosa, la destapa un poco más para que su hombre compruebe la buena salud con que han fabricado al retoño y de paso presumir de la calidad de la horma de donde ha salido.

—Es muy hermosa, Manuel, ¿verdad?

Manuel afirma con la cabeza, no puede hablar, acaba de embelesarse con la sonrisa de su niña.

Moreno da pequeños toques en las piernas de Manuel, él también existe. Consigue la atención de su padre que lo coge en brazos y le retira con el pañuelo dos velones de mocos. Pero el piconero vuelve la mirada hacia Natica, mientras el hijo juega a trazarle en el rostro, manchado de carbonilla, un camino de color carne y con el dedo untado de hollín aprovecha a pintarse también la cara como un piconero.

—Manuel, no cojas al niño, hombre, hasta que no te laves.

—¿Has visto, Antoñito?, tienes una hermanita.

Aproxima su cara a la del hijo y señala a la pequeña.

La madre guarda el pecho izquierdo, prepara el otro, esta niña viene con hambre. Observa Manuel con deleite el tiro suave que ejerce la naricita de su hija en el filo de los labios, dibujándole un corazón.

—Ya me ha dicho el Tío Papeles que ha ido bien el parto.

—La verdad es que no me encuentro demasiado mal, un poco cansada. Con Antoñito lo pasé peor. ¿Sabes?, ya ha pasado por aquí Tallero.

—¿Tallero?

—Sí, el brujo.

—¿Qué dice ese gitano?

Nati ayuda a atinar a la pequeña con el otro pezón.

—Pues nada, ¿qué va a decir?, lo he dejado hablar por las supersticiones que tiene una, pero no dice más que tonterías.

—Ese haragán con tal de no trabajar y de sacar unas perras…

Nati piensa en lo que le ha dicho el brujo de su niña, decide no disgustar al marido con malas noticias sin fundamento, al final los hijos son en la fantasía de cada cual como cada uno quiere que sean, luego de mayores ya se ocuparan ellos de sacar los cuernos propios.

Manuel deja a Moreno en el suelo, se arrodilla ante la cama para observar de cerca a su pequeña. Acaba de comprender el afán que tiene la gente por la belleza, porque de pronto le ha desaparecido la fatiga del día.

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Tiempos de sal | Lola Fernández

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FICHA TÉCNICA

Título: Tiempos de sal

Autora: Lola Fernández Estévez

Editorial: Playa de Akaba

Nº de páginas: 410

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SINOPSIS

Tiempos de sal narra la historia de Judith, una chica ecuatoriana que es secuestrada por una mafia de trata de mujeres. El día que intenta escapar de esa esclavitud, se encuentra ante una original mansión y una enigmática mujer, Isabel. Judith, en un primer momento, finge ser la asistenta que esperaba. Una noche, descubre una serie de extrañas escenas que la pondrán sobre la pista del gran secreto que envuelve a esa misteriosa mujer. Una intriga subyugante y sutil que nos habla de la esclavitud ejercida sobre las mujeres y de cómo la lucha y la esperanza son los únicos caminos a seguir. Qué cuenta Un sendero de claveles…. Jimena es una mujer madura que lleva una vida feliz e independiente, rodeada de sus hijos y nietos. Pero un día su existencia se ve truncada por el terrible mal de Alzheimer, lo que le hace tomar una serie de decisiones tan necesarias como difíciles.

CAPÍTULO 1

Contemplar el Atlántico desde la ventanilla del avión me hizo tomar consciencia de que empezaba una nueva vida. Esa uniformidad azulada me reclamaba proyectos. Volaba desde Guayaquil a Barcelona con el billete pagado por la agencia de trabajo ecuatoriana, que acababa de contratarme para trabajar en una multinacional de ropa deportiva. Al parecer dicha empresa buscaba operarios extranjeros para ahorrarse los altos sueldos nacionales.

En un primer momento compartiría con otras chicas un piso proporcionado por la misma agencia, se generaba así un paquete de deuda compuesto por los gastos del viaje, el hospedaje, más la comisión por encontrarme el empleo. El total ascendía a cuatro mil euros que debía pagar en un año. No me importaba trabajar durante un tiempo, únicamente, para devolver el dinero, después ya buscaría mi propio apartamento y por fin sería libre.

Mi entusiasmo era tan fuerte como el Boeing 777 con el que desbarataba las nubes camino a mi destino. Nada hacía suponer, a tan buenas perspectivas, que en cuanto tomara tierra iba a ser secuestrada por una mafia de trata de mujeres.

 —

Treinta días más tarde.

Aquel cliente empujaba de manera salvaje mi cabeza de títere contra su bragueta, podía ver empañarse los cristales del coche y forzada a seguir el ritmo de la música que sonaba en el CD-ROM: I Just can’t help believing. «Un: así, puta, así, así…» acompañaba al estribillo de la canción de Elvis Presley.

El sujeto, ya desahogado y como impactado por una lucidez divina, pareció tomar conciencia de repente de que estaba en la cuneta de una autovía y cualquiera podría reconocerlo aparcado en ese lugar. Me empujó fuera del coche sin otra despedida que el de «drogadicta asquerosa» y un estridente derrape de ruedas, que incrustó de piedrecillas mi cara y mis ojos. Llegué a tumbos hasta un pino del pequeño descampado porque además de no ver, creí que iba a desmayarme. Vomité la rabia que me daba tener las venas sucias de la heroína que me anulaba.

Ese fue mi último cliente y el principio del fin de una pesadilla, visto con la perspectiva de un año hay momentos en que parece, incluso, no corresponderme. Todavía deambulan sombras por mi memoria que me impiden dormir y dejar de mirar hacia atrás. A pesar de todo, cuando se debilite mi confianza en la vida, quizá me ayude a comprender las extrañas razones y vericuetos de las que se sirve el azar para cumplir su cometido.

Aquella noche, Judith Herrera, yo, di por finalizada una vida que no había elegido y me habían impuesto. Todo el terrorífico mes vivido hasta ese momento pasó a formar parte de una experiencia difícil de asimilar. Lo único importante era sobrevivir, ser puta y estar drogada día y noche era un mal menor ante los peligros que me acechaban.

En el grupo yo era de las de más edad, mis veintitrés años casi parecían demasiados para las pretensiones de los delincuentes que nos retenían. Tenía como compañeras de destino a cuatro ecuatorianas, tres cubanas, cinco de los países del Este y dos españolas. El mejor cebo de esa red de traficantes de mujeres era la promesa de conseguirnos un permiso de residencia, y la falsa esperanza de dejarnos marchar si pagábamos la deuda que habíamos generado; pero la realidad era que nos retenían indefinidamente bajo amenazas de muerte. La diferencia de las dos españolas con nosotras, las extranjeras, era que ellas habían sido captadas a través de la droga. Había camellos encargados de informar a la mafia sobre jovencitas de buen aspecto, muchachas sin hogar que no podían pagarse la adicción.

Recuerdo el caso de una compañera que no regresó a dormir. Madrugada tras madrugada, la cama vacía nos recordaba que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una desgracia mayor tenía más fuerza para borrarla de nuestra memoria que el transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes, destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio partido, dejaban pocas dudas sobre a qué menesteres había sido sometida. Sin embargo, a pesar de sus diecisiete años y el aspecto de niña delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja. Desde esa noche, la niña frágil se ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar por el silencio, igual al que se produce ante las catástrofes, que llenó la habitación.

No tener a nadie que me esperara, que pudieran hacer daño o extorsionar excepto a mi propia persona, era el mejor acicate pa- ra un día intentar huir. Esa palabra machacaba mis pensamientos: huir, huir… Si algo tenía claro a corto plazo era pasar desapercibida y fingir colaboración con los proxenetas como estrategia y salvoconducto para seguir viva.

El protocolo de llegada a la prisión se dividía en dos partes: la primera doblegar la mente, seguida irremediablemente por el cuerpo. En la habitación donde me alojaron no había ventanas, las camas estaban distribuidas en literas tipo cuartel militar. El terror, las vejaciones y los pinchazos de heroína las veinticuatro horas del día se sucedían hasta conseguir anularnos la voluntad. Siempre vi a tres secuestradores, en realidad nunca supe de cuántos delincuentes se componía la totalidad de la banda. A veces dejaban la puerta entreabierta de la habitación y los veía jugar a las cartas en la sala contigua.

Excepto al gordo caribeño, a los otros dos, uno muy moreno y otro de un blanco extremo, les gustaba pasear por los pasillos de literas para elegir a dos de nosotras al azar. Nunca me atrevía a mirarlos a la cara con la falsa esperanza de no propiciar la elección. Y eso era: una falsa esperanza, porque cerrar los ojos no me salvo de nada, aquella noche me tocó a mí. Me sacaron de la cama a rastras, agarrada por el pelo. María, la otra chica que iba a compartir mi suerte, tropezó con mis piernas al caer de la litera de arriba. La cubana, una vez en el suelo, empezó a sacar espuma por la boca y a tener convulsiones en brazos, piernas y cabeza. El chulo blanco crudo de aspecto nazi que la había tirado la levantó y la aplastó contra las camas con expresión de asco.

—¡Estás podrida, maldita! —dijo con un español torpe. Con gestos violentos eligió a la más cercana, fue el brazo de Sara el que atrapó y arrastró hacia la otra habitación. Los valientes insultos que profería la nueva víctima al agresor me hacían sufrir porque sabía que solo iban a servir para aumentar la violencia y ferocidad del nazi.

En aquel instante pensé que nunca podría olvidar la cara del sujeto abalanzado sobre mí, ni la repugnancia que su asquerosa piel y aliento me producían. Sin embargo, la memoria ahora me imposibilita describirlo y solo queda el recuerdo de una sombra picada de viruela. La ausente mirada de Sara desde la cama de al lado me enseñó que había que evadirse rápido del cuerpo martirizado, a pesar de que la sabandija que tenía encima había atado una cuerda a mi cuello y tiraba de ella cada vez que me embestía.

Oí gritar al nazi sobre el cuerpo de mi compañera de suplicio. —¡Toma!, ¡toma!, esto para que te vayas acostumbrando. Desde la cama, con la cabeza colgando, veía boca abajo al gordo caribeño que sonreía baboso el trabajo de sus compañeros, mientras volcaba con tino de ebrio una botella de coñac en un vaso.

Simulé obediencia, con ello evité algunas palizas y más abusos privados. Me llevaron a un club nocturno donde me obligaban a trabajar hasta el amanecer, pero al menos logré que disminuyera la dosis de heroína; aunque siempre sospeché que más bien era pa- ra disimular ante los clientes no estar drogada. Sus razones daban igual, al menos yo me encontraba con mejor estado de conciencia.

La siguiente recompensa a mi colaboración era disfrutar del aire libre. Me trasladaron a una zona concreta de una autovía, donde supongo que las distintas mafias negociaban sus territorios porque veía a mujeres que no eran de mi grupo. Mi horario, como el de todas, era desde las doce de la mañana hasta las tres del mediodía y después de comer hasta las doce de la noche, a partir de esa hora seguía hasta las cuatro de la madrugada en los clubes. La mierda metida en las venas y sus aterradoras amenazas eran consideradas como suficientes perros guardianes para custodiarme bajo el cielo abierto. La droga empezaba a parecerme la única ayuda que permitía soportar lo que estaba viviendo.

Pero aquella noche, en el descampado de la autovía, tras la vomitera, el aire fresco del mes de octubre y algo inexplicable me insufló fuerzas para acariciar la posibilidad de escapar. Lo sentía por Sara, los proxenetas habían descubierto nuestro afecto y a falta de otros familiares a los que dirigir sus amenazas para coaccionarme, Sara, según ellos, sería la que pagaría las consecuencias.

Los faros de los coches descubrían a rachas mi minifalda de charol blanco y las botas del mismo color. Supuse que mis piernas morenas y el suéter negro debían verse desde la perspectiva de los conductores, invisibles. No era difícil imaginar la visión espectral de las dos prendas caminando solas por la cuneta. Me encontraba en la autovía de Barcelona dirección Vic: dos pistas de asfalto persiguiendo en su recorrido los inicios del parque natural del Montseny, una zona montañosa plagada de bosques a tan solo cuarenta kilómetros de Barcelona. Cuando mi último cliente marchó eran las doce menos cinco de la noche. La furgoneta que debía recogerme a mí y al resto de las chicas esparcidas por la autovía para llevarnos a los locales de alterne, estaba a punto de llegar.

La noche y mis ojos parecíamos conformes con la luz de aquella luna mordida. En el valle, los pequeños pueblos apiñados punteaban de luces el horizonte. Soplos del incipiente otoño se empeñaban en envolverme con revoltijos de hojas secas, imaginaba en ese baile de crujidos todos los murmullos de libertad. Durante unos segundos dudé que el aglomerado de chicle en el que se habían convertido mis músculos y tendones respondiera bien a una emergencia.

De repente, entre la catarata de faros que fluía por la carretera, vi parpadear el intermitente de la furgoneta. En ese instante alguna fuerza maligna clavó mis tacones en la tierra. El vehículo detenido frente a mí abría sus puertas. La luz interior iluminaba las caras de mis compañeras, algunas, somnolientas, apoyaban sus cabezas mal sostenidas en los vidrios de las ventanas. Sara, con los párpados a medio cerrar, estampaba en el cristal una ventosa con sus labios, desde fuera me pareció la molleja enroscada de un enorme caracol rojo. La voz del conductor, el gordo caribeño, resonaba distorsionada en mis oídos:

—¿A qué esperas , ya tú sabes, zorra? ¿O tendré que bajar a buscarla?

Mi cerebro huía a toda velocidad con el revoltijo de hojas que me había envuelto hacía un rato, sobrevolaba el bosque, los campos, las montañas…, pero mi cuerpo no respondía a ningún impulso. Me apagaba y encendía a ritmo del intermitente, la luz amarilla alumbraba mi ombligo y se colaba por el corto margen del suéter. La paciencia del individuo se acababa. Escuché el rasgueo del freno de mano. El gordo bajaba a por mí. Por fin, me vi llevada por el movimiento descoordinado de mis piernas y brazos mientras miraba hacia atrás enajenada, perseguida por el depredador. No vi las zarzas, ni la maleza, fui engullida por el amasijo de vegetación negra del bosque.

Al fin, mi abuela, hubiera reconocido a su nieta Judith como una Herrera. Hasta su muerte, hacía solo tres meses, ella había sido mi única familia. Regresé con ella cuando mis padres murieron en un incendio. Aunque nací en Ecuador pasé toda mi infancia en España, en Castillazuelo un pueblecito de Huesca, adonde papá, cuando yo tenía solo unos meses, decidió emigrar y donde me eduqué y viví hasta los catorce años. Al desaparecer ellos, y ser menor de edad, fui devuelta a mi país a cargo de la abuela.

La abuela Aquilina aminoró la desgracia de haber perdido a mis padres, fue ella, no la universidad, quien se encargó de formarme para la vida. Y sobre todo de inculcarme durante la adolescencia el deber ancestral que tenía nuestro apellido.

Además del genio compartíamos los ojos y el pelo de india Topachi. De boca en boca, de padres a hijos, contaban la valentía y resistencia de hierro de nuestra estirpe. A pesar de pertenecer a una familia de pocos recursos económicos, éramos toda una institución entre la gente. Uno de nuestros antepasados salvó al poblado de morir arrasado por las lluvias, y a través del tiempo la historia se magnificó tanto que no se supo bien si realmente salvó a una persona, a dos familias, o a toda la aldea. Las restantes historias sobre descendientes, quizás más obligados por el peso de la tradición que por dones naturales, también estuvieron involucradas en salvamentos heroicos. Por eso la abuela, siempre, al anunciarse como seño- ra de Herrera, apostillaba con urgencia que ese apellido nada tenía que ver con la profesión de herrero, sino con la fortaleza del hie- rro. Aunque con el crecimiento tuve la certeza de que el significado etimológico del nombre venía más de un ascendiente español con dicha profesión, que de cualquier otro atributo. No sería yo quien sacara a la abuela de esa aureola de sobriedad en la que le gustaba envolverse.

Me convenció de que había que preparar el futuro y tuve todo su apoyo cuando decidí estudiar medicina. Le prometí que volvería a España cuando ella muriera. Decía que en un lugar como Ecuador donde la miseria era tan natural como los sobornados políticos, no tendría nunca futuro. La abuela trabajaba en las plantaciones de bananos desde el amanecer hasta que se iba la luz. Por las noches bordaba ropa para tener más ingresos y poder criarme, siempre le persiguió la inquietud de tener muchos años y poco tiempo para velar por su nieta. Cuando murió me dejó un medallón turquesa, recuerdo de la familia, que siempre me acompaña. Pensé que daba igual el país donde me encontrara porque ya sabía lo que era sentirse sola en este mundo. Por entonces fue cuando acepté la oferta de la agencia para trabajar en España.

La noche de mi huída cualquier chasquido del bosque era interpretado en defensa propia. El gordo caribeño no había conseguido atraparme, le supuse ahogado en su propio sebo. Caminé duran- te dos horas por sendas corta fuegos, entre montañas. Los ojos me escocían, mis pies se llagaron, ya no podía más y me rendí ante un llano donde alguien guardaba aparejos de campo, también había un tractor y los restos de un coche abandonado que me parecieron un hogar. No hice caso del perro que ladraba a lo lejos, ni siquiera me planteé en ese momento si en el lado del conductor había muerto alguien, a juzgar por el espachurramiento de chatarra del asiento. Mi estatura menuda permitió acomodarme sin esfuerzos en la parte trasera, mientras en el exterior, la humedad de la noche se pegaba a los pocos cristales que quedaban en las ventanillas. Al principio no quité ojo a las esperpénticas sombras proyectadas por el arado y el tractor, pero el cielo distrajo mis angustias porque nunca había contemplado un espectáculo igual: la bóveda celeste arqueaba los luceros, e interpreté, más sosegada, con los párpados del todo abatidos, que aquel galimatías de estrellas era mi primer regalo de libertad.

—-

Antes que la luz de la mañana, me despertó un temblor con latigazos: la sangre rememoraba a la heroína. El síndrome de abstinencia me provocó sudoraciones, ansiedad, taquicardias… Intenté respirar profundamente para controlar el acelerón. Un pañuelo de papel sirvió para limpiarme las botas y la falda de charol de los azotes de la hierba, tenía los brazos y las piernas llenos de garabatos de sangre coagulada por los arañazos de las zarzas. Al menos era consciente de que retornaba a mi cuerpo y a sus sensaciones, aunque fueran malas, porque tenía hambre, frío y rugía en mi cabeza una manada de elefantes; pero era libre y en aquel momento solo debía escoger bien unos de los caminos que tenía delante de mí, rogué al destino que fuera el menos malo y comencé a caminar por el que estaba asfaltado.

Las verrugas verdosas, peludas, de las montañas del Montseny ondulaban el paisaje con gibas de arboledas. Desde mi perspectiva, en la pequeña carretera que ascendía, la autovía se había convertido en una fina, ronca y tortuosa lombriz. Recordé, supongo inspirada en la soledad del paisaje y sin dejar de mirar hacia atrás, a otra de las chicas desaparecida. Supimos que había pedido ayuda a un cliente del club para escapar. Dos días después oímos decir, en la barra, a uno de los camareros, que el fulano había tenido un accidente mortal con el coche, de ella no supimos nunca nada más. Volví a pensar en Sara, le pedí perdón y recé para que no le hicieran daño.

El asfalto de la carretera terminaba delante de una cadena oxidada donde se columpiaba, entre chirridos, un cartel de prohibido el paso en mal estado. La falta de otras expectativas hizo que la saltara sin pensarlo dos veces. El camino privado era un cauce de chinas apuntalado en sus bordes por cipreses gigantes. Los árboles parecían suplir la labor de una hilera de lacayos que señalaban el camino a la casa, al visitante. Anduve sin levantar la cabeza del suelo para no resbalar con la gravilla, al terminar de girar una curva encontré de pronto, rayada por las rejas negras de una verja, una mansión que tenía forma de castillo.

Era la primera vez que veía un edificio así. Ajenos a la natural fragilidad del entorno se alzaban tres torreones magnánimos, coronados con almenas y ventanales de cristales emplomados de colores, al más alto, el que se encontraba en medio, le calculé unos veinte metros de altura. Empujé con esfuerzo la cancela de hierro que la hiedra había hecho suya. Al otro lado, un jardín tapizado de hojas caídas, color ocre, se extendía ante mis pies. Bajo la hojarasca, entre pequeños claros, aparecía un estrecho camino de piedras en forma de «Y» que llevaba hacia la casa.

Los árboles centenarios, tan majestuosos como la vivienda que guardaban, delimitaban de forma natural ambos lados de la parcela. A la izquierda, a medio camino antes de llegar a la entrada, descubrí entre las hojas la punta del ala de un angelito de bronce, levitaba sobre la estructura de una fuente en forma de trébol. A los pocos metros, empecé a distinguir los barrotes y cristales de una puerta arqueada parecida a las de las iglesias. Entre las volutas doradas de la estructura, pude diferenciar una figura tenebrosa que manipulaba desde el interior la cerradura. Una señora vestida de negro abría la puerta entre un gruñido de goznes, tras ella el perfil de una chimenea de piedra, ante ella, yo, exhausta, dispuesta a pedir ayuda; pero no hizo falta que abriera la boca, ni siquiera de emitir el balbuceo que seguro me hubiera salido en ese momento porque recibí una orden inmediata:

—Pasa —obedecí disimulando mi contrariedad y agradecí a la providencia no tener que dar explicaciones—. Llegas quince minutos tarde. Sígueme.

Sus rasgos eran finos, de nariz pequeña y labios armónicos, sin embargo, todo en ella aparecía estirado, actitud, figura y voz revestían tal severidad que contagiaba. Erguí todas las vértebras que pude para no desentonar con su sombra.

Ahora, un otoño más tarde, me doy cuenta de la docena de abrigos bajo los que oculta el ser humano lo mejor que tiene. Debido, quizás, a la fragilidad de nuestra materia interna las capas deben ser gruesas y los muros altos.

Caminé tras ella, ansiosa por saber qué esperaba de mí. Su cintura estrecha distraía sobre el cálculo de su edad. Llevaba el pelo recogido en un moño color chocolate. Me atreví a aventurarla no más de cincuenta benevolentes años, confirmé la consistencia y protección de las paredes de aquella casa para que la vejez no la hubiera descubierto todavía.

Sus pasos y los míos crujían los escalones de madera. Atravesamos interminables salas y un sorprendente invernadero interior repleto de helechos, que daba a lo que sería mi habitación. Sobre la cama un uniforme azul claro de sirvienta reposaba coqueto como asistido en la pose por un fantasma plano.

—Tienes treinta minutos para cambiarte y bajar al salón.

Mi segunda preocupación, después de la ducha, era saber si iba a ser capaz de encontrar el camino de regreso al salón.

La magia de ser Sofía | Primeros capítulos

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FICHA TÉCNICA

Título: La magia de ser Sofía

Autor: Elísabet Benavent

Editorial: Suma de letras

Nº de páginas: 528

Mi puntuación: 📕📗📘📙📔/5 🎉

 

LEER RESEÑA

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CAPÍTULO 1 (Héctor)

La vuelta

Mamá salió corriendo de casa dejando tras de sí un montón de puertas abiertas y un reguero de grititos de alegría que alertaron a los demás de que ya estaba allí. No había duda… era ese tipo de alegría que solo derrochas con la vuelta de un hijo.

Dejé la bolsa de viaje y la maleta a un lado y abrí los brazos. Mamá parecía más pequeña que nunca cuando la estreché. En mis recuerdos infantiles era una mujerona pero fue empequeñeciendo a medida que yo crecía. O quizá solo es que cambió mi punto de vista.

Al separarse de mi pecho se concentró en mirarme de arriba abajo, como en un examen médico.

—Estás más gordo —musitó—. Así mejor.

—¡¿Estás más gordo?! ¡Por fin voy a dejar de ser el hermano feo!

Mi hermano Sebas salió riéndose, con su voluminosa panza poniendo a prueba la elasticidad de su jersey y se abalanzó sobre mí para abrazarme, darme un puñetazo, levantarme del suelo e insultarme una, dos, tres veces… Todo a la vez.

—¿Gordo, mamá? Si él está gordo yo estoy listo para la matanza.

—No me tientes, Sebas, no me tientes —lo amenazó.

Mi padre había sido el tío más guapo de su quinta, nos había dicho muchas veces mi madre, pero con el tiempo se convirtió en el tío más grande de su quinta. Mi madre, una mujerona de armas tomar. Mi hermano y yo teníamos dentro más genes tendentes al sobrepeso que el resto de la población española; la diferencia entre nosotros radicaba en que él se había dejado llevar por la naturaleza y yo me resistía, cuidándome para en el futuro ser un fofisano de los que de pronto gustaban a las chicas. Cuando se lo comentaba a Lucía esta solía fruncir el ceño.

—A mí me gusta el Gerard Butler de 300, no un Gerard Butler de 300 kilos.

Yo me reía… pero me reía mientras cenaba brócoli hervido y un melocotón, como ella. No había tenido abdominales en mi vida, pero era consciente de que tenía un cuerpo…, uhm…, ¿cómo decirlo? Masculino. Fibroso. ¿Fornido? Bueno. Soy alto, siempre he tenido un pectoral definido y unos brazos firmes. A ella le gusté siempre, cuando era un adolescente desgarbado y cuando me transformé en un hombre robusto. Nos cuidábamos más por ella que por mí, pero ahora que estaba en Cáceres… a tomar por el culo la dieta.

—¿En serio estoy más gordo? —me miré—. Pues me pienso poner tibio a queso y perrunillas.

—Estás mejor ahora, te habías quedado asqueroso.

—Amor de madre —sentencié con un suspiro mientras miraba a mi hermano.

Mi madre había comprado una torta del casar y la casa me recibió oliendo… a muerto, porque seamos sinceros, está buenísima pero huele a algo en descomposición. Mi hermano no perdió tiempo y se coló en la cocina para meterle mano, armado con churruscos de pan; yo tenía la intención de hacer lo mismo pero acababa de llegar y… saludar mientras masticaba pan con queso… como que no.

Mis sobrinos fueron pasando en rueda de reconocimiento por mis brazos. El mayor, Eduardo, estaba irreconocible… bigotillo de adolescente incluido.

—¡Sebas! —le grité a su padre—. ¡Dale una cuchilla a este crío, por el amor de Dios, que tiene más bigote que mamá!

Me gané una colleja con la mano abierta, bien merecida, lo admito. La familia de mi madre siempre fue tendente al vello facial…

Sonia, otra de mis sobrinas, también había crecido mucho, pero para convertirse en una princesita tímida a la que le daba corte acercarse a darme un beso.

—¿No te acuerdas de tu tío?

—Sí —dijo con la boquita pequeña—. Pero me da vergüenza.

Claro que se acordaba de mí. Teníamos una especie de adoración mutua, como si ella fuera la niña de mis ojos y yo su primer amor platónico. La cogí en volandas y la cubrí de besos.

—Te traje una muñeca de esas que te gustan pero no se lo digas a tu hermana, que a ella le traje chocolate.

La vergüenza se le pasó después de cuatro arrumacos.

Los pequeños mareaban a mi padre en el patio interior. Papá había sido fiero… de esos padres a los que te da un miedo atroz enfrentarte al llegar con un suspenso en las notas. Pero…, azares del destino, se había convertido en un abuelo huevón que se dejaba hacer chichinas por sus nietos. En aquel momento tenía a Estefanía, la pequeña, agarrada de una pierna y a su hermano Guillermo, en la otra. Hacía un frío de narices, pero allí estaban ellos, jugando al raso.

