Primer capítulo | Natica | Lola Fernández

natica

FICHA TÉCNICA

Título: Natica

Autora: Lola Fernández Estévez

Nº de páginas: 220

Editorial: Editables

 

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SINOPSIS

Natica ha nacido en un momento equivocado.

En Córdoba, en 1926, en unos tiempos en que la Guerra Civil pasa de ser una amenaza a una terrible realidad, en la desesperanza de una familia humilde… alguien convencido de la legitimidad de su libertad y de la pertenencia de su sexualidad no tiene cabida.

Esta es la desgarradora historia de Natica, que se rebela a la inercia de una sociedad donde hombres y mujeres viven anestesiados por la religión y el poder del Régimen.

Un drama histórico basado en hechos reales.


I

El piconero lleva los pantalones viejos atados con una guita, ceñida justa, bajo una camisa ancha, azul, de trabajo, bamboleada por el viento y los esfuerzos. Es 18 de febrero de 1926, hace frío en la sierra cordobesa, quizá más que otros años, y a pesar de ello una mancha de sudor se extiende por el pecho y los sobacos. Se seca la cara con las mangas, libera la cabeza del gorrete que lleva encajado hasta las orejas y lo deja junto al botijo, sobre un trapo donde guarda pan con un arenque. El saquito que le ha tejido su mujer no ha volado con el viento, sigue en la rama columpiándose como si una forma invisible lo ocupara, lo lleva siempre con él, le gusta mirarlo entre respiros porque la ve a ella y le ofrece la prenda buen servicio cuando arrecia el frío.

La madera que ha conseguido amontonar llega ya hasta su altura de hombre menudo, tiene la alzada justa que necesita la tarea. Se aparta unos metros para, con perspectiva, comprobar que la leña está colocada en forma de hongo gigante, bien dispuesta. Corta con el hacha otra pila más pequeña hasta convertirla en astillas, las ramas crujen como si suspiraran, cree el piconero que el bosque acaba de descubrir, de súbito, su suerte. Las adereza con el brío que da la práctica de los años, las engarza al montículo grande ya formado de menor a mayor a modo de apéndice leñoso, que hará de mecha para que, sin esfuerzo, la leña chica contagie de candela a los troncos grandes.

Se introduce coja la camisa en los pantalones, algo molesto por la incómoda oscilación de la tela que interfiere sus movimientos. Da saltos, forra con ramas y barrujo la parte alta del gran montículo de leña, lo cubre de tierra como manda el protocolo de piconero, debe ser precavido y no olvidarse de dejar cuatro agujeros para que respire la hoguera. Busca el aire y a su favor enciende el fuego, que prende rápido, apaciguando el frío, el que está sintiendo en el escaso intervalo de reposo. Las llamas se extienden rápidas a la pila grande, ahora solo toca esperar a que la candela haga su trabajo y vuelva carbón los muñones de árboles muertos. La tierra amontonada encima caerá sobre la fogata, agua sólida para que la lumbre no pase de ahí y no corra riesgo ni él ni la sierra.

—¡Manuel, Manuel, que ya ha nacido!

Es el Tío Papeles el que se acerca, baja gritando por el cerro. Manuel recién se ha sentado sobre un pedrusco frente a la hoguera para, a su calor, comerse el almuerzo. Los gritos del Tío lo distraen en el momento en que está cortando el pan con la navaja, la hoja de acero traspasa la miga y le siega la palma de la mano del pulgar al meñique. Aclara la herida sin prisa, a chorro de botijo, refresca el olor a sardina de los dedos, unas gotas de sangre ennegrecidas caen y pintan las piedras.

El piconero es cuñado y amigo del Tío. Manuel se pone de pie para recibirlo. Una ristra de trapo viejo le ha servido para taponar la herida. El pariente llega tembloroso por la emoción y no se percata del daño que muestra el piconero en la mano y en la expresión de la cara.

 Rafael Benavente es más conocido por el Tío Papeles que por su nombre. —Mote cuyo origen se desconoce—. Es delgado igual que Manuel, pero algo más alto, lo atrae hacia sí y lo aprisiona sin dejarlo respirar, los huesos de Manuel se amanojan entre sus brazos y el pecho, le da la enhorabuena con el aliento ahumando las palabras.

—¿Qué ha sido?

—¡Hembra, Manuel, hembra!

—¿Se encuentra bien mi mujer?

—Sí, la ha atendido la comadrona y tu hermana, todo ha ido muy bien.

—¡Vaya, una hembra! —La mirada de Manuel se la lleva la tierra—. Tendrá ayuda en casa la mujer.

El piconero no parece alterado por la noticia, pasea meticuloso alrededor del fuego. Tiene la cara tiznada y los globos de los ojos lucen tan blancos cuanto le permite el contraste con la carbonilla, aunque ha tomado sus precauciones comprueba el fuego, respetar el perímetro limpio de rastrojos es primordial para que ninguna brizna descalabre de la candela y haga de las suyas en el monte.

Los dos hablan con acento andaluz, dejan de pronunciar algunas letras, pocas, pero el oído intuye el significado a pesar de ser aspiradas, sobre todo las eses finales, por esos rincones cuando se desprenden de los labios sazonan la tierra y no hace falta que suenen para comprender que son plurales.

Se sientan sobre un pedrusco. El biruji obliga al piconero a rescatar el saquito de la rama, el trajín del viento ha adherido a la prenda las brozas de medio bosque, al piconero no le importa porque le hace sentirse del mismo material que el campo. Ofrece el botijo a su pariente; el Tío bebe.

—Pero, hombre, ¿no te alegras? Es preciosa, ha salido «Fernández», piconera, Manuel, la más bonita de todas las mujeres de Córdoba.

Manuel mira a su cuñado pensativo, adivina en el entusiasmo del hombre la falta de hijos, avanza hacia él mientras sus orejas, algo separadas de la cabeza, recortan el resplandor de la lumbre, una desaparece inesperada entre sus dedos para rascarla antes de contestar.

—Me alegro, Rafael, claro que me alegro. —Manuel llama Rafael al Tío Papeles solo en momentos trascendentales—. Es mi hija y un hijo siempre es una alegría; pero no nos engañemos, su trabajo lo trae, además es mujer y si encima dices que ha salido bonita…—El recién padre se lleva la mano a la barbilla—. Eso no son más que problemas, cuñado, problemas…, y una boca más… No me va a quedar otra que recoger el doble de piñones y hacer más picón, lo siento por el burro por que un día de estos quizás lo reviente.

 Manuel no sabe que esa niña solo será la segunda de los nueve hijos que le deparará el destino.

—No te veo hombre con miedo al trabajo, Manuel, mira tú. Si no la quieres, ya sabes, me la das para mí, al fin y al cabo, tú ya tienes un niño.

Manuel sonríe, le da una palmadita en la espalda al cuñado, el Tío dice lo mismo en todos los nacimientos de familiares y amigos.

—No, Rafael, la niña es mía y sin conocerla ya la quiero más que a nada en el mundo, debe de ser esto cosa de la sangre que ata y tira más que las morcillas.

El Tío Papeles asiente, los dos observan cómo se extingue el fuego, hay que darle tiempo al aire de la sierra para que lo enfríe y brote el carbón.

Al atardecer lo introducen en las sacas, el Tío le ayuda, como bien dice Manuel hay una boca más, aunque por ahora solo se alimente de teta de madre.

—¡Mioreja!, prepárate —ordena Manuel al burro.

El animal baja la cabeza, recta, milimétrica, ha aprendido la maniobra a base de vara verde, no es distraído por las dos moscas que entran a beber en uno de sus ojos ni las que le revolotean las partes bajas y tiernas del vientre, es el agua y el calor que necesitan los insectos para sobrevivir al invierno, y le parece a Mioreja que tales bichos son siempre los mismos individuos. Parte de la carga descansa sobre el aparejo, el resto la ha colocado dentro de las alforjas y porque el lomo del burro se acaba, piensa a veces Manuel.

 Las tres figuras caminan sombreadas por tres nubes grises que han untado el cielo de oscuro, aire limpio, luz cansada en la tarde de invierno. Es hora de volver a la ciudad, a Córdoba, a casa. El camino reaviva a Manuel el escozor de la herida y con ella el pensamiento de que ha vuelto a ser padre, tiene ganas de ver a la niña, ¡claro! Estira el trapo que le hace de venda y cubre mejor la herida. ¡Una hija, una hija!, grita para sus adentros.

Natividad Ramírez, la mujer de Manuel, se ha despedido agradecida de María La Morena, también llamada Mariquita y mujer del Tío Papeles, hermana de Manuel. La cual ha ayudado a la comadrona. Las dos cuñadas tienen sus diferencias de caracteres, pero Mariquita no quiere perderse ningún alumbramiento familiar. Le empezó la venia por haber salvado la vida del hijo de otra parienta, al darse cuenta, tras marchar la partera, de que la criatura había dejado de respirar y ya el niño cárdeno, color muerte, le metió los dedos y le sacó de la garganta resto de inmundicia de la madre. Cree que esa habilidad para salvar infantes le viene como recompensa a su estéril matrimonio, pues a punto de alcanzar la cincuentena tiene ya del todo las esperanzas de madre, perdidas.

 Hace dos horas y media que Mariquita se ha marchado de la Rinconada de San Antonio número 5, la calle donde viven Manuel y Nati, debe aprovechar la poca luz que queda de día para llegar a su casa. Se encamina hacia «El Olivar», una finca a medio camino de Cerro Muriano, a tres horas con paso ligero si se va por sendas de bosque. Allí, junto a su marido, se les pasa la vida haciendo de guardas. A la mujer se le enredan los pasos en la falda negra, va abrigada con toca de lana sobre la cabeza y la boca, le viene a la memoria la rencilla que se trae con su cuñada Nati, la desecha del pensamiento para sustituirla por la cara de la recién nacida. Ella ha cumplido, ha dejado a la niña con buen color, al principio la criatura no quería mamar, pero pocos chiquillos se resisten a sus friegas en la planta de los pies. La niña se ha quedado tranquila, limpia y vestida, y la madre bien despabilada y con poca pérdida de sangre. Mariquita ha calculado llegar a la finca antes que el Tío Papeles, ella también tiene deberes que atender, su marido volverá hambriento y cuando se enfada no las gasta buenas, y tampoco hay que provocarlo.

 Nati está de pie ante los fogones, tiene la niña sujeta con el brazo izquierdo, sobre sus senos, el lugar es una cocina comunitaria en la que a cada vecino le corresponde un fogón. La construcción se alza alrededor del patio, contiene un naranjo antiguo, un único retrete también comunitario, el pozo y el pilón para lavar la ropa, allí viven doce familias en las doce habitaciones que conforman la finca: siete en la planta baja y cinco en la azotea.

Mientras Nati cocina, Antoñito, su hijo de dos años, no se desengancha del vestido. Lo llaman Moreno por ser el niño igual de oscuro —pelo, piel y la junta de las uñas— que el tizón, ha salido a la rama del padre. Moreno observa de vez en cuando el vientre deshinchado de Nati, se hace sus cábalas de infante y determina que la panza que tenía la madre desde hace nueve meses era por algo que comió y ya ha soltado.

Nati recibe la primera visita tras parir, es Tallero, el gitano, la gente dice que se entera de manera no humana cuando nace una criatura por la rapidez con que aparece en el lugar del acontecimiento. Su don es predecir el destino de los recién nacidos. Es gitano viejo y vive también en el barrio de las Costanillas, pero unas calles más abajo, en un sitio para gitanos alejado de la Rinconada de San Antonio. La mujer escucha al hombre sin dejar de remover con la cuchara de palo las gachas que cocina, es la cena del marido y no quiere grumos en la papilla, borococos los llama ella. Comer caliente al menos una vez al día, ese es su lema, más para su hombre que ha estado en la sierra y vendrá hambriento y destemplado.

El gitano vive de la voluntad por pronosticar el sino de los recién nacidos de tres kilómetros a la redonda, más lejos no, por la fatiga de andar, pues ya se encuentra viejo. Nati sospecha que tiene sus reglas el gachón, y sin saberlo acierta, porque el gitano nunca menciona si ve o no a la muerte rondando al nacido, o si no va a alcanzar los siete años, circunstancia frecuente en los tiempos que corren.

—¿Qué nombre le pondrá? —pregunta Tallero.

A Nati le alerta el olfato el olor a gachas pegadas en el fondo de la cacerola, quita el recipiente del fuego, con prisa, arrastrándolo con una mano.

—Necesito saber el nombre para mejor pronosticarle el futuro a su hija —insiste Tallero.

Antoñito juguetea alrededor de Nati, detiene de pronto las carrerillas al ver la mueca de dolor en el rostro de la madre. Ha sido un retortijón en el vientre el que la ha obligado a sentarse, un cuajarón de sangre venido de las entrañas calienta el trapo que lleva entre las piernas. El niño le acaricia la mano, la madre sonríe para tranquilizarlo. La recién nacida sigue con los ojos cerrados, la recoloca entre los pechos porque algo le dice que debe protegerla de la negra ropa que viste el gitano de pies a sombrero.

—La llamaré Natica.

