Reseña | La hija del apicultor | Santa Montefiore

La hija del apicultor 2

FICHA TÉCNICA

Título: La hija del apicultor

Autor: Santa Montefiore

Editorial: Titania

Nº de páginas: 380

Mi puntuación:  📕📗📘📙’5/5

 

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Copygirl

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FICHA TÉCNICA

Título: Copygirl

Autor: Anna Mitchael y Michelle Sassa

Editorial: Umbriel (sello de Ediciones Urano)

Nº de páginas: 320

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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CAPÍTULO 1

La señora de los gatos

Cuando te están apuntando con una pistola a la cabeza, es muy difícil pensar.

—Mañana a primera hora más os vale demostrarme de lo que sois capaces —nos había advertido Elliott hacía un rato, a lo que había añadido su amenaza favorita—: Tened presente que puedo reemplazaros en cinco minutos.

Vamos, Kay, piensa. Piensa. ¡PIENSA!

Solo necesito un buen eslogan de comida para gatos. No tengo que encontrar la cura para el cáncer ni que inventar una cúpula que permita a la humanidad vivir en Marte.

Tecleo lo primero que me viene a la cabeza:

«Ven aquí, gatita malona.»

Y veo con absoluta claridad que esto no es lo que Elliott tiene en mente. «Ven aquí, gatita malona» es lo que me dice Johnjoshjay cada mañana cuando ellos me ven pasar por el pasillo que separa los cubículos del atestado departamento creativo de nuestra agencia. «Ven aquí, gatita malona. Ven aquí, gatita malona.» Al club de los chicos les encanta fastidiarme, y este es su maullido preferido (perdonad el juego de palabras, son gajes del oficio). Se les ocurrió porque soy la copy de Little Kitty,* ¿lo pilláis? Oh, sí, son muy listos. Yo me he vengado de ellos negándome a llamarlos por su nombre. Al menos en mi cabeza. Se tienen bien merecido que me refiera a los tres por el mismo apodo. Al fin y al cabo, visten igual. Todos como pequeños hipsters: vaqueros holgados, zapatillas de marca, camisetas que parecen de mercadillo pero que les han costado un ojo de la cara, gorras puestas del revés que se quitan en cuanto llegan al trabajo y que dejan al lado del ordenador junto con sus bandoleras de cuero a juego.

Estos fantasmas creen que son lo más porque llevan la cuenta de las zapatillas Superfine y la de Atlantis, la marca de ropa de Brooklyn. Y yo estoy encasillada haciendo anuncios para periódicos y revistas de «comida para gatitas». Otra muestra de su sarcasmo y deformación profesional. Pero no voy a consentir que nada de esto me hunda. Al fin y al cabo, Little Kitty es nuestro cliente más importante. Es la famosa gallina de los huevos de oro. Es la cuenta que paga nuestros sueldos, y su presupuesto mantiene la agencia abierta y funcionando; así que, si este cliente está contento, mis jefes están contentos. Y esta noche me propongo tener un montón de ideas locas y brillantes para dejar a los ejecutivos de Little Kitty anonadados y conseguir por fin el reconocimiento que Ben y yo nos merecemos.

Hablando de Ben, ¿en qué lugar de Manhattan se ha perdido mi fiel compañero de trabajo? A estas horas ya debería de haber vuelto del gimnasio con nuestra cena para ayudarme con la sesión de tormenta de ideas, tal como me prometió. Se me encoge el estómago al pensar en la comida… Y, sí, bueno, voy a ser completamente sincera, también al pensar en él. Aunque tengo muchas ganas de triunfar con este proyecto, aún tengo más ganas de triunfar con Ben. Típico, lo sé. La chica copy que se enamora del atractivo creativo que trabaja con ella. Y un suicidio profesional, probablemente. Pero somos pareja —profesional, quiero decir— desde el segundo día en la facultad de publicidad en Atlanta y ahora Ben además vive conmigo. Sí, bueno, duerme en el sofá y no en mi cama como me gustaría a mí, y, sí, solo es por unos días, hasta que encuentre un piso nuevo. Pero, bueno, da igual. La cuestión es que se veía venir y le he cogido cariño, ¿qué otra cosa puede suceder cuando te pasas todo el día respirando el desodorante Axe de otra persona? Creo que incluso hay un nombre para eso: «El efecto Axe».

Además, no solo se trata del tema de vivir juntos; Ben y yo trabajamos juntos muy a menudo. Eso se debe a que tenemos la suerte de ser el equipo más júnior del departamento creativo de Schmidt Travino Drew & Partners, una de las agencias de publicidad más prestigiosas del país. Ben y yo probablemente hemos tenido que superar a cientos de copys y de creativos recién licenciados para conseguir este trabajo, y, como al resto de los equipos creativos de las otras agencias, nos pagan por las ideas que se nos ocurren trabajando juntos. Después Ben se encarga de las imágenes y yo redacto el texto. Pero, a diferencia del resto de las agencias, la nuestra ha ganado el Advertising Age’s Agency de este año y ahora somos «jodidamente importantes». Mucha gente mataría por nuestro trabajo. De hecho, nuestro director creativo, Elliott, siente que tiene el deber de recordárnoslo cada vez que nos hace un encargo.

Por eso he dicho antes que tenía una pistola apuntándome a la cabeza.

Sé que a Ben le gusto, ¿por qué si no habría querido que trabajásemos juntos después de la facultad?, pero espero que, cuando vea las frases tan brillantes que se me han ocurrido para salvarnos el culo, se alegre tanto que quiera besarme hasta dejarme sin sentido. Lo único que me falta es ponerme a escribir. Ya.

Ojalá tuviera una musa, algo similar a Olivia Newton John en Xanadú, con sus patines proponiéndole a su amigo el músico grandes ideas:

—Presta atención, Kay. —Casi puedo oírla en mi cabeza—: Estas son las frases con las que vas a ganar un montón de premios. Ahora ponte los patines, dame la mano, y vamos a patinar por la ciudad como si no hubiera un mañana.