—¡Corre, yayo, corre!

—Eso, corre, yayo —repetí.

Los enanos corrieron en busca de la cantidad ingente de chocolate que solía traer cuando venía de visita y mi padre me preguntó si en Suiza no vendían maquinillas de afeitar, porque nunca le han gustado las barbas.

—Claro que sí. Tendrías que ver lo suavitas que tengo las pelotas.

Me libré de otra colleja porque fui rápido.

Después de que mi madre estudiara el equipaje para hacerse con los suvenires (queso y chocolate pagados a precio de oro, como todo en Ginebra), nos sentamos en la mesa de la cocina.

—¿La niña no ha venido? —preguntó mi madre de soslayo.

La niña…, muchos pensarán que era un sobrenombre cariñoso y bueno, en cierta medida es verdad pero… escondía muchas connotaciones detrás de sus seis letras. Sé que todos la querían, pero acepto que siempre tuvo un carácter un poco especial, muy celosa de mi tiempo y de mis atenciones, que solía dejarla en evidencia delante de mi familia.

—No, mamá. Esta vez he venido solo —le aclaré—. Ya te lo dije por teléfono.

—Me dijiste que te quedabas solo, pero pensé que ella vendría contigo para saludar a la familia.

—Tiene mucho trabajo.

—Su madre está que trina. Pero no te preocupes que ya le he dejado bien claro que no es culpa tuya, que tiene una hija más despegá que despegá.

Hice una mueca que provocó carcajadas en mis sobrinos.

—La yaya es una brujilla…

—¡La yaya es bruja!

Los pequeños entonaron a coro que mi madre era una bruja y yo me gané una mirada que prometía otra colleja para luego.

—Entonces… —empezó a decir con la boca llena mi hermano—, ¿te quedas en el pueblo unos meses?

—No, qué va. Me voy a Madrid a casa de Estela. Aquí Lucía no encontraría trabajo de lo suyo.

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

—Hombre…, digo yo que después de tantos años algo tiene que ver, ¿no?

Mi hermano se encogió de hombros a la vez que acercaba el pan que mi madre había colocado en el lado opuesto de la mesa. «La niña» no era santo de su devoción, supongo.

—Entonces, ¿cuál es tu plan? —me preguntó.

—El plan es: yo me instalo en Madrid temporalmente y compruebo si va saliendo trabajo de lo mío mientras mantengo los clientes de allí. Si en seis meses veo que la cosa marcha, ella se viene. Tiene la posibilidad de pedir un traslado o… incluso de cambiar a una empresa española.

—Pues muy bien —sentenció mi padre, aunque sonó a posmubié.

—¿Y… por qué ahora? No es que no esté encantada de teneros más cerca. Seguro que tu suegra también tiene ganas pero… después de diez años viviendo fuera, con el dinero que gana ella y yéndote bien las cosas…

Miré a mi madre, que me lanzaba una mirada ladina y chasqueé la lengua.

—Vivir tantos años lejos es duro.

—¿Duro? —se burló mi hermano—. Dura es la cara que tienes tú.

—Hemos… —carraspeé—. Hemos pasado una época… mala. Bastante mala. Y una vez superada lo más lógico es buscar otro tipo de estabilidad. Además, Lucía tiene treinta y cuatro años. Si quiere ser madre… es el momento. Y allí el ritmo de vida que llevamos no admite críos.

—Ah. Y venís a casaros aquí —dio por hecho mi madre.

—No, mamá. Venimos a vivir aquí. No vamos a casarnos.

La discusión que vino después fue la de siempre: yo defendía que no teníamos necesidad de casarnos, que una década de convivencia valía más que un papel firmado y mi madre que éramos dos dejaos que se resistían a pasar por el aro «como todos». No sé a qué todos se refería. Obviando este «intercambio de opiniones», nadie hizo demasiados comentarios respecto a la paternidad que nos planteábamos en breve y quizá por culpa de ese silencio la sensación de inquietud que me acompañaba desde que abandoné Ginebra no se me pasó. Había estado todo el vuelo y el posterior viaje hasta el pueblo con un nudo en el estómago porque temía la reacción de mi familia al conocer la noticia. Que Lucía no le caía bien a mi madre (al menos no del todo) no era ningún secreto, pero siempre creímos que ninguna chica podría gustarle. ¿Era eso todo? ¿Que mi novia de toda la vida creara pelusilla en mamá y temiera su reacción? No, claro que no. Eran todas las cosas que habíamos vivido como pareja en el último año lo que me tenían nervioso, no la reacción de mi familia. Casi hubiera preferido que pusieran el grito en el cielo para que alguien diera voz a mi ansiedad y yo pudiera mostrarla sin tapujos. Poder decir: «No lo tengo claro, pero me encuentro entre la espada y la pared porque es esto o nada».

Así lo planteó Lucía y aunque no estuve de acuerdo en los términos… no pude más que aceptar si quería que se solucionara. Durante un tiempo casi me reconfortó ser consciente de la descomposición de lo nuestro porque al menos entendía el porqué de la rabia que de pronto nos teníamos, el desdén y la frialdad con la que nos castigábamos si el otro no hacía lo que uno quería. Nos íbamos a la mierda pero tuvimos que solucionarlo porque Héctor y Lucía no podían ir por libre… eran Héctor y Lucía. Así que lo arreglamos. Con esfuerzo. Porque no había más respuesta que un sí en ese referéndum.

Donde yo esperaba incomprensión, encontré silencio. «Mamá, papá, Sebas… Lucía y yo hemos decidido, tras superar esta crisis, que vamos a tener un hijo». Tenía treinta y cuatro años, un trabajo más o menos estable, una relación de dieciocho años con mi chica… Ser padre no tendría que venirme grande pero entonces… ¿por qué no había desaparecido ese nudo? Me dije a mí mismo que era el vértigo, la sensación de encontrar tan extraño lo que había sido tan conocido. Los cambios siempre daban miedo. Había vuelto a España después de diez años viviendo, se podría decir que bien, en Ginebra. Siendo completamente sincero, mudarme a Suiza tampoco me hizo especial ilusión, pero Lucía me convenció de que el futuro que nos esperaba era mucho más prometedor allí. «Si nos quedamos», me decía, «terminaré trabajando en una gestoría, como mi padre y tú dando clases de pintura a un montón de jubilados». Qué graciosa la tía, ella en una oficina y yo enseñando a pintar flores en jarrones chungos.

—Si nos vamos, yo podré trabajar en banca de inversión y tú especializarte en lo que quieras… como en diseño gráfico.

El diseño gráfico no es que me encantara pero parecía tener futuro y los ordenadores se me daban bien, así que… bueno, no sé si ella hubiera acertado en sus predicciones si nos hubiéramos quedado en España, pero sí sé que estuvo en lo cierto en cuanto a Ginebra. Ella ganaba dinero a espuertas y yo… encontré mi camino después de perderme un par de veces. Tuve que aprender francés, relacionarme con un montón de gente que me caía regulín y hacer de Lucía mi mundo entero. Tampoco me sacrifiqué…, no tenía otro plan que me pareciera prioritario. Así que si conseguí sentir que Suiza era de alguna manera mi casa, podía volver a España, plantar los cojones encima del teclado del ordenador y empezar de nuevo pero esta vez en nuestro hogar.

«Estoy asustado por el cambio», me dije. «No tiene nada que ver con el tema de tener hijos», me repetí a pesar de que siempre pensé que no los tendríamos. Pero nos queríamos. Era… algo normal.

Un ratito antes de cenar, Sebas y yo nos tomamos una cerveza delante de la chimenea que mamá había encendido en mi honor. Los niños no dejaban de atosigarnos, cruzando la habitación corriendo, gritando los típicos «mírame, papá» y «mira lo que hago». Yo estaba encantado, pero él parecía estar a punto de alcanzar el estado opuesto al Nirvana.

—Ve y dile a mamá que vea lo que haces, que es una maravilla —le decía por turnos a sus hijos.

—Mamá me ha dicho que venga a enseñártelo a ti. Mira, papá. Pero ¡mírame! Que no me ves. Mira lo que hago.

—Míralo, Sebas, por favor, míralo —me burlaba bajo mano.

—Ya verás, ya. Estás a punto de saber lo que es ser padre. Y entonces hablaremos —suspiró.

Cuando los niños salieron en tropel hacia la cocina en busca de algo para picar, se volvió hacia mí y con aire serio y un hilo de voz añadió:

—No te líes, Héctor, no te líes. Ser tío es una cosa. Ser padre es otra… Piénsatelo bien.

—¿Qué dices? —le pregunté con una mezcla de miedo y alivio.

—Todo cambia. La cama, la casa, las horas de sueño, la vida, las ganas… Pero sobre todo la cama. Adiós muy buenas. La fierecilla se cansa y se acurruca.

—Eres un pedazo de abono. —Me reí—. No quiero saber nada de eso de mi cuñada.

—No, ahora en serio. Ser padre es la experiencia más increíble de la vida pero… todo cambia.

—Igual porque tienes cuatro, loco de mierda.

—¿Sabes que tienes un acentillo francés así como amaneradito cuando pronuncias algunas palabras? —me pinchó—. Déjalo, Héctor. Aún te queda mucho por vivir.

—Oye, ¿a qué viene este discurso?

—A que dices que «si Lucía quiere ser madre» es el momento, pero no has dicho nada de si Héctor también lo desea. La última vez que sacamos el tema de los niños me dijiste que si pensabas en ser padre se te ponía del tamaño de un gusanito. Lucía es una monada, pero te mete un dedo en el culo y te da vueltas.

Mi hermano Sebas había sido siempre más bruto que un arado. Se había abierto la cabeza tres veces en un año por tres sitios diferentes. Se pegaba en el patio del colegio. Dejaba a sus novias con un: «Ya me he cansado» y se declaró a la que ya era su mujer diciendo: «Tú, yo y un rebaño de críos. No tengo ninguno, pero domino la técnica a la perfección». Y debía ser verdad, porque desde que se había casado no había dejado de traer niños al mundo. Pero… debajo de toda esa apariencia ruda, había un tío que se fijaba en las pequeñas cosas, que escarbaba en las palabras hasta encontrar la emoción que las había empujado fuera de los labios. Y a mí me conocía como la palma de su mano.

—No te líes, Héctor. De verdad. Tú no quieres críos.

—No es que no los quiera, es que… —sentencié.

—Es que no los quieres con ESTAS condiciones.

—¿Qué condiciones?

—SUS condiciones.

—Pues ya es muy tarde para planteárselo. —Me acerqué el botellín de cerveza a la boca.

—No lo es. Tómate estos meses como…, como una prueba de fuego. Vive a tu aire. Vuelve a ilusionarte como un crío, hostia. Cuando hablas siempre parece que estás siguiendo al pie de la letra un plan que nunca fue tuyo.

En eso tenía cierto grado de razón. El cosquilleo de vivir se había ido apagando poco a poco y lo que había quedado era normalidad, es decir, básicamente lo que yo creí que era la vida adulta. No tenía ni idea de lo diferente que iba a ser el camino después de tomar mis propias decisiones.

CAPÍTULO 2 (Sofía)

El café de Alejandría

Siempre me gustó ser camarera. A día de hoy sigo acordándome a diario de alguno de los detalles que me hicieron tan feliz. Solía entrar en la cafetería animada, deseando poner en marcha la cafetera para prepararme uno muy largo. Encendía todas las luces, respiraba hondo y sonreía como si estuviera sonando una canción de fondo, la iluminación fuera dorada y preciosa, y una cámara estuviera captando el momento. A veces la barra de El café de Alejandría, la cafetería donde trabajaba, se convertía en el escenario de los Sofía Music Awards, los premios «Sofía» a la mejor interpretación o el Festival de Cine de Sofía. Eso no significaba que no hubiera días en los que entrara pisando fuerte, como un mamut, farfullando que todo olía siempre como a posos del café, a viejo, polvoriento y cerrado y que «no tenía el chichi para farolillos». Pero es que las vidas tienen días buenos y días malos. El cansancio, dormir poco, la mala contestación de un cliente o que una niña de diez años me preguntara qué bebida tiene menos calorías podía darme risa o ganas de apuñalar con un bolígrafo. Alguna que otra vez en mis años como camarera me metí en problemas por mandar a tomar por el culo a alguien con muy buen oído. Pero esos días malos no eran habituales porque… aunque había quien opinaba que podía aspirar a más, tenía lo que quería.

El café no era mío, claro está. Era una casi treintañera a quien la crisis pilló recién licenciada. Ni créditos para jóvenes emprendedores ni suerte. Mi generación tuvo más ganas que fe. Más cojones que apoyo. No es una queja; podría haber nacido en otra época bastante peor como… la Edad Media. Así que contando que vivo en una época donde teóricamente todos somos iguales, puedo ponerme lo que me dé la gana, mi padre no elige marido por mí y hay agua corriente…, coño, qué bonita es la vida, ¿no?

A decir verdad, no las tenía todas conmigo cuando entré a trabajar en El café de Alejandría, este pequeño lugar al que dedico horas y vida. Me habían llenado la cabeza de ideas grandilocuentes sobre el futuro y yo pensaba que aquel trabajo era solo de paso. Pero ¿sabes qué asignatura falta en todas las carreras? «Cómo evitar los pedos vaginales en clase de yoga». No, espera, olvídalo. Eso no. Bueno, eso sí, pero me refería a «la vida real». Y en la vida real lo importante es estar más a gusto que un arbusto y ser fiel a aquello que te produce felicidad y a mí, qué sorpresa, siempre me hizo feliz «el Alejandría». También ayudó el hecho de que después de licenciarme terminase trabajando en un par de franquicias hasta casi los veintiséis, momento en el que encontré aquel anuncio tan extraño… «Se necesita camarera con experiencia y magia». No recuerdo los años previos al Alejandría con especial emoción, la verdad, no sé si porque mis trabajos anteriores me mostraron negocios sin alma o porque el que no tenía alma era mi ex, con el que estuve desde los veinte hasta…, hasta justo antes de entrar a trabajar en el café. Cambié la decepción de una ruptura poco amable por un trabajo que me haría feliz durante años.

Éramos, en total, ocho en el equipo. Cuatro personas que nos repartíamos el horario de mañana y de tarde de lunes a viernes, tres chicos que cubrían los fines de semana y el jefe, Lolo, que siempre estaba allí… Creo que vivía en el almacén, porque no sé de dónde cojones salía, pero cuando me tocaba abrir, siempre aparecía como por arte de magia en el sitio más inesperado. Una vez lo encontré dormido en los baños y casi se me aflojó el grifo y me hice pis encima del susto. Hablo en serio cuando digo que creí que vivía allí.

Todos nosotros (dueño con somnolencia incluido) éramos muchas cosas además de camareros. No me refiero solo al hecho de que de vez en cuando nos tocara el papel de psicólogos, que también, pero El café de Alejandría (o «el Alejandría», como lo conoció todo el mundo) nunca fue una cafetería al uso. Tenía aquel rincón de la música, donde teníamos un tocadiscos y algunos vinilos a la venta, poquito y de lo mejor, se empeñaba en decir Lolo. En otra de las esquinas, un salón de lectura con estanterías repletas de libros sobre una pared de ladrillo rojizo a la vista. Allí éramos prescriptores, críticos musicales al estilo de finales de los ochenta, articulistas, tertulianos y curábamos muchas heridas con un buen café. Fuimos especialistas en saber qué necesitaban nuestros parroquianos y lo preparábamos con mimo, una pizca de conversación y ganas de relacionarnos. Y con la botella de Tía María a mano, también. Muchas veces la charla se reducía a literatura: recomendábamos a Miller, a Verne o a Woolf a gente que se empeñaba en leer solamente a Auster, a Murakami o… el Marca. O al revés. Mi especialidad eran, por ejemplo, las causas perdidas y defendía con vehemencia lo mismo a las últimas tribus del Amazonas como al pop comercial catalogado de «malo» por una panda de modernos. Los clientes eran personas de confianza y todos escuchaban, opinaban y respetaban los turnos de palabra. Porque… la clientela era otra de las peculiaridades de la cafetería. Todos éramos… especiales. Como si alguien hubiera hecho un casting. Una pandilla de tarados, aseguraba Oliver, mi mejor amigo. Así que El café de Alejandría fue un psiquiátrico por horas y un circo con trapecistas y payasos en el que nunca sabías qué papel ibas a tener que interpretar, si el de doctor o el de loco, el de artista o el de titiritero.

Mi madre decía que era una vergüenza que, después de tanto estudiar, me contentara con trabajar en una cafetería. Había intentado encontrar algo «de lo mío», pero lo único con lo que me había topado era con currículos que iban pero no volvían y llamadas que nunca se recibían. Pero mi madre nunca lo entendió. Ni la aceptación, ni la familiaridad, ni la zona de confort que fue durante años la barra del Alejandría. Además, hay algo que no tiene precio pero que, no obstante, la cafetería podía pagar y era mi independencia. Mi madre es más pesada que una vaca en brazos y no tengo con ella la mejor de las relaciones. La quiero y eso pero cuando suena el teléfono móvil y veo que es ella… casi preferiría volver a la Edad Media. Lo peor y lo más triste (para ambas) es que mantengo una muy buena relación con mi padre, que, cinco años después de divorciarse de mi madre, volvió a casarse con Mamen, diecisiete años más joven que él y con la que solo me llevo diez años. A ratos entiendo que mi madre no lo haya llevado bien pero ¿por qué narices lo tengo que pagar yo?

Así que, aunque filóloga de formación y de alma, era camarera en una cafetería a la que hubiera entregado casi mi vida entera. Lolo era un cruce entre profesor, sensei, dueño, amigo y padre. No dudaba en echarnos broncas de veinticinco minutos si intuía que habíamos perdido la pasión, pero después siempre teníamos la oportunidad de hablar para expresar los motivos por los que arrastrábamos los pies y las botellas acumulaban más polvo, aunque a veces fueran cosas como «Cobro poco», «Me duele la tripa» o «Un cliente me ha llamado feo».

Era un sitio precioso. De verdad. Todos los muebles eran vintage, comprados en el rastro y restaurados con mimo por Lolo y ninguno hacía juego con el otro. Era una especie de cajón de sastre mágico, como el salón de casa de esa abuela a la que tanto quisiste. Debe de ser por eso que amaba tanto aquel rincón del mundo, porque se respiraban cosas viejas, nuevas, historias y el olor del café como en los buenos recuerdos. Y magia. Mi adorada magia. La que siempre busqué y la que cada cliente que se aferraba al Alejandría también intentaba atrapar. El Alejandría era un portal a un mundo donde a nadie le importaban las rarezas de los otros y eso me parecía lo más mágico del cosmos. Servíamos de todo: desayunos, trozos de tarta, tostas y copazos. Siempre le digo a todo el mundo que éramos la versión casera de un Starbucks, pero con más magia, más luz y… alcohol.

Me gustaban muchas cosas del Alejandría. La banda sonora, que siempre escogíamos nosotros. El olor a café molido y libros viejos. La gente que venía, a quienes nos dirigíamos por sus nombres. La organización del trabajo. Cuando la cosa estaba tranquila, Lolo no se volvía loco enconmendándonos tareas absurdas como limpiar el polvo donde no lo había. No le importaba vernos parados siempre que el trabajo estuviera hecho y nosotros, todos, fuimos buenos camareros. Así que leí muchas y muy buenas novelas apoyada en la barra del Alejandría. Diría que me hice mayor entre sus botellas, sus «especialidades del día» y las páginas amarillentas de esos ejemplares que podías llevarte de su biblioteca siempre y cuando te comprometieras a devolverlos o a cambiarlos por otros.

Además de mi pasión por pasar tiempo en el Alejandría (a veces, terminado el turno, me sentaba a tomar un café como si fuese una clienta más) escondía otras como mi gata Holly, la música de los años ochenta o la lectura. Podría decir que los libros son mis mejores amigos, pero caería en un tópico que me hubiese empujado al suicidio por ingesta del «café latte con aroma de calabaza» que servíamos y que engordaba como la furia cocinera de una abuela (y de vez en cuando daba cagaleras). Me gusta leer por lo que nos gusta hacerlo a mucha gente… porque al abrir los libros siempre encontramos un viaje y una vida que suplantamos y que nos probamos como un vestidito en Zara, sin el inconveniente de que a mí jamás me sube la pu(ta)ñetera cremallera a la primera. Sí, puedo decir que durante años consagré mi vida a los libros y al café. Haciendo balance… la vida real me había reportado:

1. Una relación que había terminado porque lo que no me daba a mí se lo daba a una amiga mía… No sé si me entiendes.

2. Una madre insoportable que me cambiaría, sin duda, por cualquiera de las hijas de sus amigas, todas prometidas o esperando su primer retoño, vestidas de blanco, morenas, perfectas y flacas.

3. Una pandilla de amigos con poco en común compuesta, entre otros, por Mamen, mi madrastra, y Oliver, mi mejor amigo y el niño que más me pegaba en la guardería.

4. Una talla peleona, porque Zara considera que no soy digna de la mayor parte de sus vaqueros. El día que uno abrocha, me lo llevo a casa sin pararme a pensar en cómo me queda porque lo importante es que abrocha. Ni caso al hecho de ir marcando las pechugas de pollo en la entrepierna.

Y no, no soy adorablemente gordita, como las heroínas de ciertos libros que finalmente consiguen todo lo que quieren. Mido un metro setenta. Peso ochenta y dos kilos. Me abrocho una talla 44 no tan fácil como a veces me gustaría. Durante mucho tiempo sentí que todos los tíos con los que me cruzaba parecían formar parte de la comunidad del anillo e ir de camino al Monte del Destino para destruir el anillo de poder. Yo necesito un tío grande… alto, masculino, como esos poderosos hombres nórdicos que siempre tienen pinta de volver de amontonar leña en la puerta de su cabaña. «Mi leñador». Pero, según la opinión de mi madre, esos se van con chicas pequeñas y bonitas, no con una como yo. Me gustaría explicarle lo equivocada que está, pero no es el momento y no lo entendería.

No quiero dar una impresión equivocada de mí misma, que conste; después de años sin aceptarme me había creído por fin que era lo suficientemente buena tanto para mí como para los demás. Y quien no lo viera que se fuera por donde hubiera venido. Yo me veía sexi con un escote y unos pantalones apretados y no me pasaba el día quejándome de mi talla o culpando al tamaño de mi culo o al de mis jamones por las cosas que me sucedían… o que no me sucedían. Pasaba de dramas. Era feliz con lo poco que tenía, que me parecía mucho. ¿Qué necesidad tenía de meterme en ese berenjenal que los optimistas llaman amor?

No buscaba a un hombre a cualquier precio. En realidad, creo que ni siquiera buscaba a un hombre. El día que me di cuenta de que estar constantemente a la caza del amor había jodido mi existencia fue el más feliz de mi vida. Ni siquiera puede compararse al día que Oliver me concedió el deseo de que mi tarta de cumpleaños estuviera hecha de croquetas de jamón, porque aceptar que la búsqueda del amor me hacía sentir desgraciada me quitó un enorme peso de los hombros. Fue como si los astros se alinearan. Como si los donuts no engordaran. Como si mi sueldo se triplicara. La presión desapareció y de pronto resurgí yo, en plan Madre de Dragones, haciéndole gestos obscenos al puto Cupido para indicarle por dónde se podía meter sus flechas. Por donde amargan los pepinos, más o menos. No fue cuestión de una hora o dos, pero de verdad que deseché de mi vida la necesidad de romance. Desde hacía cosa de dos años no buscaba que me quisieran. Es peligroso buscar que a una la quieran porque es fácil disculpar algunos actos que nos hacen sentir miserables en favor de un bien más grande: EL AMOR. Uhhhh, ohhhh. Amorrrr. Que Camilo Sesto o Lolita cantaran cuanto quisieran al amor que yo estaba de puta madre yendo a mi aire. Era el mejor amante que había tenido, me quería de la hostia, pero no porque me hubiera convertido en una ególatra hedonista y narcisista, sino porque me cuidaba y me daba caña como el mejor de los novios. Vale, no tenía pene pero…, joder, ahora que lo pienso lo que estoy diciendo suena francamente mal.

Centrémonos: no quería tener hijos. No quería casarme. No quería todo lo que mi madre quería para mí. Mi único objetivo era que mi vida fuera emocionantemente tranquila y poder encontrar magia cada día. Hacer muchas cosas, no parar quieta, viajar muy lejos, despedirme de la vida con el pelo lleno de canas y la sensación de haberme pegado el colocón del siglo sin necesidad de drograrme. Siempre quise acabar arrugada como una pasa de tanto reír, aunque según mi madre yo tendré menos arrugas porque «llegada una edad, te ajamonas o te amojamas» y tengo muy clara cuál de las dos opciones es la mía. Pues oye, ni tan mal.

Pero no buscar el amor no significaba no desear que un día me tocase. Es solo que…, que había relegado una necesidad a la categoría de deseo, donde soñar despierta no me hacía daño y no me empujaba a infravalorarme, a pensar que las demás lo tenían y yo no porque no lo merecía o porque no era como debiera ser. No buscarlo significaba no correr dando bandazos, vivir el presente con lo que tenía en ese momento, no con lo que pudiera experimentar en el futuro. Claro que quería enamorarme pero no iba a buscarlo. Quería que fuera él quien me encontrara. Que la magia viniera a por mí.

Y quizá aquella fue una de las razones por las que, sinceramente, le abrí la puerta de par en par. Sí, a él. Al que se sentaba frente al ventanal en la mesa redonda con la lamparita de flecos. Ese chico a quien no pude dejar de mirar desde el día que cruzó la puerta del Alejandría. Ese que entró por primera vez un 5 de enero como un regalo de Reyes y volvió religiosamente cada día. El único que brillaba. Ese que me iba a enseñar tantas cosas nuevas de mí misma. Ese que vivió en primera persona lo que estaba a punto de sucederme.

CAPÍTULO 3 (Sofía)

Él

El primer día entró como quien encuentra una máquina de Coca-Cola y una bolsa llena de monedas en mitad del desierto. Como si lo único que necesitara en aquel momento fuera un café. A veces nos da por pensar que el Alejandría era una especie de rincón cósmico al que se sentían atraídas personas que necesitan algo de él. El ambiente, el cuarto de baño, un café o un lugar donde cargar el teléfono móvil. Da igual si prosaico o poético, pero Héctor entró aquí buscando algo. O a alguien.

Nos llamó la atención nada más abrir la puerta. Las campanitas sonaron alegremente mientras mi compañero Abel y yo charlábamos sobre una serie americana que nos encantaba. Compartía con Abel cada turno desde hacía cuatro años y nos habíamos convertido en algo así como hermanos de café. En el trabajo no dábamos pie con bola si no estábamos juntos. El día que nos cambiaban el turno a alguno de los dos era como un día perdido. Me daba paz interior, en plan zen, y era mi compañero de fechorías… Por eso aquel día los dos seguimos con la mirada los pasos del cliente nuevo hasta una mesa libre frente a la cristalera. Y a los dos se nos notó en la cara que nos gustaba lo que veíamos.

Héctor solo tuvo que pedir un café con leche para que lo nombráramos «Dios del día». Era una tontería que hacíamos para mantenernos entretenidos: nombrábamos al cliente guapo del día entre susurros y risitas, y le servíamos unas galletitas en el platito junto a la taza, como un premio que solo nosotros entendíamos. Y quizá fueron aquellas galletitas las que lo fidelizaron, quién sabe. O quizá fuimos nosotros.