En ese momento llega una vecina a los fogones, es Paca la pichón, se dirige con aparente albur a aderezar el fuego contiguo, la llaman la pichón por el buche flácido que le cuelga de la barbilla.  Trae un cazo con la panza agujereada rebosado de castañas viejas para asarlas. Nati sabe que no se le ha ocurrido excusa mejor para estar en la cocina y enterarse de la conversación. Conoce bien a la Paca y sus costumbres, sale a las voces como los caracoles a la lluvia. Y verdad es que Paca viene resuelta a no perderse lo que allí se cuece, ya que le llegan tenues y entrecortadas las palabras hasta su casa y no acaba de comprender del todo las frases; aunque vive en la planta baja.

—Pero, ¡chiquilla! —Paca habla con una mano sujeta a la cintura, sepultada por uno de sus enormes pechos—, ¿qué haces de pie, recién parida? Anda, siéntate, mujer, que ya me hago yo cargo de la olla.

Nati adivina el pago que demandará Paca por el favor: un platito de gachas y enterarse bien enterada de lo que tenía que decir el gitano.

La niña sigue dormida como si todavía no quisiera saber nada del mundo, la madre piensa que hace bien, que aproveche, ya tendrá tiempo para sufrir. El niño Moreno se instala entre las piernas de Nati, se da cuenta de que la nueva hermanita le ha robado algo de su madre.

—Gracias, Paca, estoy esperando a que las gachas se enfríen un poco.

—Huelen de maravilla, hay que ver la corteza de limón y la canela en rama el olorcito que despiden y el saborcito tan rico que le dan —apunta la vecina, relamiéndose.

La hija de la gran puta está haciendo boca, piensa Nati.

—Tú no hagas nada, mujer, que ya te las llevo yo a tu casa.

                  Paca la pichón mueve la cabeza, pretende reñirla cariñosamente, alza las cejas dejando por imposible a Nati. Devuelve el carbón al cesto y esconde las castañas bajo el fogón, a buen recaudo, ahora ya tiene mejor disculpa para quedarse y poder enterarse bien de la conversación, se ha librado de asarlas, con un poco de suerte criarán más gusanos y por el mismo precio tendrá carne y vegetal, además, conlleva riesgo cocinarlas delante de gente porque de triquiñuelas todos sabemos y se empieza por «Qué bien huele» y se acaba teniendo que compartir. Saluda a Tallero, se santigua cuando este no la ve para protegerse de lo oscuro, de lo que no conoce y se escapa a sus entendederas. Intenta estirar la oreja, prolongarla más allá del cuerpo para orientarla como es debido hacia la conversación. Recuerda el dicho de las lenguas del barrio: «Si no se deja al gitano hacer sus predicciones una desgracia grande caerá no solo sobre la familia en la que ha nacido el infante, sino sobre las personas que lo rodean más allá de dos cuadras».

El brujo se quita el sombrero de vuelo de cuervo, lo cuelga en el muñón de una silla, el lance de Antoñito será ahora hacerlo suyo. El gitano, solemne, cubre a la recién nacida con las dos manos, inclina su retorcida espina dorsal y, al hacerlo, Nati huele en su ropa a gente amontonada. Abre los dedos en abanico sobre la cara de la pequeña, sus manos son de color aceituna, entumecidas por las venas y bultos de tendones viejos. El color es por la casta, el resto por los años vividos. Al gitano brujo se le vuelven los ojos, se mira los sesos durante unos minutos, al volverle los discos a las cuencas dicta sentencia con voz ronca. A Paca y a Nati les recorren escalofríos.

—No me gusta…—niega con la cabeza mientras emite ruiditos con la saliva aspirada—. Mal traer y llevar va a tener esta moza.

Nati se recoge con brío, tras la oreja, una onda de pelo recién desprendida.

—¿Qué quiere decir con eso, gitano?

El viejo engurruñe los labios con una mano, se forma una boca de conejo que obliga a salir estrechas a las palabras.

—La niña va a ser muy hermosa, pero rebelde, le va a traer más disgustos que alegrías a su familia.

Parece que hoy sobrevuela con mal agüero, gitano. ¿No será que viene hartito de vino? —dice la madre irritada.

La vecina quiere escuchar los malos augurios desde la primera fila y se sienta junto a Nati. Paca no abre la boca, no mueve un dedo para que no se le escape nada de lo que allí se diga y porque teme al mal fario. Recuerda la predicción que hizo Tallero al hijo de María García Colorado, una vecina de arriba, le sacó al niño que había nacido en cuerpo equivocado y más que hombre iba a ser fémina y apenas cumplió los trece años ya robaba las faldas de los tendederos para vestirse con ellas.

—Yo cuando trabajo soy muy formal y todavía no ha entrado vino en mis entrañas. A estas alturas de mis años, con solo tres vasos me arden las tripas como si me hubiera bebido la botella entera, cosa de los vinos de hoy que ya no son como los de antes.

—Pues acaba de echarme encima un buen nubarrón, señor mío.

—Lo siento de veras, Nati, pero lo que no puedo hacer es engañarla. Yo he cumplido y poco más tengo que decirle.

Tallera estira el cuello y con una tosecilla muestra a Nati la palma de la mano, demanda sus honorarios.

—¿Y no puedo hacer nada para cambiar la suerte de mi niña?

—No se puede luchar contra la propia naturaleza y esta niña ha nacido pájaro libre y ni usted ni nadie podrá hacer carrera de ella.

Lo ha dicho Tallero con la voz muy baja. Paca desespera por las palabras que se le han perdido entre la oreja de Nati y la boca del gitano.

La madre se levanta de la silla procurando no despertar a su pequeña, atraviesa con la mirada los ojos del brujo:

—¿Y para qué sirve, entonces, saber lo que tiene que pasar si no hay remedio?

—A lo mejor para que no te pille desprevenida, mujer de Dios —dice Paca.

—Si le hago caso a este lo único que me ha adelantado son sofocones y tristezas.

—Alguna circunstancia tendrá usted que aprender —habla solemne Tallero.

—¿Qué quiere decir, gitano? —dice Nati colocando bien la cabecita de su niña en el regazo.

—Que todo sufrimiento nos viene para enmendar algo del alma, asuntos que no sabemos descubrir solos por ser muy propios y estar muy adentro —dice Tallero muy quieto, con la mano abierta a la espera del cobro.

—Y digo yo. —Nati junta las cejas—. Si en vez de una gorda le diera dos, ¿cambiaría el futuro de mi hija?

—Sabe Dios la faltita que me hacen las perras, pero mentirle no puedo. Me juego una cosa demasiado grande.

—¿Qué se juega, hombre? No nos deje así —habla Paca.

—Perder mi don y que la luz que llega a las cuencas de mis ojos se apague para siempre y, entonces, me muera de hambre y sed, sobre todo de sed que sin comer se puede estar más días que sin beber, y el vino, como todo el mundo sabe, de tener, tiene su alimento y no puede faltar en la sangre. A mí que me registren. —Levanta las manos—. No he sido yo quien así lo ha dispuesto, sino… —Señala con los índices el cielo—. Ahora bien, ya que me lo pide se lo puedo anunciar con más cariño si cabe, y a lo mejor al ver los de arriba su buena voluntad hacia mi persona, quizás tenga la criatura mejor suerte, sobre todo si me paga dos gordas y añade de propina un platito de gachas.

Nati mira a Tallero, desconfía, pero no quiere riesgos con lo intangible. Dice que sí con gestos al permiso que le pide Paca para servirle gachas al gitano.

—Tome, cómaselas y váyase buen hombre, no ve que esta mujer tiene que descansar, acaba de parir. ¡Ay!, si los hombres pariesen…— Se da un golpe en la frente para decirlo.

El gitano recupera el sombrero de la cabeza de Antoñito, lo mira molesto, después se come las gachas a cucharones. El niño no se conforma y le tira del pantalón, se ha quedado con más ganas de jugar. Sin enterarse madre ni vecina, Tallero sacude la pierna para deshacerse del pequeño como lo haría de un perro chico que se le meara encima. El brujo se marcha con prisas, con las dos perras gordas apretadas en el puño, antes de que el niño se eche a llorar por sus patadas. Una vez en la calle y con el frío, advierte que la calentura producida por las gachas en las tripas si se comparase con la del vino ganan las primeras por tener mayor consistencia, aunque la alegría que ofrece el vino al alma no la da la harina ni ningún otro alimento.

Paca se ofrece al traslado de la cacerola a la casa de Nati, la deposita sobre la mesa.

—En la cama te quiero ver, descansando con tu hija.

Nati no contesta, el brujo la ha dejado preocupada, se arrepiente de haberlo escuchado.

—No le hagas ni pizca de caso a ese gitano de mal vivir, mujer de Dios. Esta preciosidad no te puede dar mala vida, con lo bonita que es ella…, mírala…—Paca agita su buche de pichón sobre la niña para hacerle una carantoña.

—Gracias, Paca, Dios te lo pague. Todavía tengo el olor a zorruno de ese hombre metido en la nariz.

Paca no comenta sobre el olor de Tallero, se da cuenta de que a ella no le ha molestado, se quita de la cabeza que debe de ser porque es semejante al suyo. Erguida y digna se adereza el moño, lo último de este mundo es dejar traslucir el pensamiento y que se sepa cómo es una por dentro.

—No llores, Antoñito —dice Paca para cambiar de tercio—, ven, verás cómo le da teta tu mamá a la hermanita. Bueno, Nati, yo ya me voy que es tarde.

En ese momento entra Manuel por el portón de la finca, ha dejado a Mioreja en la cuadra y al Tío Papeles en El Olivar, a medio camino. Cuando se dispone a entrar en la casa topa con Paca:

—¡Enhorabuena, Manuel!, una niña para comérsela.

—Gracias, vecina, a conocerla voy.

Paca, ya en su vivienda y sin que nadie la oigaa, se dice en voz alta: «Aunque parece que un poco pelleja si te va a salir».  Se percata, entonces, de que se le ha olvidado pedirle el plato de gachas: «¡Maldita sea!, seré tonta, pues sí le han salido baratas mis atenciones».

Nati da de mamar a su pequeña, sentada sobre la cama. Manuel no pierde tiempo en lavarse el tizne, son más las ganas de darle un beso a su mujer y conocer a la nueva hija que la mugre del trabajo. La madre quiere mostrársela, la maniobra obliga a la niña a soltarse del pezón, lo busca afanosa como la única ancla que la sujeta al mundo.

—¡Vaya!, es verdad que es bonita la joíaporculo.

Nati, orgullosa, la destapa un poco más para que su hombre compruebe la buena salud con que han fabricado al retoño y de paso presumir de la calidad de la horma de donde ha salido.

—Es muy hermosa, Manuel, ¿verdad?

Manuel afirma con la cabeza, no puede hablar, acaba de embelesarse con la sonrisa de su niña.

Moreno da pequeños toques en las piernas de Manuel, él también existe. Consigue la atención de su padre que lo coge en brazos y le retira con el pañuelo dos velones de mocos. Pero el piconero vuelve la mirada hacia Natica, mientras el hijo juega a trazarle en el rostro, manchado de carbonilla, un camino de color carne y con el dedo untado de hollín aprovecha a pintarse también la cara como un piconero.

—Manuel, no cojas al niño, hombre, hasta que no te laves.

—¿Has visto, Antoñito?, tienes una hermanita.

Aproxima su cara a la del hijo y señala a la pequeña.

La madre guarda el pecho izquierdo, prepara el otro, esta niña viene con hambre. Observa Manuel con deleite el tiro suave que ejerce la naricita de su hija en el filo de los labios, dibujándole un corazón.

—Ya me ha dicho el Tío Papeles que ha ido bien el parto.

—La verdad es que no me encuentro demasiado mal, un poco cansada. Con Antoñito lo pasé peor. ¿Sabes?, ya ha pasado por aquí Tallero.

—¿Tallero?

—Sí, el brujo.

—¿Qué dice ese gitano?

Nati ayuda a atinar a la pequeña con el otro pezón.

—Pues nada, ¿qué va a decir?, lo he dejado hablar por las supersticiones que tiene una, pero no dice más que tonterías.

—Ese haragán con tal de no trabajar y de sacar unas perras…

Nati piensa en lo que le ha dicho el brujo de su niña, decide no disgustar al marido con malas noticias sin fundamento, al final los hijos son en la fantasía de cada cual como cada uno quiere que sean, luego de mayores ya se ocuparan ellos de sacar los cuernos propios.

Manuel deja a Moreno en el suelo, se arrodilla ante la cama para observar de cerca a su pequeña. Acaba de comprender el afán que tiene la gente por la belleza, porque de pronto le ha desaparecido la fatiga del día.

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Tiempos de sal | Lola Fernández

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FICHA TÉCNICA

Título: Tiempos de sal

Autora: Lola Fernández Estévez

Editorial: Playa de Akaba

Nº de páginas: 410

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SINOPSIS

Tiempos de sal narra la historia de Judith, una chica ecuatoriana que es secuestrada por una mafia de trata de mujeres. El día que intenta escapar de esa esclavitud, se encuentra ante una original mansión y una enigmática mujer, Isabel. Judith, en un primer momento, finge ser la asistenta que esperaba. Una noche, descubre una serie de extrañas escenas que la pondrán sobre la pista del gran secreto que envuelve a esa misteriosa mujer. Una intriga subyugante y sutil que nos habla de la esclavitud ejercida sobre las mujeres y de cómo la lucha y la esperanza son los únicos caminos a seguir. Qué cuenta Un sendero de claveles…. Jimena es una mujer madura que lleva una vida feliz e independiente, rodeada de sus hijos y nietos. Pero un día su existencia se ve truncada por el terrible mal de Alzheimer, lo que le hace tomar una serie de decisiones tan necesarias como difíciles.