Suspiro. Las buenas musas son difíciles de encontrar, especialmente cuando estás muerta de hambre. Mi última comida ha consistido en una bolsa de anacardos caramelizados que he rapiñado a eso de las tres de la tarde en vez de ir a almorzar. Miro a través de la ventana y veo que los vendedores de comida ambulante que suelen ocupar la acera ya se han ido a casa a pasar la noche, no como yo.

Qué comparación tan deprimente… Lo que no es nada deprimente es el lugar donde me encuentro. ¡Estoy en el centro de Nueva York! Bueno, de acuerdo, mi oficina está en Chinatown, así que técnicamente no es el centro, sino el extremo de la ciudad. Y yo crecí no muy lejos de aquí, pero, de todos modos, este lugar es como el nuevo mundo. Aquí viven millones de personas. Las posibilidades son infinitas. Me gusta mirar los edificios y preguntarme quién los habita sin más o quién, como yo, está intentando demostrar que merece tener su lugar aquí.

¿Cómo dice la canción de Sinatra? «If I can make it here, I can make it anywhere.» Si puedo conseguirlo aquí, lo conseguiré en cualquier parte, ¿no? En mi caso, si puedo conseguirlo aquí, no tendré que subirme al próximo autobús con destino a Jersey sin dinero y con el rabo entre las piernas. Creía que, si Ben y yo nos mudábamos juntos a la ciudad y seguíamos creando «magia publicitaria» juntos, conquistaríamos Nueva York. ¿De verdad puedo, perdón, podemos labrarnos un futuro aquí? ¿Podemos conseguir que todos los que dudaron de nosotros muerdan el polvo? Eso espero. Y espero que Ben aparezca de una vez. Pensar en el mundo exterior me ha hecho sentirme más pequeña de lo que quiero, y, al fin y al cabo, somos un equipo creativo.

Mi teléfono suena al recibir un mensaje de texto como si una musa hubiese decidido atender mi llamada. Quizá sea mi mejor amiga, Kellie, llamándome desde el otro extremo del mundo para soltarme uno de sus típicos discursos motivadores. La verdad es que ahora mismo me iría mejor uno de esos discursitos que un plato de pad thai.

«Hola, Kay, ¿has avanzado algo con lo de Little Kitty?»

No, definitivamente no es un mensaje de Kell diciéndome que va a llamarme en cinco minutos. Es Suit, el jefe de cuentas, blandiendo de nuevo su látigo. Como si no supiera que tengo que presentarle mis ideas a Elliott a primera hora de la mañana. Como si no supiera que ya son las ocho y trece minutos de la tarde. ¿Por qué no me manda una foto de un Uzi apuntándome a la sien derecha?

Paranoica, miro por encima de las paredes de mi cubículo para asegurarme de que Suit no está merodeando por ahí cerca para vigilar si estoy trabajando. No, no hay signos de vida inteligente en toda la planta. Suit probablemente esté cenando en algún restaurante de moda con su novia superguapa, esa amazona de casi dos metros que vino a la fiesta de Navidad de la oficina vestida de cuero de la cabeza a los pies. Me apuesto lo que quieras a que solo está con Suit porque es alto. Es imposible que una chica como ella se dignase a llevar zapatos planos por un hombre. Como es habitual en mí, la noche de la fiesta de Navidad yo llevaba la ropa equivocada. El top de seda roja, que me había parecido retro cuando me lo compré en esa tienda de ropa vintage de Atlanta, brillaba tanto que Elliott se pasó la noche llamándome Rudolph. Y para empeorar las cosas, chicas como la novia de Suit inundaron la fiesta de la agencia —igual que inundan las calles de Manhattan— como si su misión en la vida fuera recordarnos a las demás que no damos la talla. Claro que, si Suit está ahora mismo con la señorita Mono de Cuero, dudo mucho que algo tan banal como la comida para gatos pueda retener su atención más de un segundo.

Lo más probable es que Suit haya salido con Elliott y su séquito a cenar a base de líquidos. Seguro que están en The Hole, ese bar de mala muerte que hay en el Soho donde siempre puedes encontrarte a alguien de nuestra agencia o de las otras agencias de la ciudad. No es que lo haya preguntado. Lo cierto es que agradezco poder disfrutar de unas cuantas horas de paz antes de que vuelvan borrachos y se pongan a jugar a Call of Duty en la Xbox de Elliott con la excusa de que se «van a quedar a trabajar hasta tarde».

El club de los chicos ha intentado presionar a Ben para que saliese con ellos esta noche a pesar de que saben que tenemos una entrega mañana. Una entrega que nos ha impuesto Elliott. Les he oído hablar en el ascensor, nuestro director creativo es especialmente escandaloso y maleducado. Elliott no está acostumbrado a que le digan que «no» cuando invita a alguien, así que ha atacado a Ben con muy mala leche y le ha preguntado «qué falda iba a ponerse para ir al gimnasio».

Evidentemente, Elliott es el líder de la manada. Todos le llaman «E», como si fuera el alucinógeno que animase al grupo, e, igual que la droga del éxtasis, «E» es famoso por sus cambios de humor, por sus altos y bajos. Cuando estamos solos, Ben y yo lo llamamos: «El Imbécil».

El club de los chicos de «E» es tan influyente que incluso recibió una mención especial en el artículo del Advertising Age en que se concedía el premio de agencia del año a la nuestra. El artículo decía textualmente: «El club de los chicos está en plena forma dentro del mundo de la publicidad gracias al director creativo Elliott Ford y a su equipo rebosante de testosterona».

Sí, testosterona, no cabe la menor duda. En general, en Schmidt Travino Drew no hay muchas chicas, y técnicamente yo soy la única que trabaja en el departamento creativo. Está Peyton la superzorra, pero ella es productora, y su trabajo se clasificaría más bien como de «soporte creativo», así que no cuenta. Después está Gina, la becaria del departamento creativo, que ha conseguido un ascenso pero a la que todo el mundo sigue pidiéndole que le traiga un café, así que ella aún cuenta menos. Estoy muy orgullosa del trabajo que tengo, pero sé que en una agencia como esta hay una lista larguísima de personas dispuestas a ponerme la zancadilla. Probablemente por eso estoy sentada aquí sola en este ridículo cubículo de acero y cristal mientras esa panda de borrachos —quiero decir creativos— trabajan fuera de la oficina.