Abel y yo teníamos una norma: si un cliente venía dos días seguidos, presuponíamos que volvería un tercero. Por lo tanto, lo tratábamos como si esperáramos su regreso como el de un amigo, para que se sintiera en casa. Le preguntábamos su nombre y, discretamente, nos acercábamos a él, como habíamos hecho con el resto de la «familia», hasta que se sintiera parte del Alejandría. Como con Ramón, el abogado que odiaba su trabajo y que venía a desayunar para poder hablar de cosas triviales con alguien amable; con Vero, la estudiante de oposiciones que no se concentraba en el silencio de una biblioteca pero a la que le cundía muchísimo desplegar sus apuntes sobre la mesa de la esquina; o con Rafael, el jubilado que cuidaba a sus nietos y venía a leer el periódico mientras esperaba a que salieran del colegio. Así fue como Abel se decidió a preguntarle el nombre.

Mi compañero de turno sostenía que Héctor no era guapo y que afeitado debía de ser un tío más, tirando a una normalidad que lo haría invisible entre un montón de gente, pero es que Abel era muy exigente con los cánones de belleza. Yo en cambio siempre creí que Héctor tenía algo especial. No sé si sería la manera en la que se apartaba el pelo de la cara o cómo fruncía el ceño para todo. No sé si sería la ropa con la que se vestía, siempre tan… elegantemente desaliñada. Héctor era una especie de caballero de antaño, de los que vivían sin un duro en el bolsillo pero siempre vestían de punta en blanco. La puntera de sus botas marrones estaba mucho más que desgastada, pero eran unos zapatos bonitos que lustraba a menudo y se notaba. Su abrigo gris se veía bueno y cuidado, pero era muy antiguo… mucho. Las camisas que lucía siempre estaban un poco arrugadas, como si por mucho que las planchara nunca quedaran impecables. El pelo no es que estuviera enmarañado… es que no dejaba de tocárselo ni un instante. Tenía una especie de manía… siempre lo peinaba con los dedos, tirando suavemente de él desde las raíces mientras respiraba hondo y a mí me encantaba aquel gesto. Lo tenía de un precioso color tabaco, como el tono de su barba, corta pero espesa, que cubría mentón, mejillas, barbilla… Los ojos azules, con un pequeño aro grisáceo cerca de la pupila; la nariz, rotunda pero elegante, suave en sus formas pero masculina. Alto y grande por naturaleza, aunque probablemente a los veinte fue lo más desgarbado que ha parido madre. Héctor era el tipo de tiarrón que nunca pasará de moda, porque por mucho que se lleven los hipsters, los raperos, los intelectuales o los agentes de bolsa… él estará ahí, en medio, sin importarle nada más.

Está claro que fijarnos… nos fijamos en él. Así que cuando, el segundo día, se sentó en la misma mesa, la que está junto al ventanal de la cafetería, empujé a Abel fuera de la barra para que le tomara nota. A mí me suele gustar ver los toros desde la barrera.

Al notar que alguien se acercaba Héctor despegó los ojos de su cuaderno y le pidió un café con leche sin demasiada ceremonia.

—¿Te gusta dulce?

—¿Perdón? —respondió frunciendo el ceño en un gesto que ahora sé que usaba mucho.

—Perdona, no sé tu nombre.

—Héctor.

—Encantado, Héctor. ¿Te gusta el café dulce? Te lo digo porque la especialidad del día es café latte con espuma de dulce de leche y está riquísimo.

—Ehm… —vaciló—. Vale.

Cuando Abel regresó a la barra con el pedido de Héctor supe que no se iba a terminar aquel café, porque es una cochinada tan rica como densa. Estaba convencida de que si un día algún cliente tuviera la brillante idea de dar la vuelta a la taza no caería ni gota. Pero también fui consciente de que, de alguna manera, con aquel gesto nos lo habíamos ganado.

Y de hecho, así fue porque a partir de entonces Héctor se convirtió en cliente asiduo del Alejandría, entraba todos los días sobre las tres de la tarde y se iba minutos antes de que acabase mi turno, a las cuatro. A veces, no obstante, me iba y él seguía sentado en su mesa con el ordenador portátil, un cuaderno o un libro; o a veces hablando por teléfono con un tal Sebas que lo ponía de los nervios y que, según Abel, era su novio. Incluso hicimos una apuesta: si Héctor era gay, yo me encargaría de limpiar la cafetera todos los días durante un mes. Si por el contrario era heterosexual, Abel se encargaría de que las aceiteras estuvieran como los chorros del oro y lo cierto es que… nunca volvieron a coger demasiado polvo.

Y allí estaba como siempre junto al ventanal donde se podía leer el nombre del local: El café de Alejandría. Aquel día no traía su portátil, solo un cuaderno manoseado donde apuntaba cosas mientras hablaba por teléfono con voz muy baja. Desde que hizo su entrada triunfal en la cafetería y le pusimos nombre, no habíamos dejado de parlotear sobre él, imaginando su vida y haciendo chistes en los que siempre aparecía como el salvador descamisado que nos sacaba en volandas del local a lo Oficial y caballero. Tenía una de esas expresiones… no taciturnas pero sí reservadas que suscitaban muchas preguntas… ¿De dónde sería? ¿Cuántos años tendría? ¿Querría hacerme cosquillas en los muslos con la barba? ¿A qué se dedicaría? Y sin darme cuenta, lo dije en voz alta. Lo de la barba y mis muslos no, lo último.

—Es profesor de universidad, fijo —respondió Abel, que estaba enjuagando unos platitos para meterlos en el lavavajillas—. Como Indiana Jones. Seguro que tiene un buen látigo.

—Qué va. Debe de ser… representante de artistas o… actor.

—Porno —se burló—. Voy a buscarlo en un par de páginas web, a ver si lo encuentro.

—No tendrás tanta suerte —le dije con ironía.

—Ojalá fuera puto —añadió.

Me giré a mirarlo con una sonrisa socarrona.

—Nos íbamos a quedar sin un duro.

—Yo por este pedía un crédito —suspiró.

—¿Le has servido ya el café? —le pregunté.

—No. Me estoy haciendo el difícil. ¿Quieres ir tú?

—Ni de coña. A mí los guapos me apabullan y parezco boba. Ve tú. Llévale la especialidad del día sin que se te caigan las babas dentro. ¡Y el premio! —Y lo empujé para meterle prisa.

—Allá voy, «Dios del día» —dijo.

Abel se afanó en preparar una bebida megadulce. A este ritmo íbamos a provocarle diabetes. Cuando salió taza en mano hacia su mesa, me guiñó un ojo y fingió estar chupando algo grande. En fin.

—Hola, Héctor, ¿qué tal? —le saludó Abel con amabilidad—. Café latte con un poco de leche condensada y unas gotitas de Baileys.

—Ahm…, esto…, ¿podrías traerme también un vaso de agua?

—Claro —contestó Abel.

—Gracias —respondió en un tono bastante seco.

—A ti, por guapo. —Y le guiñó un ojo.

No te confundas: Abel no responde a ese cliché, fue un solo gesto para congraciarse con él, para ver si le seguía el rollo y terminaba ganando nuestra apuesta. Si tuviera que definirlo diría que es chiquitín y maquiavélico, divertido y comilón. Le gusta reírse a carcajadas y hacer chistes de pedos. No tenía pareja pero sé que estuvo perdidamente enamorado durante demasiado tiempo de un ex que no dejaba de aparecer cuando él creía haberlo olvidado. No te toquetea ni te llama «chocho» sin parar ni habla de sí mismo en femenino. Es Abel y ya está.

—Es gay —me dijo al volver mientras llenaba un vaso de agua.

—Es hetero —le contesté.

—Da igual. En la vida nos va a susurrar guarradas en el oído mientras se corre entre nuestras piernas.

Pestañeé un poco sorprendida. Vaya…, era una lástima que no fuera a hacerlo nunca. La imagen mental me había valido un microorgasmo.

—No sonríe ni bajo pena de muerte —murmuró mi compañero mientras secaba las gotitas de agua que recorrían el exterior del vaso—. ¿Te has dado cuenta?

—No. —Arqueé las cejas—. ¿No sonríe?

—No. Qué cerdo me ponen los rancios, joder —contestó.

Me eché a reír cuando Abel salió atusándose el flequillo y me fijé en que, efectivamente, Héctor agradecía el vaso de agua sin amago de sonrisa. Lo disculpé para mis adentros porque más que rancio me parecía tímido.

¿A qué se dedicaría? A algo serio, como salvar vidas, a lo mejor. Quizá trabajaba en una ONG. O en una librería. Quizá… era un Gi-Joe a punto de salvar el mundo y yo… Catwoman. O alguien que llevara menos lycra. Él Thor y yo una científica que estudiaba el poder de su mazo. Él mi enfermero y yo la paciente cachonda. Ya vale, Sofía…

Aquel día la estancia de Héctor fue breve. Lo llamaron por teléfono en cuanto se terminó el café y se levantó de inmediato mientras contestaba.

—Hola, reina. —Sonrió y se lamió los labios, que seguramente todavía mantenían el dulce del café—. Voy para allá. Un juego de llaves no estaría nada mal.

Diría que el alma se me cayó a los pies cuando lo escuché hablar de esa forma tan dulce pero Abel también lo había oído y había aceptado la derrota en nuestra apuesta, así que las gallinas que entraban por las que salían. No sé en qué mundo tíos como Héctor andan solteros a la espera del amor, pero en este no.

Dejó un par de monedas sobre la mesa y le indicó a Abel con señas que dejaba allí el dinero. Ya se disponía a salir cuando este le respondió:

—Adiós, Héctor. Hasta mañana.

Héctor se despegó el teléfono de la oreja un segundo y nos lanzó una mirada confusa por turnos, como si no entendiera por qué tendríamos que volver a vernos al día siguiente, pero ya… era tarde, querido. Una vez ponías un pie dentro del Alejandría, eras suyo y ese aliento que habías compartido entre sus cuatro paredes, lo que habías pensado, sentido y soñado… le pertenecía un poco, como todos nosotros.

Yo también le sonreí. Había algo en él que me hacía sentir… como si nos conociéramos de mucho y no lo supiéramos. Como si se nos hubiera olvidado toda una vida juntos. Como si me hubiera contado algunas pasiones oscuras y le hubiera guardado el secreto con tanto recelo que hasta se me hubiera extraviado el recuerdo. Quizá fuera solo una premonición. Quizá no era hacia detrás donde debíamos mirar, sino hacia delante. Y con una sonrisa tonta escuché la campanilla de la puerta que acompañaba su salida.

Hasta mañana, Héctor.

—–

Si queréis leer un capítulo más, podéis hacerlo aquí 🙂 ¡Espero que os haya gustado!

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La legión de escritores

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FICHA TÉCNICA

Título: La legión de escritores

Autor: Pía Bolatto

Editorial: Megustaescribir

Nº de páginas: 270

Mi puntuación: 📕📗📘📙/5

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Capítulo I

Era un fantasma como los que aparecían en cualquier película. Transparente, flotando en el aire y de una agilidad envidiable. Durante los pocos segundos en que Paty lo tuvo frente a ella, vio su rostro, que era igual al de un ser humano de unos treinta años. Hasta su cuerpo parecía de lo más normal, dejando de lado el hecho de que no usaba sus piernas para caminar, sino que iba volando. No tenía densidad; se podía ver a través de él, y una extraña luz, como un aura azul, lo rodeaba. En ese mismo momento la chica sintió una energía extraña y poderosa que la atraía hacia aquel ser que la hipnotizaba.Instantes después de que aquel espectro luminoso pasara junto a Patricia, siguió el mismo camino una especie de flecha de iguales condiciones inmateriales. Al término dela procesión surreal, surgió de la oscuridad un muchachode carne y hueso, de eso no había dudaque esquivó a Paty y siguió su camino corriendo detrás del espectro.

Cuando Paty estuvo otra vez sola en el pasillo que llevaba al baño del bar, se quedó un instante paralizada antes de decidir si seguir al chico. Volvió a la sala oscura donde todo el mundo bailaba o hacía que bailaba al ritmo del rock and roll. No había señales del ser fantástico ni del muchacho que iba detrás de él.

Estaba claro que lo que acababa de ver era producto de su imaginación, pensó Paty volviendo por el corredor hacia el baño. Había tomado más de la cuenta; después de lo que creía haber visto, podía afirmar que estaba borracha. Era momento de dejar de tomar margaritas. Entró al baño del bar que era pequeño, con sólo un cubículo, una pileta y un gran espejo.

Miró contrariada su reflejo. Aquello no podía ser real. Los fantasmas no existían, estaba segura de eso o casi segura. Observó la imagen que el espejo le devolvía preguntándose si estaba bien de la cabeza. Lo que vio fue un físico delgado, su pelo entre rubio y rojo que le pasaba los hombros, y sus ojos, grandes y marrones, que eran su mejor rasgo, según su madre. Pero ningún indicador de si todavía conservaba su juicio sano o no.

Quizás la razón por la que no se había sorprendido tanto al ver aquel fantasma era que solía escuchar aquellas voces. Todo había empezado cuatro años atrás, cuando tenía apenas quince. En un comienzo fue de forma muy esporádica. Una vez cada cuatro meses, o algo así. Es más: hasta el día de la fecha se negaba a aceptar que las voces fueran reales.

En un principio ni siquiera eran voces. Alguna que otra noche se había despertado sorprendida, creyendo escuchar que alguien respiraba dentro de su habitación. Nunca le había dado mucha importancia, suponiendo que se confundía y que era sólo el ruido de la ciudad. Había comenzado a preocuparse cuando empezó a escuchar palabras y frases enteras. De todas formas eso no había sido hacía tanto, y no tenía pruebas de nada. Temía que la trataran de loca si decía que escuchaba voces; entonces, por el momento,nunca lo había comentado con nadie.

Le hubiera gustado ir detrás de aquel muchacho, hacerle todo tipo de preguntas, pero había sido muy lenta y ahora no tendría sentido vagar por ahí, yendo detrás de alguien a quien ni siquiera había visto bien. Así que se lavó la cara, acomodó su vestido negro y volvió con sus amigas. Sus tres compañeras de clase seguían en el mismo lugar de siempre, en un rincón, junto a la barra. La luz parpadeante hacía que sus caras se vieranraras. Aun así era un alivio ver un rostro conocido. Sin comentar lo que había pasado, Paty se puso a bailar con sus amigas.

Para hacer la velada aún más tensa y rara, en determinado momento comenzó a sentir cómo alguien la observaba. No es que fuera una sensación inusual en un bar; ya le había pasado otras veces, y al darse vuelta siempre se había encontrado con un borracho de sonrisa torcida que la miraba con cariño. Aunque aquella mirada era distinta; era más penetrante y no parecía venir de alguien que buscara sólo una pareja. Se sentía analizada. Era ese tipo de miradas que tienen cierta materialidad, que hace que las personas que son observadas se vuelvan.

Y así lo hizo Patricia. Por supuesto que al darse vuelta se cruzó con un montón de pares de ojos, un chico apoyado en una columna le hizo una guiñada, otro levantó su vaso en forma de brindis imaginario. Ninguna de las personas que observó en un primer momento le dio la sensación de ser el responsable del intenso análisis al que se sentía sometida. Al mirar más detenidamente le pareció dar con él. Desde la oscuridad, un joven la observaba.

Debido a la escasa luz y a la distancia que había entre ellos, Patricia no podía distinguir con claridad sus facciones. Al parecer era un muchacho mayor que ella y un poco más alto que el promedio. No parecía ser nada feo. Sin embargo, la chica desvió la vista y volvió a mirar hacia donde estaban sus amigas. Pero no podía sacar de su mente la idea de que alguien la estuviera mirándola. Todo aquello había sido demasiado raro. Se reprochó la falta de coraje. Después de todo, la situación era tan extravagante que cualquiera en su lugar hubiese exigido una explicación. Algo. Pero cuando se dio vuelta,decidida a enfrentar a aquel misterioso sujeto, este ya había desaparecido.

La noche ya estaba terminando. Enseguida Patricia se despidió de sus amigas y caminaba sola las pocas cuadras que la separaban de su casa. La cabeza le zumbaba, no tanto debido al alcohol, sino a la gran confusión que habitaba en su mente. Pese a lo distraída que estaba, tuvo la vaga noción de que era observada otra vez, y oyó unos pasos que se le acercaban cada vez más. Alguien la estaba siguiendo.

Patricia sentía que el corazón estaba a punto de escapársele del pecho. La cuadra en donde ella vivía no estaba muy iluminada, y no había nadie caminando por allí a esas horas de la madrugada. Aunque intentó conservar la calma, percibía que sus pies iban aumentando la velocidad por voluntad propia. Porque la criatura que venía siguiéndola la alcanzaría en cualquier momento.

Cuando estaba a punto de empezar a correr, un hombre la tomó del brazo. Gritó ignorando a quien estaba reteniéndola e intentó seguir. Pero todo era inútil, estaba perdida. Fuera quien fuera el que la había atrapado no estaba dispuesto a dejarla ir, y con una fuerza que superaba la suya, la acorraló contra la pared.

Capítulo II

¿Podés calmarte? No voy a hacerte nada.

Respirando hondo Paty miró al muchacho que la tenía prisionera. Era un hombre, no un espectro, y tampoco tenía apariencia amenazante. Vestía de forma prolija y casual, con un jean claro y una remera azul oscuro. Su pelo era corto, castaño casi negro. Le sacaba dos cabezas de altura y su aspecto físico era fuerte, sin embargo no intimidaba a la chica.

—Está bien dijo Patricia. ¿Me dejarías por lo menos despegarme de la pared?

—¿No vas a volver a correr? preguntó el chico, desconfiado. Ya tuve que correr bastante por hoy.

De repente todas las ideas parecieron acomodarse dentro de la mente de Patricia. Aquel era el chico del bar, el que perseguía al espectro, quien había estado observándola.

—Vos vos sos el cazafantasmas.

—Por supuesto que no soy eso. Lo bueno es que ahora no estás escapando de mí dijo él, alejándose un poco de ella. Digo, supongo que te interesará saber lo que pasó hoy más temprano, ¿no?

A Patricia le interesaba saber lo que había pasado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. Así que, sin dudarlo, aceptó la propuesta del desconocido. Aquel muchacho podía tener la respuesta a algo que venía perturbándola hacía años. Caminaron un poco en silencio, hasta que llegaron a una plaza cerca de allí y se sentaron en un banco de madera. Ella se ubicó en una punta, intentando estar lo más lejos posible del chico. Estaba bien que fuera muy lindo, pero todavía no confiaba en él. Era de madrugada, el sol estaba a punto de salir y pese a que la joven estaba cansada, su curiosidad podía más que cualquier otra cosa, ya fuera su miedo al desconocido o las ganas de dormir.

—Bueno, antes que nada dijo el muchacho una vez que estuvieron sentadosyo soy Julián.

—Patricia respodió ella, mirándolo con intensidad. Así que vos me vas a explicar por qué veo fantasmas.

—O sea que sí, que estoy en lo cierto; que la impresión que tuve de que lo habías visto es verdadera, ¿no?

—Se puede decir que sí, no estoy muy segura de qué, pero algo sé que vi dijo Patricia divertida. Si tuviera que decirte lo que puedo sacar en blanco de esta noche es que hace un ratito vi un fantasma, y ahora estoy charlando con un cazafantasmas que los persigue.

—Y a veces los atrapa dijo Julián riendo. Pero no te confundas. Primero voy a aclararte algunas cosas. Lo que viste en el bar no es un fantasma como vos creés. Es otra cosa.

—Entonces, ¿qué es?

—Eso que había en el bar no es un muerto vagando entre los vivos dijo Julián, juntando fuerzas. Lo que vos viste es un personaje.

—¿Lo qué?

—A ver, sé que va a ser difícil de entender y hay ciertas cosas que no te las voy a poder explicar yo. De todas formas, voy a hacer un intento de que entiendas algunas nociones básicas continuó Julián. Decime: ¿cuál era tu cuento preferido cuando eras chica?

—No sé. No tenía muchos, mi madre nunca me compró muchos libros. Creo que Hansel y Gretel.

—Perfecto. Veamos el caso de ellos. Antes de que los hermanitos tuvieran una razón de ser en su libro, fueron dos espectros, como los que viste esta noche. Los hermanos Grimm, al igual que yo, eran legionarios. O sea, cazadores de personajes que se dedicaban a perseguirlos, atraparlos y darles vida en sus historias. Miembros de un grupo llamado La legión de escritores.

—¿Lo que querés decirme es que hay personajes sueltos por ahí dando vueltas?

—Sí y no. Por ejemplo, no hay ninguno por acá. Y si ellos no quieren ser vistos y no se enamoran son muy difíciles de atrapar. Pero sí. Hay muchos personajes vagando con total libertad por el mundo. En el caso del que viste hoy, al que yo estaba persiguiendo, tiene la peculiaridad de estar enamorado. Aunque no enamorado de una forma romántica, como de la que estamos acostumbrados a hablar. El personaje está enamorado del chico que trabaja en la barra. Él admira su vida, quiere ser él. La misión de un legionario es impedir que eso suceda.

Aquello era mucho para digerir. Julián hizo una pausa intencional para que Paty tuviera tiempo de analizar todo lo que acababa de descubrir. La plaza estaba en aquel momento vacía. No era muy grande y Paty paseó su mirada por ella. La fuente central estaba rodeada de bancos y de árboles, y en aquel momento acababa de encenderse y había empezado a tirar agua.

—¿Y cualquiera puede ver un personaje? preguntó Patricia, todavía bastante confundida.

—No, solamente los legionarios. O aquellos que están destinados a convertirse en legionarios. A los personajes en esta forma, cuando son espectros, los llamamoscaractum.

—O sea que yo…

—No lo sé. Eso es algo que no puedo responder. Si vos naciste para ser una de nosotros es algo que vas a tener que averiguar vos misma. Para empezar, vas a tener que hablar con la jefa. Una cosa que es casi segura, o que por lo menos se da en casi todos los casos, es que un legionario suele ser descendiente de otro.

—Pero eso no puede ser, mis padres son personas muy racionales, no creen en nada que no pueda ser probado por la ciencia, y tampoco los veo escribiendo nada que no sean números.

Patricia se quedó pensativa unos segundos.

—Aunque en verdad, no sé.

—Bueno, no importa respondió Julián, que ofreciéndole una tarjeta a Paty agregó—:Eso es sólo algo para que pienses. Sobre todo te recomendaría que llamaras a este número de teléfono y que pidieras para hablar con la jefa. Seguro que ahí vas a poder sacarte todas tus dudas.

Se despidieron y Patricia caminó de vuelta hacia su casa. Si antes había estado confundida, ahora lo estaba todavía más. ¿Así que aquello era lo que había estado escuchando durante tanto tiempo? ¿Personajes? Ella siempre pensó que salían sólo de la imaginación de los escritores, y no que existían de antemano.

Por más raro que pareciera, que los legionarios fueran reales no era lo que más la perturbaba de toda aquella situación. Ella siempre había estado abierta a las cosas extrañas. Nada parecía sorprenderla nunca o inmutarla mucho. Menos, después de haber tomado el hecho de escuchar voces como algo normal. Lo que acababa de contarle Julián parecía ser sólo una explicación muy racional de algo que ella no entendía hacía mucho. Lo que en realidad la dejó pensando era lo que el muchacho había dicho sobre un posible pariente legionario. Sin lugar a duda no podía ser ninguno de sus padres. Su madre, que era ingeniera civil, sólo se preocupaba por los números. En cuanto a su padre, pensándolo bien, le había pasado lo que ocurría con frecuencia:Patricia se había olvidado de que Marcos no era su padre. Su papá biológico había muerto cuando ella era demasiado pequeña como para recordarlo. Y como Marcos siempre la había tratado como una hija, a veces se olvidaba de que en verdad no lo era.

Aquella noche Patricia tuvo pesadillas terribles. Se imaginaba a los personajes como monstruos horrorosos, que venían a buscarla e intentaban adueñarse de su vida. En sus sueños también veía una imagen borrosa de su padre, una imagen que ella se había creado en base a las únicas tres fotos que había visto de él. Su padre había sido huérfano y si tenía algún pariente de ese lado, ella no lo conocía. Su madre, Carla, se había vuelto a casar cuando ella tenía apenas tres años. Ahora los cinco, su mamá, Marcos, sus dos hermanos menores y ella, formaban una familia bastante típica, de buen pasar y que a Patricia le parecía feliz.

—–

Si queréis saber qué me ha parecido La legión de escritores, podéis leer AQUÍ mi reseña.

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Copygirl

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FICHA TÉCNICA

Título: Copygirl

Autor: Anna Mitchael y Michelle Sassa

Editorial: Umbriel (sello de Ediciones Urano)

Nº de páginas: 320

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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CAPÍTULO 1

La señora de los gatos

Cuando te están apuntando con una pistola a la cabeza, es muy difícil pensar.

—Mañana a primera hora más os vale demostrarme de lo que sois capaces —nos había advertido Elliott hacía un rato, a lo que había añadido su amenaza favorita—: Tened presente que puedo reemplazaros en cinco minutos.

Vamos, Kay, piensa. Piensa. ¡PIENSA!

Solo necesito un buen eslogan de comida para gatos. No tengo que encontrar la cura para el cáncer ni que inventar una cúpula que permita a la humanidad vivir en Marte.

Tecleo lo primero que me viene a la cabeza:

«Ven aquí, gatita malona.»

Y veo con absoluta claridad que esto no es lo que Elliott tiene en mente. «Ven aquí, gatita malona» es lo que me dice Johnjoshjay cada mañana cuando ellos me ven pasar por el pasillo que separa los cubículos del atestado departamento creativo de nuestra agencia. «Ven aquí, gatita malona. Ven aquí, gatita malona.» Al club de los chicos les encanta fastidiarme, y este es su maullido preferido (perdonad el juego de palabras, son gajes del oficio). Se les ocurrió porque soy la copy de Little Kitty,* ¿lo pilláis? Oh, sí, son muy listos. Yo me he vengado de ellos negándome a llamarlos por su nombre. Al menos en mi cabeza. Se tienen bien merecido que me refiera a los tres por el mismo apodo. Al fin y al cabo, visten igual. Todos como pequeños hipsters: vaqueros holgados, zapatillas de marca, camisetas que parecen de mercadillo pero que les han costado un ojo de la cara, gorras puestas del revés que se quitan en cuanto llegan al trabajo y que dejan al lado del ordenador junto con sus bandoleras de cuero a juego.

Estos fantasmas creen que son lo más porque llevan la cuenta de las zapatillas Superfine y la de Atlantis, la marca de ropa de Brooklyn. Y yo estoy encasillada haciendo anuncios para periódicos y revistas de «comida para gatitas». Otra muestra de su sarcasmo y deformación profesional. Pero no voy a consentir que nada de esto me hunda. Al fin y al cabo, Little Kitty es nuestro cliente más importante. Es la famosa gallina de los huevos de oro. Es la cuenta que paga nuestros sueldos, y su presupuesto mantiene la agencia abierta y funcionando; así que, si este cliente está contento, mis jefes están contentos. Y esta noche me propongo tener un montón de ideas locas y brillantes para dejar a los ejecutivos de Little Kitty anonadados y conseguir por fin el reconocimiento que Ben y yo nos merecemos.