CAPÍTULO 1

Contemplar el Atlántico desde la ventanilla del avión me hizo tomar consciencia de que empezaba una nueva vida. Esa uniformidad azulada me reclamaba proyectos. Volaba desde Guayaquil a Barcelona con el billete pagado por la agencia de trabajo ecuatoriana, que acababa de contratarme para trabajar en una multinacional de ropa deportiva. Al parecer dicha empresa buscaba operarios extranjeros para ahorrarse los altos sueldos nacionales.

En un primer momento compartiría con otras chicas un piso proporcionado por la misma agencia, se generaba así un paquete de deuda compuesto por los gastos del viaje, el hospedaje, más la comisión por encontrarme el empleo. El total ascendía a cuatro mil euros que debía pagar en un año. No me importaba trabajar durante un tiempo, únicamente, para devolver el dinero, después ya buscaría mi propio apartamento y por fin sería libre.

Mi entusiasmo era tan fuerte como el Boeing 777 con el que desbarataba las nubes camino a mi destino. Nada hacía suponer, a tan buenas perspectivas, que en cuanto tomara tierra iba a ser secuestrada por una mafia de trata de mujeres.

 —

Treinta días más tarde.

Aquel cliente empujaba de manera salvaje mi cabeza de títere contra su bragueta, podía ver empañarse los cristales del coche y forzada a seguir el ritmo de la música que sonaba en el CD-ROM: I Just can’t help believing. «Un: así, puta, así, así…» acompañaba al estribillo de la canción de Elvis Presley.

El sujeto, ya desahogado y como impactado por una lucidez divina, pareció tomar conciencia de repente de que estaba en la cuneta de una autovía y cualquiera podría reconocerlo aparcado en ese lugar. Me empujó fuera del coche sin otra despedida que el de «drogadicta asquerosa» y un estridente derrape de ruedas, que incrustó de piedrecillas mi cara y mis ojos. Llegué a tumbos hasta un pino del pequeño descampado porque además de no ver, creí que iba a desmayarme. Vomité la rabia que me daba tener las venas sucias de la heroína que me anulaba.

Ese fue mi último cliente y el principio del fin de una pesadilla, visto con la perspectiva de un año hay momentos en que parece, incluso, no corresponderme. Todavía deambulan sombras por mi memoria que me impiden dormir y dejar de mirar hacia atrás. A pesar de todo, cuando se debilite mi confianza en la vida, quizá me ayude a comprender las extrañas razones y vericuetos de las que se sirve el azar para cumplir su cometido.

Aquella noche, Judith Herrera, yo, di por finalizada una vida que no había elegido y me habían impuesto. Todo el terrorífico mes vivido hasta ese momento pasó a formar parte de una experiencia difícil de asimilar. Lo único importante era sobrevivir, ser puta y estar drogada día y noche era un mal menor ante los peligros que me acechaban.

En el grupo yo era de las de más edad, mis veintitrés años casi parecían demasiados para las pretensiones de los delincuentes que nos retenían. Tenía como compañeras de destino a cuatro ecuatorianas, tres cubanas, cinco de los países del Este y dos españolas. El mejor cebo de esa red de traficantes de mujeres era la promesa de conseguirnos un permiso de residencia, y la falsa esperanza de dejarnos marchar si pagábamos la deuda que habíamos generado; pero la realidad era que nos retenían indefinidamente bajo amenazas de muerte. La diferencia de las dos españolas con nosotras, las extranjeras, era que ellas habían sido captadas a través de la droga. Había camellos encargados de informar a la mafia sobre jovencitas de buen aspecto, muchachas sin hogar que no podían pagarse la adicción.

Recuerdo el caso de una compañera que no regresó a dormir. Madrugada tras madrugada, la cama vacía nos recordaba que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una desgracia mayor tenía más fuerza para borrarla de nuestra memoria que el transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes, destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio partido, dejaban pocas dudas sobre a qué menesteres había sido sometida. Sin embargo, a pesar de sus diecisiete años y el aspecto de niña delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja. Desde esa noche, la niña frágil se ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar por el silencio, igual al que se produce ante las catástrofes, que llenó la habitación.

No tener a nadie que me esperara, que pudieran hacer daño o extorsionar excepto a mi propia persona, era el mejor acicate pa- ra un día intentar huir. Esa palabra machacaba mis pensamientos: huir, huir… Si algo tenía claro a corto plazo era pasar desapercibida y fingir colaboración con los proxenetas como estrategia y salvoconducto para seguir viva.

El protocolo de llegada a la prisión se dividía en dos partes: la primera doblegar la mente, seguida irremediablemente por el cuerpo. En la habitación donde me alojaron no había ventanas, las camas estaban distribuidas en literas tipo cuartel militar. El terror, las vejaciones y los pinchazos de heroína las veinticuatro horas del día se sucedían hasta conseguir anularnos la voluntad. Siempre vi a tres secuestradores, en realidad nunca supe de cuántos delincuentes se componía la totalidad de la banda. A veces dejaban la puerta entreabierta de la habitación y los veía jugar a las cartas en la sala contigua.

Excepto al gordo caribeño, a los otros dos, uno muy moreno y otro de un blanco extremo, les gustaba pasear por los pasillos de literas para elegir a dos de nosotras al azar. Nunca me atrevía a mirarlos a la cara con la falsa esperanza de no propiciar la elección. Y eso era: una falsa esperanza, porque cerrar los ojos no me salvo de nada, aquella noche me tocó a mí. Me sacaron de la cama a rastras, agarrada por el pelo. María, la otra chica que iba a compartir mi suerte, tropezó con mis piernas al caer de la litera de arriba. La cubana, una vez en el suelo, empezó a sacar espuma por la boca y a tener convulsiones en brazos, piernas y cabeza. El chulo blanco crudo de aspecto nazi que la había tirado la levantó y la aplastó contra las camas con expresión de asco.

—¡Estás podrida, maldita! —dijo con un español torpe. Con gestos violentos eligió a la más cercana, fue el brazo de Sara el que atrapó y arrastró hacia la otra habitación. Los valientes insultos que profería la nueva víctima al agresor me hacían sufrir porque sabía que solo iban a servir para aumentar la violencia y ferocidad del nazi.

En aquel instante pensé que nunca podría olvidar la cara del sujeto abalanzado sobre mí, ni la repugnancia que su asquerosa piel y aliento me producían. Sin embargo, la memoria ahora me imposibilita describirlo y solo queda el recuerdo de una sombra picada de viruela. La ausente mirada de Sara desde la cama de al lado me enseñó que había que evadirse rápido del cuerpo martirizado, a pesar de que la sabandija que tenía encima había atado una cuerda a mi cuello y tiraba de ella cada vez que me embestía.

Oí gritar al nazi sobre el cuerpo de mi compañera de suplicio. —¡Toma!, ¡toma!, esto para que te vayas acostumbrando. Desde la cama, con la cabeza colgando, veía boca abajo al gordo caribeño que sonreía baboso el trabajo de sus compañeros, mientras volcaba con tino de ebrio una botella de coñac en un vaso.

Simulé obediencia, con ello evité algunas palizas y más abusos privados. Me llevaron a un club nocturno donde me obligaban a trabajar hasta el amanecer, pero al menos logré que disminuyera la dosis de heroína; aunque siempre sospeché que más bien era pa- ra disimular ante los clientes no estar drogada. Sus razones daban igual, al menos yo me encontraba con mejor estado de conciencia.

La siguiente recompensa a mi colaboración era disfrutar del aire libre. Me trasladaron a una zona concreta de una autovía, donde supongo que las distintas mafias negociaban sus territorios porque veía a mujeres que no eran de mi grupo. Mi horario, como el de todas, era desde las doce de la mañana hasta las tres del mediodía y después de comer hasta las doce de la noche, a partir de esa hora seguía hasta las cuatro de la madrugada en los clubes. La mierda metida en las venas y sus aterradoras amenazas eran consideradas como suficientes perros guardianes para custodiarme bajo el cielo abierto. La droga empezaba a parecerme la única ayuda que permitía soportar lo que estaba viviendo.

Pero aquella noche, en el descampado de la autovía, tras la vomitera, el aire fresco del mes de octubre y algo inexplicable me insufló fuerzas para acariciar la posibilidad de escapar. Lo sentía por Sara, los proxenetas habían descubierto nuestro afecto y a falta de otros familiares a los que dirigir sus amenazas para coaccionarme, Sara, según ellos, sería la que pagaría las consecuencias.

Los faros de los coches descubrían a rachas mi minifalda de charol blanco y las botas del mismo color. Supuse que mis piernas morenas y el suéter negro debían verse desde la perspectiva de los conductores, invisibles. No era difícil imaginar la visión espectral de las dos prendas caminando solas por la cuneta. Me encontraba en la autovía de Barcelona dirección Vic: dos pistas de asfalto persiguiendo en su recorrido los inicios del parque natural del Montseny, una zona montañosa plagada de bosques a tan solo cuarenta kilómetros de Barcelona. Cuando mi último cliente marchó eran las doce menos cinco de la noche. La furgoneta que debía recogerme a mí y al resto de las chicas esparcidas por la autovía para llevarnos a los locales de alterne, estaba a punto de llegar.

La noche y mis ojos parecíamos conformes con la luz de aquella luna mordida. En el valle, los pequeños pueblos apiñados punteaban de luces el horizonte. Soplos del incipiente otoño se empeñaban en envolverme con revoltijos de hojas secas, imaginaba en ese baile de crujidos todos los murmullos de libertad. Durante unos segundos dudé que el aglomerado de chicle en el que se habían convertido mis músculos y tendones respondiera bien a una emergencia.

De repente, entre la catarata de faros que fluía por la carretera, vi parpadear el intermitente de la furgoneta. En ese instante alguna fuerza maligna clavó mis tacones en la tierra. El vehículo detenido frente a mí abría sus puertas. La luz interior iluminaba las caras de mis compañeras, algunas, somnolientas, apoyaban sus cabezas mal sostenidas en los vidrios de las ventanas. Sara, con los párpados a medio cerrar, estampaba en el cristal una ventosa con sus labios, desde fuera me pareció la molleja enroscada de un enorme caracol rojo. La voz del conductor, el gordo caribeño, resonaba distorsionada en mis oídos:

—¿A qué esperas , ya tú sabes, zorra? ¿O tendré que bajar a buscarla?

Mi cerebro huía a toda velocidad con el revoltijo de hojas que me había envuelto hacía un rato, sobrevolaba el bosque, los campos, las montañas…, pero mi cuerpo no respondía a ningún impulso. Me apagaba y encendía a ritmo del intermitente, la luz amarilla alumbraba mi ombligo y se colaba por el corto margen del suéter. La paciencia del individuo se acababa. Escuché el rasgueo del freno de mano. El gordo bajaba a por mí. Por fin, me vi llevada por el movimiento descoordinado de mis piernas y brazos mientras miraba hacia atrás enajenada, perseguida por el depredador. No vi las zarzas, ni la maleza, fui engullida por el amasijo de vegetación negra del bosque.

Al fin, mi abuela, hubiera reconocido a su nieta Judith como una Herrera. Hasta su muerte, hacía solo tres meses, ella había sido mi única familia. Regresé con ella cuando mis padres murieron en un incendio. Aunque nací en Ecuador pasé toda mi infancia en España, en Castillazuelo un pueblecito de Huesca, adonde papá, cuando yo tenía solo unos meses, decidió emigrar y donde me eduqué y viví hasta los catorce años. Al desaparecer ellos, y ser menor de edad, fui devuelta a mi país a cargo de la abuela.

La abuela Aquilina aminoró la desgracia de haber perdido a mis padres, fue ella, no la universidad, quien se encargó de formarme para la vida. Y sobre todo de inculcarme durante la adolescencia el deber ancestral que tenía nuestro apellido.

Además del genio compartíamos los ojos y el pelo de india Topachi. De boca en boca, de padres a hijos, contaban la valentía y resistencia de hierro de nuestra estirpe. A pesar de pertenecer a una familia de pocos recursos económicos, éramos toda una institución entre la gente. Uno de nuestros antepasados salvó al poblado de morir arrasado por las lluvias, y a través del tiempo la historia se magnificó tanto que no se supo bien si realmente salvó a una persona, a dos familias, o a toda la aldea. Las restantes historias sobre descendientes, quizás más obligados por el peso de la tradición que por dones naturales, también estuvieron involucradas en salvamentos heroicos. Por eso la abuela, siempre, al anunciarse como seño- ra de Herrera, apostillaba con urgencia que ese apellido nada tenía que ver con la profesión de herrero, sino con la fortaleza del hie- rro. Aunque con el crecimiento tuve la certeza de que el significado etimológico del nombre venía más de un ascendiente español con dicha profesión, que de cualquier otro atributo. No sería yo quien sacara a la abuela de esa aureola de sobriedad en la que le gustaba envolverse.