«Vamos, Ben. Sal de ese ascensor y ven con tu Kay, enséñame tu cuerpo serrano.» Claro que, si viene ahora, no tengo nada que enseñarle.

Creo que me colaré en el despacho de Elliott y le cogeré prestados esos libros de fotografías que tiene, para ver si se me ocurre algo. Elliott tiene tres estanterías repletas de libros, y en la mesilla Lucite hay dos de animación de origen japonés, uno de grafitis y varios volúmenes dedicados al desnudo de féminas negras, al arte de los tatuajes, al arte de los juguetes, a las bailarinas del burlesque y a los videojuegos de los ochenta. Odio estar en esa oficina, seguro que sufro algún tipo de reacción pavloviana, porque allí es donde siempre recibo las críticas de mi jefe. Pero adoro esos sillones Eames. Me dejo caer en uno y empiezo a hojear uno de los libros de animación en busca de alguna idea visual que pueda ayudar a Ben con el diseño del anuncio de Little Kitty. Hace apenas unas horas, Ben estaba sentado en este mismo sillón mientras Elliott nos explicaba el proyecto. Huelo el respaldo y encuentro su perfume, Axe Phoenix… ¡Oooh! Cierro los ojos y me lo imagino, con su ancho torso repleto de músculos…, su pelo rubio rojizo despeinado… y esos ojos que tiene, juguetones y serios al mismo tiempo. Me imagino su risa ronca, tan típica del oeste, cálida como un abrazo de oso de esos que te levantan del suelo. Dios sabe lo bien que me iría ahora mismo uno de esos abrazos para sacudirme de encima el mal trago que he pasado hoy mismo en este despacho.

Ay, ha sido tan vergonzoso. ¿En serio era necesario que los Joshjohnjay entrasen en el despacho de Elliott cuando él nos estaba diciendo que cualquiera de los adictos de la calle Ocho harían mejor nuestro trabajo? Y después esa panda de descerebrados se han ido a jugar a los videojuegos como si nada. En lugar de quedarse y darnos algún consejo creativo sobre cómo afrontar ese proyecto, El Imbécil se ha dedicado a enseñarnos a todos la cámara de tamaño insecto que le han traído de Tokio y que seguro vale una pequeña fortuna. O, como él ha dicho tan humildemente: «Más de lo que vosotros, pobres mortales, ganáis en un mes».

Como de costumbre, los chicos han rodeado a E y han mirado embobados su último juguete. A E no hay nada que le guste más que los aparatitos de última tecnología, o, mejor aún, los aparatitos de última tecnología que aún no se han puesto a la venta.

—Tiene una lente Carl Zeiss —presume Elliott—, así que la calidad de las fotos es demencial. Y es la cámara más pequeña del mundo, por lo que nadie se da cuenta de que les estás grabando. —Entonces ha apretado un botón en su ordenador—. Ahora veréis, he filmado esto hace dos minutos.

Y de repente allí estoy yo, en un nada favorecedor primer plano, en la enorme pantalla del ordenador de Elliott, sudando la gota gorda mientras él nos riñe a Ben y a mí por lo pésimos que han sido los últimos anuncios que hicimos para Little Kitty. Mi pelo ralo está aún más empapado por el estrés; la mejilla izquierda, ahuecada porque me la estoy mordiendo como hago siempre que estoy nerviosa, y me conduzco como una ladrona a quien acaban de pillar con diez pares de bragas de Vicky Secret bajo los pantalones.

—Diría que los Special K del desayuno te han dado alergia —comentó con sarcasmo uno de los Joshjohnjays, y, por supuesto, otro se unió a la fiesta.

—¿Tienes alergia a los perros grandes, gatita malona?

Y entonces todos empezaron a partirse de risa a mi costa. Era el momento perfecto para contraatacar con un comentario sarcástico y unirme así a la cacería, pero, como de costumbre, mi lengua estaba más atada que el nudo de los cordones de mis Converse. Gracias a Dios que intervino Ben con su agudo sentido del humor. Se encargó de poner punto final a mi humillación con un divertido comentario:

—Vaya, Kay, nunca me había fijado en que tienes la piel tan bonita.

Una pequeña victoria en esta tarde en la que me he sentido como una perdedora de campeonato.

Tal vez Ben se comporta de vez en cuando como si se llevase bien con esos tíos, pero yo sé que jamás permitiría que el club de los chicos le afectara y le cambiara el carácter. Ben es muy de Wisconsin. Muy fiel a sus raíces. Ben me es fiel a mí… Supongo. Espero. Y un día querrá que seamos una pareja más allá del plano profesional, más en el plano horizontal. Estoy segura.

Suenan dos clics y vuelvo a la realidad. ¡La cámara oculta de Elliott! ¿Dónde está escondida? ¡Espero que no me esté filmando! Inspecciono el enormemente obsceno despacho de Elliott presa de un ataque de pánico. Esa estúpida cámara puede estar en cualquier parte.

Clic, clic, oigo de nuevo.

¿Y si Elliott y los chicos me están viendo ahora mismo y se están partiendo el culo de risa en el bar? ¿Y si mañana por la mañana toda la agencia recibe un email con un vídeo de mí olfateando la butaca Eames? Algo me golpea el pie y al bajar la vista me encuentro un robot de cuerda. Él es el autor de los clics. ¡Menos mal! Lo habré tirado de la mesa sin querer.

Recojo el juguete, elijo unos cuantos libros y salgo de allí pitando. Recorro el pasillo de los cubículos hasta llegar al mío y veo que en la mesa de Josh hay un robot de cuerda, y en la mesa de Jay también. Oh. ¿Esos chicos siempre se han copiado los unos a los otros o empezaron a hacerlo cuando Elliott, el famoso e imbécil director creativo, los contrató?