Hablando de Ben, ¿en qué lugar de Manhattan se ha perdido mi fiel compañero de trabajo? A estas horas ya debería de haber vuelto del gimnasio con nuestra cena para ayudarme con la sesión de tormenta de ideas, tal como me prometió. Se me encoge el estómago al pensar en la comida… Y, sí, bueno, voy a ser completamente sincera, también al pensar en él. Aunque tengo muchas ganas de triunfar con este proyecto, aún tengo más ganas de triunfar con Ben. Típico, lo sé. La chica copy que se enamora del atractivo creativo que trabaja con ella. Y un suicidio profesional, probablemente. Pero somos pareja —profesional, quiero decir— desde el segundo día en la facultad de publicidad en Atlanta y ahora Ben además vive conmigo. Sí, bueno, duerme en el sofá y no en mi cama como me gustaría a mí, y, sí, solo es por unos días, hasta que encuentre un piso nuevo. Pero, bueno, da igual. La cuestión es que se veía venir y le he cogido cariño, ¿qué otra cosa puede suceder cuando te pasas todo el día respirando el desodorante Axe de otra persona? Creo que incluso hay un nombre para eso: «El efecto Axe».

Además, no solo se trata del tema de vivir juntos; Ben y yo trabajamos juntos muy a menudo. Eso se debe a que tenemos la suerte de ser el equipo más júnior del departamento creativo de Schmidt Travino Drew & Partners, una de las agencias de publicidad más prestigiosas del país. Ben y yo probablemente hemos tenido que superar a cientos de copys y de creativos recién licenciados para conseguir este trabajo, y, como al resto de los equipos creativos de las otras agencias, nos pagan por las ideas que se nos ocurren trabajando juntos. Después Ben se encarga de las imágenes y yo redacto el texto. Pero, a diferencia del resto de las agencias, la nuestra ha ganado el Advertising Age’s Agency de este año y ahora somos «jodidamente importantes». Mucha gente mataría por nuestro trabajo. De hecho, nuestro director creativo, Elliott, siente que tiene el deber de recordárnoslo cada vez que nos hace un encargo.

Por eso he dicho antes que tenía una pistola apuntándome a la cabeza.

Sé que a Ben le gusto, ¿por qué si no habría querido que trabajásemos juntos después de la facultad?, pero espero que, cuando vea las frases tan brillantes que se me han ocurrido para salvarnos el culo, se alegre tanto que quiera besarme hasta dejarme sin sentido. Lo único que me falta es ponerme a escribir. Ya.

Ojalá tuviera una musa, algo similar a Olivia Newton John en Xanadú, con sus patines proponiéndole a su amigo el músico grandes ideas:

—Presta atención, Kay. —Casi puedo oírla en mi cabeza—: Estas son las frases con las que vas a ganar un montón de premios. Ahora ponte los patines, dame la mano, y vamos a patinar por la ciudad como si no hubiera un mañana.

Suspiro. Las buenas musas son difíciles de encontrar, especialmente cuando estás muerta de hambre. Mi última comida ha consistido en una bolsa de anacardos caramelizados que he rapiñado a eso de las tres de la tarde en vez de ir a almorzar. Miro a través de la ventana y veo que los vendedores de comida ambulante que suelen ocupar la acera ya se han ido a casa a pasar la noche, no como yo.

Qué comparación tan deprimente… Lo que no es nada deprimente es el lugar donde me encuentro. ¡Estoy en el centro de Nueva York! Bueno, de acuerdo, mi oficina está en Chinatown, así que técnicamente no es el centro, sino el extremo de la ciudad. Y yo crecí no muy lejos de aquí, pero, de todos modos, este lugar es como el nuevo mundo. Aquí viven millones de personas. Las posibilidades son infinitas. Me gusta mirar los edificios y preguntarme quién los habita sin más o quién, como yo, está intentando demostrar que merece tener su lugar aquí.

¿Cómo dice la canción de Sinatra? «If I can make it here, I can make it anywhere.» Si puedo conseguirlo aquí, lo conseguiré en cualquier parte, ¿no? En mi caso, si puedo conseguirlo aquí, no tendré que subirme al próximo autobús con destino a Jersey sin dinero y con el rabo entre las piernas. Creía que, si Ben y yo nos mudábamos juntos a la ciudad y seguíamos creando «magia publicitaria» juntos, conquistaríamos Nueva York. ¿De verdad puedo, perdón, podemos labrarnos un futuro aquí? ¿Podemos conseguir que todos los que dudaron de nosotros muerdan el polvo? Eso espero. Y espero que Ben aparezca de una vez. Pensar en el mundo exterior me ha hecho sentirme más pequeña de lo que quiero, y, al fin y al cabo, somos un equipo creativo.

Mi teléfono suena al recibir un mensaje de texto como si una musa hubiese decidido atender mi llamada. Quizá sea mi mejor amiga, Kellie, llamándome desde el otro extremo del mundo para soltarme uno de sus típicos discursos motivadores. La verdad es que ahora mismo me iría mejor uno de esos discursitos que un plato de pad thai.

«Hola, Kay, ¿has avanzado algo con lo de Little Kitty?»

No, definitivamente no es un mensaje de Kell diciéndome que va a llamarme en cinco minutos. Es Suit, el jefe de cuentas, blandiendo de nuevo su látigo. Como si no supiera que tengo que presentarle mis ideas a Elliott a primera hora de la mañana. Como si no supiera que ya son las ocho y trece minutos de la tarde. ¿Por qué no me manda una foto de un Uzi apuntándome a la sien derecha?

Paranoica, miro por encima de las paredes de mi cubículo para asegurarme de que Suit no está merodeando por ahí cerca para vigilar si estoy trabajando. No, no hay signos de vida inteligente en toda la planta. Suit probablemente esté cenando en algún restaurante de moda con su novia superguapa, esa amazona de casi dos metros que vino a la fiesta de Navidad de la oficina vestida de cuero de la cabeza a los pies. Me apuesto lo que quieras a que solo está con Suit porque es alto. Es imposible que una chica como ella se dignase a llevar zapatos planos por un hombre. Como es habitual en mí, la noche de la fiesta de Navidad yo llevaba la ropa equivocada. El top de seda roja, que me había parecido retro cuando me lo compré en esa tienda de ropa vintage de Atlanta, brillaba tanto que Elliott se pasó la noche llamándome Rudolph. Y para empeorar las cosas, chicas como la novia de Suit inundaron la fiesta de la agencia —igual que inundan las calles de Manhattan— como si su misión en la vida fuera recordarnos a las demás que no damos la talla. Claro que, si Suit está ahora mismo con la señorita Mono de Cuero, dudo mucho que algo tan banal como la comida para gatos pueda retener su atención más de un segundo.

Lo más probable es que Suit haya salido con Elliott y su séquito a cenar a base de líquidos. Seguro que están en The Hole, ese bar de mala muerte que hay en el Soho donde siempre puedes encontrarte a alguien de nuestra agencia o de las otras agencias de la ciudad. No es que lo haya preguntado. Lo cierto es que agradezco poder disfrutar de unas cuantas horas de paz antes de que vuelvan borrachos y se pongan a jugar a Call of Duty en la Xbox de Elliott con la excusa de que se «van a quedar a trabajar hasta tarde».

El club de los chicos ha intentado presionar a Ben para que saliese con ellos esta noche a pesar de que saben que tenemos una entrega mañana. Una entrega que nos ha impuesto Elliott. Les he oído hablar en el ascensor, nuestro director creativo es especialmente escandaloso y maleducado. Elliott no está acostumbrado a que le digan que «no» cuando invita a alguien, así que ha atacado a Ben con muy mala leche y le ha preguntado «qué falda iba a ponerse para ir al gimnasio».

Evidentemente, Elliott es el líder de la manada. Todos le llaman «E», como si fuera el alucinógeno que animase al grupo, e, igual que la droga del éxtasis, «E» es famoso por sus cambios de humor, por sus altos y bajos. Cuando estamos solos, Ben y yo lo llamamos: «El Imbécil».

El club de los chicos de «E» es tan influyente que incluso recibió una mención especial en el artículo del Advertising Age en que se concedía el premio de agencia del año a la nuestra. El artículo decía textualmente: «El club de los chicos está en plena forma dentro del mundo de la publicidad gracias al director creativo Elliott Ford y a su equipo rebosante de testosterona».

Sí, testosterona, no cabe la menor duda. En general, en Schmidt Travino Drew no hay muchas chicas, y técnicamente yo soy la única que trabaja en el departamento creativo. Está Peyton la superzorra, pero ella es productora, y su trabajo se clasificaría más bien como de «soporte creativo», así que no cuenta. Después está Gina, la becaria del departamento creativo, que ha conseguido un ascenso pero a la que todo el mundo sigue pidiéndole que le traiga un café, así que ella aún cuenta menos. Estoy muy orgullosa del trabajo que tengo, pero sé que en una agencia como esta hay una lista larguísima de personas dispuestas a ponerme la zancadilla. Probablemente por eso estoy sentada aquí sola en este ridículo cubículo de acero y cristal mientras esa panda de borrachos —quiero decir creativos— trabajan fuera de la oficina.

«Vamos, Ben. Sal de ese ascensor y ven con tu Kay, enséñame tu cuerpo serrano.» Claro que, si viene ahora, no tengo nada que enseñarle.

Creo que me colaré en el despacho de Elliott y le cogeré prestados esos libros de fotografías que tiene, para ver si se me ocurre algo. Elliott tiene tres estanterías repletas de libros, y en la mesilla Lucite hay dos de animación de origen japonés, uno de grafitis y varios volúmenes dedicados al desnudo de féminas negras, al arte de los tatuajes, al arte de los juguetes, a las bailarinas del burlesque y a los videojuegos de los ochenta. Odio estar en esa oficina, seguro que sufro algún tipo de reacción pavloviana, porque allí es donde siempre recibo las críticas de mi jefe. Pero adoro esos sillones Eames. Me dejo caer en uno y empiezo a hojear uno de los libros de animación en busca de alguna idea visual que pueda ayudar a Ben con el diseño del anuncio de Little Kitty. Hace apenas unas horas, Ben estaba sentado en este mismo sillón mientras Elliott nos explicaba el proyecto. Huelo el respaldo y encuentro su perfume, Axe Phoenix… ¡Oooh! Cierro los ojos y me lo imagino, con su ancho torso repleto de músculos…, su pelo rubio rojizo despeinado… y esos ojos que tiene, juguetones y serios al mismo tiempo. Me imagino su risa ronca, tan típica del oeste, cálida como un abrazo de oso de esos que te levantan del suelo. Dios sabe lo bien que me iría ahora mismo uno de esos abrazos para sacudirme de encima el mal trago que he pasado hoy mismo en este despacho.

Ay, ha sido tan vergonzoso. ¿En serio era necesario que los Joshjohnjay entrasen en el despacho de Elliott cuando él nos estaba diciendo que cualquiera de los adictos de la calle Ocho harían mejor nuestro trabajo? Y después esa panda de descerebrados se han ido a jugar a los videojuegos como si nada. En lugar de quedarse y darnos algún consejo creativo sobre cómo afrontar ese proyecto, El Imbécil se ha dedicado a enseñarnos a todos la cámara de tamaño insecto que le han traído de Tokio y que seguro vale una pequeña fortuna. O, como él ha dicho tan humildemente: «Más de lo que vosotros, pobres mortales, ganáis en un mes».

Como de costumbre, los chicos han rodeado a E y han mirado embobados su último juguete. A E no hay nada que le guste más que los aparatitos de última tecnología, o, mejor aún, los aparatitos de última tecnología que aún no se han puesto a la venta.

—Tiene una lente Carl Zeiss —presume Elliott—, así que la calidad de las fotos es demencial. Y es la cámara más pequeña del mundo, por lo que nadie se da cuenta de que les estás grabando. —Entonces ha apretado un botón en su ordenador—. Ahora veréis, he filmado esto hace dos minutos.

Y de repente allí estoy yo, en un nada favorecedor primer plano, en la enorme pantalla del ordenador de Elliott, sudando la gota gorda mientras él nos riñe a Ben y a mí por lo pésimos que han sido los últimos anuncios que hicimos para Little Kitty. Mi pelo ralo está aún más empapado por el estrés; la mejilla izquierda, ahuecada porque me la estoy mordiendo como hago siempre que estoy nerviosa, y me conduzco como una ladrona a quien acaban de pillar con diez pares de bragas de Vicky Secret bajo los pantalones.

—Diría que los Special K del desayuno te han dado alergia —comentó con sarcasmo uno de los Joshjohnjays, y, por supuesto, otro se unió a la fiesta.

—¿Tienes alergia a los perros grandes, gatita malona?

Y entonces todos empezaron a partirse de risa a mi costa. Era el momento perfecto para contraatacar con un comentario sarcástico y unirme así a la cacería, pero, como de costumbre, mi lengua estaba más atada que el nudo de los cordones de mis Converse. Gracias a Dios que intervino Ben con su agudo sentido del humor. Se encargó de poner punto final a mi humillación con un divertido comentario:

—Vaya, Kay, nunca me había fijado en que tienes la piel tan bonita.

Una pequeña victoria en esta tarde en la que me he sentido como una perdedora de campeonato.

Tal vez Ben se comporta de vez en cuando como si se llevase bien con esos tíos, pero yo sé que jamás permitiría que el club de los chicos le afectara y le cambiara el carácter. Ben es muy de Wisconsin. Muy fiel a sus raíces. Ben me es fiel a mí… Supongo. Espero. Y un día querrá que seamos una pareja más allá del plano profesional, más en el plano horizontal. Estoy segura.

Suenan dos clics y vuelvo a la realidad. ¡La cámara oculta de Elliott! ¿Dónde está escondida? ¡Espero que no me esté filmando! Inspecciono el enormemente obsceno despacho de Elliott presa de un ataque de pánico. Esa estúpida cámara puede estar en cualquier parte.

Clic, clic, oigo de nuevo.

¿Y si Elliott y los chicos me están viendo ahora mismo y se están partiendo el culo de risa en el bar? ¿Y si mañana por la mañana toda la agencia recibe un email con un vídeo de mí olfateando la butaca Eames? Algo me golpea el pie y al bajar la vista me encuentro un robot de cuerda. Él es el autor de los clics. ¡Menos mal! Lo habré tirado de la mesa sin querer.

Recojo el juguete, elijo unos cuantos libros y salgo de allí pitando. Recorro el pasillo de los cubículos hasta llegar al mío y veo que en la mesa de Josh hay un robot de cuerda, y en la mesa de Jay también. Oh. ¿Esos chicos siempre se han copiado los unos a los otros o empezaron a hacerlo cuando Elliott, el famoso e imbécil director creativo, los contrató?

Para los Joshjohnjay El Imbécil nunca hace nada mal. Odio admitirlo, pero El Imbécil es carismático. Por suerte para mí, yo soy inmune a sus encantos. O quizá sea porque él jamás ha intentado incluirme en su grupo de bebedores de tequilas caros o de cervezas ecológicas o lo que sea que beban porque lo ha descubierto en las páginas de GQ o de Rolling Stones.

Con los chicos funciona. Ellos se pasan el día hablando de videojuegos y de música independiente y sin embargo son capaces de hacer anuncios para Superfine y para Atlantis y ganar un montón de premios con ellos. Siempre que les he visto con chicas (en las contadas ocasiones en las que yo consigo salir de la agencia y voy a tomar una copa en The Hole), me he sentido completamente intimidada por la compañía. Van con esa clase de chica que ves por la calle pero que nunca te aparece reflejada en el espejo de casa: guapa, segura de sí misma y que puede mantener una conversación sobre cualquier cosa.

Ben siempre detecta el instante exacto en que me siento poca cosa, y cuando los chicos aparecen con sus supermodelos él se acerca a mí y se pone a hablar conmigo.

Pero él nunca, ni una sola vez, se me ha insinuado. Y me quejo de ello siempre que hablo con Kellie. Quizá debería llamarla ahora. Sé que estoy buscando excusas para perder el tiempo, pero eso también forma parte del proceso creativo, ¿no?

De vuelta a mi mesa de trabajo, cojo el teléfono y veo que he recibido un mensaje:

«Hola de nuevo, ¿cómo va el eslogan de los gatos?»

¡Será pesado! Es el tercer mensaje de Suit en lo que va de noche. Ni loca voy a contestarle. ¿De verdad piensa que soy tan incompetente que necesita estar encima de mi continuamente? Voy a hacer el mejor anuncio del mundo. Perdón, Ben y yo haremos el mejor anuncio del mundo. Y, cuando lo hagamos, todos tendrán que besar nuestros preciosos traseros gatunos.

Miro el reloj. Las ocho y media. Ben tendría que estar aquí ya. ¿Qué coño le ha pasado? Y ¿qué hora es ahora en el jodido París? Desde que Kell se mudó allí para estudiar historia del arte, no me aclaro con la diferencia horaria y nunca sé si mi amiga está despierta o dormida. En especial porque, en París, Kell está llevando la vida con la que ambas soñábamos desde el instituto y no sigue horarios de oficina. Es probable que sea tarde en la ciudad de la luz, pero al menos le dejaré un mensaje. Últimamente no hemos hablado demasiado, yo le echo la culpa a la diferencia horaria y a mi trabajo estresante, pero lo cierto es que tampoco me he esforzado mucho en contactar con ella. Me mata hablar con alguien que siempre está contento mientras lo único que hago yo es quejarme.

Busco su nombre en la lista de contactos con marcación rápida y me preparo para que me salte el contestador, pero Kell me sorprende y me contesta. Lo que es aún más sorprendente es que puedo oír el sonido de vasos chocando y lo que parece ser una banda de rock francesa tocando.

—¡Bonjour, mon amie! —grita por encima de la música de fondo.

—¡Kell! ¡Creía que no te pillaría despierta! ¿Dónde estás?

—En una boîte muy guay en Saint-Germain con mes amis de l’université. ¿Dónde estás tú? —Mezcla el francés con el inglés con un acento parisién que yo jamás en la vida podría conseguir.

Inspecciono mi cubículo, se parece más a una caja que a una boîte, y me duele tener que confesarle que, otra vez, estoy trabajando hasta tarde.

—¡Mon dieu, Kay! —Su acento es tan chic—. Consigues que Nueva York suene… très aburrido.

—Lo sé… —suspiro, y apoyo los pies en la mesa de Ben—. Es que Little Kitty es un cliente infernal. Con ellos todo es para ayer, una fecha de entrega se solapa con la otra. Solo llevo cuatro meses en Schmidt Travino Drew y estoy segura de que ya he escrito más de trescientos cincuenta eslóganes para ellos, que van desde prometer que los gatos perderán menos bolas de pelo a que tendrán diez vidas, pasando por que su comida es tan buena que «se relamerán las patitas». Si te soy sincera, creo que solo ciento veinticinco de esas frases le han llegado al cliente. Y la única que han comprado ha sido: «Despídete de los días de mal pelaje, gatita».

—¡MIAU! —se burla Kell—. Despídete de tus días de anuncios pésimos, gatita.

—Lo sé. Brillante, ¿no?

—Kay, tal vez la gatita que hay en ti necesita salir un poco más, ¿n’est-ce pas?

—Muy graciosa. Suenas como los Joshjohnjay. Al menos Ben aún está de mi parte.

—¿Cómo está Monsieur Benjamin? S’il vous plaît, dime que al menos habéis empezado a hacer horas extras en la cama.

Aunque la agencia está vacía, me levanto y voy al baño. Al fin y al cabo, mi compañero debería estar de vuelta en cualquier momento.

—Ben ha ido al gimnasio a desquitarse un poco —le digo en cuanto cierro la puerta del lavabo del fondo—. El pobre se quedó sin ideas de comida para gatos hace un mes. Pero cuando vuelva ¡pasaremos toda la noche juntos!

—Oh la la, Kay, qué sexy —dice en un tono sarcástico, lo que me indica claramente que no aprueba mi respuesta.

—Ben es sexy —insisto—. El modo en que me mira cuando le cuento mis ideas es muy sexy. Y su risa es… Kell, ¿cuándo abrirá los ojos y me dará un beso?

—FaceTime —exige ella, y pulso el icono correspondiente. Aparece el precioso y glamuroso rostro de mi mejor amiga, y veo que ella también está encerrada en un baño para tener cierta intimidad.

Kellie deja de hacerse la francesa y me riñe en serio.

—¿No te has maquillado? Kaykay, ¿así es como piensas seducirle? Y deja que lo adivine. ¿Vaqueros anchos? Ninguna francesa se vestiría así si tuviera que pasarse la noche trabajando con el tío que le gusta.

Me miro al espejo por primera vez en toda la semana: pelo lacio y sin gracia color maíz, piel blanca y enfermiza, camiseta vieja y vaqueros… Kell tiene toda la razón.

—Lo sé. Lo sé. Pero es que tenemos esta horrible fecha de entrega. Con suerte voy vestida y duchada.

—Bolso. Ahora —me ordena, y yo salgo corriendo hacia mi cubículo mientras ella me suelta uno de sus discursos. Por eso la quiero tanto, aunque a veces tengo la sensación de que me echa la bronca en vez de sermonearme—. Deja de esperar a que te pasen las cosas y haz que te pasen las cosas, Kay. Ben te respeta y le gustas, solo está esperando una señal tuya. Esta noche vas a ponerte en modo sexy: un poco de lápiz de ojos, colorete, perfume, y, por el amor de Dios y de San Vogue, suéltate el pelo y cepíllatelo.

Vuelvo al baño para cumplir con sus instrucciones.

—Ahora desabróchate la camisa. Otro botón. Y súbete las tetas, por lo que más quieras. Ese sujetador se llama «push-up», no «push-down», por Dios.

—Sabes de sobra que no tengo tetas. —Intento recolocarme lo poco que tengo.

—Kaykay —suspira—, ser sexy es una cuestión de actitud. Tendrías que ver los cardos borriqueros que hay aquí en París que se ligan a tíos buenos solo porque saben flirtear.

—Yo soy más tipo jirafa espantosa. —Inspecciono mi físico delgado a lo chico y la nuez que me sube y me baja por la garganta. Tengo que reconocer que los pequeños cambios que ha sugerido Kellie han ayudado. Un poco. Quizá funcione.

—Ben también traerá cerveza, ¿no?

Asiento.

—Pues esta noche vas a beberte una, o tal vez dos. A la mierda con la campaña publicitaria, presta un poco de atención a tu vida. Quiero que te sientes cerca de Ben y que te rías de todo lo que diga. Tócale la mano de vez en cuando, y, cuando llegue el momento, quiero que le hagas ojitos y que te inclines hacia él para besarle.

Se me ponen los ojos como platos.

—Ahora o nunca, Kay —insiste—. Vosotros dos lleváis años trabajando juntos.

Dicho así suena tan fácil, pero para Kellie todo lo es. Ella es Batman, mientras que yo soy Robin. Yo tengo mis dudas de que vaya a salir bien. Tal vez no consiga besarle, pero flirtearé, eso seguro. O al menos le escucharé atentamente e intentaré no decir ninguna tontería.

Oigo pasos en el pasillo y susurro:

—¡Oh, Dios mío, Kell! ¡Ha vuelto!

—Ve por él, mon petit chou. Mándame un ShoutOut luego con todos los detalles, bisou bisou —dice y le da un morreo a la pantalla de su teléfono.

Cuelgo la llamada porque acabo de ver un primer plano de la lengua con piercing de mi amiga. ¿Ese piercing es nuevo? No tengo tiempo de preguntárselo. Cojo el bolso y vuelvo tranquilamente a mi cubículo.

—Más te vale haberme traído rollitos de primavera, Ben Wilder —le advierto—. Y unas cuantas buenas ideas.

Me vuelvo, ansiosa por encontrarme a Ben, y le dedico una sonrisa bien pícara. Pero no es Ben. De pie en medio de mi cubículo está Suit. ¡Mierda! Ignorar sus mensajes de texto no ha sido una buena idea.

Suit. Suit. Suit, nadie le llama por su nombre de verdad. Le ha quedado ese apodo porque siempre lleva traje. Al parecer en esta agencia todo el mundo tiene un alias o un alter ego. Lo que tiene sentido, teniendo en cuenta que nos dedicamos a la publicidad: el negocio más falso y con más mentiras del planeta. Pero, bueno, chavales, ¡es divertido! ¡Puedes ir a trabajar con chanclas! Eso sí, no esperes que nadie te valore por ser tú mismo.

Normalmente intento evitar a Suit como a la peste. No lo evito porque sea uno de los gestores más estrictos de la agencia y famoso por ponerse siempre de parte de los clientes. Ni porque siempre vaya tan peripuesto con sus trajes y sus camisas de Robert Graham, a diferencia del resto de nosotros, los creativos, que vestimos ropa informal, con vaqueros y zapatillas de deporte. No, me mantengo alejada de Suit porque él siempre aparece cuando creo que estoy sola y asoma la cabeza por mi cubículo para mirar qué estoy escribiendo. Es tan pasivo-agresivo… «Pregúntame de una vez cuánto me falta», estoy tentada de decirle. Lo preferiría a que siguiera comportándose como si mi trabajo le importase de verdad.

Este hombre se da cuenta de todo. Si existe alguien capaz de detectar que he estado perdiendo el tiempo, es él.

—¿Estás bloqueada? —me pregunta desde la entrada del cubículo, y luego señala el bolso con la barbilla mientras yo me siento.

¿Está insinuando que me he ausentado de la agencia durante un rato? ¡Qué manera tan pasiva-agresiva de acosarme!

—Solo he ido al baño. Sé que el plazo de entrega termina mañana, pero tengo permiso para ir al baño ¿no? ¿O quieres que mee en una botella de agua sin levantarme de la mesa? —A diferencia de mis otros compañeros de trabajo, con Suit no me muerdo la lengua. Probablemente porque él saca lo peor de mí, igual que me sucede con los dos cretinos que tengo por hermanos. Además, estoy acostumbrada a pelearme con ellos verbalmente. Y a Suit nunca he intentado impresionarle.

—Lo siento. Es que he tenido la sensación de que olía igual que en la sección de perfumes de Saks. Así que ¿todo va bien?

Suit camina hasta mi ordenador y entonces me doy cuenta de que no he cerrado el Word.

—Ven aquí, gatita malona —lee en voz alta. Es lo único que he escrito—. Kay, aunque esta frase me parece una genialidad, no me veo capaz de enseñársela a nuestro cliente. Espero que esto no sea todo lo que se te ha ocurrido.

—Oh, ¿esta frase? —evito contestarle—. Es una broma para Ben. Llegará en un rato y haremos las maquetas para la presentación. Tengo páginas y páginas de frases ganadoras.

Mierda. Frases ganadoras es el equivalente a decir «el eslogan del año». Odio cuando me comporto como un cliché y utilizo alguna de las frases que usan los fantasmas de la agencia.

—Me alegra oírlo. —Suit sonríe, es obvio que le he tranquilizado. Si Ben y yo no lo conseguimos, él será el que tendrá que dar la cara ante el cliente.

—¿Puedo verlas? —me pregunta en tono amistoso, pero en el fondo es su modo pasivo-agresivo de exigirme que se las enseñe.