Me convenció de que había que preparar el futuro y tuve todo su apoyo cuando decidí estudiar medicina. Le prometí que volvería a España cuando ella muriera. Decía que en un lugar como Ecuador donde la miseria era tan natural como los sobornados políticos, no tendría nunca futuro. La abuela trabajaba en las plantaciones de bananos desde el amanecer hasta que se iba la luz. Por las noches bordaba ropa para tener más ingresos y poder criarme, siempre le persiguió la inquietud de tener muchos años y poco tiempo para velar por su nieta. Cuando murió me dejó un medallón turquesa, recuerdo de la familia, que siempre me acompaña. Pensé que daba igual el país donde me encontrara porque ya sabía lo que era sentirse sola en este mundo. Por entonces fue cuando acepté la oferta de la agencia para trabajar en España.

La noche de mi huída cualquier chasquido del bosque era interpretado en defensa propia. El gordo caribeño no había conseguido atraparme, le supuse ahogado en su propio sebo. Caminé duran- te dos horas por sendas corta fuegos, entre montañas. Los ojos me escocían, mis pies se llagaron, ya no podía más y me rendí ante un llano donde alguien guardaba aparejos de campo, también había un tractor y los restos de un coche abandonado que me parecieron un hogar. No hice caso del perro que ladraba a lo lejos, ni siquiera me planteé en ese momento si en el lado del conductor había muerto alguien, a juzgar por el espachurramiento de chatarra del asiento. Mi estatura menuda permitió acomodarme sin esfuerzos en la parte trasera, mientras en el exterior, la humedad de la noche se pegaba a los pocos cristales que quedaban en las ventanillas. Al principio no quité ojo a las esperpénticas sombras proyectadas por el arado y el tractor, pero el cielo distrajo mis angustias porque nunca había contemplado un espectáculo igual: la bóveda celeste arqueaba los luceros, e interpreté, más sosegada, con los párpados del todo abatidos, que aquel galimatías de estrellas era mi primer regalo de libertad.

—-

Antes que la luz de la mañana, me despertó un temblor con latigazos: la sangre rememoraba a la heroína. El síndrome de abstinencia me provocó sudoraciones, ansiedad, taquicardias… Intenté respirar profundamente para controlar el acelerón. Un pañuelo de papel sirvió para limpiarme las botas y la falda de charol de los azotes de la hierba, tenía los brazos y las piernas llenos de garabatos de sangre coagulada por los arañazos de las zarzas. Al menos era consciente de que retornaba a mi cuerpo y a sus sensaciones, aunque fueran malas, porque tenía hambre, frío y rugía en mi cabeza una manada de elefantes; pero era libre y en aquel momento solo debía escoger bien unos de los caminos que tenía delante de mí, rogué al destino que fuera el menos malo y comencé a caminar por el que estaba asfaltado.

Las verrugas verdosas, peludas, de las montañas del Montseny ondulaban el paisaje con gibas de arboledas. Desde mi perspectiva, en la pequeña carretera que ascendía, la autovía se había convertido en una fina, ronca y tortuosa lombriz. Recordé, supongo inspirada en la soledad del paisaje y sin dejar de mirar hacia atrás, a otra de las chicas desaparecida. Supimos que había pedido ayuda a un cliente del club para escapar. Dos días después oímos decir, en la barra, a uno de los camareros, que el fulano había tenido un accidente mortal con el coche, de ella no supimos nunca nada más. Volví a pensar en Sara, le pedí perdón y recé para que no le hicieran daño.

El asfalto de la carretera terminaba delante de una cadena oxidada donde se columpiaba, entre chirridos, un cartel de prohibido el paso en mal estado. La falta de otras expectativas hizo que la saltara sin pensarlo dos veces. El camino privado era un cauce de chinas apuntalado en sus bordes por cipreses gigantes. Los árboles parecían suplir la labor de una hilera de lacayos que señalaban el camino a la casa, al visitante. Anduve sin levantar la cabeza del suelo para no resbalar con la gravilla, al terminar de girar una curva encontré de pronto, rayada por las rejas negras de una verja, una mansión que tenía forma de castillo.

Era la primera vez que veía un edificio así. Ajenos a la natural fragilidad del entorno se alzaban tres torreones magnánimos, coronados con almenas y ventanales de cristales emplomados de colores, al más alto, el que se encontraba en medio, le calculé unos veinte metros de altura. Empujé con esfuerzo la cancela de hierro que la hiedra había hecho suya. Al otro lado, un jardín tapizado de hojas caídas, color ocre, se extendía ante mis pies. Bajo la hojarasca, entre pequeños claros, aparecía un estrecho camino de piedras en forma de «Y» que llevaba hacia la casa.

Los árboles centenarios, tan majestuosos como la vivienda que guardaban, delimitaban de forma natural ambos lados de la parcela. A la izquierda, a medio camino antes de llegar a la entrada, descubrí entre las hojas la punta del ala de un angelito de bronce, levitaba sobre la estructura de una fuente en forma de trébol. A los pocos metros, empecé a distinguir los barrotes y cristales de una puerta arqueada parecida a las de las iglesias. Entre las volutas doradas de la estructura, pude diferenciar una figura tenebrosa que manipulaba desde el interior la cerradura. Una señora vestida de negro abría la puerta entre un gruñido de goznes, tras ella el perfil de una chimenea de piedra, ante ella, yo, exhausta, dispuesta a pedir ayuda; pero no hizo falta que abriera la boca, ni siquiera de emitir el balbuceo que seguro me hubiera salido en ese momento porque recibí una orden inmediata:

—Pasa —obedecí disimulando mi contrariedad y agradecí a la providencia no tener que dar explicaciones—. Llegas quince minutos tarde. Sígueme.

Sus rasgos eran finos, de nariz pequeña y labios armónicos, sin embargo, todo en ella aparecía estirado, actitud, figura y voz revestían tal severidad que contagiaba. Erguí todas las vértebras que pude para no desentonar con su sombra.

Ahora, un otoño más tarde, me doy cuenta de la docena de abrigos bajo los que oculta el ser humano lo mejor que tiene. Debido, quizás, a la fragilidad de nuestra materia interna las capas deben ser gruesas y los muros altos.

Caminé tras ella, ansiosa por saber qué esperaba de mí. Su cintura estrecha distraía sobre el cálculo de su edad. Llevaba el pelo recogido en un moño color chocolate. Me atreví a aventurarla no más de cincuenta benevolentes años, confirmé la consistencia y protección de las paredes de aquella casa para que la vejez no la hubiera descubierto todavía.

Sus pasos y los míos crujían los escalones de madera. Atravesamos interminables salas y un sorprendente invernadero interior repleto de helechos, que daba a lo que sería mi habitación. Sobre la cama un uniforme azul claro de sirvienta reposaba coqueto como asistido en la pose por un fantasma plano.

—Tienes treinta minutos para cambiarte y bajar al salón.

Mi segunda preocupación, después de la ducha, era saber si iba a ser capaz de encontrar el camino de regreso al salón.

Copygirl

copygirl

 

FICHA TÉCNICA

Título: Copygirl

Autor: Anna Mitchael y Michelle Sassa

Editorial: Umbriel (sello de Ediciones Urano)

Nº de páginas: 320

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

 

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CAPÍTULO 1

La señora de los gatos

Cuando te están apuntando con una pistola a la cabeza, es muy difícil pensar.

—Mañana a primera hora más os vale demostrarme de lo que sois capaces —nos había advertido Elliott hacía un rato, a lo que había añadido su amenaza favorita—: Tened presente que puedo reemplazaros en cinco minutos.

Vamos, Kay, piensa. Piensa. ¡PIENSA!

Solo necesito un buen eslogan de comida para gatos. No tengo que encontrar la cura para el cáncer ni que inventar una cúpula que permita a la humanidad vivir en Marte.

Tecleo lo primero que me viene a la cabeza:

«Ven aquí, gatita malona.»

Y veo con absoluta claridad que esto no es lo que Elliott tiene en mente. «Ven aquí, gatita malona» es lo que me dice Johnjoshjay cada mañana cuando ellos me ven pasar por el pasillo que separa los cubículos del atestado departamento creativo de nuestra agencia. «Ven aquí, gatita malona. Ven aquí, gatita malona.» Al club de los chicos les encanta fastidiarme, y este es su maullido preferido (perdonad el juego de palabras, son gajes del oficio). Se les ocurrió porque soy la copy de Little Kitty,* ¿lo pilláis? Oh, sí, son muy listos. Yo me he vengado de ellos negándome a llamarlos por su nombre. Al menos en mi cabeza. Se tienen bien merecido que me refiera a los tres por el mismo apodo. Al fin y al cabo, visten igual. Todos como pequeños hipsters: vaqueros holgados, zapatillas de marca, camisetas que parecen de mercadillo pero que les han costado un ojo de la cara, gorras puestas del revés que se quitan en cuanto llegan al trabajo y que dejan al lado del ordenador junto con sus bandoleras de cuero a juego.

Estos fantasmas creen que son lo más porque llevan la cuenta de las zapatillas Superfine y la de Atlantis, la marca de ropa de Brooklyn. Y yo estoy encasillada haciendo anuncios para periódicos y revistas de «comida para gatitas». Otra muestra de su sarcasmo y deformación profesional. Pero no voy a consentir que nada de esto me hunda. Al fin y al cabo, Little Kitty es nuestro cliente más importante. Es la famosa gallina de los huevos de oro. Es la cuenta que paga nuestros sueldos, y su presupuesto mantiene la agencia abierta y funcionando; así que, si este cliente está contento, mis jefes están contentos. Y esta noche me propongo tener un montón de ideas locas y brillantes para dejar a los ejecutivos de Little Kitty anonadados y conseguir por fin el reconocimiento que Ben y yo nos merecemos.

Hablando de Ben, ¿en qué lugar de Manhattan se ha perdido mi fiel compañero de trabajo? A estas horas ya debería de haber vuelto del gimnasio con nuestra cena para ayudarme con la sesión de tormenta de ideas, tal como me prometió. Se me encoge el estómago al pensar en la comida… Y, sí, bueno, voy a ser completamente sincera, también al pensar en él. Aunque tengo muchas ganas de triunfar con este proyecto, aún tengo más ganas de triunfar con Ben. Típico, lo sé. La chica copy que se enamora del atractivo creativo que trabaja con ella. Y un suicidio profesional, probablemente. Pero somos pareja —profesional, quiero decir— desde el segundo día en la facultad de publicidad en Atlanta y ahora Ben además vive conmigo. Sí, bueno, duerme en el sofá y no en mi cama como me gustaría a mí, y, sí, solo es por unos días, hasta que encuentre un piso nuevo. Pero, bueno, da igual. La cuestión es que se veía venir y le he cogido cariño, ¿qué otra cosa puede suceder cuando te pasas todo el día respirando el desodorante Axe de otra persona? Creo que incluso hay un nombre para eso: «El efecto Axe».

Además, no solo se trata del tema de vivir juntos; Ben y yo trabajamos juntos muy a menudo. Eso se debe a que tenemos la suerte de ser el equipo más júnior del departamento creativo de Schmidt Travino Drew & Partners, una de las agencias de publicidad más prestigiosas del país. Ben y yo probablemente hemos tenido que superar a cientos de copys y de creativos recién licenciados para conseguir este trabajo, y, como al resto de los equipos creativos de las otras agencias, nos pagan por las ideas que se nos ocurren trabajando juntos. Después Ben se encarga de las imágenes y yo redacto el texto. Pero, a diferencia del resto de las agencias, la nuestra ha ganado el Advertising Age’s Agency de este año y ahora somos «jodidamente importantes». Mucha gente mataría por nuestro trabajo. De hecho, nuestro director creativo, Elliott, siente que tiene el deber de recordárnoslo cada vez que nos hace un encargo.

Por eso he dicho antes que tenía una pistola apuntándome a la cabeza.

Sé que a Ben le gusto, ¿por qué si no habría querido que trabajásemos juntos después de la facultad?, pero espero que, cuando vea las frases tan brillantes que se me han ocurrido para salvarnos el culo, se alegre tanto que quiera besarme hasta dejarme sin sentido. Lo único que me falta es ponerme a escribir. Ya.

Ojalá tuviera una musa, algo similar a Olivia Newton John en Xanadú, con sus patines proponiéndole a su amigo el músico grandes ideas:

—Presta atención, Kay. —Casi puedo oírla en mi cabeza—: Estas son las frases con las que vas a ganar un montón de premios. Ahora ponte los patines, dame la mano, y vamos a patinar por la ciudad como si no hubiera un mañana.

Suspiro. Las buenas musas son difíciles de encontrar, especialmente cuando estás muerta de hambre. Mi última comida ha consistido en una bolsa de anacardos caramelizados que he rapiñado a eso de las tres de la tarde en vez de ir a almorzar. Miro a través de la ventana y veo que los vendedores de comida ambulante que suelen ocupar la acera ya se han ido a casa a pasar la noche, no como yo.

Qué comparación tan deprimente… Lo que no es nada deprimente es el lugar donde me encuentro. ¡Estoy en el centro de Nueva York! Bueno, de acuerdo, mi oficina está en Chinatown, así que técnicamente no es el centro, sino el extremo de la ciudad. Y yo crecí no muy lejos de aquí, pero, de todos modos, este lugar es como el nuevo mundo. Aquí viven millones de personas. Las posibilidades son infinitas. Me gusta mirar los edificios y preguntarme quién los habita sin más o quién, como yo, está intentando demostrar que merece tener su lugar aquí.