Para los Joshjohnjay El Imbécil nunca hace nada mal. Odio admitirlo, pero El Imbécil es carismático. Por suerte para mí, yo soy inmune a sus encantos. O quizá sea porque él jamás ha intentado incluirme en su grupo de bebedores de tequilas caros o de cervezas ecológicas o lo que sea que beban porque lo ha descubierto en las páginas de GQ o de Rolling Stones.

Con los chicos funciona. Ellos se pasan el día hablando de videojuegos y de música independiente y sin embargo son capaces de hacer anuncios para Superfine y para Atlantis y ganar un montón de premios con ellos. Siempre que les he visto con chicas (en las contadas ocasiones en las que yo consigo salir de la agencia y voy a tomar una copa en The Hole), me he sentido completamente intimidada por la compañía. Van con esa clase de chica que ves por la calle pero que nunca te aparece reflejada en el espejo de casa: guapa, segura de sí misma y que puede mantener una conversación sobre cualquier cosa.

Ben siempre detecta el instante exacto en que me siento poca cosa, y cuando los chicos aparecen con sus supermodelos él se acerca a mí y se pone a hablar conmigo.

Pero él nunca, ni una sola vez, se me ha insinuado. Y me quejo de ello siempre que hablo con Kellie. Quizá debería llamarla ahora. Sé que estoy buscando excusas para perder el tiempo, pero eso también forma parte del proceso creativo, ¿no?

De vuelta a mi mesa de trabajo, cojo el teléfono y veo que he recibido un mensaje:

«Hola de nuevo, ¿cómo va el eslogan de los gatos?»

¡Será pesado! Es el tercer mensaje de Suit en lo que va de noche. Ni loca voy a contestarle. ¿De verdad piensa que soy tan incompetente que necesita estar encima de mi continuamente? Voy a hacer el mejor anuncio del mundo. Perdón, Ben y yo haremos el mejor anuncio del mundo. Y, cuando lo hagamos, todos tendrán que besar nuestros preciosos traseros gatunos.

Miro el reloj. Las ocho y media. Ben tendría que estar aquí ya. ¿Qué coño le ha pasado? Y ¿qué hora es ahora en el jodido París? Desde que Kell se mudó allí para estudiar historia del arte, no me aclaro con la diferencia horaria y nunca sé si mi amiga está despierta o dormida. En especial porque, en París, Kell está llevando la vida con la que ambas soñábamos desde el instituto y no sigue horarios de oficina. Es probable que sea tarde en la ciudad de la luz, pero al menos le dejaré un mensaje. Últimamente no hemos hablado demasiado, yo le echo la culpa a la diferencia horaria y a mi trabajo estresante, pero lo cierto es que tampoco me he esforzado mucho en contactar con ella. Me mata hablar con alguien que siempre está contento mientras lo único que hago yo es quejarme.

Busco su nombre en la lista de contactos con marcación rápida y me preparo para que me salte el contestador, pero Kell me sorprende y me contesta. Lo que es aún más sorprendente es que puedo oír el sonido de vasos chocando y lo que parece ser una banda de rock francesa tocando.

—¡Bonjour, mon amie! —grita por encima de la música de fondo.

—¡Kell! ¡Creía que no te pillaría despierta! ¿Dónde estás?

—En una boîte muy guay en Saint-Germain con mes amis de l’université. ¿Dónde estás tú? —Mezcla el francés con el inglés con un acento parisién que yo jamás en la vida podría conseguir.

Inspecciono mi cubículo, se parece más a una caja que a una boîte, y me duele tener que confesarle que, otra vez, estoy trabajando hasta tarde.

—¡Mon dieu, Kay! —Su acento es tan chic—. Consigues que Nueva York suene… très aburrido.

—Lo sé… —suspiro, y apoyo los pies en la mesa de Ben—. Es que Little Kitty es un cliente infernal. Con ellos todo es para ayer, una fecha de entrega se solapa con la otra. Solo llevo cuatro meses en Schmidt Travino Drew y estoy segura de que ya he escrito más de trescientos cincuenta eslóganes para ellos, que van desde prometer que los gatos perderán menos bolas de pelo a que tendrán diez vidas, pasando por que su comida es tan buena que «se relamerán las patitas». Si te soy sincera, creo que solo ciento veinticinco de esas frases le han llegado al cliente. Y la única que han comprado ha sido: «Despídete de los días de mal pelaje, gatita».

—¡MIAU! —se burla Kell—. Despídete de tus días de anuncios pésimos, gatita.

—Lo sé. Brillante, ¿no?

—Kay, tal vez la gatita que hay en ti necesita salir un poco más, ¿n’est-ce pas?

—Muy graciosa. Suenas como los Joshjohnjay. Al menos Ben aún está de mi parte.

—¿Cómo está Monsieur Benjamin? S’il vous plaît, dime que al menos habéis empezado a hacer horas extras en la cama.

Aunque la agencia está vacía, me levanto y voy al baño. Al fin y al cabo, mi compañero debería estar de vuelta en cualquier momento.

—Ben ha ido al gimnasio a desquitarse un poco —le digo en cuanto cierro la puerta del lavabo del fondo—. El pobre se quedó sin ideas de comida para gatos hace un mes. Pero cuando vuelva ¡pasaremos toda la noche juntos!

—Oh la la, Kay, qué sexy —dice en un tono sarcástico, lo que me indica claramente que no aprueba mi respuesta.

—Ben es sexy —insisto—. El modo en que me mira cuando le cuento mis ideas es muy sexy. Y su risa es… Kell, ¿cuándo abrirá los ojos y me dará un beso?

—FaceTime —exige ella, y pulso el icono correspondiente. Aparece el precioso y glamuroso rostro de mi mejor amiga, y veo que ella también está encerrada en un baño para tener cierta intimidad.

Kellie deja de hacerse la francesa y me riñe en serio.