El trabajo de Suit consiste en desarrollar la mejor estrategia para cada cliente y asegurarse de que nosotros, los creativos, la cumplimos. El mundo de la comida para gatos es muy competitivo, y las diferencias entre los distintos fabricantes, ridículas. Suit ha trabajado codo con codo con los ejecutivos de Little Kitty durante meses hasta dar con algo que pudiera diferenciarlos y hacer destacar la marca. Todas esas reuniones le han convertido en el contacto de la agencia con el cliente y en el empleado predilecto de Schmidt y de Travino. Suit le cae bien a todo el mundo y yo no logro entender por qué. Nunca he hablado con él sobre nada que no sea comida para gatos, pero supongo que puedo entender que a los clientes les resulte encantador. Ben me dijo un día que Suit es de algún lugar del sur. De Alabama o de Georgia, o tal vez de Louisiana o de vete a saber dónde. Cuando creces en la Costa Este, todos esos estados se te mezclan en la cabeza.

—¿De dónde eres? —le pregunto de la nada, ansiosa por evitar la pregunta que él acaba de hacerme.

Suit levanta las cejas y sonríe sorprendido por mi repentino y aleatorio interés en su persona.

«Kay, si esta es tu manera de flirtear, ni esta noche ni nunca conseguirás seducir a Ben.»

—De Nueva Orleans —me dice—. Es una pequeña ciudad de Louisiana, quizás hayas oído a hablar de ella.

Pues claro que he oído a hablar de Nueva Orleans. Y evidentemente sé dónde está Louisiana. Tiene forma de bota. O de bandera. Y sufrieron un terrible huracán, ahora me acuerdo.

«No le preguntes por el huracán, Kay. Tú eres demasiado sofisticada para caer en eso.»

—¡Mardi Gras! —le digo.

«Sí, mucho mejor. O tal vez no.»

—Sí, en Nueva Orleans celebramos Mardi Gras. —Ahora prácticamente se está riendo de mí en mi cara.

Como si apareciese de la nada, me acuerdo de Suit riéndose en la fiesta de Navidad. Esa noche me sorprendió que alguien tan estirado tuviese sentido del humor. Suit probablemente se llevaría a las mil maravillas con mis hermanos, los Supergemelos. Brett y Brian son unos triunfadores, los dos trabajan de analistas financieros, detalle sobre el que se fundamenta la teoría de mi madre de que nada de lo que yo hago está suficientemente bien. Gracias a Mamá Atila no sé aceptar un cumplido y mucho menos creérmelo.

«Naciste calva, parecías un pollito. Te pegaba con celo lacitos en la cabeza para que las enfermeras supieran que eras una niña.» A mamá le encanta contarme esta historia añadiendo que se trata solo de una broma.

«Dos cunas más allá había una niña preciosa, regordeta, con los ojos azules y rizos de querubín. Le sugerí a tu padre que cambiásemos los brazaletes y nos la llevásemos a ella a casa.»

Ella siempre acompaña esa anécdota con un ataque de risa y el ocasional resoplido. Cuesta mucho hacerte oír cuando creces al lado de una mujer que está enamorada de su propia voz. Por eso empecé a escribir. Desde que tengo uso de razón, escribir es el único modo en que consigo dar sentido a lo que pienso, porque cuando intento explicarlo verbalmente lo único que consigo es decir cosas sin sentido.

«¿Quieres ser escritora? ¿Por qué no te haces vagabunda directamente?», decía mamá para animarme.

Pero no importa lo que ella piense de mi oficio o si cree que no gano ni para pagar las facturas, lo prefiero mil veces al mundo sin alma de las finanzas. Sí, a mamá le encanta presumir de los Supergemelos allá donde va, pero, en serio, ¿a quién le importa que mis hermanos tengan, cada uno, un apartamento (de propiedad, no alquilado) en Tribeca?

—¿Entonces…? —Suit está mirándome. ¿Acaso me ha dicho algo y no me he enterado?

—¿Sí?

—Te he preguntado si, dado que ya has terminado de trabajar, querías venir a la fiesta. Creo que es la primera vez que te veo con los labios pintados.

Mierda. Sí que me había dicho algo y no me he enterado. Estaba pensando en las musarañas. Otro de mis defectos.

—No, nada de fiestas. Al menos por esta noche. —En realidad, sí que quiero ir a una fiesta privada, pero prefiero arrancarme los dientes antes de que Suit se dé cuenta. Kellie es la única que puede saberlo. Algunos secretos es mejor dejarlos encerrados en el lavabo de señoras.

—De acuerdo, como quieras —me dice.

Le miro porque no sé si me está tomando el pelo. En sus ojos no encuentro ni rastro de ironía. De hecho, sus ojos son indescifrables. Si tuviera que decir si Suit está de buen o de mal humor, tendría más probabilidades de acertarlo echando una moneda al aire que por su mirada. No es como los ojos de Ben; solo tengo que mirarlos un segundo para saber exactamente qué está pensando.

Ah, Ben. Quizás el plan de Kellie funcione… Cenaremos un poco, trabajaremos un poco, beberemos un par de cervezas. ¿Qué más ha dicho Kellie? ¿Que me recline hacia Ben? No, suena raro. Ah, sí, que me incline hacia él. Vale, me inclinaré toda la noche y después nos iremos a casa a ver la tele. Así suele entrarme sueño, pero quizá si me paso la noche haciéndole ojitos aguante despierta y a Ben le resulte seductora. Todo es cuestión de probar.

—¿Hola?

Vuelvo a la realidad con la esperanza de ver que Ben ya ha regresado, pero no tengo suerte y me encuentro con Suit mirándome perplejo. Si Suit no fuese tan implacable, ahora mismo me sentiría mal por él. No es culpa suya que su trabajo consista en asegurarse de que nosotros, los creativos, hagamos lo que él les ha prometido a los clientes. Y tampoco es culpa suya que nosotros a veces queramos mandarlo todo a paseo en lugar de estar trabajando.

—Lo siento —le digo—. Es que estoy muy concentrada en este proyecto y esta noche no se me da muy bien esto de la conversación.

—Bueno, pues volveré a intentarlo por la mañana. Estoy convencido de que tú y yo seremos los únicos que vendremos a trabajar, a juzgar por lo que he visto en ShoutOut. —Se da media vuelta y se va. Por fin. Sus pasos suenan con fuerza en el pavimento y suspiro aliviada al oír que se alejan.

Me vuelvo hacia el ordenador, borro la frase: «Ven, aquí, gatita malona», y en su lugar escribo: «Miau». No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Aún.

Quizá mire el ShoutOut un rato. Espera un momento. ¿Qué ha dicho Suit? ¿Qué está sucediendo? Esperaré a que llegue Ben para cotillear juntos. Es una de nuestras costumbres: hacer pausas en el trabajo para ver vídeos y reírnos de la gente.

Y Ben no tardará en llegar.

Seguro que está a punto de aparecer por la puerta.

Sería maravilloso que me quedase algún anacardo de la bolsa de antes. Podría picar algo mientras espero a Ben.

Porque él está a punto, a puntito de llegar.

Y no quiero estar muerta de hambre cuando llegue. El objetivo de esta noche es impresionarle, y estoy segura de que Kellie coincidiría conmigo si digo que devorar una caja de fideos chinos en cinco segundos no es sexy ni constituye una visión afrodisíaca para ninguna de las partes implicadas.

Seguro que la bolsa de los anacardos está por algún lado; habrá quedado escondida detrás del ordenador… No, aquí no está. ¿Se me habrá caído al suelo? Mierda, no, aquí tampoco está.

¡Ah! Tengo que concentrarme.

Vale, miraré el móvil solo un segundo para asegurarme de que Ben no me ha llamado ni me ha mandado ningún mensaje para explicarme por dónde anda.

No. Nada. Solo veo la vieja fotografía mía y de Kellie que tengo de fondo de pantalla desde siempre. Sería increíble que esta noche las cosas me saliesen bien. Podría cambiar el fondo de pantalla y poner una foto mía y de Ben. Y entonces Ben podría acompañarme a casa por Pascua y pasar unos días con mi familia y quizás en verano podríamos irnos de vacaciones a Europa o algo por el estilo.

Tal vez me esté precipitando un poco, solo estamos en febrero.

Pero tengo el móvil en la mano… y podría utilizarlo para perder el tiempo un par de minutos más. Además, el comentario de Suit me ha despertado la curiosidad…, así que abro la app de ShoutOut. Yo nunca he colgado ningún vídeo en ShoutOut contando mi vida como hace tanta gente, pero a Ben y a mí nos encanta conectarnos y ver un vídeo tras otro. Él me ha sugerido una o dos veces que hagamos uno para el canal de Schmidt Travino Drew, nuestra agencia está en todas las redes, pero me he negado en redondo; está demostrado empíricamente que hablar ante una cámara no es lo mío.

La app se abre y aparecen ocho vídeos nuevos. Miro al cielo y pido clemencia porque uno es de mi madre. Mis hermanos abrieron una cuenta para toda la familia, aunque probablemente solo lo hicieron porque querían aprender cómo funciona la app y así poder fanfarronear como si fueran expertos, ellos dos son así. Lo que no logro entender es por qué creyeron necesario enseñarle la app a mamá.

Hay dos vídeos más de la escuela de publicidad donde estudié. Un rollo.

Los cinco vídeos siguientes son de El Imbécil. Todos de las últimas cinco horas.

¿Qué diablos está pasando en The Hole un martes por la noche que es tan interesante como para hacer cinco vídeos?

Selecciono el último vídeo y lo clico inmediatamente para ver qué clase de aventuras están viviendo. Para empezar, no están en The Hole. A no ser que Louie el camarero se haya convertido en Louise, haya perdido sesenta quilos y la camisa y después se haya gastado dos mil dólares en Agent Provocateur.

¡Esos cerdos están en un club de striptease! ¡Mientras yo estoy en la oficina! Y ¿qué está haciendo esa bailarina encima de la pierna de Elliott?

Evidentemente, Elliott tiene la cámara oculta en marcha y, a juzgar por lo que estoy viendo, la ha colgado del vaso. El ángulo que aparece en la pantalla está tomado desde la pajita del cóctel.

Los Joshjohnjay aparecen uno tras otro. ¡Qué sorpresa! Todos tienen la típica mirada perdida de los borrachos y una sonrisa estúpida en la cara.

Y luego está Peyton, con unas botas negras hasta las rodillas. Dios, ¿quién la ha invitado?

Ahora que lo pienso, probablemente la hayan invitado todos.

Peyton, Peyton, Peyton.

Esa zorra. Aún no me he recuperado del día que la conocí, cuando me esquivó sin ni siquiera presentarse y fue a estrecharle la mano a Ben. Intenté desahogarme con Kellie, pero no me sirvió de nada. Kellie me preguntó si había algún motivo por el que Peyton no me cayese bien exceptuando que le tirase los tejos al chico que a mí me gustaba.

La duda de Kellie me ofendió (Ben no solo me gusta, somos amigos, compañeros de trabajo y vivimos juntos), así que le expliqué que Peyton me da mala espina por dos motivos: 1) se comporta como si tuviese un padre rico que le comprase la ropa más cara del mundo, y 2) es de Oregón.

Sé de buena tinta que Kellie detesta a las niñas pijas y malcriadas y que odia a cualquiera que sea de Oregón desde que su familia la llevó allí de camping en 1999; llovió todos los días y su hermano le vomitó encima en el avión. Esa clase de información es confidencial y solo dispongo de ella porque soy su mejor amiga, pero sé cómo utilizarla. Mi plan funcionó a la perfección y desde entonces Kellie odia a Peyton con todas sus fuerzas.

Espera a que le cuente que Peyton ha ido a un club de striptease con los chicos. Esto es peor, mucho peor, que comprarte unos zapatos caros con la tarjeta de crédito de tu padre porque tú no puedes permitírtelos.

La cámara se mueve, genial, se desenfoca y… espera…, espera un momento. Esa manga de camisa azul me resulta muy familiar. Necesito que Elliott mueva el vaso un poco hacia la izquierda… Vale, sí, así vas bien, Elliott. Allí, perfec…

Oh, Dios mío. De perfecto nada. La camisa azul me resulta familiar porque está conectada a un cuello y a una cara que veo prácticamente cada minuto del día a pocos metros de mí.

¿Cómo puede estar pasando esto?

¿Por qué no me ha llamado para contármelo?

¿Ben está en un club de striptease?

Joder, necesito que me dé el aire. No, más que me dé el aire, necesito ver qué pasa en el siguiente vídeo.

Ben parece estar un poco borracho. Hace eso de echar la cabeza hacia atrás para reírse cuando Ben en realidad no es así. Ben es más de reírse despacio y con la voz ronca; cuando tiene un ataque de risa, agacha la cabeza. Pero en el vídeo tiene la cabeza echada hacia atrás y ahora…, espera un segundo…, oh, Dios mío, será zorra. ¿Por qué está Peyton acercándose a Ben? ¿Qué es lo que lleva en la mano, un chupito? ¿Por qué apoya el borde del vaso en la boca de Ben?

Arranco los ojos de la pantalla y busco desesperadamente a mi alrededor porque necesito preguntarle a alguien por qué está Peyton acercando los labios a los de Ben.

Vuelvo a mirar el vídeo porque en realidad no quiero perderme nada y… se están besando.

Se están besando delante de todo el departamento creativo. Solo falto yo porque… ¿aún estoy en el trabajo? ¿Pensando eslóganes de comida para gatos?

Sé que tendría que esperar y ver qué sucede después, quizá tendría que darle a reproducir otro vídeo. Quién sabe, quizás hayan estado besándose toda la noche. Quizá lleven todo el mes besándose y yo he tenido la cabeza tan metida en mi mundo de fantasía que no me he enterado.

Estúpida, estúpida, he sido una estúpida al pensar que Ben me preferiría a mí antes que a una chica como Peyton.

Chándal frente a Channel.

Una chica que vive en una hoja de papel frente a una chica que vive el momento.

La lista podría seguir creciendo. Yo no me habría atrevido a entrar en ese club de striptease, o me habría dado miedo o asco, o qué sé yo. Pero a una chica como Peyton no.

Me vuelvo y miro a través de la ventana que hay detrás de mi silla. No suelo sentarme así porque quedo al descubierto y los Joshjohnjay pueden atacarme, pero ahora no me importa. Ha empezado a nevar y tendría que sentirme afortunada por estar calentita aquí dentro y porque hace una preciosa noche estrellada, y porque tengo un buen sueldo y un apartamento y muchas cosas más.

Pero no me siento afortunada ni nada que se le parezca. Yo solo quiero una cosa en la vida, y no la tengo: Ben.

Oh, mierda. Voy a llorar, noto esa presión característica bajo las orejas, y eso significa que dispongo de cuatro segundos para salir pitando de aquí antes de estallar en lágrimas. No voy a llorar en el trabajo. Aunque la agencia está vacía, esta es una zona libre de lloros. Bastante tengo con tener que soportar la regla aquí una vez al mes.

Dejo el ordenador con la palabra «miau» en la pantalla. No tengo tiempo de apagarlo. Cojo el bolso y corro hacia el ascensor. En el vestíbulo oigo la música de fondo que suena a todas horas. Estoy segura de que es una canción de Coldplay. Si Ben estuviera aquí, habría hecho una broma sobre que solo faltan un par de años para que la música que nos gusta se convierta en música de ascensor.

Pero

Ben

No

Está

Aquí.

Aprieto el botón sin parar y en cuanto las puertas se abren oigo unos pasos procedentes del otro lado del edificio. Probablemente sea Suit, que tras dar la jornada por concluida se va a casa, pero ni muerta puedo permitir que entre en el ascensor conmigo. He agotado mis cuatro segundos y el grifo va a abrirse.

No tengo pañuelos. Si mi madre estuviera aquí, me echaría una bronca.

Entro en el ascensor de un salto y le doy al botón de cerrar las puertas. Venga, venga, venga, ¡funciona, maldita sea!

Las puertas por fin se cierran. Seguro que Suit ya estaba en el vestíbulo, pero no he mirado porque tampoco le habría visto. Las lágrimas me han inundado los ojos y me corren por las mejillas y el mentón: soy la típica imagen de alguien a quien le han roto el corazón. No doy abasto secándomelas, así que desisto.

Me apoyo en la pared del ascensor en cuanto empieza a bajar y cierro los ojos.

Lo último que quiero ver es mi reflejo en el cristal cromado. El reflejo de una chica idiota que se gana la vida escribiendo palabras pero que se niega a ver la advertencia con luces de neón que tiene delante.

—–

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Algo tan sencillo como tuitear te quiero

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FICHA TÉCNICA

Título: Algo tan sencillo como tuitear te quiero

Autor: Blue Jeans

Editorial: Planeta

Nº de páginas: 529

Mi puntuación: 📕📗📘‘5 / 5

 

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CAPÍTULO 1

—Guau.

Aquel lugar es tal como aparecía en las fotos. Elena intenta no perderse ni un detalle de lo que tiene delante. Cuando cruza la verja de la entrada, observa el imponente edificio principal de tres plantas, repleto de ventanales, algunos con la persiana echada todavía. A la derecha ve un campo de fútbol sala, con canastas de baloncesto a los lados; y a la izquierda, las pistas de te-nis. Son tres, de cemento azul. Supone que detrás se encuentran la piscina cubierta y el gimnasio. Pero lo que más le llama la atención es una especie de lago, con una cascada al fondo, que embellece la imagen de aquella residencia de estudiantes.

—¡Qué morro tienes! ¡Yo también quiero quedarme aquí! —grita a su lado una chica rubia, con el pelo recogido en una coleta alta.

—A ti todavía te quedan dos años de instituto, Marta —le comenta su madre mientras arrastra una de las maletas de su hija mayor.

—Seguro que esto está lleno de tíos buenos. No como en Toledo.

—¡Marta! ¿Desde cuándo piensas en eso?

—¿Me lo estás diciendo en serio, mamá? —¡Claro que sí! ¡Hablo muy en serio!

Elena sonríe para sí al escucharlas discutir. No es la primera vez. Pero su madre no se entera de nada. Si supiera que la pequeña de la familia ha tenido ya cuatro o cinco medio novios, se volvería loca. Aunque es normal. Su hermana se ha convertido en una adolescente preciosa y los tíos llevan varios años persiguiéndola. Ella, en cambio, ni siquiera ha pensado en chicos toda-vía. No le interesan. A sus dieciocho años puede presu-mir de haberse mantenido al margen de cualquier tipo de relación y no haber tenido ni tentaciones. Quizá es porque todavía no ha aparecido esa persona que le guste tanto como para preocuparse por el amor. Sus intereses han sido otros: estudiar, prepararse bien en los años de instituto y su página web.

—¡Pero mira eso! ¡Madre mía! —exclama Marta señalando a dos chicos en pantalón corto que también van cargados con sus equipajes—. Creo que voy a venir mucho a visitarte.

Los ojos de Elena se dirigen hacia donde su herma-na indica. Por una vez, debe darle la razón. Los dos son bastante llamativos. Uno es alto y moreno; el otro, un poco más bajo, con el pelo corto castaño y con pin-ta de atleta. Lleva una camiseta sin mangas y sujeta una bolsa de mano, aparentemente muy pesada, sin ningún esfuerzo. Ambos entran en el edificio antes que ellas.

—Cuando regresemos a Toledo, vamos a hablar tú y yo de esto —le recrimina Pilar a su hija menor.

—¿Otra vez? Venga, mamá, que no soy una niña. Tengo ya dieciséis años.

—Eres muy joven todavía. No quieras crecer antes de tiempo.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme en casa? —la desafía la chica—. ¿Hay alguna ley que prohíba que salga con chicos?

Cada vez que hace algo que sus padres no aprueban, Marta recurre a la misma pregunta: «¿Hay alguna ley que prohíba…?». Y es que, aunque los dos son abogados, no siempre encuentran argumentos para frenar los impulsos de su hija pequeña. Con Elena, en cambio, no tienen ese problema. Nunca les da dolores de cabeza. Es muy responsable y piensa las cosas antes de hacerlas. Además, se sienten muy orgullosos de que quiera seguir sus pasos. Ha elegido Derecho como carrera y ambos están seguros de que será una gran jurista.

—¿Vais a continuar con la discusión aquí en medio o entramos de una vez?

Su madre y su hermana aparcan la disputa momentáneamente y comienzan a subir la escalera de mármol que conduce a la puerta principal del edificio. Elena carga con la maleta más pesada y casi no puede con ella. Cada escalón es un sufrimiento.

—Pero ¿cómo es posible que no haya una rampa para…? —murmura.

Entonces se da cuenta de que sí existe una rampa para subir, a su derecha. Había estado tan pendiente del rifirrafe entre su hermana y su madre y de aquellos dos chicos que no se había fijado. Maldice su torpeza en un susurro crispado e intenta volver a bajar los escalones para enmendar su error. Sin embargo, el asa se le escurre de las manos y la maleta aterriza en el suelo, golpeando en su descenso, uno por uno, todos los peldaños de mármol que ya había subido.

—Pero, Elena, ¡qué has hecho! —grita su madre, alterada, desde la puerta del edificio.

La chica se lleva las manos a la cabeza y, a continuación, baja rápidamente a comprobar los daños. La maleta está abierta de par en par, con parte de su ropa esparcida por el suelo, como si hubiera decidido montar allí mismo su particular top manta. Avergonzada, se aga-cha y comienza a guardarla de nuevo.

—¿Quieres que te ayude?

Es una voz masculina, dulce y agradable. Cuando Elena alza la mirada, ve a un chico con el pelo corto, moreno y de grandes ojos verdes. Un simpático hoyuelo le marca la barbilla, y luce un pequeño tatuaje en el cuello. Parece un ave fénix. También se agacha para echarle un cable.

—No, no te preocupes —responde muy seria y tensa. Se da cuenta de que sostiene un tanga rosa en sus manos y rápidamente lo esconde bajo el resto de la ropa. El joven sonríe y se incorpora. —Como tú quieras —comenta.

Cualquier otro probablemente se hubiera marcha-do, pero él decide permanecer junto a ella.

Elena continúa recogiendo su ropa y observando de reojo a aquel chico. ¿Por qué no se va de allí? ¿Qué pretende?

—Perdona, ¿quieres algo?

—Asegurarme de que tu maleta y tú llegáis enteras arriba.

—Ah. No sabía que en esta residencia te asignaban un ángel de la guarda nada más llegar.

—¿Sí? Yo tampoco lo sabía. Soy novato como tú. Aunque me di cuenta de que había una rampa y subí mi maleta por ella.

Le hace gracia lo que dice, pero no piensa reírle la broma. Elena cabecea y se pone de pie. Ya ha guardado toda la ropa en la maleta. Pero aparece un nuevo problema. ¡No cierra!

—Oye, ¿por qué tardas tanto? —le pregunta Marta, que ha bajado la escalera hasta donde está su hermana.

La chica entonces pone sus ojos en el joven que acompaña a Elena. ¡Es guapísimo! Y ese tatuaje en el cuello le hace terriblemente sexi. Marta sonríe como una tonta. Se ha puesto tan nerviosa que ni le salen las palabras.

—Hola. Eres su hermana, ¿verdad?

—Sí, es mi hermana —se adelanta a responder Ele-na algo molesta—. Marta, ayúdame a cerrar esto.

La chica obedece, aunque se le ha instalado una sonrisa ingenua en la cara de la que no puede deshacerse.

—Me llamo David. ¿Vosotras?

—Ella es Marta; y yo, Elena —contesta la mayor de las hermanas sentándose sobre la maleta e intentando cerrarla.

—Encantado, Marta y Elena…

—Igualmente, David.

—¿Me dejáis que os ayude? Terminaremos antes. Marta asiente con la cabeza, sin hablar. Elena trata de hacer fuerza una última vez, pero sin éxito. Así que se da por vencida y accede a que David colabore. Las dos chicas se sientan sobre la maleta, algo que aprovecha el joven para hacer presión y ajustar los dos cierres.

El ruido de dos clics indica que la operación ha sido un éxito. Cerrada.

—Por fin… —resopla Elena—. Gracias. —De nada.

Y, dejando a su hermana pequeña junto al chico, camina hasta la rampa, arrastrando la maleta, y la sube. Menudo estreno. ¡No podía empezar con peor pie! Se sonroja al pensar que ese tío ha visto su ropa interior tirada por el suelo. Solo espera que aquello no sea un presagio de lo que le espera en los próximos nueve me-ses de curso.

Su madre la recibe cuando llega a la puerta de entra-da del edificio.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes —responde. Y mira hacia aba-jo, donde su hermana y David dialogan animadamente. Los dos ríen.

—¿Entramos entonces? —Sí, vamos.

Madre e hija cruzan la puerta giratoria. Al fondo, se halla la recepción de la residencia. Los dos chicos que vio nada más llegar se encuentran allí todavía. Un hombrecillo calvo y con gafas les acaba de entregar una llave a cada uno. Los estudiantes le dan las gracias, cogen su equipaje y se marchan por el pasillo de la izquierda. Elena los sigue con la mirada hasta que desaparecen tras una puerta verde oscuro en la que pone «1B» en grande.

—¿En qué puedo ayudarlas? —les pregunta el recepcionista cuando están frente a él.

—Soy Elena Guillermo. Estoy inscrita en esta residencia.

El bedel se gira hacia un ordenador y teclea el nombre que acaba de escuchar. Lee la pantalla y toma unas notas en un papel. Luego se dirige otra vez a la joven y le sonríe con amabilidad.

—Bienvenida a la residencia Benjamin Franklin, Elena. Mi nombre es Jesús y estoy aquí para ayudarte en lo que necesites.

—Gracias, Jesús.

—Tienes que rellenar este formulario —dice mientras le entrega una hoja que saca de debajo del mostrador—. Puedes hacerlo en tu cuarto si quieres y me lo das después. Es una ficha de residente.

—Muy bien. Gracias.

—Además, léete esto cuando puedas —señala mostrándole un pequeño cuaderno plastificado—. Son las normas de la residencia.

—Lo haré enseguida.

El hombrecillo se gira y coge una llave de un panel que tiene detrás. Se da la vuelta otra vez y se la entrega a Elena, que ha guardado el cuadernillo con las normas en el bolso.

—Tu habitación es la 1151, en el pasillo 1B. Es ese de tu izquierda. Bienvenida. Espero que tu estancia aquí sea satisfactoria.

—Muchas gracias. Seguro que sí.

Elena y Pilar se despiden de Jesús. Las dos caminan hasta la puerta que el hombre les ha indicado. La misma que atravesaron los dos chicos que se registraron antes que ella.

—No sabía que chicas y chicos compartían pasillo en esta residencia.

—Yo tampoco, mamá.

La joven abre la puerta del 1B y coloca la maleta delante para evitar que se cierre. Oye ruido y gente ha-blando al fondo, pero no ve de quién se trata. El pasillo es bastante ancho y lo componen nueve habitaciones, de la 1151 a la 1159. Las impares quedan a la izquierda y las pares a la derecha, salvo la 1159, que está justo en el centro, al final del pasillo. La suya es la primera del lado izquierdo.

—Espero que esto no suponga una distracción para ti. —¿El qué?

—Que vivas puerta con puerta con chicos. —Mamá, no soy como Marta. Sé que aquí vengo a estudiar.

Su madre no las tiene todas consigo. Es verdad que Elena siempre ha sido muy responsable y que nunca les ha dado problemas. Pero tener tan cerca la tentación…

Recuerda cuando ella estaba en la universidad y lo que le complicó la carrera conocer al que hoy es su marido. No fue fácil compaginar los estudios con la relación, que pasó por mil y un altibajos en aquellos años. Aun-que finalmente hubo final feliz y ambos lograron su objetivo y terminaron casándose.

—Bueno, espero que eso no se te olvide. Derecho es hincar los codos y dedicarle muchas horas. Debes centrarte en la carrera si quieres sacar buenas notas.