¿Cómo dice la canción de Sinatra? «If I can make it here, I can make it anywhere.» Si puedo conseguirlo aquí, lo conseguiré en cualquier parte, ¿no? En mi caso, si puedo conseguirlo aquí, no tendré que subirme al próximo autobús con destino a Jersey sin dinero y con el rabo entre las piernas. Creía que, si Ben y yo nos mudábamos juntos a la ciudad y seguíamos creando «magia publicitaria» juntos, conquistaríamos Nueva York. ¿De verdad puedo, perdón, podemos labrarnos un futuro aquí? ¿Podemos conseguir que todos los que dudaron de nosotros muerdan el polvo? Eso espero. Y espero que Ben aparezca de una vez. Pensar en el mundo exterior me ha hecho sentirme más pequeña de lo que quiero, y, al fin y al cabo, somos un equipo creativo.

Mi teléfono suena al recibir un mensaje de texto como si una musa hubiese decidido atender mi llamada. Quizá sea mi mejor amiga, Kellie, llamándome desde el otro extremo del mundo para soltarme uno de sus típicos discursos motivadores. La verdad es que ahora mismo me iría mejor uno de esos discursitos que un plato de pad thai.

«Hola, Kay, ¿has avanzado algo con lo de Little Kitty?»

No, definitivamente no es un mensaje de Kell diciéndome que va a llamarme en cinco minutos. Es Suit, el jefe de cuentas, blandiendo de nuevo su látigo. Como si no supiera que tengo que presentarle mis ideas a Elliott a primera hora de la mañana. Como si no supiera que ya son las ocho y trece minutos de la tarde. ¿Por qué no me manda una foto de un Uzi apuntándome a la sien derecha?

Paranoica, miro por encima de las paredes de mi cubículo para asegurarme de que Suit no está merodeando por ahí cerca para vigilar si estoy trabajando. No, no hay signos de vida inteligente en toda la planta. Suit probablemente esté cenando en algún restaurante de moda con su novia superguapa, esa amazona de casi dos metros que vino a la fiesta de Navidad de la oficina vestida de cuero de la cabeza a los pies. Me apuesto lo que quieras a que solo está con Suit porque es alto. Es imposible que una chica como ella se dignase a llevar zapatos planos por un hombre. Como es habitual en mí, la noche de la fiesta de Navidad yo llevaba la ropa equivocada. El top de seda roja, que me había parecido retro cuando me lo compré en esa tienda de ropa vintage de Atlanta, brillaba tanto que Elliott se pasó la noche llamándome Rudolph. Y para empeorar las cosas, chicas como la novia de Suit inundaron la fiesta de la agencia —igual que inundan las calles de Manhattan— como si su misión en la vida fuera recordarnos a las demás que no damos la talla. Claro que, si Suit está ahora mismo con la señorita Mono de Cuero, dudo mucho que algo tan banal como la comida para gatos pueda retener su atención más de un segundo.

Lo más probable es que Suit haya salido con Elliott y su séquito a cenar a base de líquidos. Seguro que están en The Hole, ese bar de mala muerte que hay en el Soho donde siempre puedes encontrarte a alguien de nuestra agencia o de las otras agencias de la ciudad. No es que lo haya preguntado. Lo cierto es que agradezco poder disfrutar de unas cuantas horas de paz antes de que vuelvan borrachos y se pongan a jugar a Call of Duty en la Xbox de Elliott con la excusa de que se «van a quedar a trabajar hasta tarde».

El club de los chicos ha intentado presionar a Ben para que saliese con ellos esta noche a pesar de que saben que tenemos una entrega mañana. Una entrega que nos ha impuesto Elliott. Les he oído hablar en el ascensor, nuestro director creativo es especialmente escandaloso y maleducado. Elliott no está acostumbrado a que le digan que «no» cuando invita a alguien, así que ha atacado a Ben con muy mala leche y le ha preguntado «qué falda iba a ponerse para ir al gimnasio».

Evidentemente, Elliott es el líder de la manada. Todos le llaman «E», como si fuera el alucinógeno que animase al grupo, e, igual que la droga del éxtasis, «E» es famoso por sus cambios de humor, por sus altos y bajos. Cuando estamos solos, Ben y yo lo llamamos: «El Imbécil».

El club de los chicos de «E» es tan influyente que incluso recibió una mención especial en el artículo del Advertising Age en que se concedía el premio de agencia del año a la nuestra. El artículo decía textualmente: «El club de los chicos está en plena forma dentro del mundo de la publicidad gracias al director creativo Elliott Ford y a su equipo rebosante de testosterona».

Sí, testosterona, no cabe la menor duda. En general, en Schmidt Travino Drew no hay muchas chicas, y técnicamente yo soy la única que trabaja en el departamento creativo. Está Peyton la superzorra, pero ella es productora, y su trabajo se clasificaría más bien como de «soporte creativo», así que no cuenta. Después está Gina, la becaria del departamento creativo, que ha conseguido un ascenso pero a la que todo el mundo sigue pidiéndole que le traiga un café, así que ella aún cuenta menos. Estoy muy orgullosa del trabajo que tengo, pero sé que en una agencia como esta hay una lista larguísima de personas dispuestas a ponerme la zancadilla. Probablemente por eso estoy sentada aquí sola en este ridículo cubículo de acero y cristal mientras esa panda de borrachos —quiero decir creativos— trabajan fuera de la oficina.

«Vamos, Ben. Sal de ese ascensor y ven con tu Kay, enséñame tu cuerpo serrano.» Claro que, si viene ahora, no tengo nada que enseñarle.

Creo que me colaré en el despacho de Elliott y le cogeré prestados esos libros de fotografías que tiene, para ver si se me ocurre algo. Elliott tiene tres estanterías repletas de libros, y en la mesilla Lucite hay dos de animación de origen japonés, uno de grafitis y varios volúmenes dedicados al desnudo de féminas negras, al arte de los tatuajes, al arte de los juguetes, a las bailarinas del burlesque y a los videojuegos de los ochenta. Odio estar en esa oficina, seguro que sufro algún tipo de reacción pavloviana, porque allí es donde siempre recibo las críticas de mi jefe. Pero adoro esos sillones Eames. Me dejo caer en uno y empiezo a hojear uno de los libros de animación en busca de alguna idea visual que pueda ayudar a Ben con el diseño del anuncio de Little Kitty. Hace apenas unas horas, Ben estaba sentado en este mismo sillón mientras Elliott nos explicaba el proyecto. Huelo el respaldo y encuentro su perfume, Axe Phoenix… ¡Oooh! Cierro los ojos y me lo imagino, con su ancho torso repleto de músculos…, su pelo rubio rojizo despeinado… y esos ojos que tiene, juguetones y serios al mismo tiempo. Me imagino su risa ronca, tan típica del oeste, cálida como un abrazo de oso de esos que te levantan del suelo. Dios sabe lo bien que me iría ahora mismo uno de esos abrazos para sacudirme de encima el mal trago que he pasado hoy mismo en este despacho.

Ay, ha sido tan vergonzoso. ¿En serio era necesario que los Joshjohnjay entrasen en el despacho de Elliott cuando él nos estaba diciendo que cualquiera de los adictos de la calle Ocho harían mejor nuestro trabajo? Y después esa panda de descerebrados se han ido a jugar a los videojuegos como si nada. En lugar de quedarse y darnos algún consejo creativo sobre cómo afrontar ese proyecto, El Imbécil se ha dedicado a enseñarnos a todos la cámara de tamaño insecto que le han traído de Tokio y que seguro vale una pequeña fortuna. O, como él ha dicho tan humildemente: «Más de lo que vosotros, pobres mortales, ganáis en un mes».

Como de costumbre, los chicos han rodeado a E y han mirado embobados su último juguete. A E no hay nada que le guste más que los aparatitos de última tecnología, o, mejor aún, los aparatitos de última tecnología que aún no se han puesto a la venta.

—Tiene una lente Carl Zeiss —presume Elliott—, así que la calidad de las fotos es demencial. Y es la cámara más pequeña del mundo, por lo que nadie se da cuenta de que les estás grabando. —Entonces ha apretado un botón en su ordenador—. Ahora veréis, he filmado esto hace dos minutos.

Y de repente allí estoy yo, en un nada favorecedor primer plano, en la enorme pantalla del ordenador de Elliott, sudando la gota gorda mientras él nos riñe a Ben y a mí por lo pésimos que han sido los últimos anuncios que hicimos para Little Kitty. Mi pelo ralo está aún más empapado por el estrés; la mejilla izquierda, ahuecada porque me la estoy mordiendo como hago siempre que estoy nerviosa, y me conduzco como una ladrona a quien acaban de pillar con diez pares de bragas de Vicky Secret bajo los pantalones.

—Diría que los Special K del desayuno te han dado alergia —comentó con sarcasmo uno de los Joshjohnjays, y, por supuesto, otro se unió a la fiesta.

—¿Tienes alergia a los perros grandes, gatita malona?

Y entonces todos empezaron a partirse de risa a mi costa. Era el momento perfecto para contraatacar con un comentario sarcástico y unirme así a la cacería, pero, como de costumbre, mi lengua estaba más atada que el nudo de los cordones de mis Converse. Gracias a Dios que intervino Ben con su agudo sentido del humor. Se encargó de poner punto final a mi humillación con un divertido comentario:

—Vaya, Kay, nunca me había fijado en que tienes la piel tan bonita.

Una pequeña victoria en esta tarde en la que me he sentido como una perdedora de campeonato.

Tal vez Ben se comporta de vez en cuando como si se llevase bien con esos tíos, pero yo sé que jamás permitiría que el club de los chicos le afectara y le cambiara el carácter. Ben es muy de Wisconsin. Muy fiel a sus raíces. Ben me es fiel a mí… Supongo. Espero. Y un día querrá que seamos una pareja más allá del plano profesional, más en el plano horizontal. Estoy segura.

Suenan dos clics y vuelvo a la realidad. ¡La cámara oculta de Elliott! ¿Dónde está escondida? ¡Espero que no me esté filmando! Inspecciono el enormemente obsceno despacho de Elliott presa de un ataque de pánico. Esa estúpida cámara puede estar en cualquier parte.

Clic, clic, oigo de nuevo.

¿Y si Elliott y los chicos me están viendo ahora mismo y se están partiendo el culo de risa en el bar? ¿Y si mañana por la mañana toda la agencia recibe un email con un vídeo de mí olfateando la butaca Eames? Algo me golpea el pie y al bajar la vista me encuentro un robot de cuerda. Él es el autor de los clics. ¡Menos mal! Lo habré tirado de la mesa sin querer.

Recojo el juguete, elijo unos cuantos libros y salgo de allí pitando. Recorro el pasillo de los cubículos hasta llegar al mío y veo que en la mesa de Josh hay un robot de cuerda, y en la mesa de Jay también. Oh. ¿Esos chicos siempre se han copiado los unos a los otros o empezaron a hacerlo cuando Elliott, el famoso e imbécil director creativo, los contrató?

Para los Joshjohnjay El Imbécil nunca hace nada mal. Odio admitirlo, pero El Imbécil es carismático. Por suerte para mí, yo soy inmune a sus encantos. O quizá sea porque él jamás ha intentado incluirme en su grupo de bebedores de tequilas caros o de cervezas ecológicas o lo que sea que beban porque lo ha descubierto en las páginas de GQ o de Rolling Stones.

Con los chicos funciona. Ellos se pasan el día hablando de videojuegos y de música independiente y sin embargo son capaces de hacer anuncios para Superfine y para Atlantis y ganar un montón de premios con ellos. Siempre que les he visto con chicas (en las contadas ocasiones en las que yo consigo salir de la agencia y voy a tomar una copa en The Hole), me he sentido completamente intimidada por la compañía. Van con esa clase de chica que ves por la calle pero que nunca te aparece reflejada en el espejo de casa: guapa, segura de sí misma y que puede mantener una conversación sobre cualquier cosa.

Ben siempre detecta el instante exacto en que me siento poca cosa, y cuando los chicos aparecen con sus supermodelos él se acerca a mí y se pone a hablar conmigo.

Pero él nunca, ni una sola vez, se me ha insinuado. Y me quejo de ello siempre que hablo con Kellie. Quizá debería llamarla ahora. Sé que estoy buscando excusas para perder el tiempo, pero eso también forma parte del proceso creativo, ¿no?

De vuelta a mi mesa de trabajo, cojo el teléfono y veo que he recibido un mensaje:

«Hola de nuevo, ¿cómo va el eslogan de los gatos?»

¡Será pesado! Es el tercer mensaje de Suit en lo que va de noche. Ni loca voy a contestarle. ¿De verdad piensa que soy tan incompetente que necesita estar encima de mi continuamente? Voy a hacer el mejor anuncio del mundo. Perdón, Ben y yo haremos el mejor anuncio del mundo. Y, cuando lo hagamos, todos tendrán que besar nuestros preciosos traseros gatunos.

Miro el reloj. Las ocho y media. Ben tendría que estar aquí ya. ¿Qué coño le ha pasado? Y ¿qué hora es ahora en el jodido París? Desde que Kell se mudó allí para estudiar historia del arte, no me aclaro con la diferencia horaria y nunca sé si mi amiga está despierta o dormida. En especial porque, en París, Kell está llevando la vida con la que ambas soñábamos desde el instituto y no sigue horarios de oficina. Es probable que sea tarde en la ciudad de la luz, pero al menos le dejaré un mensaje. Últimamente no hemos hablado demasiado, yo le echo la culpa a la diferencia horaria y a mi trabajo estresante, pero lo cierto es que tampoco me he esforzado mucho en contactar con ella. Me mata hablar con alguien que siempre está contento mientras lo único que hago yo es quejarme.