—¿No te has maquillado? Kaykay, ¿así es como piensas seducirle? Y deja que lo adivine. ¿Vaqueros anchos? Ninguna francesa se vestiría así si tuviera que pasarse la noche trabajando con el tío que le gusta.

Me miro al espejo por primera vez en toda la semana: pelo lacio y sin gracia color maíz, piel blanca y enfermiza, camiseta vieja y vaqueros… Kell tiene toda la razón.

—Lo sé. Lo sé. Pero es que tenemos esta horrible fecha de entrega. Con suerte voy vestida y duchada.

—Bolso. Ahora —me ordena, y yo salgo corriendo hacia mi cubículo mientras ella me suelta uno de sus discursos. Por eso la quiero tanto, aunque a veces tengo la sensación de que me echa la bronca en vez de sermonearme—. Deja de esperar a que te pasen las cosas y haz que te pasen las cosas, Kay. Ben te respeta y le gustas, solo está esperando una señal tuya. Esta noche vas a ponerte en modo sexy: un poco de lápiz de ojos, colorete, perfume, y, por el amor de Dios y de San Vogue, suéltate el pelo y cepíllatelo.

Vuelvo al baño para cumplir con sus instrucciones.

—Ahora desabróchate la camisa. Otro botón. Y súbete las tetas, por lo que más quieras. Ese sujetador se llama «push-up», no «push-down», por Dios.

—Sabes de sobra que no tengo tetas. —Intento recolocarme lo poco que tengo.

—Kaykay —suspira—, ser sexy es una cuestión de actitud. Tendrías que ver los cardos borriqueros que hay aquí en París que se ligan a tíos buenos solo porque saben flirtear.

—Yo soy más tipo jirafa espantosa. —Inspecciono mi físico delgado a lo chico y la nuez que me sube y me baja por la garganta. Tengo que reconocer que los pequeños cambios que ha sugerido Kellie han ayudado. Un poco. Quizá funcione.

—Ben también traerá cerveza, ¿no?

Asiento.

—Pues esta noche vas a beberte una, o tal vez dos. A la mierda con la campaña publicitaria, presta un poco de atención a tu vida. Quiero que te sientes cerca de Ben y que te rías de todo lo que diga. Tócale la mano de vez en cuando, y, cuando llegue el momento, quiero que le hagas ojitos y que te inclines hacia él para besarle.

Se me ponen los ojos como platos.

—Ahora o nunca, Kay —insiste—. Vosotros dos lleváis años trabajando juntos.

Dicho así suena tan fácil, pero para Kellie todo lo es. Ella es Batman, mientras que yo soy Robin. Yo tengo mis dudas de que vaya a salir bien. Tal vez no consiga besarle, pero flirtearé, eso seguro. O al menos le escucharé atentamente e intentaré no decir ninguna tontería.

Oigo pasos en el pasillo y susurro:

—¡Oh, Dios mío, Kell! ¡Ha vuelto!

—Ve por él, mon petit chou. Mándame un ShoutOut luego con todos los detalles, bisou bisou —dice y le da un morreo a la pantalla de su teléfono.

Cuelgo la llamada porque acabo de ver un primer plano de la lengua con piercing de mi amiga. ¿Ese piercing es nuevo? No tengo tiempo de preguntárselo. Cojo el bolso y vuelvo tranquilamente a mi cubículo.

—Más te vale haberme traído rollitos de primavera, Ben Wilder —le advierto—. Y unas cuantas buenas ideas.

Me vuelvo, ansiosa por encontrarme a Ben, y le dedico una sonrisa bien pícara. Pero no es Ben. De pie en medio de mi cubículo está Suit. ¡Mierda! Ignorar sus mensajes de texto no ha sido una buena idea.

Suit. Suit. Suit, nadie le llama por su nombre de verdad. Le ha quedado ese apodo porque siempre lleva traje. Al parecer en esta agencia todo el mundo tiene un alias o un alter ego. Lo que tiene sentido, teniendo en cuenta que nos dedicamos a la publicidad: el negocio más falso y con más mentiras del planeta. Pero, bueno, chavales, ¡es divertido! ¡Puedes ir a trabajar con chanclas! Eso sí, no esperes que nadie te valore por ser tú mismo.

Normalmente intento evitar a Suit como a la peste. No lo evito porque sea uno de los gestores más estrictos de la agencia y famoso por ponerse siempre de parte de los clientes. Ni porque siempre vaya tan peripuesto con sus trajes y sus camisas de Robert Graham, a diferencia del resto de nosotros, los creativos, que vestimos ropa informal, con vaqueros y zapatillas de deporte. No, me mantengo alejada de Suit porque él siempre aparece cuando creo que estoy sola y asoma la cabeza por mi cubículo para mirar qué estoy escribiendo. Es tan pasivo-agresivo… «Pregúntame de una vez cuánto me falta», estoy tentada de decirle. Lo preferiría a que siguiera comportándose como si mi trabajo le importase de verdad.

Este hombre se da cuenta de todo. Si existe alguien capaz de detectar que he estado perdiendo el tiempo, es él.

—¿Estás bloqueada? —me pregunta desde la entrada del cubículo, y luego señala el bolso con la barbilla mientras yo me siento.

¿Está insinuando que me he ausentado de la agencia durante un rato? ¡Qué manera tan pasiva-agresiva de acosarme!

—Solo he ido al baño. Sé que el plazo de entrega termina mañana, pero tengo permiso para ir al baño ¿no? ¿O quieres que mee en una botella de agua sin levantarme de la mesa? —A diferencia de mis otros compañeros de trabajo, con Suit no me muerdo la lengua. Probablemente porque él saca lo peor de mí, igual que me sucede con los dos cretinos que tengo por hermanos. Además, estoy acostumbrada a pelearme con ellos verbalmente. Y a Suit nunca he intentado impresionarle.

—Lo siento. Es que he tenido la sensación de que olía igual que en la sección de perfumes de Saks. Así que ¿todo va bien?