—Tranquila, mamá. Lo tengo todo muy claro.

La chica alcanza de nuevo la maleta y la deja junto a su puerta. Después mete la llave en la cerradura de la 1151 y abre. La habitación no es demasiado grande, aunque parece acogedora. Lo primero que hace Elena es sentarse en la cama y dar unos botecitos sobre el colchón para comprobar su elasticidad. Mientras, su madre sube la persiana y abre la ventana. Entra bastante luz. Desde allí puede ver el lago y la cascada.

—¿Te gusta la habitación? —le pregunta Pilar admirando el paisaje.

—Sí, es como en las fotos. Y me encanta la vista que me ha tocado.

La joven echa un vistazo a su alrededor. Le agrada el color amarillo clarito de las paredes y el techo. Sabe que allí pasará muchas horas encerrada, estudiando, duran-te los próximos meses. El escritorio es amplio y en la estantería de madera tiene suficiente espacio para todo lo que se ha llevado: libros, fotos de su familia y amigos de Toledo, ordenador portátil, algún peluche…

—El armario está muy bien. Creo que aquí cabrá toda tu ropa —indica su madre, que lo está inspeccionando todo con ojos de sargento.

—Menos mal.

—¿Te has traído la plancha pequeña? —Por supuesto.

La ropa y su aspecto es algo fundamental para Ele-na. Ha leído en algunos foros de la universidad que los estudiantes de Derecho suelen ir, en su mayoría, muy bien vestidos a clase. Ella no iba a ser menos. Siempre le ha gustado arreglarse y maquillarse adecuadamente. Su madre le enseñó a hacerlo desde que era pequeña.

La chica se levanta de la cama y entra en el cuarto de baño. Es muy sencillo. Pequeñito, funcional y con un plato de ducha. Elena se mira en el espejo y piensa en el gran paso que está dando. Aquel día supone el comienzo de una nueva etapa en su vida.

—¿Se puede? —preguntan desde el umbral de la puerta, que permanece abierta.

—Claro. Adelante.

Elena sale del baño y observa a su hermana pequeña, que no viene sola. La acompaña David, el chico que las ha ayudado antes a cerrar la maleta. Sus miradas coinciden un instante, hasta que la joven, ruborizada, la aparta hacia otro lado.

—Marta, no te vayas muy lejos, que nos vamos a marchar dentro de poco —le advierte su madre al escuchar la voz de su hija menor.

—¿Ya? ¿No nos quedamos a comer?

—No podemos. Tengo mucho trabajo en el des-pacho.

La chica protesta y suelta una palabra malsonante en voz baja. Le hubiera gustado pasar más tiempo con aquel chico sevillano tan guapo y tan amable. Está cansada de los tíos del instituto, que solo van a lo que van y que, para colmo, son unos inmaduros.

—¿Cuál es tu habitación? —le pregunta a David mientras busca algo en su bolso.

—La 1152. Está enfrente.

—¿En serio? ¿Eres vecino de mi hermana? —Eso parece.

Elena oye la conversación entre los dos y se sorprende. Aquel chico será uno de sus compañeros de pasillo durante el curso. Lo vuelve a mirar sin que él se dé cuenta. Está pendiente de algo que Marta está escribiendo en un papelito: su wasap y su cuenta de Twitter. No puede negar que aquel chico está francamente bien. Y parece bastante agradable. ¿Por qué antes, en la esca-lera, se puso a la defensiva con él? También ha conseguido que se sonroje. ¡Dos veces! No es propio de ella. Ningún tío ha logrado lo que aquel en apenas unos minutos y prácticamente sin desearlo. No cabe duda, algo pasa. Pero no tendrá tiempo para averiguarlo. ¡Está allí para estudiar! ¡Para convertirse en una gran abogada! Sus padres confían en ella y va a hacer lo posible para que continúen orgullosos.

Los chicos no le interesan. David no le interesa. O al menos eso es de lo que intenta convencerse aquel 10 de septiembre en un lugar de la ciudad.

—–

Capítulo disponible AQUÍ.

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El crimen del ganador

el-crimen-del-ganadorFICHA TÉCNICA

Título: El crimen del ganador

Título original: The winner’s crime

Autor: Marie Rutkoski

Editorial: Plataforma Neo

Nº de páginas: 392

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

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CAPÍTULO 1

SE CORTÓ AL ABRIR EL SOBRE

Kestrel se había dejado llevar por la emoción, había sido una idiota, se había abalanzado sobre la carta simplemente porque estaba escrita en herraní. Se le resbaló el abrecartas. Unas cuantas gotas de sangre cayeron sobre el papel y dejaron unas manchas brillantes.

No era de él, naturalmente. La carta era del nuevo ministro de Agricultura herraní. Le escribía para presentarse y comunicarle que estaba deseando reunirse con ella.

«Creo que vos y yo tenemos mucho en común, y mucho de qué hablar», le decía. No estaba segura de a qué se refería con eso. No lo conocía, ni siquiera había oído hablar de él. Aunque suponía que tendría que reunirse con el ministro en algún momento (después de todo, era la embajadora imperial ante Herrán, que ahora era un territorio independiente), a Kestrel no la entusiasmaba precisamente tener que pasar tiempo con el ministro de Agricultura. Ella no tenía ni la más remota idea sobre rotación de cultivos ni fertilizantes.
Captó el tono arrogante de sus pensamientos. Notó cómo le hacían apretar los labios. Se dio cuenta de que estaba furiosa con aquella carta.

Consigo misma. Con la forma en la que se le había acelerado el corazón al ver su nombre escrito en el sobre empleando el alfabeto herraní. Había anhelado tanto que fuera de Arin…

Pero hacía casi un mes que no tenía contacto con él, desde que le había ofrecido la libertad de su país. Además, él no había escrito el sobre. Conocía su letra. Conocía los dedos con los que sostendría la pluma. Las uñas recortadas, las cicatrices plateadas de antiguas quemaduras, el roce áspero de sus manos encallecidas… nada de eso concordaba con su elegante letra cursiva. Debería haber sabido de inmediato que la carta no era de él. Pero aun así: el rápido vistazo al papel. Aun así: la decepción.

Apartó a un lado la carta. Se desamarró el fajín de seda que llevaba a la cintura, sacándolo de debajo de la daga que portaba a la cadera, como todos los valorianos. Se envolvió la mano ensangrentada con el fajín. Estaba estropeando la seda de tono marfil. La tela se manchó de sangre. Pero un fajín estropeado carecía de importancia, al menos para ella. Kestrel estaba prometida con el príncipe Verex, heredero del imperio valoriano. La reluciente línea oleosa que le dibujaban cada día en la frente era la prueba de ello. Poseía montañas de fajines, montañas de vestidos, ríos de joyas… Era la futura emperatriz. Sin embargo, se tambaleó al levantarse de la silla de ébano tallado. Recorrió con la mirada el estudio, una de las numerosas habitaciones que componían sus aposentos, y la invadió la inquietud al contemplar las paredes de piedra, las esquinas que formaban con insistencia perfectos ángulos rectos, la forma en la que dos estrechos pasillos daban a la habitación. No debería extrañarse, pues sabía que el palacio imperial también era una fortaleza. Los pasillos angostos servían para frenar el avance de una fuerza invasora. No obstante, tenía un aspecto extraño y hostil. No se parecía en nada a su casa. Kestrel se recordó que, en realidad, su casa en Herrán nunca le había pertenecido.
Puede que se hubiera criado en esa colonia, pero era valoriana. Estaba donde se suponía que debía estar. Donde había elegido estar.

El corte había cesado de sangrar. Dejó la carta y fue a cambiarse de vestido para la cena. Eso era su vida: telas lujosas y adornos de muaré de seda. Una cena con el emperador… y el príncipe. Sí, esa era su vida. Debía acostumbrarse. El emperador estaba solo. Sonrió al verla entrar en el comedor de paredes de piedra.

Llevaba el cabello gris muy corto, siguiendo el mismo estilo militar que su padre, y la perspicacia se reflejaba en sus ojos oscuros. No se levantó de la larga mesa para recibirla.

–Majestad Imperial –dijo ella, inclinando la cabeza.
–Hija –respondió él. Su voz resonó en la sala abovedada, rebotando contra los platos y vasos vacíos–. Siéntate. Kestrel se dispuso a obedecer.
–No –repuso él–. Aquí, a mi derecha.
–Ese es el sitio del príncipe.
–Al parecer, el príncipe no está presente.

Kestrel se sentó. Los esclavos trajeron el primer plato y sirvieron vino blanco. Podría haberle preguntado por qué la había convocado para que cenara con él y dónde estaba el príncipe, pero había comprobado que al emperador le encantaba emplear el silencio para avivar la inquietud de los demás. Kestrel dejó que el silencio aumentara hasta que fue tanto cosa suya como de él, y solo habló cuando sirvieron el tercer plato.

–Tengo entendido que la campaña contra el este va bien.
–Eso cuentan las cartas de tu padre desde el frente. Debo recompensarlo por el brillante desarrollo de la guerra. O tal vez debería recompensarte a ti, lady Kestrel.
Ella bebió de su copa.
–Yo no he tenido nada que ver.
–¿Ah, no? Tú insististe en que pusiera fin a la rebelión herraní concediéndole autogobierno a la región bajo mi autoridad. Tú argumentaste que eso liberaría tropas y dinero para dedicarlos a la guerra del este, y hete aquí –hizo un gesto pomposo con una mano– que así ha sido. Un consejo muy inteligente de alguien tan joven.

Aquellas palabras la pusieron nerviosa. Si el emperador supiera la verdadera razón que la había llevado a abogar por la independencia herraní, le costaría muy caro. Kestrel probó la comida preparada con tanto esmero. Había barcos hechos de pastel de carne, con velas de gelatina transparente. Comió despacio.

–¿No te gusta?
–No tengo mucha hambre. El emperador hizo sonar una campanilla de oro.
–El postre –le indicó al muchacho que apareció al instante–. Pasaremos directamente al postre. Sé cuánto les gustan los dulces a las jóvenes. Sin embargo, cuando el chico regresó portando dos platitos de porcelana tan delicada que la luz se filtraba a través de los bordes, el emperador repuso:

–Para mí no.
El joven depositó un plato delante de Kestrel, junto con un tenedor extrañamente ligero y traslúcido. Se calmó. El emperador no sabía la verdad acerca del día en que lo había instado a poner fin a la rebelión herraní. Ni él ni nadie. Ni siquiera Arin sabía que había comprado su libertad con unas cuantas palabras estratégicas… y la promesa de contraer matrimonio con el príncipe heredero.

Si Arin se enteraba, se opondría. Se autodestruiría. Si el emperador se enteraba de por qué lo había hecho, la destruiría a ella. Kestrel contempló la nata montada rosada que se amontonaba en su plato y el tenedor transparente, como si compusieran todo su mundo. Debía hablar con cautela.

–¿Qué más recompensa iba a desear, cuando me habéis concedido a vuestro único hijo?
–Sí, mi hijo es todo un premio. Sin embargo, aún no tenemos fecha para la boda.
¿Cuándo será? No te has pronunciado sobre el tema.
–Me pareció que debería decidirlo el príncipe Verex.
Si la elección quedara en manos del príncipe, la fecha de la boda sería nunca.
–¿Por qué no decidimos nosotros?
–¿Sin él?
–Querida, si la endeble mente del príncipe no puede recordar algo tan simple como el día y la hora de una cena con su padre y su prometida, ¿cómo podemos esperar que planifique cualquier parte del acontecimiento de Estado más importante de las últimas décadas? Ella no dijo nada.

–No estás comiendo.
Kestrel hundió el delicado tenedor en la nata y se lo llevó a la boca. Los dientes del tenedor se fundieron contra su lengua.
–Azúcar –comentó, sorprendida–. El tenedor está hecho de azúcar endurecido.
–¿Te gusta el postre?
–Sí.
–En ese caso, debes comértelo todo.

Pero ¿cómo iba a terminarse la nata si el tenedor no dejaba de fundirse cada vez que comía un bocado? Todavía sostenía la mayor parte del cubierto en la mano, pero no duraría.
Un juego. El postre era un juego, la conversación era un juego. El emperador quería ver cómo iba a jugar.

–Creo que finales de este mes sería perfecto para una boda –propuso él.
Kestrel comió más nata. Los dientes se fundieron por completo, dejando algo parecido a una cuchara deformada.
–¿Una boda en invierno? No habrá flores.
–No necesitas flores.
–Si sabéis que a las jóvenes les gustan los postres, también debéis saber que les gustan las flores.
–Supongo que entonces preferirías una boda en primavera.
Ella encogió un hombro.
–Sería mejor en verano.
–Por suerte, en mi palacio hay invernaderos. Incluso en invierno, podríamos alfombrar el gran salón con pétalos.
Kestrel comió más postre en silencio. El tenedor se convirtió en un palo plano.
–A menos que desees posponer la boda –añadió el emperador.
–Estoy pensando en nuestros invitados. El imperio es inmenso. Vendrá gente de todas las provincias. Resulta horrible viajar en invierno, y las cosas no mejoran mucho en primavera. Llueve. Los caminos se llenan de barro…
El emperador se recostó en su silla, estudiándola con una expresión divertida.
–Además, odiaría desperdiciar una oportunidad. Ya sabéis que los nobles y gobernadores os darán todo lo que esté a su alcance (favores, información, oro…) a cambio de los mejores asientos en la boda. El misterio de qué me pondré y qué música sonará distraerá al imperio. Nadie se daría cuenta si tomarais una decisión política que, de otro modo, indignaría a miles. Yo, en vuestro lugar, disfrutaría de mi largo compromiso. Sacadle el máximo provecho.
Él se rió.
–Ay, Kestrel. Serás una emperatriz magnífica. –Alzó su copa–. Por vuestra feliz unión, el día del solsticio de verano.

No le habría quedado más remedio que brindar por eso, si el príncipe Verex no hubiera entrado en el comedor y se hubiera detenido en seco. En sus grandes ojos se reflejó una gama de emociones: sorpresa, dolor, ira…
–Llegas tarde –le espetó su padre.
–Claro que no –repuso Verex con los puños apretados.
–Kestrel se las ha arreglado para llegar a tiempo. ¿Por qué tú no?
–Porque me dijisteis mal la hora.
El emperador chasqueó la lengua.
–La entendiste mal.
–¡Me estáis haciendo quedar como un tonto!
–Yo no estoy haciendo nada de eso.
Verex cerró la boca de golpe. Su cabeza se balanceó sobre el delgado cuello como si fuera algo atrapado en una corriente.
–Ven –dijo Kestrel con dulzura–. Toma el postre con nosotros.

La mirada que le lanzó le indicó a Kestrel que, por mucho que odiara los juegos de su padre, detestaba aún más que ella le tuviera lástima. Salió huyendo de la sala. Kestrel jugueteó con el trozo que quedaba del tenedor de azúcar. Incluso después de que el silencio hubiera vuelto a imponerse tras la ruidosa retirada del príncipe por el pasillo, sabía que no debía hablar.
–Mírame –le ordenó el emperador.
Ella levantó la vista.
–No quieres que la boda sea en verano por las flores ni los invitados ni el beneficio político. Quieres posponerla lo máximo posible.
Kestrel aferró el tenedor con fuerza.
–Te concederé lo que quieres, dentro de lo razonable –anunció–, y te diré por qué.
Porque no te culpo, teniendo en cuenta al novio. Porque no gimoteas cuando quieres algo, sino que tratas de lograrlo. Como haría yo. Cuando me miras, ves en quién te transformarás. Una soberana. Te he elegido, Kestrel, y te convertiré en todo lo que mi hijo no puede ser. Alguien digna de ocupar mi puesto. Kestrel se quedó mirándolo, buscando su futuro en los ojos de un anciano capaz de tratar con crueldad a su propio hijo. El emperador sonrió.

–Mañana me gustaría que te reunieras con el capitán de la guardia imperial.
No conocía al capitán, pero estaba familiarizada con su labor. Oficialmente, era responsable de la seguridad personal del emperador. Extraoficialmente, sus servicios incluían otros de los que nadie hablaba: vigilancia, asesinatos… Al capitán se le daba bien hacer desaparecer a la gente.
–Tiene algo que enseñarte.
–¿El qué?
–Es una sorpresa. Alegra esa cara, Kestrel. Te estoy dando todo lo que podrías desear.

A veces, el emperador era generoso. Había presenciado audiencias en las que les había concedido a algunos senadores terrenos privados en nuevas colonias o puestos de poder en el Cuórum. Pero también había visto que su generosidad tentaba a otros a pedir un poquito más. Entonces, el emperador entrecerraba los ojos, como un gato, y Kestrel comprobaba cómo sus regalos hacían que la gente revelase lo que quería de verdad. Sin embargo, no podía evitar desear que la boda pudiera posponerse más de unos pocos meses. El solsticio de verano era mejor que la semana que viene, por supuesto, pero seguía siendo pronto. Demasiado pronto. ¿El emperador aceptaría esperar un año? ¿Más?

–El solsticio de verano… –dijo.
–Es la fecha perfecta.

Kestrel posó la mirada en su mano cerrada. Un olor dulce se extendió cuando la abrió y la apoyó, vacía, sobre la mesa. El tenedor de azúcar se había desvanecido por el calor de su palma.

—–

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Pescando salmones en Alaska

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FICHA TÉCNICA

Título: Pescando salmones en Alaska

Autor: Caridad Bernal

Editorial: Harlequin (HarperCollins Ibérica)

Nº de páginas: 136

Mi puntuación: 📕📗📘‘5 / 5

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Capítulo 1

–Es difícil saber por dónde empezar la que supongo tendría que definir como la gran aventura de mi vida… – Elisa se detuvo al leer sus propias palabras en voz alta, estaba aterrorizada. Decidió coger aire antes de que la voz le temblara por culpa de los nervios, así que respiró profundamente mientras miraba a todos aquellos jóvenes expectantes. Aquello era todo un ejercicio de autocontrol, ya que su primer impulso al subirse a esa tarima fue el de salir corriendo.

En medio de un auditorio tan grande como este, se sentía más pequeña aún de lo que ya era. El momento era real, estaba sucediéndole, y sin embargo le seguía pareciendo increíble que donde hacía años habían estado sus propios profesores dándole clase estuviese ella ahora.

Buscó entre el público, y por fin halló, a la persona que deseaba ver. Solo entonces tuvo el valor suficiente para continuar su discurso, viéndolo sonreír se sentía más segura– así que empezaré por el principio. Me llamo Elisabeth Moreno, pero todos me llaman Elisa. Trabajo para una ONG internacional en el estudio para la protección de los océanos. A que os suena bonito, ¿verdad? Sobre todo cuando trabajas en lo que te gusta y ves que tu trabajo sirve para algo. Pero llegar hasta aquí, como podréis suponer, no ha sido nada fácil. Aunque tampoco creo haber hecho nada espectacular, no me considero ninguna heroína ni nada parecido. Supongo que mi historia es de esas de las que cuentan que con ganas de trabajar duro y mucha fuerza de voluntad se consigue cualquier sueño… y eso es, al fin y al cabo, lo que quieren que os explique. Así que no os deprimáis si os ronda alguna locura por la cabeza que queráis hacer al terminar vuestra carrera, yo soy el vivo ejemplo de que nada es imposible: ¡si yo lo he conseguido, vosotros también podéis!– Elisa cambió de tarjeta para continuar con su discurso.

Mientras hablaba, los recuerdos se agolpaban en su mente. Cada frase tenía mucho sentido para ella, y esperaba de veras llevar un poco la ilusión a esos chicos que ahora veían su futuro tan oscuro–. Yo estudié, como estáis haciendo ahora mismo vosotros, en esta magnífica universidad Elisa guiñó el ojo al grupo de profesores asistentes que estaban sentados en la primera fila. Ellos le sonrieron y la piropearon como respuesta, dejando muy claro la buena relación que había entre ellos– hasta que me licencié con la especialidad de Biología Marina, se puede decir que mi vida estaba siendo bastante normal, más o menos como la vuestra ahora. ¡Sin un duro en el bolsillo pero con unas ganas inmensas de comerme el mundo!

Corría el año 2008, a esas alturas no tardaríamos en estar todos hartos de oír la palabra crisis, pero en mi interior ya se cocía una idea extraña para encontrar un trabajo ese mismo verano. Uno que significaría el primer paso de esta historia… La primera vez que me interesé en la pesca de altura, más que por oír algo sobre el tema, fue por culpa de una foto ¡Sí, habéis oído bien! A mis manos había llegado un prospecto de la pesca comercial del salmón en Alaska, y en ella se hacía referencia a sus posibilidades laborales. Al final del texto había una foto de una chica joven con una sonrisa espectacular, tumbada sobre las cuerdas de un barco. Entonces pensé: ¿y si fuese yo la de aquella foto? Os puedo decir sinceramente que no me informé demasiado, tan solo tenía ganas de salir del cascarón a lo grande, y ni siquiera tenía una experiencia sólida en la pesca de alta mar. Vamos, como podéis imaginar por lo que os estoy contando, ¡todo un modelo a seguir! Se oyeron algunas risas de fondo, haciendo que Elisa levantara la vista de sus papeles. No pretendía ser graciosa, simplemente hablaba como lo sentía en aquel momento. Ahora tenía otra perspectiva de toda su hazaña, y al contarla, veía lo disparatada que era. ¡Menos mal que en su momento tuvo el valor suficiente para hacerlo!–. Por supuesto, mi familia se opuso rotundamente al principio ¡Nadie en su sano juicio cogía la mochila y se iba a Alaska a trabajar ni más ni menos que pescando! “Si lo único que quieres es aprender a pescar, ¿por qué no lo haces aquí?”, me decía mi padre. Y en parte os confieso que tenían mucha razón, los primeros meses de novata me los podría haber ahorrado trabajando aquí pero supongo que, cuando eres joven, asumes ciertos riesgos que son los que después marcan tu vida. Muchos de mis compañeros habían decidido seguir estudiando aquí su doctorado, otros comenzaron a trabajar en prácticas para algunas empresas, y yo, sin embargo, solo tenía un objetivo: ser esa mujer de la foto. Conseguir esa sonrisa… ¡Y si me tenía que ir a Alaska para obtenerla, me iría! Así de cabezota era, supongo que más o menos como ahora. Bien, en este punto os haré un breve inciso desde mi humilde experiencia. Para trabajar en el extranjero, mucho más importante que el dinero, es el nivel de inglés. Si tienes que hacer una entrevista, preguntar una dirección o enterarte de lo acaba de decir la megafonía del aeropuerto, seguramente tu dominio del inglés será más valioso que llevar mil euros en el bolsillo. Así que poneos seriamente a estudiar inglés, no penséis que allí fuera van a ser muy pacientes en enseñaros el idioma. Y si no te puedes hacer entender, no serás muy útil para nadie, ni siquiera para ti mismo. En mi caso, creí tener suerte con este tema, ya que mi madre es filóloga inglesa y desde pequeña me había estado hablando con un perfecto acento inglés. Yo estaba muy orgullosa de ser como un disco viviente de la BBC, pero al salir de aquí me di cuenta de que para lo único que me servía aquello era para que me situaran, no sé por qué, en algún punto entre Exeter y Bath. Irlandeses, noruegos, rusos, tailandeses, chinos… nadie habla el inglés que se estudia en los libros, así que preparaos para sentiros muy solos al principio. Otra cosa muy importante para conseguir un empleo fuera, y no tiene nada que ver con el currículum, son tus cualidades. Ser sociable, por ejemplo, es una gran baza si vas a trabajar en equipo. Y eso, aunque creáis que no, también se puede ver en una entrevista de trabajo: ¿practicas deporte? ¿Cuáles son tus aficiones? Todo influye y se mira con lupa. Todo lo que aprendes en esta vida te puede servir en algún momento. En mi caso, al principio, saber coser una red fue la clave para que me contratasen en un barco. Pensad que una de las preocupaciones principales de un capitán de barco es que sus trabajadores sean lo más independientes posibles. Sé sincero si nunca has realizado un trabajo parecido, prefieren gente honesta en la que puedan confiar que a aquellos que cuentan el mismo rollo del aprender rápido, etc. Si tienes otras habilidades como cocinar o la electrónica, también pueden beneficiarte una vez en el barco. Especialmente buscan a gente que no dé demasiados problemas, se pueda confiar en ellos y sean suficientemente independientes en pocos días. Pero sobre todo tened en cuenta una cosa, y esto se puede extrapolar a cualquier sitio, el éxito para obtener un empleo es que te guste el trabajo ¡Eso es primordial! Ya sabéis lo que dicen: el secreto de la felicidad no es hacer lo que se quiere, sino querer lo que se hace. Porque al final ese amor que le pongas a las cosas se notará y te diferenciará… Pero volvamos a esa chica ilusionada que salió de su casa por culpa de una foto. Cuando eres extranjera, y en mi caso encima implica ser mujer, sin experiencia ninguna e ilegal prácticamente, las opciones laborales allí fuera son nulas ¡Os lo puedo asegurar!

El auditorio volvió a llenarse con algunas risas, la verdad es que habían acertado con la primera conferenciante de este año. Elisa no estaba haciendo solo una charla muy interesante para los jóvenes que estaban hoy aquí reunidos, sino también divertida. Mientras, una periodista local hacía fotos al aforo trasladándose lo más silenciosamente posible de un lugar a otro. Comprobó con una sonrisa en los labios cómo seguían entrando chicos en la sala a pesar de no haber ya sitios libres ¡Y es que no todos los días se podía escuchar a una aventurera como Elisa!

Por lo que la joven estaba contando, modestia aparte de la narradora, pocas mujeres estarían dispuestas a pasarlo de motu proprio. De modo que ya solo por saciar su curiosidad, merecía la pena haber venido. –… las posibilidades que yo tenía en Alaska de subirme a un barco se reducían a que el capitán solo quisiese ligar conmigo o que quizás no hubiese conseguido completar su tripulación a tiempo por insconciente, teniendo que recurrir a los restos que estábamos esperando en el puerto de Anchorage. Y es que, ¡míradme! No mido más de metro sesenta, y el diámetro de mis bíceps no es el de Popeye precisamente… Hasta la periodista tuvo que reírse, Elisa estaba metiéndose al público entero en el bolsillo–. ¡Ningún hombre en su sano juicio me contrataría para trabajar en un barco! Pero no me importaba trabajar duro, muy duro, durísimo. Y fue así como la gente terminó conociéndome. Porque creedme, en la mar todos se terminan conociendo muy bien. Por suerte o por desgracia, es mucho el tiempo de convivencia, así que aunque lo tuve muy difícil para enrolarme la primera vez, para la segunda no me faltaron ofertas. Elisa paró un momento para beber agua.