Busco su nombre en la lista de contactos con marcación rápida y me preparo para que me salte el contestador, pero Kell me sorprende y me contesta. Lo que es aún más sorprendente es que puedo oír el sonido de vasos chocando y lo que parece ser una banda de rock francesa tocando.

—¡Bonjour, mon amie! —grita por encima de la música de fondo.

—¡Kell! ¡Creía que no te pillaría despierta! ¿Dónde estás?

—En una boîte muy guay en Saint-Germain con mes amis de l’université. ¿Dónde estás tú? —Mezcla el francés con el inglés con un acento parisién que yo jamás en la vida podría conseguir.

Inspecciono mi cubículo, se parece más a una caja que a una boîte, y me duele tener que confesarle que, otra vez, estoy trabajando hasta tarde.

—¡Mon dieu, Kay! —Su acento es tan chic—. Consigues que Nueva York suene… très aburrido.

—Lo sé… —suspiro, y apoyo los pies en la mesa de Ben—. Es que Little Kitty es un cliente infernal. Con ellos todo es para ayer, una fecha de entrega se solapa con la otra. Solo llevo cuatro meses en Schmidt Travino Drew y estoy segura de que ya he escrito más de trescientos cincuenta eslóganes para ellos, que van desde prometer que los gatos perderán menos bolas de pelo a que tendrán diez vidas, pasando por que su comida es tan buena que «se relamerán las patitas». Si te soy sincera, creo que solo ciento veinticinco de esas frases le han llegado al cliente. Y la única que han comprado ha sido: «Despídete de los días de mal pelaje, gatita».

—¡MIAU! —se burla Kell—. Despídete de tus días de anuncios pésimos, gatita.

—Lo sé. Brillante, ¿no?

—Kay, tal vez la gatita que hay en ti necesita salir un poco más, ¿n’est-ce pas?

—Muy graciosa. Suenas como los Joshjohnjay. Al menos Ben aún está de mi parte.

—¿Cómo está Monsieur Benjamin? S’il vous plaît, dime que al menos habéis empezado a hacer horas extras en la cama.

Aunque la agencia está vacía, me levanto y voy al baño. Al fin y al cabo, mi compañero debería estar de vuelta en cualquier momento.

—Ben ha ido al gimnasio a desquitarse un poco —le digo en cuanto cierro la puerta del lavabo del fondo—. El pobre se quedó sin ideas de comida para gatos hace un mes. Pero cuando vuelva ¡pasaremos toda la noche juntos!

—Oh la la, Kay, qué sexy —dice en un tono sarcástico, lo que me indica claramente que no aprueba mi respuesta.

—Ben es sexy —insisto—. El modo en que me mira cuando le cuento mis ideas es muy sexy. Y su risa es… Kell, ¿cuándo abrirá los ojos y me dará un beso?

—FaceTime —exige ella, y pulso el icono correspondiente. Aparece el precioso y glamuroso rostro de mi mejor amiga, y veo que ella también está encerrada en un baño para tener cierta intimidad.

Kellie deja de hacerse la francesa y me riñe en serio.

—¿No te has maquillado? Kaykay, ¿así es como piensas seducirle? Y deja que lo adivine. ¿Vaqueros anchos? Ninguna francesa se vestiría así si tuviera que pasarse la noche trabajando con el tío que le gusta.

Me miro al espejo por primera vez en toda la semana: pelo lacio y sin gracia color maíz, piel blanca y enfermiza, camiseta vieja y vaqueros… Kell tiene toda la razón.

—Lo sé. Lo sé. Pero es que tenemos esta horrible fecha de entrega. Con suerte voy vestida y duchada.

—Bolso. Ahora —me ordena, y yo salgo corriendo hacia mi cubículo mientras ella me suelta uno de sus discursos. Por eso la quiero tanto, aunque a veces tengo la sensación de que me echa la bronca en vez de sermonearme—. Deja de esperar a que te pasen las cosas y haz que te pasen las cosas, Kay. Ben te respeta y le gustas, solo está esperando una señal tuya. Esta noche vas a ponerte en modo sexy: un poco de lápiz de ojos, colorete, perfume, y, por el amor de Dios y de San Vogue, suéltate el pelo y cepíllatelo.

Vuelvo al baño para cumplir con sus instrucciones.

—Ahora desabróchate la camisa. Otro botón. Y súbete las tetas, por lo que más quieras. Ese sujetador se llama «push-up», no «push-down», por Dios.

—Sabes de sobra que no tengo tetas. —Intento recolocarme lo poco que tengo.

—Kaykay —suspira—, ser sexy es una cuestión de actitud. Tendrías que ver los cardos borriqueros que hay aquí en París que se ligan a tíos buenos solo porque saben flirtear.

—Yo soy más tipo jirafa espantosa. —Inspecciono mi físico delgado a lo chico y la nuez que me sube y me baja por la garganta. Tengo que reconocer que los pequeños cambios que ha sugerido Kellie han ayudado. Un poco. Quizá funcione.

—Ben también traerá cerveza, ¿no?

Asiento.

—Pues esta noche vas a beberte una, o tal vez dos. A la mierda con la campaña publicitaria, presta un poco de atención a tu vida. Quiero que te sientes cerca de Ben y que te rías de todo lo que diga. Tócale la mano de vez en cuando, y, cuando llegue el momento, quiero que le hagas ojitos y que te inclines hacia él para besarle.

Se me ponen los ojos como platos.

—Ahora o nunca, Kay —insiste—. Vosotros dos lleváis años trabajando juntos.

Dicho así suena tan fácil, pero para Kellie todo lo es. Ella es Batman, mientras que yo soy Robin. Yo tengo mis dudas de que vaya a salir bien. Tal vez no consiga besarle, pero flirtearé, eso seguro. O al menos le escucharé atentamente e intentaré no decir ninguna tontería.

Oigo pasos en el pasillo y susurro:

—¡Oh, Dios mío, Kell! ¡Ha vuelto!

—Ve por él, mon petit chou. Mándame un ShoutOut luego con todos los detalles, bisou bisou —dice y le da un morreo a la pantalla de su teléfono.

Cuelgo la llamada porque acabo de ver un primer plano de la lengua con piercing de mi amiga. ¿Ese piercing es nuevo? No tengo tiempo de preguntárselo. Cojo el bolso y vuelvo tranquilamente a mi cubículo.

—Más te vale haberme traído rollitos de primavera, Ben Wilder —le advierto—. Y unas cuantas buenas ideas.

Me vuelvo, ansiosa por encontrarme a Ben, y le dedico una sonrisa bien pícara. Pero no es Ben. De pie en medio de mi cubículo está Suit. ¡Mierda! Ignorar sus mensajes de texto no ha sido una buena idea.

Suit. Suit. Suit, nadie le llama por su nombre de verdad. Le ha quedado ese apodo porque siempre lleva traje. Al parecer en esta agencia todo el mundo tiene un alias o un alter ego. Lo que tiene sentido, teniendo en cuenta que nos dedicamos a la publicidad: el negocio más falso y con más mentiras del planeta. Pero, bueno, chavales, ¡es divertido! ¡Puedes ir a trabajar con chanclas! Eso sí, no esperes que nadie te valore por ser tú mismo.

Normalmente intento evitar a Suit como a la peste. No lo evito porque sea uno de los gestores más estrictos de la agencia y famoso por ponerse siempre de parte de los clientes. Ni porque siempre vaya tan peripuesto con sus trajes y sus camisas de Robert Graham, a diferencia del resto de nosotros, los creativos, que vestimos ropa informal, con vaqueros y zapatillas de deporte. No, me mantengo alejada de Suit porque él siempre aparece cuando creo que estoy sola y asoma la cabeza por mi cubículo para mirar qué estoy escribiendo. Es tan pasivo-agresivo… «Pregúntame de una vez cuánto me falta», estoy tentada de decirle. Lo preferiría a que siguiera comportándose como si mi trabajo le importase de verdad.

Este hombre se da cuenta de todo. Si existe alguien capaz de detectar que he estado perdiendo el tiempo, es él.

—¿Estás bloqueada? —me pregunta desde la entrada del cubículo, y luego señala el bolso con la barbilla mientras yo me siento.

¿Está insinuando que me he ausentado de la agencia durante un rato? ¡Qué manera tan pasiva-agresiva de acosarme!

—Solo he ido al baño. Sé que el plazo de entrega termina mañana, pero tengo permiso para ir al baño ¿no? ¿O quieres que mee en una botella de agua sin levantarme de la mesa? —A diferencia de mis otros compañeros de trabajo, con Suit no me muerdo la lengua. Probablemente porque él saca lo peor de mí, igual que me sucede con los dos cretinos que tengo por hermanos. Además, estoy acostumbrada a pelearme con ellos verbalmente. Y a Suit nunca he intentado impresionarle.

—Lo siento. Es que he tenido la sensación de que olía igual que en la sección de perfumes de Saks. Así que ¿todo va bien?

Suit camina hasta mi ordenador y entonces me doy cuenta de que no he cerrado el Word.

—Ven aquí, gatita malona —lee en voz alta. Es lo único que he escrito—. Kay, aunque esta frase me parece una genialidad, no me veo capaz de enseñársela a nuestro cliente. Espero que esto no sea todo lo que se te ha ocurrido.

—Oh, ¿esta frase? —evito contestarle—. Es una broma para Ben. Llegará en un rato y haremos las maquetas para la presentación. Tengo páginas y páginas de frases ganadoras.

Mierda. Frases ganadoras es el equivalente a decir «el eslogan del año». Odio cuando me comporto como un cliché y utilizo alguna de las frases que usan los fantasmas de la agencia.

—Me alegra oírlo. —Suit sonríe, es obvio que le he tranquilizado. Si Ben y yo no lo conseguimos, él será el que tendrá que dar la cara ante el cliente.

—¿Puedo verlas? —me pregunta en tono amistoso, pero en el fondo es su modo pasivo-agresivo de exigirme que se las enseñe.

El trabajo de Suit consiste en desarrollar la mejor estrategia para cada cliente y asegurarse de que nosotros, los creativos, la cumplimos. El mundo de la comida para gatos es muy competitivo, y las diferencias entre los distintos fabricantes, ridículas. Suit ha trabajado codo con codo con los ejecutivos de Little Kitty durante meses hasta dar con algo que pudiera diferenciarlos y hacer destacar la marca. Todas esas reuniones le han convertido en el contacto de la agencia con el cliente y en el empleado predilecto de Schmidt y de Travino. Suit le cae bien a todo el mundo y yo no logro entender por qué. Nunca he hablado con él sobre nada que no sea comida para gatos, pero supongo que puedo entender que a los clientes les resulte encantador. Ben me dijo un día que Suit es de algún lugar del sur. De Alabama o de Georgia, o tal vez de Louisiana o de vete a saber dónde. Cuando creces en la Costa Este, todos esos estados se te mezclan en la cabeza.

—¿De dónde eres? —le pregunto de la nada, ansiosa por evitar la pregunta que él acaba de hacerme.

Suit levanta las cejas y sonríe sorprendido por mi repentino y aleatorio interés en su persona.

«Kay, si esta es tu manera de flirtear, ni esta noche ni nunca conseguirás seducir a Ben.»

—De Nueva Orleans —me dice—. Es una pequeña ciudad de Louisiana, quizás hayas oído a hablar de ella.

Pues claro que he oído a hablar de Nueva Orleans. Y evidentemente sé dónde está Louisiana. Tiene forma de bota. O de bandera. Y sufrieron un terrible huracán, ahora me acuerdo.

«No le preguntes por el huracán, Kay. Tú eres demasiado sofisticada para caer en eso.»

—¡Mardi Gras! —le digo.

«Sí, mucho mejor. O tal vez no.»

—Sí, en Nueva Orleans celebramos Mardi Gras. —Ahora prácticamente se está riendo de mí en mi cara.

Como si apareciese de la nada, me acuerdo de Suit riéndose en la fiesta de Navidad. Esa noche me sorprendió que alguien tan estirado tuviese sentido del humor. Suit probablemente se llevaría a las mil maravillas con mis hermanos, los Supergemelos. Brett y Brian son unos triunfadores, los dos trabajan de analistas financieros, detalle sobre el que se fundamenta la teoría de mi madre de que nada de lo que yo hago está suficientemente bien. Gracias a Mamá Atila no sé aceptar un cumplido y mucho menos creérmelo.

«Naciste calva, parecías un pollito. Te pegaba con celo lacitos en la cabeza para que las enfermeras supieran que eras una niña.» A mamá le encanta contarme esta historia añadiendo que se trata solo de una broma.

«Dos cunas más allá había una niña preciosa, regordeta, con los ojos azules y rizos de querubín. Le sugerí a tu padre que cambiásemos los brazaletes y nos la llevásemos a ella a casa.»

Ella siempre acompaña esa anécdota con un ataque de risa y el ocasional resoplido. Cuesta mucho hacerte oír cuando creces al lado de una mujer que está enamorada de su propia voz. Por eso empecé a escribir. Desde que tengo uso de razón, escribir es el único modo en que consigo dar sentido a lo que pienso, porque cuando intento explicarlo verbalmente lo único que consigo es decir cosas sin sentido.

«¿Quieres ser escritora? ¿Por qué no te haces vagabunda directamente?», decía mamá para animarme.