Suit camina hasta mi ordenador y entonces me doy cuenta de que no he cerrado el Word.

—Ven aquí, gatita malona —lee en voz alta. Es lo único que he escrito—. Kay, aunque esta frase me parece una genialidad, no me veo capaz de enseñársela a nuestro cliente. Espero que esto no sea todo lo que se te ha ocurrido.

—Oh, ¿esta frase? —evito contestarle—. Es una broma para Ben. Llegará en un rato y haremos las maquetas para la presentación. Tengo páginas y páginas de frases ganadoras.

Mierda. Frases ganadoras es el equivalente a decir «el eslogan del año». Odio cuando me comporto como un cliché y utilizo alguna de las frases que usan los fantasmas de la agencia.

—Me alegra oírlo. —Suit sonríe, es obvio que le he tranquilizado. Si Ben y yo no lo conseguimos, él será el que tendrá que dar la cara ante el cliente.

—¿Puedo verlas? —me pregunta en tono amistoso, pero en el fondo es su modo pasivo-agresivo de exigirme que se las enseñe.

El trabajo de Suit consiste en desarrollar la mejor estrategia para cada cliente y asegurarse de que nosotros, los creativos, la cumplimos. El mundo de la comida para gatos es muy competitivo, y las diferencias entre los distintos fabricantes, ridículas. Suit ha trabajado codo con codo con los ejecutivos de Little Kitty durante meses hasta dar con algo que pudiera diferenciarlos y hacer destacar la marca. Todas esas reuniones le han convertido en el contacto de la agencia con el cliente y en el empleado predilecto de Schmidt y de Travino. Suit le cae bien a todo el mundo y yo no logro entender por qué. Nunca he hablado con él sobre nada que no sea comida para gatos, pero supongo que puedo entender que a los clientes les resulte encantador. Ben me dijo un día que Suit es de algún lugar del sur. De Alabama o de Georgia, o tal vez de Louisiana o de vete a saber dónde. Cuando creces en la Costa Este, todos esos estados se te mezclan en la cabeza.

—¿De dónde eres? —le pregunto de la nada, ansiosa por evitar la pregunta que él acaba de hacerme.

Suit levanta las cejas y sonríe sorprendido por mi repentino y aleatorio interés en su persona.

«Kay, si esta es tu manera de flirtear, ni esta noche ni nunca conseguirás seducir a Ben.»

—De Nueva Orleans —me dice—. Es una pequeña ciudad de Louisiana, quizás hayas oído a hablar de ella.

Pues claro que he oído a hablar de Nueva Orleans. Y evidentemente sé dónde está Louisiana. Tiene forma de bota. O de bandera. Y sufrieron un terrible huracán, ahora me acuerdo.

«No le preguntes por el huracán, Kay. Tú eres demasiado sofisticada para caer en eso.»

—¡Mardi Gras! —le digo.

«Sí, mucho mejor. O tal vez no.»

—Sí, en Nueva Orleans celebramos Mardi Gras. —Ahora prácticamente se está riendo de mí en mi cara.

Como si apareciese de la nada, me acuerdo de Suit riéndose en la fiesta de Navidad. Esa noche me sorprendió que alguien tan estirado tuviese sentido del humor. Suit probablemente se llevaría a las mil maravillas con mis hermanos, los Supergemelos. Brett y Brian son unos triunfadores, los dos trabajan de analistas financieros, detalle sobre el que se fundamenta la teoría de mi madre de que nada de lo que yo hago está suficientemente bien. Gracias a Mamá Atila no sé aceptar un cumplido y mucho menos creérmelo.

«Naciste calva, parecías un pollito. Te pegaba con celo lacitos en la cabeza para que las enfermeras supieran que eras una niña.» A mamá le encanta contarme esta historia añadiendo que se trata solo de una broma.

«Dos cunas más allá había una niña preciosa, regordeta, con los ojos azules y rizos de querubín. Le sugerí a tu padre que cambiásemos los brazaletes y nos la llevásemos a ella a casa.»

Ella siempre acompaña esa anécdota con un ataque de risa y el ocasional resoplido. Cuesta mucho hacerte oír cuando creces al lado de una mujer que está enamorada de su propia voz. Por eso empecé a escribir. Desde que tengo uso de razón, escribir es el único modo en que consigo dar sentido a lo que pienso, porque cuando intento explicarlo verbalmente lo único que consigo es decir cosas sin sentido.

«¿Quieres ser escritora? ¿Por qué no te haces vagabunda directamente?», decía mamá para animarme.

Pero no importa lo que ella piense de mi oficio o si cree que no gano ni para pagar las facturas, lo prefiero mil veces al mundo sin alma de las finanzas. Sí, a mamá le encanta presumir de los Supergemelos allá donde va, pero, en serio, ¿a quién le importa que mis hermanos tengan, cada uno, un apartamento (de propiedad, no alquilado) en Tribeca?

—¿Entonces…? —Suit está mirándome. ¿Acaso me ha dicho algo y no me he enterado?

—¿Sí?

—Te he preguntado si, dado que ya has terminado de trabajar, querías venir a la fiesta. Creo que es la primera vez que te veo con los labios pintados.

Mierda. Sí que me había dicho algo y no me he enterado. Estaba pensando en las musarañas. Otro de mis defectos.

—No, nada de fiestas. Al menos por esta noche. —En realidad, sí que quiero ir a una fiesta privada, pero prefiero arrancarme los dientes antes de que Suit se dé cuenta. Kellie es la única que puede saberlo. Algunos secretos es mejor dejarlos encerrados en el lavabo de señoras.

—De acuerdo, como quieras —me dice.

Le miro porque no sé si me está tomando el pelo. En sus ojos no encuentro ni rastro de ironía. De hecho, sus ojos son indescifrables. Si tuviera que decir si Suit está de buen o de mal humor, tendría más probabilidades de acertarlo echando una moneda al aire que por su mirada. No es como los ojos de Ben; solo tengo que mirarlos un segundo para saber exactamente qué está pensando.