Tenía una extraña sensación al hablar de su pasado, como si hubiese sido otra chica la que se hubiese ido de casa con tanta osadía. Solo ahora que iba a ser madre ella también, entendía lo duro que había sido para la suya dejarla marchar. Alejarse de aquella manera de su familía no habría sido plato de buen gusto, y sin embargo, llegado el momento sus padres no pusieron serios impedimentos. Quizás porque la conocían demasiado–. Pero os diré una cosa, sobre todo si lo que queréis es vivir del mar como yo. Incluso años después de aquel inicio que más me valdría olvidar, cuando una ya entra como bióloga en un barco y no como un grumete de pacotilla, tampoco te tienes que sorprender si un día te toca hacer de cocinero, al siguiente te toca ayudar en la descarga o limpiar la cubierta. Eso sucede a diario. Lo más normal es que estés sin ducharte durante días: ¡tú y todos los que navegan contigo! A veces por cuestiones meteorológicas tienes que permanecer trabajando más de cuarenta y ocho horas seguidas, oliendo a pescado y soportando temperaturas extremas. No te extrañe si comes pasta o arroz durante semanas, o que las manos se te agrieten y te sangren sin poder curarse durante meses ¡Eso es vivir del mar! Ya sé que suena horrible, pero después obtienes tu recompensa. Aunque, no os equivoquéis, no hablo de dinero. Al menos en los barcos a los que yo me subo nadie es millonario. Hablo de superarte en alta mar, de ser consciente de que estás a merced de los elementos, ya seas hombre o mujer, ¡eso en plena tormenta da exactamente igual! Hablo también de luchar por proteger nuestro fondo marino, pues como todo lo que tenemos a nuestro alrededor, lo estamos destruyendo. Hablo, y esto lo sabréis mejor que yo, de conseguir por ley que no se utilicen un tipo de redes para lograr la supervivencia de ciertas especies. Hablo de que se oiga tu voz en un auditorio para que alguno de los estudiantes que te escucha siga tus pasos con el mismo entusiasmo. Chicos, os lo digo en serio, puede que no escogiese el mejor camino para conseguir mi primera experiencia en la mar, pero cuando miro atrás y recuerdo todo lo que he vivido y aprendido, ¡os prometo que volvería a hacer la maleta! Hubo un aplauso espontáneo por parte de algunos oyentes al terminar aquella inspirada frase, no permitiendo hablar más a Elisa durante unos breves segundos. Mientras tanto, Laura Martínez, nuestra fotógrafa y periodista, apoyaba la espalda en una pared al fondo de la sala para obtener así mejor perspectiva.

Buscaba al culpable de aquellas miradas de complicidad que de vez en cuando había lanzado Elisa durante el transcurso de su emocionado discurso. Un detalle muy sutil del que apenas nadie más se había percatado. En realidad solo Laura se había dado cuenta, ya que estando a solo unos metros de ella para fotografiarla, había podido estudiar su expresión corporal. Era como si estuviera focalizando sus frases en una sola persona para superar el trauma de hablar en público, algo que, por supuesto, le estaba dando resultado. Sin embargo, entre tanta gente, era muy difícil dar con el objeto de tanta atención… Laura seguía buscando mientras pensaba en las palabras de Elisa. Ni siquiera hacía falta estar estudiando biología para querer escuchar su bonita experiencia, cualquier periodista estaría dispuesto a saber más sobre las aventuras de aquella joven intrépida. Ese aspecto más bien aniñado, su sonrisa permanente y aquellos grandes ojos negros que parecían ávidos por ver mundo, le daban a todo el conjunto un brillo especial. Solo oyéndola hablar tan apasionadamente cautivaba, y eso era lo que se palpaba hoy allí. Resumiendo en una palabra, era optimismo en estado puro, digna portada de una revista ¿Y por qué no de la suya? Se estaba preguntando Laura.

Elisa era de esas personas que, a pesar de su pequeña estatura, no parecían achatarse ante las situaciones difíciles. Como por ejemplo, estar aquí ahora mismo. –¡Ahí estás! –celebró por fin la fotógrafa. Finalmente había encontrado al afortunado al que tanto miraba Elisa y, como imaginaba, era un hombre. Estaba casi al final de la sala, pero no había dudas de que era él, conocía bien ese magnetismo invisible que parece haber entre una pareja. Ella sonreía cuando él lo hacía, como si Elisa le estuviera contando otra historia entre líneas, una que solo ellos dos conocían. Se acercó más a él muy disimuladamente, quería un buen plano de aquel tipo, aunque fuera de perfil. Según su intuición femenina, por la manera en la que él la miraba, podría asegurar que era su pareja. Puso el zoom al máximo de la cámara para descubrir una alianza en sus dedos. Aquello era perfecto, con historia de amor incluida ¡Menudo artículo!

Como en tantas otras ocasiones, la mente de Laura ya viajaba antes de saber la verdad sobre ellos dos. ¿No querían los de la redacción historias reales? ¿No les pedían que hablasen con los protagonistas de cada día? ¡Pues aquí los tenía!, pensaba febril la joven periodista mientras seguía enfocando con su objetivo al supuesto amor de Elisa.

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Cinder (Crónicas lunares I)

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FICHA TÉCNICA

Título: Cinder. Crónicas lunares I

Autor: Marissa Meyer

Editorial: Montena

Nº de páginas: 416

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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Capítulo uno

El tornillo que le atravesaba la articulación del pie se había oxidado, y tenía tan desgastados los surcos en forma de cruz de la cabeza que, en su lugar, solo quedaba una depresión circular de bordes irregulares. Le dolían los nudillos de la fuerza que ejercía en cada giro de destornillador, intentando aflojar el tornillo. Cuando consiguió que asomara lo suficiente para poder arrancarlo con la mano biónica de acero, el fino relieve en espiral había quedado completamente borrado.

Cinder arrojó el destornillador sobre la mesa, asió el pie por el tobillo y tiró con fuerza para desencajarlo. De pronto saltó una chispa que le chamuscó las puntas de los dedos. Cinder soltó el pie de golpe y se apartó rápidamente, por lo que este quedó colgando de una maraña de cables rojos y amarillos.

Se recostó hacia atrás con pesadez y dejó escapar un gruñido de alivio. Una sensación de liberación revoloteaba al final de los cables. Después de llevar cuatro años maldiciendo aquel pie que le venía demasiado pequeño, juró no volver a ponerse aquel chisme nunca más. Ahora solo faltaba que Iko no tardara demasiado en volver con el recambio.

Cinder era la única mecánica del mercado semanal de Nueva Pekín que ofrecía un servicio integral. Sin letrero, lo único que delataba la naturaleza de su negocio eran las estanterías que llenaban las paredes, abarrotadas de recambios de serie para androides. La tienda estaba encajada en un recoveco sombreado, entre un comerciante de seda y un hombre que se dedicaba a la compraventa de telerredes. Ambos solían quejarse del fuerte y desagradable olor a grasa y metal que manaba del tenderete de Cinder, a pesar de que el aroma de los bollitos de miel de la panadería del otro lado de la plaza solía disimularlo. Cinder sabía que, en realidad, lo que no les gustaba era estar cerca de ella.

Un mantel lleno de manchas separaba a Cinder de los curiosos que se paseaban por delante. La plaza estaba atestada de compradores y vendedores ambulantes, de niños y bullicio. De los gritos de quienes intentaban regatear con tenderos robóticos, empeñados en que los ordenadores rebajaran su margen de beneficio. Del zumbido de los escáneres de identidad y la monótona voz que anunciaba la recepción del dinero cuando este cambiaba de cuenta. Del rumor de las telerredes, que revestían los edificios y asfixiaban el aire con el murmullo de anuncios, noticias y cotilleos.

La interfaz auditiva de Cinder amortiguaba el ruido y lo convertía en un susurro vibrante, pero ese día no conseguía ahogar la persistente melodía que se imponía a todo lo demás. A pocos pasos de su puesto, unos niños bailaban en corro cantando «cenizas, cenizas, todo se derrumba» y luego se tiraban al suelo, riendo alborozadamente.

Una sonrisa se debatía en los labios de Cinder. No tanto por la cancioncita infantil —una canción sobrecogedora sobre la peste y

la muerte, que había recobrado popularidad durante la última década y que le provocaba cierto repelús— como por la satisfacción con que acogía las miradas desaprobadoras que los transeúntes les dirigían a los niños, que, muertos de risa, les entorpecían el camino con sus caídas. La molestia de tener que sortear los cuerpos que se retorcían en el suelo provocaba los reniegos de los compradores. Solo por eso, Cinder adoraba a los niños.

—¡Sunto! ¡Sunto!

Se había acabado la diversión. Cinder vio que Chang Sacha, la panadera, se abría camino entre la gente, vestida con su delantal cubierto de harina.

—¡Sunto, ven aquí! Te he dicho que no quiero que juegues tan cerca de…

Sacha miró a Cinder, frunció los labios, cogió a su hijo por el brazo y dio media vuelta. El niño gimoteó y fue tras ella arrastrando los pies mientras su madre le ordenaba que no se alejara del tenderete. Cinder arrugó la nariz en un gesto de burla dirigido a la espalda de la panadera. Los demás niños desaparecieron raudos y veloces entre la multitud y se llevaron sus risas cantarinas consigo.

—Como si los cables fueran contagiosos —comentó Cinder entre dientes a su puesto vacío.

Las vértebras le crujieron al estirar los brazos y pasarse los sucios dedos por el pelo para retirárselo hacia atrás y recogérselo en una coleta despeluzada. Luego recogió los guantes de trabajo chamuscados y se cubrió primero la mano de acero. Aunque la palma de la otra empezó a sudarle en el acto dentro del grueso material, se sentía más cómoda cuando los llevaba puestos y ocultaban el revestimiento metálico de la mano biónica. Estiró y separó los dedos todo lo que pudo

para aliviar el calambre que le contraía la base del pulgar de apretar el destornillador con tanta fuerza y volvió a echar un vistazo a la plaza de la ciudad. Vio unos cuantos androides retacos y blancos entre la muchedumbre, pero ninguno de ellos era Iko.

Con un suspiro, Cinder se inclinó sobre la caja de herramientas que guardaba debajo de la mesa de trabajo. Después de rebuscar entre el batiburrillo de destornilladores y llaves inglesas, por fin dio con el extractor de fusibles que llevaba siglos enterrado en el fondo. Uno tras otro, desconectó los cables que todavía unían el pie al tobillo, arrancando un chispazo cada vez que tiraba de uno de ellos. No los sentía gracias a los guantes, pero el visor retinal le informaba debidamente que perdía la conexión con la pierna a través del texto rojo y parpadeante.

El pie cayó con estrépito al suelo de cemento tras propinarle un tirón al último cable.

El cambio fue instantáneo. Por primera vez en su vida se sentía… ligera.

Hizo sitio en la mesa para dejar encima el pie arrancado y lo colocó en medio de las llaves inglesas y las tuercas de bloqueo, como si le hubiera hecho un santuario, antes de volverse a agachar sobre el tobillo y limpiar con un trapo viejo la suciedad que se había acumulado en el anclaje.

¡Pam!

Cinder se sobresaltó y se golpeó la cabeza contra la parte inferior del tablero. Irritada, lo primero con que se topó al separarse de la mesa fue con una androide apagada que descansaba repantingada sobre el tablero y, lo segundo, con el hombre que esperaba detrás. Un joven de melena negra que le llegaba por debajo de las orejas, ojos

castaños con un tinte cobrizo que la miraban sorprendidos y unos labios que todas las chicas del país habían admirado miles de veces.

Cinder relajó el entrecejo.

El breve desconcierto del joven se transformó en culpabilidad. —Lo siento —se disculpó—, no sabía que había alguien ahí abajo.

Estaba tan estupefacta que le costó comprender que se dirigía a ella. Con el pulso acelerado, el visor retinal de Cinder escaneó las facciones del joven, aunque después de los años que llevaba viéndolo en la telerred le resultaban muy familiares. Parecía más alto en persona, y la sudadera gris con capucha no casaba con la ropa elegante que solía lucir en sus apariciones públicas, pero aun así el escáner de Cinder solo necesitó 2,6 segundos para medir los puntos del rostro y enlazar la imagen con la base de datos de la red. Al instante, el visor le informó de lo que ya sabía. Los datos aparecieron en la parte inferior de su campo de visión, en una cadena de texto de color verde.

, RIENTAL

ID # 0082719057
NACIMIENTO 7 ABR. DE 108 T.E.

SS. 88.987 CRONO INVERSA

PUBLICADO EL 14 DE AG. DE 126 T.E.: EL PRÍNCIPE HEREDERO KAI

CELEBRARÁ UNA RUEDA DE PRENSA EL 15 PARA INFORMAR SOBRE EL TRABAJO DE INVESTIGACIÓN QUE ESTÁ LLEVÁNDOSE A CABO EN TORNO A LA LETUMOSIS Y LAS POSIBLES VÍAS PARA HALLAR UN ANTÍDOTO…

Cinder se levantó de un salto y poco le faltó para caerse, pues olvidó que le faltaba un pie. Recuperó el equilibrio apoyándose en la mesa con ambas manos y, como pudo, hizo una desmañada reverencia. El visor retinal se apagó al instante.

—Su Alteza —balbució, con la cabeza gacha, alegrándose de que el joven no pudiera ver que le faltaba un pie gracias a la tela que cubría el tablero de trabajo.

El príncipe hizo un mohín y echó un rápido vistazo a sus espaldas, antes de inclinarse hacia ella.

—Tal vez, eso… —Se llevó un dedo a los labios—. Lo de Alteza y esas cosas.

Con los ojos como platos, Cinder asintió temblorosa.
—Claro. Por supuesto. ¿En qué… puedo…? ¿Qué… estáis…? Tragó saliva, las palabras se le pegaban al paladar como si estuvieran hechas de pasta de alubias.

—Busco a Linh Cinder —dijo el príncipe—. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Cinder se arriesgó a levantar una de las manos que la ayudaban a mantener el equilibrio y tiró del borde del guante para subírselo un poco más y ocultar la muñeca.

—Yo… Yo… Yo soy Linh Cinder —tartamudeó, sin alzar la vista más allá del pecho del príncipe.

Cinder siguió el movimiento de la mano del joven, que la plantó sobre la protuberante cabeza de la androide.

—¿Tú eres Linh Cinder?
—Sí, Alte… —Se mordió el labio. —¿El mecánico?

Cinder asintió.

—¿En qué puedo ayudaros?

En vez de responder, el príncipe se agachó, estiró el cuello de modo que a Cinder no le quedara otro remedio que mirarlo a los ojos y le dedicó una sonrisa encantadora. A Cinder le dio un vuelco el corazón.

El príncipe se enderezó, obligándola a levantar la vista.
—No eres exactamente lo que esperaba.
—En fin, vos tampoco sois precisamente… lo que… esto… —Incapaz de sostenerle la mirada, Cinder alargó la mano y atrajo a la androide hacia ella—. ¿Qué le ocurre a la androide, Alteza?

La androide parecía recién salida de fábrica, pero Cinder sabía que se trataba de un modelo antiguo por cómo imitaba las formas femeninas. Aun así, el diseño era de líneas elegantes, con una cabeza esférica que coronaba un cuerpo de caderas pronunciadas y un acabado blanco y reluciente.

—No consigo que se encienda —explicó el príncipe Kai, atento mientras Cinder examinaba el robot—. Iba la mar de bien y, un día, de repente, dejó de funcionar.

Cinder le dio la vuelta a la androide de modo que la luz del sensor quedara de cara al príncipe. Era un alivio poder entretener las manos con algo rutinario y la mente con las preguntas habituales, cualquier cosa en la que concentrarse para que los nervios no volvieran a hacerle perder el control de la conexión con su cerebro.

—¿Os había dado problemas alguna vez?
—No. Los mecánicos reales le hacen una revisión mensual y este es el primer problema serio que ha tenido.

El príncipe Kai se apoyó en el mostrador, cogió el pequeño pie metálico de Cinder y le dio varias vueltas, con curiosidad. Cinder se

puso tensa y observó con atención al joven mientras este echaba un vistazo a la cavidad llena de cables y toqueteaba las articulaciones flexibles de los dedos. El príncipe utilizó la manga de la sudadera, varias tallas más grande, para limpiar una mancha.

—¿No tenéis calor? —preguntó Cinder, arrepintiéndose en el acto de haber recuperado la atención del joven.

Por un instante fugaz, el príncipe casi pareció avergonzado. —Estoy asándome, pero intento pasar desapercibido —contestó.

Si te ha gustado, puedes leer AQUÍ mi reseña.

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#KissMe: prohibido enamorarse

kissmeFICHA TÉCNICA

Título: #KissMe: prohibido enamorarse

Título original: The Deal

Autor: Elle Kennedy

Editorial: Alfaguara

Nº de páginas: 352

Mi puntuación: 📕📗📘📙📓 / 5

 

 

 

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1
HANNAH

Él no sabe que existo.

Por enésima vez en cuarenta y cinco minutos, miro de reojo a Justin Kohl. Es tan precioso que se me encoge la garganta. La verdad es que probablemente debería usar otro adjetivo; mis amigos chicos insisten en que a los hombres no les gusta que se les llame «preciosos».

Pero, madre de Dios, es que no hay otra forma de describir sus rasgos duros y sus expresivos ojos marrones. Hoy lleva una gorra de béisbol, pero sé lo que hay debajo: un pelo grueso y oscuro; al mirarlo se nota que es sedoso al tacto y te dan ganas de pasar los dedos a través de él.

En los cinco años que han pasado desde la violación, mi corazón ha latido solo por dos chicos.

El primero me dejó.

Este ni se da cuenta.

En el podio del auditorio, la profesora Tolbert enuncia lo que he llegado a llamar el «Discurso de Decepción». Es el tercero en seis semanas.

Sorpresa, sorpresa, el 70 por ciento de la clase ha sacado un 4,5 o menos en el examen parcial.

¿Y yo? Yo he sacado un 10. Y estaría mintiendo si dijera que el «10» enorme y en boli rojo metido en un círculo en la parte superior de mi examen no me ha pillado por sorpresa total. Todo lo que hice fue garabatear un rollo interminable de chorradas para intentar llenar los folios.

Supuestamente, Ética Filosófica estaba tirada. El profesor que solía dar la asignatura hacía exámenes estúpidos tipo test y un «examen» final que consistía en una redacción en la que había que desarrollar cómo reaccionarías ante un dilema moral dado.

Pero dos semanas antes del inicio del semestre, el profesor Lane se desplomó de un ataque al corazón y murió. Escuché que su señora de la limpieza lo encontró en el suelo del cuarto de baño; desnudo. Pobre hombre.

Por suerte —y sí, eso es sarcasmo absoluto—, Pamela Tolbert llegó para hacerse cargo de la clase de Lane. Es nueva en la Universidad Briar, de ese tipo de profe que quiere que conectes conceptos y que te involucres con el material. Si todo esto fuera una película, ella sería la típica profesora joven y ambiciosa que se presenta en la escuela de un barrio marginal de una ciudad, inspira a los estudiantes «chungos» y de repente todo el mundo suelta sus pistolas para coger lápices y en los créditos finales se anuncia cómo todos los chavales fueron admitidos en Harvard o alguna mierda parecida. Óscar a la mejor actriz inmediato para Hilary Swank.

Pero esto no es una película, y eso significa que lo único que Tolbert ha inspirado en sus estudiantes es odio. Y parece que de verdad no es capaz de entender por qué nadie sobresale en su clase.

He aquí una pista: porque sus preguntas son del tipo que uno podría incluir en una dichosa tesis de postgrado.

—Estoy dispuesta a poner un examen de recuperación para aquellos que hayan suspendido o hayan sacado un 6 o menos. —La nariz de Tolbert se arruga, como si no pudiera entender cómo algo así es necesario.

La palabra que acaba de utilizar… «¿dispuesta?» Ja. Sí, claro. He oído que un montón de estudiantes se han quejado a sus tutores por su actitud y sospecho que desde la dirección le están obligando a darnos a todos una segunda oportunidad. No deja en buen lugar a Briar que más de la mitad de los estudiantes de una clase cateen, sobre todo cuando no se trata solo de los vagos. A estudiantes con todo sobresalientes, como Nell, que está enfurruñada a mi lado, también se la ha cargado en el examen.

—Para aquellos de vosotros que elijan presentarse a la recuperación, se hará la media con las dos notas. Si lo hacéis peor la segunda vez, os mantendré la primera nota —concluye Tolbert.

—No puedo creer que hayas sacado un 10 —me susurra Nell.

Se la ve tan jorobada que siento una punzada de compasión. No es que Nell y yo seamos mejores amigas ni nada así, pero nos hemos sentado juntas desde septiembre, así que es razonable que nos hayamos llegado a conocer la una a la otra. Estudia Medicina y sé que viene de una familia académicamente destacable que la castigará sin compasión si se entera de su nota en el examen parcial.

—Yo tampoco me lo puedo creer —le susurro—. En serio. Lee mis respuestas. Son divagaciones de cosas sin sentido.

—Ahora que lo dices, ¿puedo? —suena ansiosa—. Tengo curiosidad por ver lo que esta tirana considera material digno de un 10.

—Te lo escaneo y te lo envío esta noche —le prometo.

Un segundo después de que Tolbert nos despida, el auditorio retumba con ruidos en plan «larguémonos de aquí de una vez». Los portátiles se cierran de golpe, los cuadernos se deslizan en las mochilas y los estudiantes arrastran sus sillas.

Justin Kohl se queda de pie cerca de la puerta para hablar con alguien y mi mirada se queda fija en él como un misil. Es precioso.

¿He dicho ya lo precioso que es?

Las palmas de mis manos empiezan a sudar mientras observo su hermoso perfil. Es nuevo en Briar este año, pero no estoy segura desde qué universidad pidió el traslado y, aunque no ha tardado en convertirse en el receptor estrella del equipo de fútbol americano, no es como los otros deportistas de esta uni. No va pavoneándose por el patio con una de esas sonrisas tipo «soy el regalo de Dios a este mundo», ni aparece con una chica nueva colgada del brazo cada día. Le he visto reír y bromear con sus compañeros de equipo, pero emana una intensa energía de inteligencia que me hace pensar que hay una profundidad oculta en él. Esta cuestión me hace estar aún más desesperada por conocerlo.

Normalmente no me fijo en los deportistas universitarios, pero algo acerca de este en particular me ha convertido en la tonta sentimental más grande del universo.

—Estás mirándole otra vez.

La voz burlona de Nell genera rubor en mis mejillas. Me ha sorprendido babeando por Justin en más de una ocasión, y es una de las pocas personas a las que les he admitido que me mola.

Mi compañera de cuarto, Allie, también lo sabe, pero ¿mis otros amigos? Ni de coña. La mayoría de ellos estudian Música o Arte Dramático, así que supongo que eso nos convierte en la pandilla artística. O algo así. Aparte de Allie, que ha tenido una relación intermitente con un chico de una de las fraternidades de aquí desde el primer año, a mis amigas les flipa despedazar a la élite de Briar. Normalmente no me sumo a esos cotilleos —me gusta pensar que estoy por encima de tanto chisme— pero… seamos sinceros: la mayoría de los chicos populares son unos gilipollas integrales.

Es el caso de Garrett Graham, la otra estrella del deporte en la clase. El tío camina por ahí como si fuese el dueño del lugar. Bueno, la verdad es que más o menos lo es. Todo lo que tiene que hacer es chasquear los dedos para que una chica ansiosa aparezca a su lado. O salte en su regazo. O le meta la lengua hasta la garganta.

Sin embargo, hoy no parece el «Tío Guay» del Campus. Casi todo el mundo se ha marchado ya, incluyendo a Tolbert, pero Garrett permanece en su asiento, con sus puños cerrados con fuerza agarrando los bordes de los folios del examen.

Supongo que también habrá suspendido, pero no siento mucha compasión por el chaval. La Universidad Briar es conocida por dos cosas: el hockey y el fútbol americano, algo que no sorprende mucho teniendo en cuenta que Massachusetts es el hogar de los Patriots y los Bruins. Los deportistas que juegan en Briar casi siempre terminan en equipos profesionales, y durante sus años aquí reciben todo en bandeja de plata, incluidas las notas.

Así que sí, es posible que esto me haga parecer un pelín vengativa, pero me da cierta sensación de triunfo saber que Tolbert ha suspendido al capitán de nuestro equipo de hockey y campeón de liga junto con todos los demás.

—¿Quieres tomar algo en el Coffee Hut? —me pregunta Nell mientras recoge sus libros.

—No puedo. Tengo ensayo en veinte minutos. —Me levanto, pero no la sigo hasta la puerta—. Adelántate tú, tengo que revisar el horario antes de irme. No me acuerdo de cuándo es mi próxima tutoría.

Otra «ventaja» de estar en la clase de Tolbert es que, además de nuestra clase semanal, estamos obligados a asistir a dos tutorías de media hora a la semana. Lo bueno es que Dana, la profesora asistente, es la que se encarga del tema y tiene todas las cualidades de las que Tolbert carece. Como, por ejemplo, sentido del humor.

—Vale —dice Nell—. Te veo luego.

—Ciao —digo tras ella.

Al oír el sonido de mi voz, Justin se detiene en la puerta y gira la cabeza.

Ay. Dios. Mío.

Es imposible detener el rubor que aflora en mis mejillas. Es la primera vez que hemos hecho contacto visual y yo no sé cómo reaccionar. ¿Digo «hola»? ¿Le saludo con la mano? ¿Sonrío?

Al final, me decido por un pequeño saludo con la cabeza. Ahí va. Rollo guay y casual, digno de una sofisticada alumna de tercero de carrera.

Mi corazón da un vuelco cuando un lado de su boca se eleva en una débil sonrisa. Me devuelve el saludo con la cabeza y se va.

Me quedo mirando la puerta vacía. Mi pulso se lanza a galopar porque, joder, tras seis semanas respirando el mismo aire en este agobiante auditorio, por fin se ha dado cuenta de mi presencia.

Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para ir tras él. Quizá invitarle a un café. O a cenar. O a un brunch… Espera, ¿la gente de nuestra edad queda para tomarse un brunch?

Pero mis pies se quedan pegados al suelo de linóleo brillante.

Porque soy una cobarde. Sí, una cobarde total, una gallina de mierda. Me horroriza pensar que es posible que diga que no, pero me horroriza aún más que diga que sí.

Cuando empecé en la universidad, yo estaba bien. Mis asuntos, sólidamente superados, mi guardia, baja. Estaba preparada para salir con chicos otra vez, y lo hice. Salí con varios, pero aparte de mi ex, Devon, ninguno de ellos hizo mi cuerpo estremecer como lo hace Justin Kohl, y eso me asusta.

Pasito a pasito.

Eso es. Pasito a pasito. Ese fue siempre el consejo favorito de mi psicóloga y no puedo negar que su estrategia me ha ayudado mucho. Carole siempre me aconsejaba que me centrara en las pequeñas victorias.

Así que… la victoria de hoy… saludé con la cabeza a Justin y él me sonrió. En la próxima clase, quizás le devuelva la sonrisa. Y en la siguiente, quizás saque el tema del café, la cena o el brunch.

Respiro hondo mientras me dirijo hacia el pasillo, aferrándome a esa sensación de victoria, por muy diminuta que sea.

Pasito a pasito.

#Garrett

He suspendido.

Joder, he suspendido.

Durante quince años, Timothy Lane ha repartido sobresalientes como caramelos. ¿Y el año en el que YO me matriculo en la clase? La patata de Lane deja de latir y me quedo atrapado con Pamela Tolbert.

Es oficial: esa mujer es mi archienemiga. Solo con ver su florida caligrafía, que llena cada centímetro disponible de los márgenes de mi examen parcial, me dan ganas de convertirme en el Increíble Hulk y romper los folios en pedazos.

Estoy sacando sobres en la mayoría de mis otras clases, pero de momento, tengo un 0 en Ética Filosófica. Combinado con el 6,5 de Historia de España, mi media ha caído a un aprobado.

Necesito una media de notable para jugar al hockey.

Normalmente no tengo ningún problema en mantener mi nota media alta. A pesar de lo que mucha gente cree, no soy el típico deportista tonto. Pero bueno, no me importa que la gente piense que lo soy. En especial, las chicas. Supongo que les pone la idea de tirarse al musculoso hombre de las cavernas que solo sirve para una cosa, pero como no estoy buscando nada serio, esos polvos casuales con tías que lo único que quieren es mi polla me va perfecto. Me da más tiempo para centrarme en el hockey.