Pero no importa lo que ella piense de mi oficio o si cree que no gano ni para pagar las facturas, lo prefiero mil veces al mundo sin alma de las finanzas. Sí, a mamá le encanta presumir de los Supergemelos allá donde va, pero, en serio, ¿a quién le importa que mis hermanos tengan, cada uno, un apartamento (de propiedad, no alquilado) en Tribeca?

—¿Entonces…? —Suit está mirándome. ¿Acaso me ha dicho algo y no me he enterado?

—¿Sí?

—Te he preguntado si, dado que ya has terminado de trabajar, querías venir a la fiesta. Creo que es la primera vez que te veo con los labios pintados.

Mierda. Sí que me había dicho algo y no me he enterado. Estaba pensando en las musarañas. Otro de mis defectos.

—No, nada de fiestas. Al menos por esta noche. —En realidad, sí que quiero ir a una fiesta privada, pero prefiero arrancarme los dientes antes de que Suit se dé cuenta. Kellie es la única que puede saberlo. Algunos secretos es mejor dejarlos encerrados en el lavabo de señoras.

—De acuerdo, como quieras —me dice.

Le miro porque no sé si me está tomando el pelo. En sus ojos no encuentro ni rastro de ironía. De hecho, sus ojos son indescifrables. Si tuviera que decir si Suit está de buen o de mal humor, tendría más probabilidades de acertarlo echando una moneda al aire que por su mirada. No es como los ojos de Ben; solo tengo que mirarlos un segundo para saber exactamente qué está pensando.

Ah, Ben. Quizás el plan de Kellie funcione… Cenaremos un poco, trabajaremos un poco, beberemos un par de cervezas. ¿Qué más ha dicho Kellie? ¿Que me recline hacia Ben? No, suena raro. Ah, sí, que me incline hacia él. Vale, me inclinaré toda la noche y después nos iremos a casa a ver la tele. Así suele entrarme sueño, pero quizá si me paso la noche haciéndole ojitos aguante despierta y a Ben le resulte seductora. Todo es cuestión de probar.

—¿Hola?

Vuelvo a la realidad con la esperanza de ver que Ben ya ha regresado, pero no tengo suerte y me encuentro con Suit mirándome perplejo. Si Suit no fuese tan implacable, ahora mismo me sentiría mal por él. No es culpa suya que su trabajo consista en asegurarse de que nosotros, los creativos, hagamos lo que él les ha prometido a los clientes. Y tampoco es culpa suya que nosotros a veces queramos mandarlo todo a paseo en lugar de estar trabajando.

—Lo siento —le digo—. Es que estoy muy concentrada en este proyecto y esta noche no se me da muy bien esto de la conversación.

—Bueno, pues volveré a intentarlo por la mañana. Estoy convencido de que tú y yo seremos los únicos que vendremos a trabajar, a juzgar por lo que he visto en ShoutOut. —Se da media vuelta y se va. Por fin. Sus pasos suenan con fuerza en el pavimento y suspiro aliviada al oír que se alejan.

Me vuelvo hacia el ordenador, borro la frase: «Ven, aquí, gatita malona», y en su lugar escribo: «Miau». No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Aún.

Quizá mire el ShoutOut un rato. Espera un momento. ¿Qué ha dicho Suit? ¿Qué está sucediendo? Esperaré a que llegue Ben para cotillear juntos. Es una de nuestras costumbres: hacer pausas en el trabajo para ver vídeos y reírnos de la gente.

Y Ben no tardará en llegar.

Seguro que está a punto de aparecer por la puerta.

Sería maravilloso que me quedase algún anacardo de la bolsa de antes. Podría picar algo mientras espero a Ben.

Porque él está a punto, a puntito de llegar.

Y no quiero estar muerta de hambre cuando llegue. El objetivo de esta noche es impresionarle, y estoy segura de que Kellie coincidiría conmigo si digo que devorar una caja de fideos chinos en cinco segundos no es sexy ni constituye una visión afrodisíaca para ninguna de las partes implicadas.

Seguro que la bolsa de los anacardos está por algún lado; habrá quedado escondida detrás del ordenador… No, aquí no está. ¿Se me habrá caído al suelo? Mierda, no, aquí tampoco está.

¡Ah! Tengo que concentrarme.

Vale, miraré el móvil solo un segundo para asegurarme de que Ben no me ha llamado ni me ha mandado ningún mensaje para explicarme por dónde anda.

No. Nada. Solo veo la vieja fotografía mía y de Kellie que tengo de fondo de pantalla desde siempre. Sería increíble que esta noche las cosas me saliesen bien. Podría cambiar el fondo de pantalla y poner una foto mía y de Ben. Y entonces Ben podría acompañarme a casa por Pascua y pasar unos días con mi familia y quizás en verano podríamos irnos de vacaciones a Europa o algo por el estilo.

Tal vez me esté precipitando un poco, solo estamos en febrero.

Pero tengo el móvil en la mano… y podría utilizarlo para perder el tiempo un par de minutos más. Además, el comentario de Suit me ha despertado la curiosidad…, así que abro la app de ShoutOut. Yo nunca he colgado ningún vídeo en ShoutOut contando mi vida como hace tanta gente, pero a Ben y a mí nos encanta conectarnos y ver un vídeo tras otro. Él me ha sugerido una o dos veces que hagamos uno para el canal de Schmidt Travino Drew, nuestra agencia está en todas las redes, pero me he negado en redondo; está demostrado empíricamente que hablar ante una cámara no es lo mío.

La app se abre y aparecen ocho vídeos nuevos. Miro al cielo y pido clemencia porque uno es de mi madre. Mis hermanos abrieron una cuenta para toda la familia, aunque probablemente solo lo hicieron porque querían aprender cómo funciona la app y así poder fanfarronear como si fueran expertos, ellos dos son así. Lo que no logro entender es por qué creyeron necesario enseñarle la app a mamá.

Hay dos vídeos más de la escuela de publicidad donde estudié. Un rollo.

Los cinco vídeos siguientes son de El Imbécil. Todos de las últimas cinco horas.

¿Qué diablos está pasando en The Hole un martes por la noche que es tan interesante como para hacer cinco vídeos?

Selecciono el último vídeo y lo clico inmediatamente para ver qué clase de aventuras están viviendo. Para empezar, no están en The Hole. A no ser que Louie el camarero se haya convertido en Louise, haya perdido sesenta quilos y la camisa y después se haya gastado dos mil dólares en Agent Provocateur.

¡Esos cerdos están en un club de striptease! ¡Mientras yo estoy en la oficina! Y ¿qué está haciendo esa bailarina encima de la pierna de Elliott?

Evidentemente, Elliott tiene la cámara oculta en marcha y, a juzgar por lo que estoy viendo, la ha colgado del vaso. El ángulo que aparece en la pantalla está tomado desde la pajita del cóctel.

Los Joshjohnjay aparecen uno tras otro. ¡Qué sorpresa! Todos tienen la típica mirada perdida de los borrachos y una sonrisa estúpida en la cara.

Y luego está Peyton, con unas botas negras hasta las rodillas. Dios, ¿quién la ha invitado?

Ahora que lo pienso, probablemente la hayan invitado todos.

Peyton, Peyton, Peyton.

Esa zorra. Aún no me he recuperado del día que la conocí, cuando me esquivó sin ni siquiera presentarse y fue a estrecharle la mano a Ben. Intenté desahogarme con Kellie, pero no me sirvió de nada. Kellie me preguntó si había algún motivo por el que Peyton no me cayese bien exceptuando que le tirase los tejos al chico que a mí me gustaba.

La duda de Kellie me ofendió (Ben no solo me gusta, somos amigos, compañeros de trabajo y vivimos juntos), así que le expliqué que Peyton me da mala espina por dos motivos: 1) se comporta como si tuviese un padre rico que le comprase la ropa más cara del mundo, y 2) es de Oregón.

Sé de buena tinta que Kellie detesta a las niñas pijas y malcriadas y que odia a cualquiera que sea de Oregón desde que su familia la llevó allí de camping en 1999; llovió todos los días y su hermano le vomitó encima en el avión. Esa clase de información es confidencial y solo dispongo de ella porque soy su mejor amiga, pero sé cómo utilizarla. Mi plan funcionó a la perfección y desde entonces Kellie odia a Peyton con todas sus fuerzas.

Espera a que le cuente que Peyton ha ido a un club de striptease con los chicos. Esto es peor, mucho peor, que comprarte unos zapatos caros con la tarjeta de crédito de tu padre porque tú no puedes permitírtelos.

La cámara se mueve, genial, se desenfoca y… espera…, espera un momento. Esa manga de camisa azul me resulta muy familiar. Necesito que Elliott mueva el vaso un poco hacia la izquierda… Vale, sí, así vas bien, Elliott. Allí, perfec…

Oh, Dios mío. De perfecto nada. La camisa azul me resulta familiar porque está conectada a un cuello y a una cara que veo prácticamente cada minuto del día a pocos metros de mí.

¿Cómo puede estar pasando esto?

¿Por qué no me ha llamado para contármelo?

¿Ben está en un club de striptease?

Joder, necesito que me dé el aire. No, más que me dé el aire, necesito ver qué pasa en el siguiente vídeo.

Ben parece estar un poco borracho. Hace eso de echar la cabeza hacia atrás para reírse cuando Ben en realidad no es así. Ben es más de reírse despacio y con la voz ronca; cuando tiene un ataque de risa, agacha la cabeza. Pero en el vídeo tiene la cabeza echada hacia atrás y ahora…, espera un segundo…, oh, Dios mío, será zorra. ¿Por qué está Peyton acercándose a Ben? ¿Qué es lo que lleva en la mano, un chupito? ¿Por qué apoya el borde del vaso en la boca de Ben?

Arranco los ojos de la pantalla y busco desesperadamente a mi alrededor porque necesito preguntarle a alguien por qué está Peyton acercando los labios a los de Ben.

Vuelvo a mirar el vídeo porque en realidad no quiero perderme nada y… se están besando.

Se están besando delante de todo el departamento creativo. Solo falto yo porque… ¿aún estoy en el trabajo? ¿Pensando eslóganes de comida para gatos?

Sé que tendría que esperar y ver qué sucede después, quizá tendría que darle a reproducir otro vídeo. Quién sabe, quizás hayan estado besándose toda la noche. Quizá lleven todo el mes besándose y yo he tenido la cabeza tan metida en mi mundo de fantasía que no me he enterado.

Estúpida, estúpida, he sido una estúpida al pensar que Ben me preferiría a mí antes que a una chica como Peyton.

Chándal frente a Channel.

Una chica que vive en una hoja de papel frente a una chica que vive el momento.

La lista podría seguir creciendo. Yo no me habría atrevido a entrar en ese club de striptease, o me habría dado miedo o asco, o qué sé yo. Pero a una chica como Peyton no.

Me vuelvo y miro a través de la ventana que hay detrás de mi silla. No suelo sentarme así porque quedo al descubierto y los Joshjohnjay pueden atacarme, pero ahora no me importa. Ha empezado a nevar y tendría que sentirme afortunada por estar calentita aquí dentro y porque hace una preciosa noche estrellada, y porque tengo un buen sueldo y un apartamento y muchas cosas más.

Pero no me siento afortunada ni nada que se le parezca. Yo solo quiero una cosa en la vida, y no la tengo: Ben.

Oh, mierda. Voy a llorar, noto esa presión característica bajo las orejas, y eso significa que dispongo de cuatro segundos para salir pitando de aquí antes de estallar en lágrimas. No voy a llorar en el trabajo. Aunque la agencia está vacía, esta es una zona libre de lloros. Bastante tengo con tener que soportar la regla aquí una vez al mes.

Dejo el ordenador con la palabra «miau» en la pantalla. No tengo tiempo de apagarlo. Cojo el bolso y corro hacia el ascensor. En el vestíbulo oigo la música de fondo que suena a todas horas. Estoy segura de que es una canción de Coldplay. Si Ben estuviera aquí, habría hecho una broma sobre que solo faltan un par de años para que la música que nos gusta se convierta en música de ascensor.

Pero

Ben

No

Está

Aquí.

Aprieto el botón sin parar y en cuanto las puertas se abren oigo unos pasos procedentes del otro lado del edificio. Probablemente sea Suit, que tras dar la jornada por concluida se va a casa, pero ni muerta puedo permitir que entre en el ascensor conmigo. He agotado mis cuatro segundos y el grifo va a abrirse.

No tengo pañuelos. Si mi madre estuviera aquí, me echaría una bronca.

Entro en el ascensor de un salto y le doy al botón de cerrar las puertas. Venga, venga, venga, ¡funciona, maldita sea!

Las puertas por fin se cierran. Seguro que Suit ya estaba en el vestíbulo, pero no he mirado porque tampoco le habría visto. Las lágrimas me han inundado los ojos y me corren por las mejillas y el mentón: soy la típica imagen de alguien a quien le han roto el corazón. No doy abasto secándomelas, así que desisto.

Me apoyo en la pared del ascensor en cuanto empieza a bajar y cierro los ojos.

Lo último que quiero ver es mi reflejo en el cristal cromado. El reflejo de una chica idiota que se gana la vida escribiendo palabras pero que se niega a ver la advertencia con luces de neón que tiene delante.