Ah, Ben. Quizás el plan de Kellie funcione… Cenaremos un poco, trabajaremos un poco, beberemos un par de cervezas. ¿Qué más ha dicho Kellie? ¿Que me recline hacia Ben? No, suena raro. Ah, sí, que me incline hacia él. Vale, me inclinaré toda la noche y después nos iremos a casa a ver la tele. Así suele entrarme sueño, pero quizá si me paso la noche haciéndole ojitos aguante despierta y a Ben le resulte seductora. Todo es cuestión de probar.

—¿Hola?

Vuelvo a la realidad con la esperanza de ver que Ben ya ha regresado, pero no tengo suerte y me encuentro con Suit mirándome perplejo. Si Suit no fuese tan implacable, ahora mismo me sentiría mal por él. No es culpa suya que su trabajo consista en asegurarse de que nosotros, los creativos, hagamos lo que él les ha prometido a los clientes. Y tampoco es culpa suya que nosotros a veces queramos mandarlo todo a paseo en lugar de estar trabajando.

—Lo siento —le digo—. Es que estoy muy concentrada en este proyecto y esta noche no se me da muy bien esto de la conversación.

—Bueno, pues volveré a intentarlo por la mañana. Estoy convencido de que tú y yo seremos los únicos que vendremos a trabajar, a juzgar por lo que he visto en ShoutOut. —Se da media vuelta y se va. Por fin. Sus pasos suenan con fuerza en el pavimento y suspiro aliviada al oír que se alejan.

Me vuelvo hacia el ordenador, borro la frase: «Ven, aquí, gatita malona», y en su lugar escribo: «Miau». No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Aún.

Quizá mire el ShoutOut un rato. Espera un momento. ¿Qué ha dicho Suit? ¿Qué está sucediendo? Esperaré a que llegue Ben para cotillear juntos. Es una de nuestras costumbres: hacer pausas en el trabajo para ver vídeos y reírnos de la gente.

Y Ben no tardará en llegar.

Seguro que está a punto de aparecer por la puerta.

Sería maravilloso que me quedase algún anacardo de la bolsa de antes. Podría picar algo mientras espero a Ben.

Porque él está a punto, a puntito de llegar.

Y no quiero estar muerta de hambre cuando llegue. El objetivo de esta noche es impresionarle, y estoy segura de que Kellie coincidiría conmigo si digo que devorar una caja de fideos chinos en cinco segundos no es sexy ni constituye una visión afrodisíaca para ninguna de las partes implicadas.

Seguro que la bolsa de los anacardos está por algún lado; habrá quedado escondida detrás del ordenador… No, aquí no está. ¿Se me habrá caído al suelo? Mierda, no, aquí tampoco está.

¡Ah! Tengo que concentrarme.

Vale, miraré el móvil solo un segundo para asegurarme de que Ben no me ha llamado ni me ha mandado ningún mensaje para explicarme por dónde anda.

No. Nada. Solo veo la vieja fotografía mía y de Kellie que tengo de fondo de pantalla desde siempre. Sería increíble que esta noche las cosas me saliesen bien. Podría cambiar el fondo de pantalla y poner una foto mía y de Ben. Y entonces Ben podría acompañarme a casa por Pascua y pasar unos días con mi familia y quizás en verano podríamos irnos de vacaciones a Europa o algo por el estilo.

Tal vez me esté precipitando un poco, solo estamos en febrero.

Pero tengo el móvil en la mano… y podría utilizarlo para perder el tiempo un par de minutos más. Además, el comentario de Suit me ha despertado la curiosidad…, así que abro la app de ShoutOut. Yo nunca he colgado ningún vídeo en ShoutOut contando mi vida como hace tanta gente, pero a Ben y a mí nos encanta conectarnos y ver un vídeo tras otro. Él me ha sugerido una o dos veces que hagamos uno para el canal de Schmidt Travino Drew, nuestra agencia está en todas las redes, pero me he negado en redondo; está demostrado empíricamente que hablar ante una cámara no es lo mío.

La app se abre y aparecen ocho vídeos nuevos. Miro al cielo y pido clemencia porque uno es de mi madre. Mis hermanos abrieron una cuenta para toda la familia, aunque probablemente solo lo hicieron porque querían aprender cómo funciona la app y así poder fanfarronear como si fueran expertos, ellos dos son así. Lo que no logro entender es por qué creyeron necesario enseñarle la app a mamá.

Hay dos vídeos más de la escuela de publicidad donde estudié. Un rollo.

Los cinco vídeos siguientes son de El Imbécil. Todos de las últimas cinco horas.

¿Qué diablos está pasando en The Hole un martes por la noche que es tan interesante como para hacer cinco vídeos?

Selecciono el último vídeo y lo clico inmediatamente para ver qué clase de aventuras están viviendo. Para empezar, no están en The Hole. A no ser que Louie el camarero se haya convertido en Louise, haya perdido sesenta quilos y la camisa y después se haya gastado dos mil dólares en Agent Provocateur.

¡Esos cerdos están en un club de striptease! ¡Mientras yo estoy en la oficina! Y ¿qué está haciendo esa bailarina encima de la pierna de Elliott?

Evidentemente, Elliott tiene la cámara oculta en marcha y, a juzgar por lo que estoy viendo, la ha colgado del vaso. El ángulo que aparece en la pantalla está tomado desde la pajita del cóctel.

Los Joshjohnjay aparecen uno tras otro. ¡Qué sorpresa! Todos tienen la típica mirada perdida de los borrachos y una sonrisa estúpida en la cara.

Y luego está Peyton, con unas botas negras hasta las rodillas. Dios, ¿quién la ha invitado?

Ahora que lo pienso, probablemente la hayan invitado todos.

Peyton, Peyton, Peyton.

Esa zorra. Aún no me he recuperado del día que la conocí, cuando me esquivó sin ni siquiera presentarse y fue a estrecharle la mano a Ben. Intenté desahogarme con Kellie, pero no me sirvió de nada. Kellie me preguntó si había algún motivo por el que Peyton no me cayese bien exceptuando que le tirase los tejos al chico que a mí me gustaba.