Pero NO habrá más hockey si no consigo subir esta nota. ¿Lo peor de Briar? Que nuestro decano exige excelencia. Académica y deportiva. Mientras en otras escuelas son más indulgentes con los deportistas, Briar tiene una política de tolerancia cero.

Asquerosa Tolbert. Cuando hablé con ella antes de clase para ver cómo podía subir la nota, me dijo con esa voz nasal que tiene que asistiera a las tutorías y que me reuniera con el grupo de estudio. Ya hago ambas cosas. Así que nada, a no ser que contrate a algún empollón para que se ponga una careta con mi cara y haga por mí el examen de recuperación, estoy jodido.

Mi frustración se manifiesta en forma de un gemido audible y por el rabillo del ojo veo a alguien que pega un respingo de la sorpresa.

Yo también pego un respingo, porque pensaba que estaba arrastrándome en mi miseria solo. Pero la chica que se sienta en la última fila se ha quedado después del timbre y ahora camina por el pasillo hacia el escritorio de Tolbert.

¿Mandy?

¿Marty?

No puedo recordar su nombre. Probablemente porque nunca me he molestado en preguntar cuál es. No obstante, es guapa. Mucho más guapa de lo que había caído. Cara bonita, pelo moreno, cuerpazo. Joder, ¿cómo no me he fijado nunca en ese cuerpo antes?

Pero vaya si me estoy fijando en este momento. Unos vaqueros skinny se agarran a un culo redondo y respingón que parece gritar «estrújame», y un jersey con cuello de pico se ciñe a unas tetas impresionantes. No tengo tiempo para admirar más esas atractivas imágenes, porque me pilla mirándola y un gesto de desaprobación aparece en su boca.

—¿Todo bien? —pregunta con una mirada directa.

Emito un quejido en voz baja. No estoy de humor para hablar con nadie en este momento.

Una ceja oscura se eleva en mi dirección.

—Perdona ¿no sabes hablar?

Hago una pelota con mi examen y echo mi silla hacia atrás.

—He dicho que todo está bien.

—Estupendo entonces. —Se encoge de hombros y sigue su camino.

Cuando coge el portapapeles donde está nuestro programa de tutorías, me echo por encima mi cazadora de hockey de Briar; a continuación, meto mi patético examen en la mochila y cierro la cremallera.

La chica de pelo oscuro se dirige de nuevo al pasillo. ¿Mona? ¿Molly? La M me suena, pero el resto es un misterio. Ella tiene su examen en la mano, pero no lo miro, porque supongo que ha suspendido como todo el mundo.

La dejo pasar antes de salir al pasillo. Supongo que podría decir que es el caballero que hay en mí, pero estaría mintiendo. Quiero echarle un vistazo a su culo otra vez, porque es un culito supersexy y ahora que ya lo he visto una vez no me importaría echarle un ojo de nuevo. La sigo hasta la salida, dándome cuenta de repente de lo minúscula que es. Voy un paso por detrás y aun así puedo verle la coronilla.

Justo cuando llegamos a la puerta, se tropieza con absolutamente nada y los libros que lleva en su mano caen ruidosamente al suelo.

—Mierda. Qué torpe soy.

Se deja caer sobre sus rodillas y yo hago lo mismo, porque al contrario de mi declaración anterior, puedo ser un caballero cuando quiero, y lo caballeroso ahora es ayudarle a recoger sus libros.

—Oh, no hace falta. Puedo yo —insiste.

Pero mi mano ya ha tocado su examen parcial y mi boca se abre de par en par cuando veo la nota.

—Hostia puta. ¿Has sacado un 10? —pregunto.

Me responde con una sonrisa autocrítica.

—Ya… Estaba convencida de que había suspendido.

—Joder. —Me siento como si acabara de encontrarme por casualidad con el mismo Stephen Hawking y me estuviera tentando con los secretos del universo—. ¿Puedo leer tus respuestas?

Sus cejas se arquean de nuevo.

—Eso es bastante atrevido por tu parte, ¿no crees? Ni siquiera nos conocemos.

Resoplo.

—No te estoy pidiendo que te desnudes, cariño. Solo quiero echarle un vistazo a tu examen trimestral.

—¿«Cariño»? Adiós al atrevido y hola al presuntuoso.

—¿Preferirías «señorita»? ¿«Señora» tal vez? Usaría tu nombre, pero no me lo sé.

—Por supuesto que no. —Suspira—. Me llamo Hannah. —Después hace una pausa llena de significado—. Garrett.

Vaya, estaba muuuuuuuuy lejos con eso de la M.

Y no me pasa inadvertida la forma en la que enfatiza mi nombre como si dijera: «¡Ja! ¡Yo sí que me sé el tuyo, cretino!»

Recoge el resto de sus libros y se pone de pie, pero no le devuelvo su examen. En vez de eso, me incorporo y empiezo a hojearlo. Mientras leo por encima sus respuestas, mi espíritu se desploma aún más, ya que si es este el tipo de análisis que Tolbert está buscando, estoy bien jodido. Hay una razón por la que voy a licenciarme en Historia, por Dios: ¡trato con hechos! Blanco y negro. Esto es lo que le sucedió a esta persona en este momento y aquí está el resultado.

Las respuestas de Hannah se centran en mierda teórica y en cómo los filósofos responderían a los diversos dilemas morales.

—Gracias. —Le devuelvo sus folios. A continuación, meto los pulgares en las trabillas de mis vaqueros—. Oye, una cosa. Tú… ¿te pensarías…? —me encojo de hombros— Ya sabes…

Sus labios tiemblan como si estuviera intentando no reírse.

—En realidad, NO lo sé.

Dejo escapar un suspiro.

—¿Me darías clases particulares?

Sus ojos verdes —el tono más oscuro de color verde que he visto en mi vida, que además están rodeados de gruesas pestañas negras— pasan de sorprendidos a escépticos en cuestión de segundos.

—Te pagaré —agrego a toda prisa.

—Oh. Eh. Bueno, sí, por supuesto que esperaba que me pagases. Pero… —Niega con la cabeza—. Lo siento. No puedo.

Reprimo mi decepción.

—Vamos, hazme ese favorazo. Si suspendo la recuperación, mi nota media va a derrumbarse. Venga, porfa. —Despliego una sonrisa, esa que hace que mis hoyuelos aparezcan, esa que nunca falla y que hace que las chicas se derritan.

—¿Eso te funciona normalmente? —pregunta con curiosidad.

—¿Qué?

—La cara de niño pequeño en plan «jopetas, va», ¿te ayuda a conseguir lo que quieres?

—Siempre —respondo sin vacilar.

—CASI siempre —me corrige—. Mira, lo siento, pero de verdad no tengo tiempo. Ya estoy haciendo malabarismos con la escuela y el trabajo, y con el concierto exhibición de invierno que viene, tendré incluso menos tiempo.

—¿Concierto exhibición de invierno? —digo sin comprender.

—Ay, lo olvidé. Si no tiene que ver con el hockey, no está en tu radar.

—Y ahora ¿quién está siendo presuntuosa? Ni siquiera me conoces.

Hay un segundo de silencio y después ella suspira.

—Estoy haciendo la carrera de Música ¿vale? Y la Facultad de Arte monta dos exhibiciones importantes al año: el concierto de invierno y el de primavera. El ganador obtiene una beca de cinco mil dólares. En realidad es una especie de gran feria de negocios. La gente importante de la industria vuela desde todas partes del país para verlo. Agentes, productores discográficos, buscadores de talentos y demás. Así que, aunque me encantaría ayudarte…

—No te encantaría —me quejo—. Parece que ni siquiera quieres hablar conmigo ahora mismo.

El pequeño gesto que hace con los hombros en plan «me has pillado» me cabrea un montón.

—Tengo que ir al ensayo. Lamento que hayas suspendido esta clase, pero si te hace sentir mejor, le ha pasado a todo el mundo.

Entrecierro los ojos.

—A TI no.

—No puedo evitarlo. Tolbert parece responder bien a mi estilo de soltar chorradas. Es un don.

—Bueno, pues yo quiero tu don. Por favor, maestra, enséñame a soltar chorradas.

Estoy a dos segundos de ponerme de rodillas y suplicarla pero se acerca a la puerta.

—Sabes que hay un grupo de estudio, ¿no? Te puedo dar el número para…

—Ya estoy en él —murmuro.

—Ah. Bueno, pues entonces no hay mucho más que pueda hacer por ti. Buena suerte en el examen de recuperación, «cariño».

Sale pitando por la puerta, dejándome allí, mirándola con frustración. Increíble. Todas las chicas en esta universidad se cortarían su brazo por ayudarme. Pero ¿esta? Huye como si le acabara de pedir que asesinara a un gato para poder entregarlo en sacrificio a Satanás.

Y ahora estoy otra vez donde estaba antes de que Hannah —sin M— me diera ese leve destello de esperanza.

Totalmente jodido.

2
GARRETT

Mis compañeros de piso están absolutamente borrachos cuando entro en el salón después del grupo de estudio. La mesa de centro está repleta de latas vacías de cerveza, junto a una botella casi vacía de Jack Daniels que sé que pertenece a Logan, porque él es defensor de la filosofía «la cerveza es para cobardes». Son sus palabras, no las mías.

En ese instante, Logan y Tucker están luchando entre sí en una intensa partida del Ice Pro, su vista pegada a la pantalla plana mientras golpean frenéticamente los mandos. La mirada de Logan se mueve ligeramente cuando nota mi presencia en la puerta y su fracción de segundo de distracción le sale cara.

—¡Toma, toma, toma! —Tuck se pavonea cuando su defensor dispara un tiro que sobrepasa al portero de Logan y el marcador se ilumina.

—Joder, ¡por el amor de Dios! —Logan pausa el juego y me lanza una mirada sombría—. Pero qué leches, G. Me la acaban de colar por tu culpa.

No contesto porque ahora soy YO el que está distraído por lo que sucede en la esquina de ese mismo cuarto: una sesión medio porno. Y cómo no, el actor principal es Dean. Descalzo y con el torso desnudo, está tirado en el sillón mientras una rubia que no lleva más que un sujetador negro de encaje y unos pantalones cortos está sentada a horcajadas sobre él y se frota contra su entrepierna.

Unos ojos azules oscuros asoman sobre el hombro de la chica y Dean sonríe en mi dirección.

—¡Graham! ¿Dónde has estado, tío? —masculla.

Vuelve a besar a la rubia antes de que pueda responder a su borracha pregunta.

Por alguna razón, a Dean le gusta enrollarse con tías en todas partes menos en su dormitorio. En serio. Cada vez que me doy la vuelta, está metido en algún acto lujurioso. En la encimera de la cocina, en el sofá del salón, en la mesa del comedor… El tío se lo ha hecho en cada centímetro de la casa que compartimos los cuatro fuera del campus. Él es un zorrón total, y no tiene ningún complejo al respecto.

Por supuesto, yo no soy nadie para hablar. No soy ningún monje, como tampoco lo son Logan y Tuck. ¿Qué puedo decir? Los jugadores de hockey estamos siempre cachondos. Cuando no estamos en el hielo, normalmente se nos puede encontrar liándonos con una chica o dos. O tres, si tu nombre es Tucker y es la Nochevieja del año pasado.

—Te he estado enviando mensajes desde hace una hora, tronco —me informa Logan.

Sus enormes hombros se encorvan hacia delante mientras coge la botella de whisky de la mesa de centro. Logan es un gorila en la defensa, uno de los mejores con los que he jugado, y también el mejor amigo que he tenido. Su primer nombre es John, pero le llamamos por el segundo, Logan, porque así nos es más fácil diferenciarlo de Tucker, cuyo nombre de pila también es John. Por suerte, Dean es solo Dean, así que no tienes que llamarlo por su enrevesado apellido: Heyward-Di Laurentis.

—En serio, ¿dónde coño has estado? —se queja Logan.

—En el grupo de estudio. —Cojo una Bud Light de la mesa y la abro—. ¿Qué es esa sorpresa de la que no has parado de escribir?

Siempre puedo deducir cómo de gordo es el pedo que lleva Logan basándome en la gramática de sus SMS. Y esta noche tiene que ser supergordo porque he tenido que hacer de Sherlock a tope para descifrar sus mensajes. «Suprz» significaba «sorpresa». Me ha llevado más tiempo decodificar «vdupv», pero creo que significaba «ven de una puta vez». Aunque nunca se sabe con Logan.

Desde el sofá, sonríe tanto, tanto, que es increíble que su mandíbula no se le desencaje. Lanza el pulgar hacia el techo y dice:

—Sube arriba y lo ves por ti mismo.

Entrecierro mis ojos.

—¿Por qué? ¿Quién está ahí?

Logan suelta unas risitas.

—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.

—¿Por qué tengo la sensación de que estás tramando algo?

—Por Dios —dice Tucker con voz aguda—. Tienes serios problemas de confianza, G.

—Dice el gilipollas que dejó un mapache vivo en mi dormitorio el primer día del semestre.

Tucker sonríe.

—Va, vamos, Bandit era superadorable. Era tu regalo de bienvenida a la escuela otra vez.

Extiendo mi dedo corazón.

—Sí, bueno, fue muy jodido deshacerse de tu regalo. —Ahora le miro frunciendo el ceño, porque aún recuerdo cómo tuvieron que venir tres personas de control de plagas para sacar al mapache de mi habitación.

—Por el amor de Dios —gime Logan—. Solo tienes que ir arriba. Confía en mí, nos lo agradecerás más tarde.

La mirada de complicidad que intercambia con los otros alivia mi sospecha. Más o menos. A ver, no voy a bajar la guardia por completo, no con estos capullos.

Robo otras dos latas de cerveza al salir. No bebo mucho durante la temporada, pero el entrenador nos dio la semana libre para estudiar los exámenes parciales y todavía tenemos dos días de libertad. Mis compañeros de equipo, los muy afortunados, los cabrones, no parecen tener ningún problema en enchufarse doce cervezas y jugar como campeones al día siguiente. Pero yo… a la mañana siguiente siento un zumbido que me da un dolor de cabeza insoportable y después patino como un niño pequeño con su primer par de patines Bauer.

En cuanto volvamos a un régimen de entrenamiento de seis días a la semana, mi consumo de alcohol se reducirá a la fórmula 1-5 habitual: una bebida en las noches de entrenamiento, cinco después de un partido. Sin excepciones.

Mi plan es aprovechar al máximo el tiempo que me queda.

Armado con mis cervezas, me dirijo hacia arriba, a mi habitación. El dormitorio principal. Sí, saqué la carta de «soy vuestro capitán» para pillarla y créeme, la discusión con mis compañeros de equipo valió la pena: baño privado, baby.

Mi puerta está entreabierta, algo que me provoca volver al modo sospecha. Miro con cautela la parte de arriba del marco para asegurarme de que no hay un cubo de sangre a lo Carrie y a continuación le doy a la puerta un pequeño empujón. Cede y entro unos centímetros, totalmente preparado para una emboscada.

Y ahí está.

Pero es más una emboscada visual que otra cosa, porque, Dios bendito, la chica que hay en mi cama parece haber salido del catálogo de Victoria’s Secret.

A ver, soy un tío y no sé el nombre de la mitad de las movidas que lleva puestas. Veo encaje y lacitos rosas y mucha piel desnuda. Y estoy feliz.

—Has tardado un montón. —Kendall me lanza una sonrisa sexy que dice «estás a punto de tener suerte, hombretón» y mi polla reacciona en consecuencia, creciendo bajo la cremallera—. Te iba a conceder cinco minutos más antes de largarme.

—Entonces, he llegado justo a tiempo. —Mi mirada se centra en su atuendo, digno de una buena dosis de babeo, y después digo lentamente—: Ey, nena, ¿es todo para mí?

Sus ojos azules se oscurecen de forma seductora.

—Ya sabes que sí, semental.

Soy muy consciente de que sonamos como personajes de una película porno cursi. Pero venga, cuando un hombre entra en su habitación y se encuentra a una mujer ASÍ… está dispuesto a recrear cualquier escena cutre que ella quiera, incluso una que implique fingir ser un repartidor de pizza llevándole su pedido a una MQMF.

Kendall y yo nos liamos por primera vez durante el verano, por conveniencia más que otra cosa, porque los dos estábamos por la zona durante las vacaciones. Fuimos al bar un par de veces, una cosa llevó a la otra, y lo siguiente que sé es que estoy enrollándome con una chica cachonda de una fraternidad. Pero se apagó todo antes de los exámenes parciales y aparte de unos cuantos SMS guarros aquí y allá, no había visto a Kendall hasta ahora.

—Pensé que quizás te apetecería pasar un buen rato antes de que empiecen otra vez los entrenamientos —dice mientras sus dedos con la manicura recién hecha juegan con el pequeño lazo rosa del centro de su sujetador.

—Has pensado bien.

Una sonrisa curva sus labios mientras se incorpora para ponerse de rodillas. Joder, sus tetas prácticamente se salen de esa cosa de encaje que lleva puesta. Mueve su dedo en mi dirección.

—Ven aquí.

No pierdo ni un segundo en ir hacia ella porque… como he dicho antes… soy un tío.

—Creo que estás un poco demasiado abrigado —observa, y entonces agarra la cintura de mis vaqueros y desabrocha el botón. Tira de la cremallera y un segundo después mi polla sale a su mano, que espera. No he hecho la colada en semanas, así que voy sin ropa interior hasta que consiga organizarme, y por la forma en la que sus ojos brillan, puedo garantizar que ella aprueba toda esta historia de ir sin calzoncillos.

Cuando la envuelve con sus dedos, un gemido sale de mi garganta. Oh, sí. No hay nada mejor que la sensación de la mano de una mujer en tu polla.

Pero no, me equivoco. La lengua de Kendall entra en juego y, madre mía, es MUCHO mejor que la mano.

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Una hora después, Kendall se acurruca a mi lado y descansa su cabeza en mi pecho. Su lencería y mi ropa están esparcidas por el suelo de la habitación, junto con dos sobres vacíos de condones y el bote de lubricante que no hemos necesitado abrir.

Las caricias me ponen un poco nervioso, pero no puedo apartarla y exigirla que se largue; no cuando claramente ha hecho un gran esfuerzo para este juego de seducción.

Pero eso también me preocupa.

Las mujeres no se adornan a saco con ropa interior cara para un polvo, ¿verdad? Mi respuesta es «no» y las palabras de Kendall validan mis inquietantes pensamientos.

—Te he echado de menos, cariño.

Mi primer pensamiento es: mierda.

Mi segundo pensamiento es: ¿por qué?

Porque en todo el tiempo que Kendall y yo hemos estado acostándonos, Kendall no ha hecho un solo esfuerzo para llegar a conocerme. Si no estamos echando un polvo, solo habla sin parar sobre sí misma. En serio, no creo que me haya hecho una pregunta personal desde que nos conocemos.

—Eh… —Lucho por dar con las palabras adecuadas, cualquier secuencia que no incluya «Yo. Te. He. Echado. De. Menos» ni «También»—. He tenido lío. Ya sabes, los exámenes parciales.

—Obviamente. Vamos a la misma universidad. Yo también he estado estudiando. —Hay un punto de enfado en su tono de voz—. ¿Me has echado de menos?

Joder. ¿Qué se supone que debo decir a eso? No voy a mentir, porque eso solo le daría falsas esperanzas. Pero no puedo ser un cabrón y admitir que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza desde la última vez que nos enrollamos.

Kendall se incorpora y entrecierra los ojos.

—Es una pregunta de sí o no, Garrett. ¿Me. Has. Echado. De. Menos?

Mi mirada va rápidamente a la ventana. Sí, estoy en el primer piso y planteándome en serio saltar por la ventana. Eso da una idea de lo mucho que quiero evitar esta conversación.

Pero mi silencio lo dice todo, y de repente Kendall sale volando de la cama, su pelo rubio moviéndose en todas direcciones mientras gatea recuperando su ropa.

—Ay, Dios. ¡Eres un capullo integral! No te importo para nada, ¿verdad, Garrett?

Me levanto y voy en línea recta hacia mis pantalones vaqueros.

—Sí que me importas —protesto—, pero…

Se pone las bragas con furia.

—Pero, ¿qué?

—Pero pensé que estábamos de acuerdo sobre lo que era esto. No quiero nada serio. —La miro fijamente—. Te lo dije desde el principio.

Su expresión se suaviza mientras se muerde el labio.

—Lo sé, pero… Solo pensé…

Sé exactamente lo que pensaba, que me enamoraría de ella y que nuestros polvos informales se transformarían en el puto Diario de Noa.

Honestamente, no sé ni por qué me molesto en soltar las reglas. En mi experiencia, ninguna mujer se mete en una aventura creyendo que la cosa va a quedarse como una aventura. Puede decir lo contrario; es posible que incluso se convenza a sí misma de que a ella le parece guay el sexo sin ataduras, pero en el fondo espera y reza para que se convierta en algo más profundo.

Y entonces yo, el villano en su comedia romántica personal, llega y rompe esa burbuja de esperanza, a pesar de que yo nunca mentí sobre mis intenciones ni la engañé, ni siquiera por un segundo.

—El hockey es toda mi vida —le digo con brusquedad—. Entreno seis días a la semana, juego veinte partidos al año, o más si hacemos postemporada. No tengo tiempo para novias, Kendall. Y te mereces muchísimo más de lo que yo te puedo dar.

La infelicidad nubla sus ojos.

—No quiero ser más tu rollo de un rato. Quiero ser tu novia.

Otro «¿por qué?» casi se me escapa, pero consigo morderme la lengua. Si ella hubiera mostrado algún interés por mí fuera del tema carnal, podría creerla, pero que no lo haya hecho me hace preguntarme si la única razón por la que quiere tener una relación conmigo es porque soy una especie de símbolo de estatus para ella.

Me trago mi frustración y le ofrezco otra torpe disculpa.

—Lo siento. Pero estoy en ese punto, en este momento de mi vida.

Cuando me subo la cremallera de mis pantalones vaqueros, ella vuelve a centrar su atención en ponerse la ropa. Aunque decir «ropa» es un poco exagerado: todo lo que lleva es ropa interior y una gabardina. Lo que explica por qué Logan y Tucker sonreían como idiotas cuando llegué a casa. Cuando una chica aparece en tu puerta con una gabardina, uno sabe muy bien que no hay mucho más debajo.

—No puedo enrollarme más contigo —dice ella finalmente, su mirada se eleva para encontrar la mía—. Si seguimos haciendo… esto… solo voy a conseguir engancharme más.

No puedo discutir con eso, así que no lo hago.

—Nos lo hemos pasado bien, ¿verdad?

Tras un segundo de silencio, ella sonríe.

—Sí, nos lo hemos pasado bien.

Reduce la distancia entre nosotros y se pone de puntillas para besarme. Le devuelvo el beso, pero no con el mismo grado de pasión que antes. Es un beso suave. Cortés. La aventura ha seguido su curso y no pienso darle falsas esperanzas otra vez.

—Dicho esto… —Sus ojos brillan con picardía—, si cambias de opinión sobre lo de ser tu novia, dímelo.

—Serás la primera persona a la que llame —prometo.

—Guay.

Me da un beso en la mejilla y sale por la puerta. No dejo de maravillarme de lo fácil que ha sido. Me había estado preparando para una pelea, pero aparte del estallido inicial de cabreo, Kendall ha aceptado la situación como una profesional.

Si todas las mujeres fueran tan comprensivas como ella.

Y sí, eso es un pulla para Hannah.

El sexo siempre me abre el apetito, así que voy abajo en busca de algo para comer, y estoy feliz de ver que aún hay sobras de arroz y pollo frito, cortesía de Tuck, nuestro chef de la casa; y es que el resto de nosotros no puede hervir el agua sin quemarla. Tuck, por su parte, creció en Texas, con una madre soltera que le enseñó a cocinar cuando todavía estaba en pañales.

Me acomodo en la encimera de la cocina y me meto un trozo de pollo en la boca mientras veo a Logan paseándose solo con unos calzoncillos a cuadros.

Levanta una ceja al verme.

—Ey. No pensé que te vería de nuevo esta noche. Supuse que estarías MOF.

—¿MOF? —le pregunto entre bocado y bocado. A Logan le gusta soltar acrónimos con la esperanza de que empecemos a utilizarlos como argot, pero lo cierto es que la mitad del tiempo no tengo ni idea de lo que está diciendo.

Sonríe.

—Muy Ocupado Follando.

Resoplo y me meto un bocado de arroz salvaje en la boca.

—En serio, ¿la rubita se ha ido ya?

—Sí. —Mastico antes de continuar—. Conoce las normas. —Las normas son: nada de novias y no quedarse a dormir en casa bajo ningún concepto.

Logan descansa sus antebrazos en la mesa, sus ojos azules brillan cuando cambia de tema.

—Estoy impaciente porque llegue este puto finde contra el St. Anthony. ¿Te has enterado? La sanción de Braxton ha terminado.

Eso hace que mi atención se centre en lo que dice.

—No me jodas. ¿Juega el sábado?

—Claro que sí. —La expresión de Logan se vuelve superalegre—. Voy a disfrutar de lo lindo rompiéndole la cara a ese imbécil contra la valla.

Greg Braxton es el extremo estrella del St. Anthony y una auténtica escoria de ser humano. El tío tiene una vena sádica que no tiene miedo de airear en el hielo y, cuando nuestros equipos se enfrentaron en la pretemporada, envió a uno de nuestros defensores de segundo curso a urgencias con un brazo roto. De ahí su sanción de tres partidos de suspensión, aunque si fuera por mí, habría mandado al puto psicópata a casa suspendiéndole de por vida del hockey universitario.

—Si necesitas machacar a ese cabrón, yo estaré ahí contigo —prometo.

—Te tomo la palabra. Ah, y la semana que viene tenemos a Eastwood en casa.

Realmente debería prestar más atención a nuestra agenda. Eastwood College va segundo en nuestra liga —después de nosotros, por supuesto—, y nuestros duelos son siempre de morderse las uñas.

Y, mierda, de repente recuerdo que si no saco una muy buena nota en Ética, no estaré en el hielo en el partido contra Eastwood.

—Joder —murmuro.

Logan roba un pedazo de pollo de mi plato y se lo mete en la boca.

—¿Qué?

Aún no les he contado a mis compañeros de equipo lo de mi problema con las notas, porque no esperaba que mi nota media fuera tan mala. Ahora parece que es inevitable admitirlo.

Así que, con un suspiro, le cuanto a Logan lo de mi suspenso en Ética y lo que podría significar para el equipo.

—Deja el curso —dice al instante.

—No puedo. Se ha pasado la fecha límite.

—Mierda.

—Exacto.

Intercambiamos una mirada sombría y después Logan se deja caer en el taburete de al lado mientras se pasa una mano por el pelo.

—Entonces tienes que currártelo, tronco. Estudia hasta que se te caigan los huevos y saca un 10 en ese puto examen. Te necesitamos, G.

—Lo sé. —Agarro mi tenedor con frustración y después lo suelto. Mi apetito se ha esfumado. Este es mi primer año como capitán, algo que es un gran honor teniendo en cuenta que solo estoy en tercero. Se supone que debo seguir los pasos de mi predecesor y llevar a mi equipo a otro campeonato nacional, pero ¿cómo coño puedo hacer eso si no estoy en el hielo con ellos?

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