—–

Si te ha gustado, puedes leer nuestra reseña AQUÍ

firma-aida

El crimen del ganador

el-crimen-del-ganadorFICHA TÉCNICA

Título: El crimen del ganador

Título original: The winner’s crime

Autor: Marie Rutkoski

Editorial: Plataforma Neo

Nº de páginas: 392

Mi puntuación: 📕📗📘📙 / 5

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CAPÍTULO 1

SE CORTÓ AL ABRIR EL SOBRE

Kestrel se había dejado llevar por la emoción, había sido una idiota, se había abalanzado sobre la carta simplemente porque estaba escrita en herraní. Se le resbaló el abrecartas. Unas cuantas gotas de sangre cayeron sobre el papel y dejaron unas manchas brillantes.

No era de él, naturalmente. La carta era del nuevo ministro de Agricultura herraní. Le escribía para presentarse y comunicarle que estaba deseando reunirse con ella.

«Creo que vos y yo tenemos mucho en común, y mucho de qué hablar», le decía. No estaba segura de a qué se refería con eso. No lo conocía, ni siquiera había oído hablar de él. Aunque suponía que tendría que reunirse con el ministro en algún momento (después de todo, era la embajadora imperial ante Herrán, que ahora era un territorio independiente), a Kestrel no la entusiasmaba precisamente tener que pasar tiempo con el ministro de Agricultura. Ella no tenía ni la más remota idea sobre rotación de cultivos ni fertilizantes.
Captó el tono arrogante de sus pensamientos. Notó cómo le hacían apretar los labios. Se dio cuenta de que estaba furiosa con aquella carta.

Consigo misma. Con la forma en la que se le había acelerado el corazón al ver su nombre escrito en el sobre empleando el alfabeto herraní. Había anhelado tanto que fuera de Arin…

Pero hacía casi un mes que no tenía contacto con él, desde que le había ofrecido la libertad de su país. Además, él no había escrito el sobre. Conocía su letra. Conocía los dedos con los que sostendría la pluma. Las uñas recortadas, las cicatrices plateadas de antiguas quemaduras, el roce áspero de sus manos encallecidas… nada de eso concordaba con su elegante letra cursiva. Debería haber sabido de inmediato que la carta no era de él. Pero aun así: el rápido vistazo al papel. Aun así: la decepción.

Apartó a un lado la carta. Se desamarró el fajín de seda que llevaba a la cintura, sacándolo de debajo de la daga que portaba a la cadera, como todos los valorianos. Se envolvió la mano ensangrentada con el fajín. Estaba estropeando la seda de tono marfil. La tela se manchó de sangre. Pero un fajín estropeado carecía de importancia, al menos para ella. Kestrel estaba prometida con el príncipe Verex, heredero del imperio valoriano. La reluciente línea oleosa que le dibujaban cada día en la frente era la prueba de ello. Poseía montañas de fajines, montañas de vestidos, ríos de joyas… Era la futura emperatriz. Sin embargo, se tambaleó al levantarse de la silla de ébano tallado. Recorrió con la mirada el estudio, una de las numerosas habitaciones que componían sus aposentos, y la invadió la inquietud al contemplar las paredes de piedra, las esquinas que formaban con insistencia perfectos ángulos rectos, la forma en la que dos estrechos pasillos daban a la habitación. No debería extrañarse, pues sabía que el palacio imperial también era una fortaleza. Los pasillos angostos servían para frenar el avance de una fuerza invasora. No obstante, tenía un aspecto extraño y hostil. No se parecía en nada a su casa. Kestrel se recordó que, en realidad, su casa en Herrán nunca le había pertenecido.
Puede que se hubiera criado en esa colonia, pero era valoriana. Estaba donde se suponía que debía estar. Donde había elegido estar.

El corte había cesado de sangrar. Dejó la carta y fue a cambiarse de vestido para la cena. Eso era su vida: telas lujosas y adornos de muaré de seda. Una cena con el emperador… y el príncipe. Sí, esa era su vida. Debía acostumbrarse. El emperador estaba solo. Sonrió al verla entrar en el comedor de paredes de piedra.

Llevaba el cabello gris muy corto, siguiendo el mismo estilo militar que su padre, y la perspicacia se reflejaba en sus ojos oscuros. No se levantó de la larga mesa para recibirla.

–Majestad Imperial –dijo ella, inclinando la cabeza.
–Hija –respondió él. Su voz resonó en la sala abovedada, rebotando contra los platos y vasos vacíos–. Siéntate. Kestrel se dispuso a obedecer.
–No –repuso él–. Aquí, a mi derecha.
–Ese es el sitio del príncipe.
–Al parecer, el príncipe no está presente.

Kestrel se sentó. Los esclavos trajeron el primer plato y sirvieron vino blanco. Podría haberle preguntado por qué la había convocado para que cenara con él y dónde estaba el príncipe, pero había comprobado que al emperador le encantaba emplear el silencio para avivar la inquietud de los demás. Kestrel dejó que el silencio aumentara hasta que fue tanto cosa suya como de él, y solo habló cuando sirvieron el tercer plato.

–Tengo entendido que la campaña contra el este va bien.
–Eso cuentan las cartas de tu padre desde el frente. Debo recompensarlo por el brillante desarrollo de la guerra. O tal vez debería recompensarte a ti, lady Kestrel.
Ella bebió de su copa.
–Yo no he tenido nada que ver.
–¿Ah, no? Tú insististe en que pusiera fin a la rebelión herraní concediéndole autogobierno a la región bajo mi autoridad. Tú argumentaste que eso liberaría tropas y dinero para dedicarlos a la guerra del este, y hete aquí –hizo un gesto pomposo con una mano– que así ha sido. Un consejo muy inteligente de alguien tan joven.

Aquellas palabras la pusieron nerviosa. Si el emperador supiera la verdadera razón que la había llevado a abogar por la independencia herraní, le costaría muy caro. Kestrel probó la comida preparada con tanto esmero. Había barcos hechos de pastel de carne, con velas de gelatina transparente. Comió despacio.

–¿No te gusta?
–No tengo mucha hambre. El emperador hizo sonar una campanilla de oro.
–El postre –le indicó al muchacho que apareció al instante–. Pasaremos directamente al postre. Sé cuánto les gustan los dulces a las jóvenes. Sin embargo, cuando el chico regresó portando dos platitos de porcelana tan delicada que la luz se filtraba a través de los bordes, el emperador repuso:

–Para mí no.
El joven depositó un plato delante de Kestrel, junto con un tenedor extrañamente ligero y traslúcido. Se calmó. El emperador no sabía la verdad acerca del día en que lo había instado a poner fin a la rebelión herraní. Ni él ni nadie. Ni siquiera Arin sabía que había comprado su libertad con unas cuantas palabras estratégicas… y la promesa de contraer matrimonio con el príncipe heredero.

Si Arin se enteraba, se opondría. Se autodestruiría. Si el emperador se enteraba de por qué lo había hecho, la destruiría a ella. Kestrel contempló la nata montada rosada que se amontonaba en su plato y el tenedor transparente, como si compusieran todo su mundo. Debía hablar con cautela.

–¿Qué más recompensa iba a desear, cuando me habéis concedido a vuestro único hijo?
–Sí, mi hijo es todo un premio. Sin embargo, aún no tenemos fecha para la boda.
¿Cuándo será? No te has pronunciado sobre el tema.
–Me pareció que debería decidirlo el príncipe Verex.
Si la elección quedara en manos del príncipe, la fecha de la boda sería nunca.
–¿Por qué no decidimos nosotros?
–¿Sin él?
–Querida, si la endeble mente del príncipe no puede recordar algo tan simple como el día y la hora de una cena con su padre y su prometida, ¿cómo podemos esperar que planifique cualquier parte del acontecimiento de Estado más importante de las últimas décadas? Ella no dijo nada.

–No estás comiendo.
Kestrel hundió el delicado tenedor en la nata y se lo llevó a la boca. Los dientes del tenedor se fundieron contra su lengua.
–Azúcar –comentó, sorprendida–. El tenedor está hecho de azúcar endurecido.
–¿Te gusta el postre?
–Sí.
–En ese caso, debes comértelo todo.

Pero ¿cómo iba a terminarse la nata si el tenedor no dejaba de fundirse cada vez que comía un bocado? Todavía sostenía la mayor parte del cubierto en la mano, pero no duraría.
Un juego. El postre era un juego, la conversación era un juego. El emperador quería ver cómo iba a jugar.

–Creo que finales de este mes sería perfecto para una boda –propuso él.
Kestrel comió más nata. Los dientes se fundieron por completo, dejando algo parecido a una cuchara deformada.
–¿Una boda en invierno? No habrá flores.
–No necesitas flores.
–Si sabéis que a las jóvenes les gustan los postres, también debéis saber que les gustan las flores.
–Supongo que entonces preferirías una boda en primavera.
Ella encogió un hombro.
–Sería mejor en verano.
–Por suerte, en mi palacio hay invernaderos. Incluso en invierno, podríamos alfombrar el gran salón con pétalos.
Kestrel comió más postre en silencio. El tenedor se convirtió en un palo plano.
–A menos que desees posponer la boda –añadió el emperador.
–Estoy pensando en nuestros invitados. El imperio es inmenso. Vendrá gente de todas las provincias. Resulta horrible viajar en invierno, y las cosas no mejoran mucho en primavera. Llueve. Los caminos se llenan de barro…
El emperador se recostó en su silla, estudiándola con una expresión divertida.
–Además, odiaría desperdiciar una oportunidad. Ya sabéis que los nobles y gobernadores os darán todo lo que esté a su alcance (favores, información, oro…) a cambio de los mejores asientos en la boda. El misterio de qué me pondré y qué música sonará distraerá al imperio. Nadie se daría cuenta si tomarais una decisión política que, de otro modo, indignaría a miles. Yo, en vuestro lugar, disfrutaría de mi largo compromiso. Sacadle el máximo provecho.
Él se rió.
–Ay, Kestrel. Serás una emperatriz magnífica. –Alzó su copa–. Por vuestra feliz unión, el día del solsticio de verano.

No le habría quedado más remedio que brindar por eso, si el príncipe Verex no hubiera entrado en el comedor y se hubiera detenido en seco. En sus grandes ojos se reflejó una gama de emociones: sorpresa, dolor, ira…
–Llegas tarde –le espetó su padre.
–Claro que no –repuso Verex con los puños apretados.
–Kestrel se las ha arreglado para llegar a tiempo. ¿Por qué tú no?
–Porque me dijisteis mal la hora.
El emperador chasqueó la lengua.
–La entendiste mal.
–¡Me estáis haciendo quedar como un tonto!
–Yo no estoy haciendo nada de eso.
Verex cerró la boca de golpe. Su cabeza se balanceó sobre el delgado cuello como si fuera algo atrapado en una corriente.
–Ven –dijo Kestrel con dulzura–. Toma el postre con nosotros.

La mirada que le lanzó le indicó a Kestrel que, por mucho que odiara los juegos de su padre, detestaba aún más que ella le tuviera lástima. Salió huyendo de la sala. Kestrel jugueteó con el trozo que quedaba del tenedor de azúcar. Incluso después de que el silencio hubiera vuelto a imponerse tras la ruidosa retirada del príncipe por el pasillo, sabía que no debía hablar.
–Mírame –le ordenó el emperador.
Ella levantó la vista.
–No quieres que la boda sea en verano por las flores ni los invitados ni el beneficio político. Quieres posponerla lo máximo posible.
Kestrel aferró el tenedor con fuerza.
–Te concederé lo que quieres, dentro de lo razonable –anunció–, y te diré por qué.
Porque no te culpo, teniendo en cuenta al novio. Porque no gimoteas cuando quieres algo, sino que tratas de lograrlo. Como haría yo. Cuando me miras, ves en quién te transformarás. Una soberana. Te he elegido, Kestrel, y te convertiré en todo lo que mi hijo no puede ser. Alguien digna de ocupar mi puesto. Kestrel se quedó mirándolo, buscando su futuro en los ojos de un anciano capaz de tratar con crueldad a su propio hijo. El emperador sonrió.

–Mañana me gustaría que te reunieras con el capitán de la guardia imperial.
No conocía al capitán, pero estaba familiarizada con su labor. Oficialmente, era responsable de la seguridad personal del emperador. Extraoficialmente, sus servicios incluían otros de los que nadie hablaba: vigilancia, asesinatos… Al capitán se le daba bien hacer desaparecer a la gente.
–Tiene algo que enseñarte.
–¿El qué?
–Es una sorpresa. Alegra esa cara, Kestrel. Te estoy dando todo lo que podrías desear.

A veces, el emperador era generoso. Había presenciado audiencias en las que les había concedido a algunos senadores terrenos privados en nuevas colonias o puestos de poder en el Cuórum. Pero también había visto que su generosidad tentaba a otros a pedir un poquito más. Entonces, el emperador entrecerraba los ojos, como un gato, y Kestrel comprobaba cómo sus regalos hacían que la gente revelase lo que quería de verdad. Sin embargo, no podía evitar desear que la boda pudiera posponerse más de unos pocos meses. El solsticio de verano era mejor que la semana que viene, por supuesto, pero seguía siendo pronto. Demasiado pronto. ¿El emperador aceptaría esperar un año? ¿Más?

–El solsticio de verano… –dijo.
–Es la fecha perfecta.

Kestrel posó la mirada en su mano cerrada. Un olor dulce se extendió cuando la abrió y la apoyó, vacía, sobre la mesa. El tenedor de azúcar se había desvanecido por el calor de su palma.

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