La duda de Kellie me ofendió (Ben no solo me gusta, somos amigos, compañeros de trabajo y vivimos juntos), así que le expliqué que Peyton me da mala espina por dos motivos: 1) se comporta como si tuviese un padre rico que le comprase la ropa más cara del mundo, y 2) es de Oregón.

Sé de buena tinta que Kellie detesta a las niñas pijas y malcriadas y que odia a cualquiera que sea de Oregón desde que su familia la llevó allí de camping en 1999; llovió todos los días y su hermano le vomitó encima en el avión. Esa clase de información es confidencial y solo dispongo de ella porque soy su mejor amiga, pero sé cómo utilizarla. Mi plan funcionó a la perfección y desde entonces Kellie odia a Peyton con todas sus fuerzas.

Espera a que le cuente que Peyton ha ido a un club de striptease con los chicos. Esto es peor, mucho peor, que comprarte unos zapatos caros con la tarjeta de crédito de tu padre porque tú no puedes permitírtelos.

La cámara se mueve, genial, se desenfoca y… espera…, espera un momento. Esa manga de camisa azul me resulta muy familiar. Necesito que Elliott mueva el vaso un poco hacia la izquierda… Vale, sí, así vas bien, Elliott. Allí, perfec…

Oh, Dios mío. De perfecto nada. La camisa azul me resulta familiar porque está conectada a un cuello y a una cara que veo prácticamente cada minuto del día a pocos metros de mí.

¿Cómo puede estar pasando esto?

¿Por qué no me ha llamado para contármelo?

¿Ben está en un club de striptease?

Joder, necesito que me dé el aire. No, más que me dé el aire, necesito ver qué pasa en el siguiente vídeo.

Ben parece estar un poco borracho. Hace eso de echar la cabeza hacia atrás para reírse cuando Ben en realidad no es así. Ben es más de reírse despacio y con la voz ronca; cuando tiene un ataque de risa, agacha la cabeza. Pero en el vídeo tiene la cabeza echada hacia atrás y ahora…, espera un segundo…, oh, Dios mío, será zorra. ¿Por qué está Peyton acercándose a Ben? ¿Qué es lo que lleva en la mano, un chupito? ¿Por qué apoya el borde del vaso en la boca de Ben?

Arranco los ojos de la pantalla y busco desesperadamente a mi alrededor porque necesito preguntarle a alguien por qué está Peyton acercando los labios a los de Ben.

Vuelvo a mirar el vídeo porque en realidad no quiero perderme nada y… se están besando.

Se están besando delante de todo el departamento creativo. Solo falto yo porque… ¿aún estoy en el trabajo? ¿Pensando eslóganes de comida para gatos?

Sé que tendría que esperar y ver qué sucede después, quizá tendría que darle a reproducir otro vídeo. Quién sabe, quizás hayan estado besándose toda la noche. Quizá lleven todo el mes besándose y yo he tenido la cabeza tan metida en mi mundo de fantasía que no me he enterado.

Estúpida, estúpida, he sido una estúpida al pensar que Ben me preferiría a mí antes que a una chica como Peyton.

Chándal frente a Channel.

Una chica que vive en una hoja de papel frente a una chica que vive el momento.

La lista podría seguir creciendo. Yo no me habría atrevido a entrar en ese club de striptease, o me habría dado miedo o asco, o qué sé yo. Pero a una chica como Peyton no.

Me vuelvo y miro a través de la ventana que hay detrás de mi silla. No suelo sentarme así porque quedo al descubierto y los Joshjohnjay pueden atacarme, pero ahora no me importa. Ha empezado a nevar y tendría que sentirme afortunada por estar calentita aquí dentro y porque hace una preciosa noche estrellada, y porque tengo un buen sueldo y un apartamento y muchas cosas más.

Pero no me siento afortunada ni nada que se le parezca. Yo solo quiero una cosa en la vida, y no la tengo: Ben.

Oh, mierda. Voy a llorar, noto esa presión característica bajo las orejas, y eso significa que dispongo de cuatro segundos para salir pitando de aquí antes de estallar en lágrimas. No voy a llorar en el trabajo. Aunque la agencia está vacía, esta es una zona libre de lloros. Bastante tengo con tener que soportar la regla aquí una vez al mes.

Dejo el ordenador con la palabra «miau» en la pantalla. No tengo tiempo de apagarlo. Cojo el bolso y corro hacia el ascensor. En el vestíbulo oigo la música de fondo que suena a todas horas. Estoy segura de que es una canción de Coldplay. Si Ben estuviera aquí, habría hecho una broma sobre que solo faltan un par de años para que la música que nos gusta se convierta en música de ascensor.

Pero

Ben

No

Está

Aquí.

Aprieto el botón sin parar y en cuanto las puertas se abren oigo unos pasos procedentes del otro lado del edificio. Probablemente sea Suit, que tras dar la jornada por concluida se va a casa, pero ni muerta puedo permitir que entre en el ascensor conmigo. He agotado mis cuatro segundos y el grifo va a abrirse.

No tengo pañuelos. Si mi madre estuviera aquí, me echaría una bronca.

Entro en el ascensor de un salto y le doy al botón de cerrar las puertas. Venga, venga, venga, ¡funciona, maldita sea!

Las puertas por fin se cierran. Seguro que Suit ya estaba en el vestíbulo, pero no he mirado porque tampoco le habría visto. Las lágrimas me han inundado los ojos y me corren por las mejillas y el mentón: soy la típica imagen de alguien a quien le han roto el corazón. No doy abasto secándomelas, así que desisto.

Me apoyo en la pared del ascensor en cuanto empieza a bajar y cierro los ojos.

Lo último que quiero ver es mi reflejo en el cristal cromado. El reflejo de una chica idiota que se gana la vida escribiendo palabras pero que se niega a ver la advertencia con luces de neón que tiene delante.

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